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Hay gente tan extremadamente competitiva en el ‘Tetris’ que están rompiendo el juego de forma literal
El ‘Tetris‘ para NES lleva 35 años en circulación. La mayoría de los jugadores que prueba esta o cualquiera de las otras las versiones domésticas aún lo maneja con los pulgares, como en 1989. Pero en la escena competitiva (donde el port de NES es la versión más habitual), sin embargo, el mando de Nintendo se agarra distinto. Y sigue evolucionando: desde hace unos años una nueva técnica está posibilitando que los records clásicos del juego sean pulverizados uno tras otro. Tanto que el primer humano que “ganó” al ‘Tetris’ lo hizo con esta nueva técnica.
‘Tetris’: The End. El ‘Tetris’ de NES, lanzado en Estados Unidos en 1989, tiene un final. Más o menos: al llegar al nivel 29, la velocidad de caída de las piezas se duplica tan abruptamente que se considera imposible reaccionar a tiempo para girarlas y desplazarlas. El contador de puntuación, además, se congela al llegar a 999.999 (el llamado maxout). No es exactamente imposible superarlo, pero sí lo suficientemente difícil como para que siempre haya sido considerado así. Durante años, se consideró el techo del juego
Los mejores jugadores del mundo se medían en el anual Classic Tetris World Championship (CTWC) con el objetivo de acumular los máximos puntos posibles antes de que el nivel 29 los frenara. Esa era la manera de determinar un ganador: máximo de puntos antes del nivel 29. El considerado mejor jugador del mundo era Jonas Neubauer, con siete títulos en nueve finales consecutivas. El mando se sostenía como siempre se ha hecho, se pulsaba a la velocidad que los pulgares humanos permitían, y el nivel 29 era el límite.
DAS: la técnica de toda la vida. DAS es el acrónimo de Delayed Auto Shift y es la forma tradicional de jugar. Es el comportamiento estándar del juego cuando se mantiene pulsada la cruceta: aunque las fichas caigan a máxima velocidad, hay un breve retardo antes de que la pieza empiece a desplazarse, y esa velocidad ronda los 10 Hz (diez movimientos por segundo).
Los jugadores competitivos que usan la técnica del DAS no se limitan a mantener el botón pulsado: han perfeccionado los tiempos de presión para aprovechar ese retardo y lanzar las piezas al lateral con máxima eficiencia. Entre 2010 y 2017, los primeros años del CTWC, los jugadores de DAS dominaron la escena, pero el letal nivel 29 frenaba a todos por igual. Sin embargo, como veremos, esta forma de control ha quedado anticuada aunque hoy día, el torneo ha creado una categoría propia (el DAS Jonas Cup) para preservar esta técnica dentro de la competición oficial. Señal de que es una técnica con madera clásica, pero también indica hasta qué punto ha quedado desplazada por otras más modernas.
Llega el hypertapping. Este consenso se rompió en 2011. Thor Aackerlund demostró que el nivel 29 podía superarse con una técnica diferente: en lugar de mantener pulsada la cruceta para aprovechar el retardo de cada pieza, presionaba el mando de forma repetitiva y muy rápida, pulsando a toda velocidad la cruceta. El hypertapping, como se conoce esta técnica, permite mover las piezas a unos 12 Hz, saltándose el retardo del DAS. De este modo Aackerlund llegó al nivel 30, y la comunidad adoptó la técnica de inmediato.
Problemas y gloria del hipertapeo. Sin duda, el gran problema de la técnica es lo exigente que resulta físicamente: posturas de agarre del mando contraintuitivas, esfuerzo muscular continuo y, por tanto, un riesgo real de lesiones. En 2018, Joseph Saelee, de 16 años, derrotó en la final del CTWC a Neubauer, siete veces campeón del mundo, usando hypertapping. El efecto fue inmediato: en muy poco tiempo, los hypertappers llevaron los récords hasta niveles que nadie había alcanzado: Saelee llegó al nivel 31 en 2018, y para 2020 los mejores hypertappers habían alcanzado el nivel 38. El techo subía, pero seguía siendo un techo.
El tamborilero. En noviembre de 2020, Christopher Martinez diseñó una nueva técnica. En lugar de pulsar con un dedo la cruceta a toda velocidad, colocó un dedo estático encima de la cruceta y tamborileó el reverso del mando con los otros. Al presionar desde abajo hacia arriba, era la cruceta la que pulsaba el dedo, por así decirlo. El resultado eran hasta 30 pulsaciones por segundo, el límite técnico que permite el framerate de 60 Hz de la NES. O dicho de otro modo: el doble de lo que alcanzaba el hypertapping más rápido.
Martínez se inspiró en técnicas de tapping rápido desarrolladas por speedrunners. Justin Yu, campeón del CTWC 2023, describió el principio con un “no tienes que hacer fuerza con un solo músculo; usas todos los dedos para empujar el mando hacia la mano.”. La ventaja ergonómica es importante: el hypertapping agota, pero el rolling distribuye el esfuerzo entre varios dedos, de un modo que los propios jugadores han comparado con la forma en que pianistas y bateristas optimizan el esfuerzo de brazos y manos para alcanzar grandes velocidades. Y es completamente legal en torneos.
Niveles estratosféricos. La ruptura del techo invisible que hasta la llegada del hypertapping había estado en el nivel 29 siguió adelante. En agosto de 2022, el jugador EricICX llegó al nivel 138, donde los colores de las piezas se corrompen por un bug del código original: los desarrolladores nunca habían planificado que nadie llegase tan lejos. Y entonces, Willis Gibson, conocido online como Blue Scuti, de solo 13 años y con dos de experiencia jugando al ‘Tetris’, llegó en una sesión de 38 minutos al nivel 157 y el juego colapsó. Se convirtió en la primera persona en “vencer” al juego de NES.
La era post-rolling. El rolling también está cambiando cópmo entrenan los jugadores competitivos. En lugar de empezar desde el nivel 1, trabajan directamente desde el nivel 29 (lo que antes era el límite), porque si dominas el nivel más rápido como punto de partida habitual, los anteriores pierden toda la dificultad. El cofundador del CTWC afirma que, posiblemente en pocos años todos los finalistas llegarán al nivel 28 con el marcador al máximo y seguirán hasta el 50 sin mucha dificultad.
La última frontera. El nivel 255 era el límite teórico de computación de los niveles del juego. Si un jugador consigue evitar el crash del juego antes de llegar ahí, y si se está jugando con una versión modificada para no crashear, el juego se reinicia desde el nivel cero. Lo consiguió otro jugador jovencísimo, Michael Artiaga, en octubre de 2024, pulverizando el record de puntos hasta ese momento, con 29,4 millones. Y aunque el juego original no puede pasar del nivel 157, con versiones modificadas y gracias a lo que en la jerga del juego se conoce como ‘Rebirth’ (es decir, el reinicio tras el nivel 255), el límite es literalmente el infinito.
Cabecera | Marius Watz
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Canarias acaba de encender la primera plataforma que genera electricidad “hirviendo” el océano
Llevan décadas prometiéndonos que el océano sería la batería del futuro. La diferencia ahora es que alguien por fin ha enchufado el cable. La compañía británica Global OTEC ha instalado en las aguas de Canarias la primera plataforma flotante del mundo capaz de extraer energía directamente del calor del mar. No es un concepto. No es una simulación. Está ahí, en el Atlántico, funcionando.
El fin de la intermitencia. A diferencia de la energía eólica o la solar, que dependen de las condiciones meteorológicas, el océano ofrece una fuente constante y fiable las 24 horas del día. Es lo que los expertos denominan “energía de carga base”. Hasta ahora, la tecnología de Conversión de Energía Térmica Oceánica (OTEC, por sus siglas en inglés) se había probado en entornos terrestres.
Hasta ahora, el principal obstáculo para llevar esta tecnología a escala real era infraestructural. Los prototipos terrestres necesitaban tuberías enormes para bombear agua fría desde las profundidades hasta la costa: kilómetros de instalación, costes desorbitados. Por ese motivo, la apuesta de Global OTEC ha sido mover la plataforma directamente al mar, eliminando ese recorrido. El resultado: un 80% menos de tubería. Y un modelo que, por primera vez, parece realmente escalable.
Un circuito cerrado que “recicla” el líquido. El sistema aprovecha, literalmente, la diferencia de temperatura que existe entre la superficie del mar y sus profundidades oscuras. El mecanismo es un circuito cerrado sumamente ingenioso:
- Evaporación: El agua cálida de la superficie calienta un líquido especial que, por sus características químicas, entra en ebullición rápidamente.
- Generación: Al hervir, este líquido se transforma en vapor, el cual empuja una turbina que, al girar, genera electricidad.
- Reciclaje del ciclo: Para que el sistema no se detenga jamás, el vapor necesita volver a su estado líquido. Aquí es donde entra en juego la profunda tubería recién instalada, que succiona agua muy fría de las profundidades marinas para enfriar el vapor y reiniciar el ciclo.
Además de generar energía totalmente libre de emisiones de carbono, la instalación ocupa poco espacio y es silenciosa. Incluso ofrece un beneficio adicional invaluable para los ecosistemas insulares: la desalinización de agua dulce.
Un salvavidas ecológico. El proyecto no ha nacido pensando en alimentar grandes redes eléctricas continentales. Su objetivo es más concreto y, en cierta manera, más urgente. El consorcio europeo PLOTEC, que financia este desarrollo, tiene en el punto de mirar a los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo, los llamados SIDS. Son regiones que hoy dependen de generadores diésel, contaminantes y caros, y que además encajan de lleno en el cinturón de huracanes. Por eso la plataforma ha sido diseñada específicamente para aguantar tormentas tropicales extremas.
Canarias, el gran laboratorio de Europa. Que este hito mundial haya ocurrido en España no es casualidad. La plataforma se ha instalado en la Plataforma Oceánica de Canarias (PLOCAN). Según explica el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, se trata de una infraestructura gestionada por un consorcio financiado a partes iguales por el Estado y el Gobierno de Canarias.
Este enclave se ha convertido en un auténtico foco de atracción tecnológica internacional. De acuerdo con un comunicado de PLOCAN, sus aguas no solo acogen proyectos térmicos, sino que a finales de 2026 también recibirán al proyecto europeo WHEEL, liderado por la ingeniería española ESTEYCO. Este demostrador de energía eólica marina flotante refuerza el papel de Canarias como enclave estratégico y posiciona a la región como uno de los principales polos europeos para el desarrollo y validación de tecnologías offshore.
Próxima parada: el salto comercial. Con la plataforma oceánica ya instalada y la validación técnica en marcha en el Atlántico, el horizonte de esta tecnología parece despejado. “Este es el momento en el que la tecnología OTEC se aleja de los entornos controlados y pasa al mundo real”, afirma con rotundidad Dan Grech, fundador y CEO de Global OTEC. Su siguiente objetivo es instalar el primer módulo de energía comercial en Hawái, un mercado insular con todas las condiciones que esta tecnología necesita.
La compañía estima que existen más de 25 GW de capacidad diésel en islas tropicales que podrían ser candidatos a esta transición. Aunque conviene no perder de vista que pasar del prototipo a la escala comercial ha sido, históricamente, el valle de la muerte de muchas tecnologías energéticas prometedoras. La curva de aprendizaje que Grech compara con la del solar o el eólico tardó décadas en bajar los costes a niveles competitivos. Dicho esto, la plataforma está en el agua. Y eso, en este sector, ya es mucho.
Imagen | Global OTEC
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por qué en momentos de cansancio o ansiedad buscamos ciertos sabores y texturas
Llegar al final de la jornada laboral, cerrar el ordenador y tener los niveles de ansiedad muy elevados son los componentes ideales para ir a la cocina casi automáticamente. Y no buscamos una comida saludable como una ensalada o una manzana, sino que el cerebro parece que está pidiendo con urgencia una pizza o un bote de helado. Y no es una cuestión de gula, sino que es neurobiología pura y dura.
La evolución. Algo que conocemos bastante bien es que la relación del ser humano con la comida trasciende por completo la mera necesidad calórica de supervivencia, sino que es una de las herramientas primitivas más importantes de la regulación emocional.
Pero no siempre funciona en el sentido de comer cuantas más calorías, mejor. Y es que, mientras que el estrés crónico y el cansancio nos empujan hacia un atracón de carbohidratos, las emociones profundamente negativas, como la tristeza extrema o el duelo por perder a alguien, provocan exactamente lo contrario: el cierre hermético del estómago.
¿Por qué? Cuando hablamos de comer por estrés, la ciencia tiene bastante claro que este patrón no busca saciar el “hambre fisiológica” que todos sentimos para poder sobrevivir y que aparece de manera gradual y se sacia casi con cualquier cosa. Aquí hablamos específicamente de un “hambre emocional” que aparece de manera repentina y que se sacia con un alimento muy específico, y para nada sano.
La culpa de este secuestro alimentario la tiene, en gran medida, el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal. Este es un sistema muy importante que ante una situación de estrés agudo, como por ejemplo cuando un coche está a punto de atropellarnos, libera una gran cantidad de adrenalina. En pocas palabras, es un sistema que nos prepara para luchar o huir, y lógicamente suprime el apetito porque en este momento de peligro, en lo último que ‘piensa’ el cuerpo es en hacer la digestión, sino que ‘piensa’ en mandar sangre a nuestros músculos para que funcionen a máximo rendimiento.
El problema llega con el estrés crónico que nos puede generar el trabajo, las facturas o los estudios, donde el organismo está liberando de manera constante cortisol. Y esto es fundamental, puesto que como demostró el clásico estudio de la investigadora Elissa Epel, los altos niveles de cortisol reactivo alteran las señales de saciedad y envían un mensaje que avisa de que el organismo está en peligro constante y necesita almacenar energía rápidamente por si es necesario en un futuro.
Aquí es donde vemos que nuestro sistema en general se desarrolló en un momento donde la comida no estaba siempre disponible, y todavía no se ha adaptado a la ‘vida moderna’ para no tener este tipo de reacciones.
Los carbohidratos. No solo buscamos calorías, sino que buscamos un rescate neuroquímico. Aquí es donde el consumo de azúcares y grasas activa de forma explosiva el sistema de recompensa del cerebro, liberando un torrente de dopamina que es una forma de automedicación, ya que aquí la comida actúa temporalmente como un amortiguador del malestar emocional.
Además, los carbohidratos simples juegan un papel fundamental en la síntesis de serotonina, el neurotransmisor asociado al bienestar y la calma. De esta manera, al ingerir un plato de pasta o un dulce, facilitamos que el triptófano cruce hacia el cerebro y el resultado es un efecto tranquilizador real, aunque efímero, que condiciona a nuestro cerebro a repetir la acción cada vez que nos sintamos muy agobiados.
El caso de la tristeza. Si el estrés nos empuja a la nevera, el dolor agudo y el duelo nos alejan de ella, ya que en el caso de estar triste es bastante común no tener apenas apetito, siendo también uno de los síntomas más clásicos de algunos tipos de depresión. Algo que lo vemos bastante lógico, pero la realidad es que hemos visto que la comida es reconfortante; la pregunta obligada sería: ¿por qué no ayuda en la tristeza?
La razón. El duelo por la pérdida de alguien muy querido instaura en el organismo un estado de alarma biológica distinto al del estrés cotidiano que nos genera el trabajo o los estudios. La tristeza profunda activa el sistema nervioso simpático, manteniéndolo en una hipervigilancia agotadora, y esto es un problema.
El problema radica en que la digestión está gestionada por el sistema parasimpático y el nervio vago y en este estado de tristeza está completamente inhibido, porque cuando el simpático se activa, el parasimpático se ‘apaga’. La consecuencia más inmediata es que el vaciado gástrico se ralentiza de forma drástica, provocando náuseas, sensación de nudo en el estómago y una incapacidad física para tragar o digerir sólidos.
Prioridades. De esta manera, el cuerpo en su máximo estado de tristeza prioriza la supervivencia psíquica y el procesamiento emocional del trauma que se ha vivido por encima del mantenimiento metabólico rutinario. A partir de aquí, la comida simplemente pierde su sabor, y la incapacidad por sentir placer bloquea la liberación de dopamina que normalmente nos daría un bocado apetitoso y calórico.
Una cuestión cultural. Dado que el estado de dolor provoca que alguien no se pueda alimentar correctamente o haga tareas cotidianas como cocinar, todas las culturas humanas han desarrollado rituales alimentarios en torno al duelo y la muerte. Esto se traduce en compartir comida en estos momentos de dolor o al menos dejarla disponible para todo aquel que la necesite.
Pero también hemos visto cómo en algunas culturas se comparte comida tras un funeral para reforzar el tejido social. Aquí la comida actúa como un recordatorio tangible de que la vida continúa y de que el individuo no ha quedado aislado del grupo.
Imágenes | Drazen Zigic en Magnific Robin Stickel
En Xataka | Comer frente a una pantalla no es una manía moderna: es el nuevo ritual social
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