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Los meteorólogos esperaban 80 mm de lluvia en Grazalema, que ya era mucho. Van ya por 180 mm

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Este miércoles la borrasca Leonardo está dejando ver toda su fuerza en buena parte de Andalucía, algo que ha obligado a cancelar clases o incluso a movilizar a la UME por las posibles inundaciones que se pueden dar. Uno de los focos de esta borrasca está puesta en la Sierra de Grazalema en Cádiz, uno de los puntos donde más llueve de España.  El punto aquí es que se preveía que cayera una gran cantidad de litros por metro cuadrado, pero la realidad ha superado a todo lo calculado anteriormente. 

Los datos. Tal y como ha recogido el usuario en X @Vigorro, la discrepancia entre lo que “veía” el modelo y lo que ha caído del cielo es masiva: de una previsión de 60 a 80 mm acumulados a las 7 de la mañana, se ha pasado a una realidad de 180 litros por metro cuadrado

Y esto nos hace que tengamos muchas preguntas en la cabeza… ¿Cómo es posible que en plena era del Big Data y los modelos de alta resolución fallar por más del doble en una predicción a tan corto plazo? La respuesta está en la orografía. 

El fallo de Harmonie. El protagonista tecnológico aquí está en Harmonie-AROME, el modelo de mesoescala que utiliza la AEMET para predecir fenómenos locales. A diferencia de los modelos globales como el europeo IFS, Hamonie está diseñado para ver el detalle bajando a resoluciones de pocos kilómetros para calcular por ejemplo cuantos litros van a caer en una ubicación concreta. 

Sin embargo, hoy ha fallado en la Sierra de Grazalema con las diferencias que hemos visto antes. Y aunque la AEMET reaccionó activando el aviso rojo, con un riesgo extremo de recibir hasta 200 litros en un día, la evolución en tiempo real durante la madrugada fue mucho más explosiva de lo que la salida del modelo indicaba. Y lo peor es que todavía queda día por delante. 

Una “muralla”. Para entender por qué el software se queda corto, hay que mirar a la montaña, y es que la Sierra de Grazalema actúa como una barrera física formidable contra los vientos húmedos del Atlántico. De esta manera, cuando estas borrascas impactan contra la sierra, el aire se ve obligado a ascender bruscamente, enfriándose y condensando toda su humedad en un espacio muy reducido y da lo que se conoce como realce orográfico.

En esta borrasca tan peculiar se han juntado dos factores que sin duda la han terminado de magnificar. Por un lado, hemos tenido un río atmosférico que actúa como gasolina para las nubes, intensificando las precipitaciones mucho más de lo que los modelos anticipan, especialmente cuando chocan con una montaña. 

Se falla en la escala. Por otro lado, tenemos también las limitaciones de los modelos numéricos que utilizamos en el día a día como recogen en el foro de Cazatormentas. Aquí apuntan a que estos modelos siguen teniendo problemas para resolver eventos de corta duración y alta intensidad en zonas orográficas complejas. Y es que son buenos para decir que va a llover mucho, pero fallan cuando hablamos de la magnitud de un diluvio concreto. 

Llueve sobre mojado. El problema de esta subestimación no es solo meteorológico, sino hidrológico puesto que esta lluvia torrencial cae sobre un terreno que ya no admite ni una gota más. 

El contexto en este caso es crítico, ya que el mes de enero ya batió récords históricos en esta zona con acumulados que rondan los 1300 litros por metro cuadrado. Es por ello que el suelo que está compuesto sobre todo por arcillas está completamente saturado, lo que significa que la tasa de infiltración es nula, haciendo que todo lo que cae corra inmediatamente al cauce del río Guadalete y otros. 

Imágenes | Freysteinn G. Jonsson 

En Xataka | España se prepara para un “festín” de borrascas en febrero: con más lluvia de lo normal y sin apenas frío

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Teníamos un plan perfecto para descarbonizar la red eléctrica. El brutal consumo de los centros de datos lo ha dinamitado

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Los titulares diarios anuncian inversiones multimillonarias en nuevos modelos de lenguaje y chips de última generación. Los inversores de capital riesgo han inyectado más de medio billón de dólares en startups de IA durante el último lustro. Pero, como advierte un revelador análisis de TechCrunch, el dinero inteligente ha empezado a cambiar de bando: hoy en día, la mejor inversión en Inteligencia Artificial ya no es el software.

La realidad sobre el terreno se ha vuelto sumamente árida. Levantar los muros y apilar servidores en un gigantesco centro de datos se ha convertido en la parte sencilla de la ecuación. El verdadero muro contra el que choca el sector tecnológico es encontrar los electrones necesarios para encenderlo. Según un informe de la firma de análisis Sightline Climate, hasta el 50% de los proyectos de centros de datos anunciados para 2026 podrían sufrir retrasos. De los 190 gigavatios (GW) de capacidad que la compañía rastrea globalmente, apenas 5 GW están hoy en construcción real.

El cuello de botella ya no son los microchips. Es el acceso a la red eléctrica.

La tiranía del 24/7. El consumo se ha desbocado a un ritmo que la infraestructura del siglo XX no puede procesar. Un análisis de Goldman Sachs proyecta que la IA disparará el consumo de energía de los centros de datos un 175% de aquí a 2030. Las cifras apuntan todas en la misma dirección: la iniciativa de Open Energy Outlook prevé que la demanda eléctrica conjunta de centros de datos y criptominería crezca un 350% en esta década.

Como resultado, la imagen inmaculada de la nube tecnológica se está evaporando. Las emisiones de Google han subido un 48% en el último lustro, y las de Microsoft un 31% desde 2020. ¿El motivo? Lo que en la industria se conoce como la “tiranía del 24/7”. Los algoritmos no duermen y requieren un suministro eléctrico continuo y firme; no pueden apagarse simplemente porque deje de soplar el viento o se ponga el sol. Ante la falta de sistemas de almacenamiento masivo a nivel global, el combustible que está cubriendo este desfase urgente no es verde. Es el gas natural, que ha regresado de su retiro como el gran respaldo estructural del sector.

Un colapso global con dos caras. La presión ya ha roto los equilibrios del mercado. En la región PJM —que abastece a 13 estados del este de EEUU y concentra la mayor densidad de centros de datos del mundo— los precios de capacidad pasaron de 30 a 270 dólares en una sola subasta a finales del año pasado. Como señaló John Ketchum, CEO de NextEra Energy, estamos ante una “era dorada de la demanda energética”, pero con un límite físico insalvable: “los nuevos electrones no pueden llegar a la red con la suficiente rapidez”.

Esta asfixia eléctrica está redibujando el mapa global, y Europa es el mejor ejemplo. Históricamente, el mercado europeo estaba dominado por los mercados “FLAP-D” (Fráncfort, Londres, Ámsterdam, París y Dublín). Pero la red de estas ciudades ya no da más de sí. Según datos de Greenpeace, los centros de datos llegaron a acaparar casi el 80% del consumo eléctrico en Dublín, forzando a Irlanda a imponer una moratoria. La cuota de mercado de estas capitales tradicionales caerá drásticamente para 2035, provocando un éxodo masivo hacia los países nórdicos (con redes desahogadas y climas fríos) y hacia el sur de Europa, como España, Grecia e Italia, en busca de megavatios verdes.

El problema del hardware y la red. Cuando rascamos bajo la superficie de este colapso, descubrimos que el problema físico se divide en dos grandes brechas. Primero, falta la máquina para generar la energía. Dado que las renovables intermitentes no bastan, las empresas acuden al gas. Sin embargo, las turbinas de gas se han convertido en un bien escaso. Hace tres años, directivos de Siemens Energy daban este mercado por “muerto”; hoy, las fábricas están tan desbordadas que los plazos de entrega de estas turbinas pueden extenderse hasta siete años.

Segundo, falta la “fontanería”. Una vez generada la electricidad, la tarea de domarla dentro del edificio recae en los transformadores. Es una tecnología de bloques de hierro y cobre que apenas ha cambiado en 140 años. Como explica TechCrunch, a medida que los servidores exigen más potencia, el equipo eléctrico tradicional ocupará el doble de espacio que los propios servidores. Es matemáticamente insostenible.

El ‘Smart Money’ cambia de bando. Ante este panorama, el capital riesgo está pivotando. Las grandes empresas tecnológicas (Amazon, Google, Oracle) están empezando a comportarse como gigantes energéticos, ideando alternativas para minimizar su dependencia de una red pública obsoleta mediante enfoques híbridos o de generación in situ. Las soluciones se dividen en varios frentes:

  • El resurgir nuclear: Google ha firmado un acuerdo pionero con Kairos Power para desarrollar siete reactores modulares pequeños (SMR) hacia 2030, y Amazon intentó (aunque los reguladores lo bloquearon temporalmente) conectar un centro de datos directamente a la central nuclear de Susquehanna.
  • Superbaterías: Google está colaborando en Minnesota con la empresa Xcel Energy y la startup Form Energy para instalar baterías capaces de descargar energía durante 100 horas, estabilizando así los picos de las renovables.
  • Innovación en hardware: Decenas de startups (como Amperesand o DG Matrix) respaldadas por fondos de inversión están desarrollando transformadores de “estado sólido” basados en silicio, buscando jubilar por fin al viejo hierro y cobre para ahorrar un espacio vital en las instalaciones.
  • Cirugía regulatoria: En el sur de Europa, organismos como la CNMC en España están aplicando “permisos de acceso flexibles”, obligando a los centros a aceptar cortes en emergencias para no colapsar el país entero.

La paradoja: la IA como salvadora del sistema eléctrico. No obstante, la historia tiene un giro fascinante. La misma tecnología que hoy amenaza con quemar los cables de medio mundo podría ser la que acabe salvando el sistema eléctrico. Según estimaciones de la consultora Deloitte, la aplicación de la inteligencia artificial para optimizar sistemas industriales y redes eléctricas ahorrará más de 3.700 TWh a nivel mundial para 2030. Es decir, la IA ahorrará casi cuatro veces la energía que consumen todos los centros de datos del planeta juntos. Un informe de Ember sobre el Sudeste Asiático (ASEAN) respalda esto, calculando que integrar la IA en la gestión de sus redes ahorrará más de 67.000 millones de dólares y evitará la emisión de casi 400 millones de toneladas de CO2.

Pero para llegar a ese futuro de eficiencia, primero hay que encender las máquinas hoy. Y lo que está en juego es el mapa económico mundial. Albergar estos centros es sinónimo de riqueza: en los Países Bajos, el sector atrae ya el 20% de toda la inversión extranjera directa, y en Alemania se espera que aporten más de 23.000 millones de euros al PIB en 2029.

Un choque de transiciones Nos encontramos ante la fricción tectónica de dos grandes fuerzas de nuestro siglo que avanzan a ritmos incompatibles. Por un lado, la transición digital, que es exponencial, salvaje y voraz. Por otro, la transición energética, fuertemente regulada, atada a los permisos de obra, a la física de los cables y a los límites del viento y el sol.

Los gigantes tecnológicos han dejado claro que no tienen paciencia para esperar a que los gobiernos entierren nuevas líneas de alta tensión o modernicen sus redes. Trasladarán sus miles de millones allí donde la infraestructura ya tenga espacio disponible.

En la frenética carrera geopolítica y empresarial por dominar el futuro de la inteligencia artificial, tener el algoritmo más avanzado ya no es suficiente. Hoy, la victoria pertenece a quien tenga un enchufe libre. Y en esa brecha dolorosa entre nuestras aspiraciones digitales y nuestra cruda realidad física, el gas natural, contra todo pronóstico ecológico, vuelve a arder.

Imagen | Freepik 1 y 2

Xataka | España tiene un plan para captar más centros de datos que nadie: “blindarles” ante los costes de la energía

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de noche y con auroras boreales

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La misión Artemis II partió el pasado 2 de abril (hora peninsular) después de varios retrasos y hoy día 4 de abril ya está más cerca de la Tierra que de la Luna, de acuerdo con el Artemis Real-time Orbit Website” (AROW), un rastreador que permite seguir la nave Orión en tiempo real. Y desde allí el equipo de astronautas puede hacer unas fotos fabulosas del universo con los iPhone que llevan a bordo o con las cámaras, un par de Nikon D5, como puede leerse en el inventario de la NASA.

Y vaya si las están haciendo. Bajo estas líneas vemos una imagen de la Tierra tomada por el astronauta de la NASA y comandante de la misión Artemis II, Reid Wiseman, desde una de las cuatro ventanas principales de Orión. La típica imagen que solemos hacer cuando nos vamos de vacaciones y tomamos una foto desde la ventana del avión o del tren, pero a otro nivel. A nivel interestelar.


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Artemis II echando la vista atrás hacia la Tierra. NASA

Pero para ver la Tierra en todo su esplendor mejor echar un vistazo a lo último que ha compartido la NASA: bajo el título de “Hello, World“, todo un clásico de la programación que en este escenario tiene todo el sentido del mundo, ayer 3 de abril la NASA difundía otra foto de Reid Wiseman, que según la agencia espacial tomó tras completar la maniobra de inyección translunar. Desde luego, a años luz de lo que la agencia estadounidense ha compartido previamente. Y eso que se aprecia el contorno de la ventanilla

La Tierra como nunca antes la habíamos visto

Hemos visto muchas, muchísimas imágenes de la Tierra desde el espacio, pero esta es verdaderamente especial si la miras con atención. Uno de los detalles más impresionantes de la imagen está en que gracias al ángulo y la distancia se aprecian dos auroras al mismo tiempo, la boreal y la austral

Esas cintas verdes que bordean el perímetro de la Tierra (en la zona superior a la derecha y en la zona inferior a la izquierda, respectivamente) son nuestra atmósfera brillando mientras el escudo magnético desvía el viento solar. Justo encima de ambas hay una capa muy fina de color anaranjado: es la luminiscencia atmosférica o airglow y no está causada por el viento solar, sino por reacciones químicas en la alta atmósfera que liberan la energía acumulada durante el día.

Pero es que además abajo a la derecha se puede ver la luz zodiacal durante el “eclipse solar” de la Tierra, ese resplandor difuso, casi fantasmagórico y con una forma casi triangular que se extiende por el plano donde orbitan los planetas. Se trata de polvo cósmico que brilla al reflejar la luz del Sol y que puede verse gracias a que, desde la nave Orion, no hay atmósfera que disperse la luz ni oculte los detalles más sutiles del cosmos


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La Tierra desde la perspectiva de Artemis II. NASA

Por otro lado, esta fotografía tiene otra particularidad: la mayoría de imágenes que vemos de la Tierra desde el espacio son del lado diurno de la Tierra, logrando así una fotografía brillante de nuestro planeta en la que las estrellas apenas se aprecian debido a los ajustes de la cámara (ISO bajo, velocidad de obturación alta y/o apertura cerrada), pero aquí el Sol está detrás de la Tierra

Esto significa que la tripulación de Orión contempla el lado nocturno de la Tierra. Para los amantes de la fotografía: la NASA facilita el EXIF  de la imagen, donde se aprecia un ISO de 51.200 y una exposición larga, necesarios para captar la luz de las ciudades y las auroras.

Estas son dos de las primeras fotografías enviadas por el equipo de Artemis II, pero la NASA tiene a disposición una sección de la web donde ver todas las que comparten.

En Xataka | La NASA ha publicado 96 pósters fantásticos del universo que puedes descargar gratis en HD

En Xataka | La NASA acaba de compartir unas impresionantes imágenes de la nebulosa de la Hélice como nunca la habíamos visto

Portada | NASA

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por lo que sea, resiste explosiones nucleares

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China acaba de aterrizar un proyecto que lleva una década en la mesa de tareas pendientes: el de la primera isla flotante de investigación de aguas profundas del mundo. Parece un pozo petrolífero, pero en realidad se trata de una megaestructura que está preparada para todo. Y, cuando decimos “todo”, incluimos el fin del mundo. Porque es un centro de investigación, pero también un centro de mando y un búnker nuclear.

Y ya ha despertado preocupaciones por un posible doble uso por parte de China.

En corto. Hace unos meses ya nos hicimos eco del plan de China de formalizar este proyecto que lleva años en el horno, pero que no se concretaba. Ha sido ahora cuando, según la cadena estatal CCTV News, el país comenzará la fase final de diseño y construcción de la plataforma. El nombre por el que se ha conocido hasta ahora es el de “Deep-Sea All-Wather Resident Floating Research Facility”, o “Instalación Flotante de Investigación en Aguas Profundas Preparada para Todos los Climas”, y básicamente será una instalación que pueda hacer de todo.

La instalación. La Universidad Jio Tong de Shanghái es la que se está encargando del grueso del proyecto, una plataforma que tendrá un doble casco gemelo de 78.000 toneladas y unas dimensiones de escándalo. Hablamos de 138 metros de largo, 85 metros de ancho y una cubierta principal ubicada a 45 metros de la línea de flotación. El Fujian, el flamante portaviones de nueva generación de China, tiene un desplazamiento de 80.000 toneladas. Por contextualizar.

Es semisumergible y, desde la Universidad, han detallado que llegará para cubrir un hueco que han detectado en el arsenal del país: el de una instalación de investigación que pueda navegar rápidamente y permanecer en un área de operaciones durante periodos prolongados”. Y, si nos recuerda a un pozo petrolífero, es porque se han inspirado en esas instalaciones, han combinado el diseño con el de los buques de investigación y lo que ha salido es… bueno, lo que vemos en la imagen conceptual.

Investigación. La idea es que la instalación permita albergar durante meses a casi 240 personas gracias a los sistemas energéticos de respaldo y el objetivo principal que expone CCTV News y la Universidad Jiao Tong es el de explorar aguas profundas y servir de campo de pruebas de sistemas de minería, prospecciones de petróleo y gas, así como investigación de ese fondo oceánico inexplorado.

A prueba de bombas. Pero hay un girito. La estructura está pensada para ser una fortaleza capaz de resistir olas de nueve metros de altura y tifones de categoría 17, siendo la más alta para este tipo de ciclones. Es normal ya que estará en zonas en las que el casco puede sufrir, pero lo que ya no es tan normal es que el blindaje se haya diseñado para resistir explosiones nucleares.

En lugar de un blindaje de acero convencional, las paredes del complejo serán como un sándwich con varias capas que permitirán disipar la onda de choque de una explosión nuclear. Para la construcción, se plantea recurrir a un metamaterial que, sometido a presión, se comprime para crear una estructura más densa que los paneles de acero más gruesos.

Las simulaciones apuntaban que estas paredes resistirán más presión que la de un submarino. Y eso, unido a que tendrá un centro de mando, ha despertado algunas dudas sobre el posible doble uso de la instalación.

Mapeando el terreno. Porque el suelo oceánico se ha convertido en el nuevo campo de batalla. Del espacial ni hablamos, ya que Estados Unidos afirma que mantiene desde hace meses una guerra con China y Rusia por el control del espacio, pero el lanzamiento del proyecto de esta plataforma llega poco después de la publicación de unos informes que revelan cómo China ha puesto a docenas de buques de investigación a mapear el lecho oceánico.

Según informes publicados en Reuters, decenas de buques llevan años estudiando el terreno, mapeándolo y desplegando sensores en una estrategia para poder monitorizar en tiempo real datos como la temperatura del agua, la salinidad, las mejores zonas de prospección y… también todo lo que se mueva en ese territorio. Desde Estados Unidos ya se ha alzado la voz apuntando que esos buques de investigación civil “pueden” recopilar inteligencia militar, lo que representa “una preocupación estratégica”.

Este mapeo sistemático, para algunos analistas militares, tiene un único objetivo y no es el de encontrar pozos de petróleo: es erosionar la ventaja que Estados Unidos tenía del terreno de batalla oceánico”. Y una instalación como la que ahora están preparando con el punto de mira puesto en 2030 puede ser una auténtica fortaleza marina.

Imagen | SJTU

En Xataka | Japón tiene decenas de islas “olvidadas” frente a la costa de China: ahora se está preparando para el peor escenario

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