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Hasta ahora lanzar satélites era el negocio. EEUU acaba de convertir su desorbitado en una oportunidad millonaria
Durante años, el negocio espacial ha girado alrededor de una idea muy concreta: lanzar más satélites, más rápido y más barato. La carrera por llenar la órbita baja de la Tierra de grandes constelaciones ha disparado la demanda y ha convertido el despegue en una industria multimillonaria, pero también ha puesto sobre la mesa un problema que durante mucho tiempo quedó en segundo plano, qué hacer con esos satélites cuando alcanzan el final de su vida útil y siguen ocupando espacio en órbita. En ese contexto, Estados Unidos ha dado un paso decisivo al impulsar y empezar a materializar el mercado del desorbitado.
Nuevo negocio en el horizonte. Ese paso adelante ya se ha traducido en un contrato concreto. Starfish Space ha sido adjudicataria de un acuerdo valorado en 52,5 millones de dólares por parte de la Agencia de Desarrollo Espacial (SDA) de la Fuerza Espacial de Estados Unidos para ofrecer un servicio de desorbitado de satélites al final de su vida útil. El encargo contempla el desarrollo, lanzamiento y operación de la nave Otter en órbita baja destinada a desorbitar satélites de la PWSA cuando dejen de ser operativos, con una primera operación y la posibilidad de realizar varias más. El lanzamiento está previsto para 2027.
Detrás de escena. Ese giro no se entiende sin el contexto económico que ha convertido al espacio en una industria de gran volumen. El mercado global de servicios de lanzamiento espacial alcanzó los 21.190 millones de dólares en 2025 y, según estimaciones de Precedence Research, podría escalar hasta los 70.560 millones en 2035, con una tasa de crecimiento anual compuesta del 11,56%. Una parte sustancial de esos ingresos procede del despliegue continuo de satélites, impulsado por constelaciones que requieren lanzamientos frecuentes para mantener y renovar sus redes en órbita.
Una órbita cada vez más saturada. Tener miles de satélites operando al mismo tiempo no es solo una cuestión de despliegue, sino también de gestión del final de su ciclo. Los responsables de grandes constelaciones deben decidir si desorbitan sus satélites relativamente pronto para limitar el riesgo de residuos orbitales o si los mantienen activos el máximo tiempo posible para extraer todo su valor económico y operativo. Esa tensión, sin una solución sencilla, se ha convertido en uno de los principales motores que empujan a buscar nuevas fórmulas para gestionar el final de vida en órbita.
Qué cambia con el “deorbit-as-a-service”. La propuesta de Starfish se apoya en separar el final de vida del satélite de su diseño y de su operación cotidiana, permitiendo que una nave externa se encargue del desorbitado sin exigir modificaciones previas a los aparatos en órbita. La compañía sostiene que este enfoque permite a los operadores exprimir al máximo la vida útil de sus constelaciones y delegar la retirada de aquellos satélites que no pueden desorbitarse por sí mismos.
El paso previo. Aunque la misión de desorbitado aún no se ha estrenado, Starfish Space llega a este punto con un historial previo de demostraciones en órbita. La compañía lanzó Otter Pup 1 en junio de 2023 y consiguió maniobrarlo hasta situarlo a unos 1.000 metros de un objetivo diez meses después, un hito relevante para operaciones de aproximación y control. En octubre, una nave Mira de Impulse Space utilizó software de Starfish para acercarse a otra a 1.250 metros, y en junio de 2025 se lanzó Otter Pup 2 con el objetivo de realizar el primer acoplamiento comercial de satélites en órbita baja.
La gran pregunta por responder. Lo que se pone a prueba ahora es si el desorbitado de satélites puede pasar de ser una excepción a convertirse en una práctica industrial recurrente. La expansión de las constelaciones y la presión por mantener la órbita baja operativa obligan a buscar soluciones que no dependan únicamente de cada satélite individual. En ese contexto, la decisión de Estados Unidos de contratar este tipo de servicios ofrece una primera señal de hacia dónde puede evolucionar el sector, aunque su alcance real solo se podrá medir cuando las primeras misiones empiecen a operar.
Imágenes | Starfish Space
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Llevamos 25 años viviendo una gran guerra entre la Xbox y la PlayStation. Y eso es maravilloso: Crossover 1×38
Las cosas claras y el chocolate espeso: yo soy de Xbox. Lo he sido casi siempre, aunque mi primera consola de verdad fue la PlayStation original. Luego, por diversos motivos, decidí probar la Xbox original y me encantó, y he acabado teniendo todas sus sucesoras.
Pero eso no quita para que sepa que España es un país de Play. Lo respeto y lo acepto, pero lo que también valoro es que esa “guerra de consolas” siga estando tan activa, porque esa competencia no solo nos permite algo de salseo y risas con los amigos —”¡¿¡¿en serio tienes una Xbox!?!?”— sino sobre todo porque ha permitido que ambas evolucionen de forma asombrosa.
Y precisamente de esa guerra entre la Xbox y la PlayStation hablamos en esta entrega de Crossover, en la que tanto Jose como yo hablamos de nuestras vivencias y de la trayectoria de estas plataformas acompañados, cómo no, por Jaume, que modera y como siempre hace las preguntas correctas.
Así, repasamos el nacimiento de las primeras PlayStation y Xbox y cómo eso cambió por completo un mercado que antes parecía dominado por Sega y Nintendo. Esta última jamás ha entrado directamente a competir con Sony y Microsoft, y ha elegido un camino distinto y en el que desde luego le ha ido extraordinariamente bien.
Pero lo que está claro es que la evolución de las Xbox y la PlayStation nos marcó a todos y en ese repaso hablamos de todas esas decisiones, de cómo les fue a cada una de las generaciones y de qué nos puede deparar el futuro.
La pregunta final, “¿quién ha ganado la guerra de las consolas?”, puede tener respuesta válida para el momento actual, pero lo mejor de todo es que estamos ante plataformas absolutamente vivas y que preparan novedades de lo más interesantes a corto plazo. No solo de ellas, claro, también con proyectos prometedores como la Steam Machine. Mientras tanto, seáis de Xbox o de Play, tenemos un único mensaje.
Que vivan los videojuegos.
En YouTube | Crossover
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alguien ha conseguido que funcione dentro de una tostadora
Si alguien te dice que ha conseguido hacer funcionar Windows 98 dentro de una tostadora, lo primero es desconfiar. Lo segundo es imaginar una de esas tostadoras inteligentes con pantalla, muy distinta a la que la mayoría tiene en casa, y pensar que ahí está la trampa. En el vídeo que sostiene este artículo se ve precisamente eso, una tostadora moderna que, por diseño, ya invita a creer que cualquier cosa es posible si se modifica el software adecuado. Pero lo que realmente engancha no es la ocurrencia, sino el camino que hay detrás para convertirla en algo fuera de lo común, como si tuviera un PC noventero dentro.
Una tostadora con Windows. Como podemos ver en el material compartido por “Throaty Mumbo”, el hardware original de la R180 Connect Smart Toaster, que se presenta como “la primera tostadora conectada del mundo”, no está preparado para ejecutar Windows 98. En lugar de forzar ese camino, el creador optó por una arquitectura en dos niveles donde el control físico del aparato y la ejecución del sistema operativo viven en entornos distintos pero coordinados.
Entendiendo el hardware. Dadas las limitaciones técnicas, el siguiente paso consistía en averiguar cómo se comunican realmente los componentes de la tostadora para buscar una solución alternativa. Para hacerlo, el creador recurrió a una herramienta habitual en electrónica, un analizador lógico conectado al cableado entre la pantalla táctil y la placa de control. Ese análisis permitió observar el flujo de órdenes internas y detectar que el dispositivo intercambia paquetes de comandos aproximadamente cada 30 milisegundos para coordinar temperatura, movimiento de la bandeja y estados de funcionamiento.


Raspberry Pi Pico al mando. Una vez descifrado el flujo de órdenes internas, el siguiente movimiento fue tomar el control de esa conversación electrónica. Para ello se utilizó una Raspberry Pi Pico, que pasó a interceptar las señales originales y a generar otras nuevas capaces de gobernar el comportamiento del aparato. Este tipo de sustitución no implica rehacer toda la tostadora, sino colocarse en el punto exacto donde se decide qué debe ocurrir en cada momento. Desde ahí es posible dirigir niveles de calor, movimientos de la bandeja y estados de funcionamiento, creando la base necesaria para coordinar el hardware real con el entorno informático que se integrará después.
¿Dónde instalamos Windows 98? La respuesta fue añadir un segundo bloque de hardware independiente, una Raspberry Pi 5 configurada como un pequeño ordenador funcional. Este dispositivo no sustituye a la tostadora, sino que convive con ella dentro del mismo conjunto, aportando la potencia y compatibilidad necesarias para cargar el sistema operativo clásico. Para reforzar la estética retro, todo el conjunto se integró en una carcasa impresa en 3D con apariencia propia de los años noventa, cerrando así la distancia visual entre el experimento técnico y la experiencia que se muestra una nueva pantalla de 7 pulgadas.
toast.exe y el ritual manual del tostado. Con el sistema ya en funcionamiento, la interacción no se resuelve de forma automática, sino mediante un programa específico creado para el proyecto. El archivo, denominado “toast.exe”, actúa como puerta de entrada al proceso y plantea un recorrido paso a paso desde el propio escritorio de Windows 98. Primero hay que localizar el ejecutable en pantalla, abrirlo y activar la orden de inicio, y después controlar manualmente parámetros como el calentamiento, los ciclos y el movimiento de la bandeja.
Windows 98 no vive realmente dentro de la tostadora original, pero tampoco es una ilusión superficial: funciona gracias a una integración con varios componentes añadidos posteriormente. El resultado es un objeto híbrido que sigue cumpliendo su función cotidiana mientras recrea una experiencia informática de otra época.
Imágenes | Throaty Mumbo (YouTube)
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que se lo digan a Applied Materials y su multa de 252 millones
Durante años, la llamada Entity List de Estados Unidos se ha interpretado como una herramienta geopolítica dirigida a frenar el avance tecnológico chino. Sin embargo, su alcance no se queda en lo simbólico ni en la retórica diplomática: también tiene consecuencias económicas inmediatas para compañías que operan en la cadena global de los chips. Applied Materials acaba de comprobarlo con una penalización civil de 252 millones de dólares vinculada a exportaciones hacia SMIC, en un episodio que ilustra hasta qué punto los controles de Washington pueden traducirse en costes tangibles para la industria.
La sanción. El movimiento llega tras un acuerdo con el Departamento de Comercio de Estados Unidos para cerrar alegaciones de exportación irregular de equipamiento para la fabricación de semiconductores a filiales de Semiconductor Manufacturing International Corp (SMIC). Según la Oficina de Industria y Seguridad (BIS), entre noviembre de 2020 y julio de 2022 se produjeron 56 exportaciones o intentos de exportación valorados en torno a 126 millones de dólares, realizados pese a que determinadas operaciones ya estaban sujetas a requisitos de licencia. La multa civil acordada asciende al doble de esa cifra y, según el propio Departamento de Comercio, representa el máximo legal aplicable en este caso.
Detrás de escena. La secuencia regulatoria arranca con una notificación específica remitida a Applied Materials el 25 de septiembre de 2020, en la que se adverttía de que ciertas operaciones relacionadas con SMIC quedaban sujetas a control de licencia por motivos de posibles usos militares finales. Este tipo de comunicaciones, conocidas como cartas “is-informed”, comunicaban a la empresa receptora que necesitaba autorización para determinadas exportaciones, reexportaciones o transferencias.
Qué exportaciones están en cuestión. La investigación del regulador estadounidense se centra en sistemas de implantación iónica y módulos asociados, herramientas empleadas en las primeras fases del proceso de fabricación de semiconductores para modificar, mediante dopaje, las propiedades eléctricas del silicio. Aunque no se trata de maquinaria tan visible como la litografía avanzada, su papel resulta esencial en múltiples nodos tecnológicos, tanto maduros como de última generación.
El esquema logístico bajo análisis. La documentación del caso recoge un modelo de producción y envío fragmentado que involucraba varias jurisdicciones antes de la entrega final en China. Parte de los equipos se originaba en Estados Unidos, continuaba su proceso en Corea del Sur y terminaba en filiales de SMIC, mientras que ciertos módulos viajaban desde Singapur de forma independiente. BIS presenta este recorrido como un elemento central para reconstruir las operaciones examinadas y evaluar si el marco de control de exportaciones fue respetado durante toda la cadena.
Las condiciones más allá de la multa. El acuerdo alcanzado no se limita al pago económico. La orden incluye una denegación de privilegios de exportación suspendida durante tres años, que podría activarse si la compañía incumple las obligaciones establecidas, junto con la exigencia de auditorías externas periódicas y certificaciones anuales de cumplimiento.
El mensaje. La resolución no solo cierra un expediente administrativo, también ofrece una lectura más amplia sobre el momento que atraviesa la industria tecnológica global. Las políticas de control de exportaciones impulsadas por Washington están mostrando su capacidad para trasladar decisiones estratégicas al terreno operativo de las empresas, con consecuencias financieras y regulatorias medibles.
Imágenes | Applied Materials | aboodi vesakaran
En Xataka | Las sanciones de EEUU están colapsando las fábricas de China. Son malas noticias para el resto del mundo
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