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qué le pasa a nuestro cerebro cuando rezamos o meditamos, según la neurociencia

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Juana de Arco escuchaba voces divinas que guiaban sus pasos en la batalla. Santa Teresa de Jesús describía éxtasis místicos que la dejaban paralizada. Durante siglos, estas experiencias se han enmarcado exclusivamente en el terreno de la fe y el dogma, pero la ciencia moderna ha decidido asomarse al abismo del misticismo con una herramienta mucho más terrenal: los escáneres cerebrales.

Tiene su ciencia. Se denomina neuroteología y es una disciplina que está comenzando a emerger, aunque no esté libre de polémica. Su objetivo no es probar como tal la existencia de Dios, sino descifrar los circuitos neuronales que se encienden cuando los humanos intentan comunicarse con él. 

Las “neuronas de Dios”. En su reciente libro “Las neuronas de Dios”, el biólogo e investigador Diego Golombek plantea una hipótesis fascinante para las situaciones más místicas. Apuntan a que muchas de las visiones y vivencias espirituales extremas que han documentado figuras que han pasado a la historia podrían estar estrechamente ligadas a fenómenos neurológicos como la epilepsia del lóbulo temporal.

Según Golombek, estas tormentas eléctricas en el cerebro activan regiones ligadas a emociones intensas y percepciones alteradas, creando una experiencia que el sujeto interpreta como un contacto directo con la divinidad. Aunque la pregunta aquí es si existe un ‘botón de Dios’ en el cerebro o un área que se active cuando nos centramos en nuestra espiritualidad. La respuesta corta aquí es que no. 

Lo que se sabía. Durante años se especuló con la existencia de un “módulo cerebral” exclusivo para lo divino, pero los estudios clásicos, como el realizado en 2006 por el neurocientífico Mario Beauregard con monjas carmelitas, desmintieron esta idea. 

Para demostrarlo, introdujo a las religiosas en máquinas de resonancia magnética funcional y les pidió que revivieran sus experiencias místicas más profundas. Aquí los resultados demostraron que no hay una única “zona de Dios” sino que la oración moviliza una red compleja y amplísima que incluye el núcleo caudado, la ínsula y el lóbulo parietal. Es por ello que Dios, neurológicamente hablando, es un esfuerzo de equipo.

El impacto real. Más allá del debate sobre el origen de las visiones, la neuroteología ha encontrado un terreno muy fértil en la psiquiatría y la salud mental. Andrew B. Newberg, uno de los pioneros mundiales en este campo y autor de “Principles of Neurotheology”, lleva décadas documentando cómo las prácticas religiosas y la meditación alteran físicamente nuestra materia gris.

En estudios recientes de este mismo 2025, el equipo de Newberg ha abordado las aplicaciones prácticas de la neuroteología en la psiquiatría integrativa. Los hallazgos son reveladores, puesto que las personas con una práctica religiosa o espiritual constante muestran correlaciones significativas con menores niveles de depresión, ansiedad y un mayor bienestar general.

¿Por qué? Al rezar o meditar de forma rutinaria, se produce una activación sostenida en áreas como el córtex prefrontal, que está encargado de la atención y la toma de decisiones, además de darse alteraciones en la ínsula, lo que sugiere que estas prácticas ejercen un efecto protector sobre la salud mental. Para autores como Newberg o el propio Víctor Páramo Valero, estos datos rechazan las explicaciones puramente materialistas y reduccionistas, puesto que la neurociencia no niega a Dios, sino que explica cómo nuestro cerebro está equipado para procesar la espiritualidad.

Hay polémica. No todo en la neuroteología es un camino de rosas, ya que también hay muchas críticas alrededor. Un ejemplo lo tenemos en el investigador Javier Bernácer, que advierte sobre el peligro de confundir correlación con causalidad. De esta manera, que unas áreas del cerebro se iluminen en un escáner mientras alguien reza no prueba que la oración sea la causa única de esa activación. Apunta que muchas de las neuroimágenes actuales ofrecen “anécdotas, no pruebas definitivas”, y exige que la disciplina adopte ensayos controlados para descartar sesgos cognitivos.

En Xataka | Tres físicos del MIT han llegado a una conclusión matemática sobre Dios: si el universo es cerrado, no cabe un observador externo

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Dormir cuatro horas y trabajar equivale a ir a la oficina con seis cervezas de más. Salvo que tengas un ‘superpoder’

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Seguramente hayas oído hablar de empresarios, políticos o genios que aseguran dormir apenas cuatro horas y despertarse como nuevos con la capacidad de ser muy productivos a lo largo del día. Esto es algo que para la medicina era simplemente una privación del sueño encubierta que pasaría factura tarde o temprano; sin embargo, las investigaciones más recientes apuntan a que es posible dormir esta cantidad de tiempo sin consecuencias. Aunque es mejor no imitarlos. 

Dormidores cortos. Aquí la ciencia ha identificado una condición denominada “sueño corto natural familiar”, que hace que las personas que lo ‘sufren’ no solo duerman poco por elección, sino que su cerebro parece realizar las tareas de mantenimiento nocturno de forma mucho más eficiente. Es por ello que su sueño reparador dura mucho menos que para el resto de mortales. 

La genética es la gran responsable de esta ‘habilidad’ y la ciencia no ha cesado en sus intentos por identificar las dianas que existen en el genoma. Una de ellas son los genes DEC2 y ADRB1, que fueron los primeros genes asociados a esta capacidad, puesto que se observó que los miembros de una misma familia compartían estas mutaciones y dormían unas seis horas sin efectos negativos. 

Pero estos no eran únicos, ya que recientemente los investigadores han visto cómo una variante del gen SIK3 refuerza la idea de que la necesidad de sueño no es un capricho conductual, sino un rasgo biológico heredable. Para estas personas, dormir 4 o 5 horas no es un sacrificio, sino que es su estado natural. Su rendimiento cognitivo no se ve afectado y no presentan la somnolencia diurna que hundiría a cualquier otra persona.

La falsa productividad. Esto es algo excepcional, puesto que para el 99% de la población se necesitan entre 7 y 9 horas de sueño para tener un buen rendimiento cognitivo a lo largo del día. En esta situación, cuando se duermen cuatro horas de forma constante sin tener esta ventaja genética, entramos en un estado de privación crónica. Y no es algo secundario, puesto que lo peligroso es que el cerebro humano es pésimo evaluando cuánto daño está sufriendo por la falta de sueño, teniendo la idea de que “estamos bien” cuando no es así. 

De hecho, la evidencia muestra que estar despierto entre 17 y 24 horas produce un deterioro cognitivo similar a tener un nivel de alcohol en sangre de 0,05% a 0,10%. En términos coloquiales, intentar rendir tras dormir cuatro horas es comparable a intentar trabajar yendo de empalme de una noche donde se han bebido varias cervezas. Y es una sensación que algunos hemos vivido con una capacidad de juicio nublado y el control emocional inestable. 

El peligro. Dormir poco no solo hace que pensemos más lento, sino que también se conoce que existe una relación directa entre el sueño corto y la hipertensión arterial, la obesidad y la diabetes tipo 2. Además, durante el sueño activa sus mecanismos de ‘limpieza’ para eliminar, por ejemplo, la proteína beta-amiloide que está vinculada al alzhéimer. Es por ello que interrumpir esta limpieza no es lo mejor para poder tener un sistema nervioso eficiente. 

No nos vendan la productividad. En un momento donde hay muchos vídeos en redes sociales que apuntan a que dormir mucho es una pérdida de tiempo porque nos restan productividad en el día a día, es fácil caer en las prácticas de levantarse a las cinco de la mañana y dormir pocas horas. Pero la realidad es que si ponemos en una balanza el tener una buena salud o dormir poco para tener más tiempo para trabajar, lógicamente la salud pesa más. 

Es por ello que el mensaje con el que nos quedamos es que, si no estamos “preparados” genéticamente para dormir tan poco, lo mejor es evitarlo en la medida de lo posible. 

Imágenes | gpointstudio en Magnific

En Xataka | Si te duermes en menos de cinco minutos, no tienes un “superpoder”: es una señal de alerta de tu cerebro

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la cara B de las muestras geológicas del programa Apolo

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Cuando los astronautas del Apolo 11 volvieron a la Tierra, traían con ellos un trocito de la geología de la Luna. Su objetivo no era solo conocer su composición mineral. También se buscaba analizar todas esas rocas en busca de materiales orgánicos. Esto supuso un análisis químico completo, pero también algo bastante más estrambótico: dar de comer polvo lunar a las cucarachas.

Tres tipos de snacks. Los científicos de la NASA querían saber si había rastros de vida en la roca lunar y, de paso, comprobar si esta es peligrosa para la vida que ya hay en la Tierra. Por eso, se les ocurrió elegir unas cuantas especies animales que se criasen fácil y rápido y darles de comer parte de esas rocas. Se dividieron en tres grupos. En el primero consumieron polvo lunar molido esterilizado, mezclado con su comida y agua. Los animales del segundo grupo tomaron lo mismo, pero sin esterilizar. Finalmente, el último grupo no comió polvo lunar, aunque algunos ejemplares tuvieron que caminar sobre las muestras de roca.

Un arca de Noé muy particular. Los animales elegidos para este experimento fueron codornices japonesas, gambas marrones, gambas rosas, ostras, moscas domésticas, cucarachas, polillas y peces guppys. Solos los guppys murieron. Sin embargo, después se comprobó que la causa fueron los vapores de un desinfectante que se había derramado cerca de su pecera. El regolito lunar no tuvo nada que ver.

Sin rastro de vida ni peligro. En definitiva, se vio que el polvo lunar que trajeron los astronautas del Apolo 11 no contenía compuestos orgánicos ni el más mínimo rastro de vida. Pero, además, se comprobó que no parecía ser peligroso para una gran cantidad de animales terrestres y acuáticos. Es cierto que se dice que las cucarachas podrían sobrevivir a un ataque nuclear, pero este es un mito. Además, aunque fuese verdad, se incluyeron muchos más animales, muy diferentes entre sí. Si ninguno se vio afectado, es una buena señal.

No es inocuo. A pesar de lo descubierto con este estrambótico experimento, hoy en día sabemos que el polvo lunar no es inocuo. De hecho, muchos de los astronautas que viajaron a la Luna describieron algo conocido como fiebre del heno lunar, que experimentaron cuando el polvo se quedaba aferrado a sus trajes y lo introducían en la nave. Les causaba estornudos, ojos llorosos y dolor de garganta. Esto se debe a que es un polvo muy irritante para las mucosas y las vías respiratorias. Por si fuese poco, también es muy abrasivo. Llegó a rayar los cascos de los astronautas, por lo que en los ojos causaba también muchas molestias. 

El resto de las rocas. Las demás muestras y rocas procedentes de la Luna se dirigieron a fines muy distintos. Algunas se destinaron a la investigación. Otras se enviaron como obsequio a una gran cantidad de países para hacer hincapié en el objetivo colaborativo de viajar a la Luna. Las demás quedaron a buen recaudo en instalaciones de la NASA. 

Aunque quizás el recaudo no fue tan bueno, si tenemos en cuenta que en 2002 tres becarios de la NASA robaron una muestra y dos de ellos esparcieron las rocas sobre la cama para tener lo más parecido a sexo en la Luna que podrían tener jamás. Ahora que recordamos esto, puede que lo de las cucarachas sea la segunda historia más graciosa en relación con las muestras de roca de la Luna. Hay situaciones que son difíciles de superar. 

Imagen | Unsplash/NASA

En Xataka | Si queremos encontrar vida extraterrestre, ya sabemos en qué punto del espacio debemos buscar: la “zona terminator”

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el día que Nápoles rechazó a un Boeing 787 con 200 personas a bordo porque no entraba en el aeropuerto

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No hace mucho que ha amanecido y los pasajeros se desperezan un día de junio de 2025 a miles de metros de altura sobre el nivel del mar. Salieron de Filadelfia anoche y están a punto de aterrizar en Nápoles. Están a punto de descubrir que, hayan dormido mejor o peor, van a tener un mal despertar.

Y es que cuando se acercan a las ocho horas de viaje y ya ven la costa italiana en las pantallas de sus asientos, una voz les informa de que no aterrizarán en Nápoles. No hay mucho que temer, todo está en orden. Todo. Salvo un pequeño error burocrático que ahora mismo les está desviando a Roma. 

De eso, probablemente, se enterarán más tarde. Lo único que saben es que su vuelo de Filadelfia a Nápoles ha tenido que ser desviado. Y que esta vez no ha sido por una avería, una tormenta o una emergencia sanitaria. 

El motivo es simple: el avión es demasiado grande para aterrizar en Nápoles. 

Dos metros, concretamente

Dos metros de los que nadie se dio cuenta

La ruta Filadelfia-Nápoles operada por American Airlines es una muy buena opción si quieres viajar de Estados Unidos a Italia y no tienes la necesidad de pasar por los grandes aeropuertos de Nueva York o Roma. Cuenta con la ventaja, además, de que se vuela por la noche, lo que facilita regatear al jet lag.

Alicientes que, seguramente, valoraron los 231 pasajeros que debían viajar en un Boeing 787-8, según CBS. Sin embargo, aquel día, la aerolínea podría haber subido a alguna persona más a bordo. Y es que, por razones operativas, American Airlines utilizó un Boeing 787-9 en ese viaje 3 de junio de 2025, un avión ligeramente más grande y de mayor capacidad que el habitual en una ruta que se viene operando desde 2024.

Las aeronaves son casi calcadas. Eso sí, un Boeing 787-8 mide 57 metros de largo pero el 787-9 ya se extiende hasta los 63 metros de largo. Una diferencia que tiene sus implicaciones más allá del número de pasajeros. Y es que, según las normas de seguridad aérea, un Boeing 787-8 puede aterrizar en aeropuertos de Categoría 8 RFFS (Rescue and Fire Fighting Services, por sus siglas en inglés) o superior. Pero un Boeing 787-9 no lo tiene tan fácil, necesita hacerlo en aeropuertos de Categoría 9 RFFS

La diferencia es pequeña pero es sustancial. Un aeropuerto de Categoría 8 RFFS puede acoger aviones de hasta 61 metros de largo. Sí, dos metros menos de lo que mide el Boeing 787-9. 

Y ya puedes imaginar qué categoría tiene el aeropuerto de Nápoles. 

Efectivamente, a unas 70 millas de distancia, el vuelo de American Airlines pide pista en Nápoles pero desde la torre de control alguien se da cuenta del problema: la aeronave no es la misma de siempre. Por razones logísticas, la aerolínea estaba utilizando esta segunda versión más grande del Boeing 787 y por tanto se superaba el límite máximo permitido de los 61 metros. Nadie en la compañía actualizó la documentación ni avisó del cambio. 

Técnicamente el problema no está en el tamaño de la pista, el problema está en las medidas de seguridad. Y es que Nápoles no está preparado para atender un posible incidente de un avión de este tamaño. Las categorías de los aeropuertos no sólo clasifican en función del tamaño de la pista, también se tienen en cuenta su capacidad para dar paso a servicios de emergencia y de extinción de incendios.

Desde la torre de control lo ven claro, no queda otra que avisar a los pilotos: deben aterrizar en Roma Fuimicino. El aeropuerto de la capital es el aeródromo más cercano en el que pueden aterrizar vuelos del tamaño de un Boeing 787-9 y por tanto es a donde finalmente se llevó a los pasajeros. De allí, finalmente, fueron trasladados en autobús a Nápoles, un viaje que lleva entre dos y tres horas. 

Un mal menor para un problema que habría sido mucho más grave si la aeronave hubiera tenido algún problema a la hora de aterrizar. 

Foto | Dominic Bieri y Flightware

En Xataka | El inevitable aumento de los viajes aéreos nos está llevando a una realidad: no hay sitios, ni aviones, ni planeta para tanto turista

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