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ya no podemos fiarnos de ninguna imagen en internet
En 2012 el huracán Sandy asoló el Mar Caribe y llegó a alcanzar la costa de Nueva York. Allí dejó inundaciones, cortes del suministro eléctrico y fotos espectaculares. De todas ellas hubo una especialmente asombrosa que se convirtió en viral, pero había un problema: era falsa. No fue la única que se coló en redes.
Aquella imagen fue tan solo un ejemplo más de lo que antes y después hemos ido viendo: los grandes fenómenos y sucesos acaban generando riadas de contenidos, algunos de los cuales no son reales.
Hay muchas razones por las que la gente aprovecha estos momentos para difundir imágenes falsas, pero al menos antes lograr imágenes y vídeos creíbles era costoso. Solo los usuarios avanzados de aplicaciones como Photoshop o Final Cut / Premiere podían lograr resultados convincentes, pero la IA, como sabemos, ha cambiado todo eso.
Llevamos alertando de este problema desde hace tiempo: distinguir entre lo real y lo generado por IA es cada vez más difícil. y estos días hemos tenido el último gran ejemplo de esta tendencia.
Anatomía de un deepfake
En la península de Kamchatka, en el extremo oriental de Rusia, se ha vivido un temporal de nieve histórico. El peor en décadas, según los registros, con niveles de nieve que superan los dos metros en diversas áreas, según Xinhua.
Petropávlovsk-Kamchatski, centro administrativo, industrial, y científico del Krai de Kamchatka, ha sufrido especialmente esas consecuencias, y vecinos de la región han difundido en redes imágenes del que ya ha sido bautizado como el “apocalipsis de la nieve”. Esas imágenes difundidas en medios de noticias y redes sociales y que eran reales —a menudo más “mundanas” y mucho menos espectaculares— contrastan con otras que teóricamente también mostraban el estado de varios puntos de la región pero que en realidad están generadas con IA.
Ese vídeo, por ejemplo, era compartido hace unos días por Linus Ekenstam, influencer que a menudo comparte noticias y reflexiones sobre IA. Él republicaba ese vídeo y afirmaba que era real, pero pronto varios usuarios indicaban que en realidad el vídeo estaba creado por IA.
Ekenstam argumentaba que el teórico error de la IA que señalaba en el usuario no era tal, y que en donde él vive hay postes cerca de las farolas. Trataba por tanto de defender que para él el vídeo era real, pero otros apuntaban a que no lo era. La prueba definitiva: un usuario enlazaba al teórico vídeo original, que al parecer se originó en una cuenta de TikTok dedicada precisamente a difundir contenidos generados por IA que parecen reales.
Lo crucial de ese vídeo falso es que es espectacular, pero no exageradamente espectacular. Es, hasta cierto punto, creíble, y cuando la imagen y el propio movimiento de la cámara es tan convincente, cuesta pensar que “quizas esté generado por IA”.
Con este temporal de nieve vivido en Kamchatka se han compartido en redes imágenes insólitas, mucho más propias de una película distópica de Hollywood que de un fenómeno natural real. A priori las imágenes pueden resultar hasta coherentes, pero un examen más detallado —y sobre todo, más crítico—, facilita que nos demos cuenta de que quizás esas imágenes no sean tan reales como parecen.
De hecho, las imágenes más llamativas compartidas en redes sociales y que acumulan miles de retuits y de likes en X, por ejemplo, contrastan con las que se publican en medios tradicionales, que suelen ser como decíamos mucho menos llamativas y mucho más mundanas.
Medios españoles como OndaCero u OKDiario han publicado en sus medios digitales o en sus cuentas en redes sociales algunas imágenes y vídeos generados por IA sin darse cuenta de que efectivamente esos vídeos tenían su origen en la citada cuenta de TikTok que ha logrado que se difundieran como la pólvora.
Los debates sobre la posibilidad de que ciertas imágenes pudieran ser reales han sido frecuentes por ejemplo en Reddit, donde los usuarios compartían por ejemplo una asombrosa captura que analizada en detalle parecía generada por IA.
La avalancha de “periodismo ciudadano”, que puede ser bienintencionada y muy importante en ocasiones, contrasta aquí con el papel de los medios, que tienen la responsabilidad enorme a la hora de actuar como fuentes de información de confianza.
Hasta ellos (y nosotros) pueden caer en la trampa, y aquí una vez más lo mejor es comenzar a desconfiar de lo que vemos en nuestras pantallas, porque puede ser un contenido falso. Los vídeos aparecidos en algunos medios como Sky News o en La Vanguardia se combinan con otros que a (al menos, a priori) parecen reales, pero que a estas alturas también exigen un examen riguroso.
Nuestro cerebro nos traiciona y la tecnología lo sabe
Hay varios fenómenos psicológicos y sesgos cognitivos bien estudiados que explican por qué creíamos en el pasado en las fake news y ahora nos vuelve a pasar lo mismo con los deepfakes.
Da igual que sepamos (o al menos sospechemos) racionalmente que esas imágenes y vídeos sean falsos: la tecnología y sobre todo la IA precisamente explotan esos sesgos. Entre ellos destacan los siguientes:
- Sesgo de confirmación: creemos lo que encaja con lo que ya creemos. Nuestro cerebro no buscan tanto la verdad como la coherencia interna, así que si una noticia refuerza nuestra ideología, bajamos el nivel de las potenciales críticas, pero si la contradice, la analizamos con lupa o directamente la descartamos. Aquí el problema es que la IA puede generar contenidos hechos a medida y ajustados a cada narrativa.
- Efecto de verdad ilusoria: aquí sucede que “si lo he visto muchas veces, será verdad”. La repetición aumenta la sensación de veracidad, no la veracidad real, y es algo que por ejemplo aprovechan al máximo las redes sociales, máquinas de repetir bulos. De nuevo la IA facilita la producción masiva de la misma mentira con variaciones mínimas.
- Creemos lo que vemos: es lo que algunos llaman realismo perceptivo. Confiamos demasiado en lo visual, y de ahí el célebre dicho de “una imagen vale más que mil palabras”. Las imágenes se procesan mucho más rápido que el exto, y el pensamiento crítico llega después de la reacción emocional, como bien argumentó Daniel Kanheman en su célebre ‘Pensar rápido, pensar despacio’.
- Carga cognitiva: relacionado con lo anterior, pensar de forma crítica cansa, y eso hace que cuando estamos cansados, distraídos o con prisa usemos atajos mentales. El célebre y preocupante doomscrolling aprovecha muy bien esa trampa, y tanto las fake news como los deepfakes están diseñados para ser fáciles de creer, no para ser analizados.
Hay más, por supuesto. La IA genera ya resultados convincentes pero además —sobre todo en texto— su seguridad a la hora de comunicarlos y expresarlos activa un sesgo de autoridad. Es como si pareciera más fiable que si nos lo dijera un experto humano que por lo que sea no tiene tanta facilidad para comunicar sus conocimientos con destreza.
Los contenidos generados con IA también aprovechan esos grandes fenómenos y sucesos que maximizan el impacto emocional, y además está el hecho de que cuando mucha gente lo comparte es porque “debe ser cierto” y porque solemos creer que son los demas los que caen en estos engaños, no nosotros.
Como decía aquel, tengan cuidado ahí fuera.
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quienes jugaron en la calle hasta el anochecer ganaron una habilidad que hoy hemos perdido
En 1971, un estudio pionero del psicólogo Roger Hart pidió a decenas de niños que dibujaran un mapa de los lugares donde podían moverse solos. Lo que descubrió fue sorprendente: algunos recorrían varios kilómetros sin supervisión adulta y conocían su barrio como la palma de su mano. Décadas después, Hart repitió el ejercicio y comprobó que ese “territorio de libertad” se había reducido drásticamente, una tendencia que desde entonces se ha observado en numerosos países.
Un valor que muchos dábamos por perdido. Durante años, jugar en la calle hasta que anochecía se recordó sobre todo como una imagen cargada de nostalgia. Sin embargo, un número creciente de investigaciones está llegando a una conclusión mucho más interesante: aquella libertad cotidiana también era un entrenamiento psicológico sin igual.
Sí, resolver conflictos sin adultos, explorar el barrio, asumir pequeños riesgos o incluso inventar juegos sobre la marcha gracias al “aburrimiento” ayudaba a desarrollar habilidades como la autonomía, la confianza, la regulación emocional y la capacidad para enfrentarse a la incertidumbre, competencias que hoy muchos expertos consideran cada vez menos frecuentes entre los niños.
No son los parques, es el tamaño del mundo. Los investigadores utilizan un concepto muy gráfico para medir esa transformación: el home range, el territorio que un niño puede recorrer sin supervisión. Recordaba el Washington Post que hace apenas unas generaciones el crío podía abarcar varios kilómetros. Hoy, en muchos casos, apenas llega a la puerta de casa.
De hecho, estudios realizados en distintos países muestran que cada vez menos menores pueden ir solos al colegio, cruzar una calle principal o visitar a un amigo del barrio sin permiso o supervisión constante de un adulto, una reducción de la independencia que refleja hasta qué punto ha cambiado la infancia.
Jugar no era una pérdida de tiempo. Cuando un grupo de niños discutía las reglas de un partido, decidía quién empezaba o encontraba una solución para recuperar un balón perdido, estaba haciendo mucho más que entretenerse. Los investigadores cuentan que, sin darse cuenta, se practicaba negociación, cooperación, creatividad, tolerancia a la frustración y toma de decisiones.
Precisamente por eso, un estudio reciente de la Universidad de Aarhus concluyó que los propios niños consideran esencial que el juego les pertenezca a ellos y no a los adultos, hasta el punto de que uno de sus autores resumía la idea con una frase tan provocadora como reveladora: “A veces un adulto debería callarse e irse”.


Los pequeños riesgos también educan. Caerse de una bicicleta, trepar a un árbol o volver a casa con las rodillas llenas de raspones forman parte de recuerdos comunes para varias generaciones.
En la actualidad esos episodios suelen interpretarse como situaciones que conviene evitar, pero numerosos psicólogos sostienen que esos riesgos controlados enseñan algo difícil de adquirir de otra manera: evaluar peligros, superar el miedo y comprobar que los problemas suelen tener solución. De hecho, diversos trabajos científicos apuntan incluso a que esa exposición gradual a la incertidumbre puede fortalecer la autoconfianza y reducir el riesgo de ansiedad a largo plazo.
Los datos que dan la razón. La nostalgia puede idealizar el pasado, pero la evidencia científica empieza a respaldar parte de esa percepción. Un estudio de la Universidad de Exeter con más de 4.000 niños concluyó que quienes jugaban al aire libre con mayor frecuencia entre los dos y los cuatro años tenían más probabilidades de mantener un buen perfil de salud mental hasta los ocho años.
No solo eso. Otra investigación con 2.500 menores encontró que el juego exterior se asociaba con mejores habilidades sociales y emocionales, reforzando la idea de que estos beneficios van mucho más allá del ejercicio físico.
No son las pantallas, sino lo que han sustituido. En lo que insisten los expertos es en que el descenso del juego al aire libre no puede explicarse únicamente por la tecnología. También influyen el tráfico, la desaparición de espacios seguros, la reducción del tiempo de recreo, el miedo de los padres y una cultura que tiende a supervisar cualquier actividad infantil.
El resultado es una infancia mucho más organizada, con más actividades dirigidas y menos oportunidades para experimentar, equivocarse y aprender por cuenta propia.
La gran paradoja. Por supuesto, ningún investigador plantea volver a una época con menos medidas de seguridad ni dejar que los niños hagan cualquier cosa. El debate gira alrededor de otra cuestión: encontrar el equilibrio entre proteger y permitir que desarrollen su propia autonomía.
Después de décadas intentando eliminar cualquier riesgo de la infancia, la psicología empieza a recordar una idea que muchas generaciones aprendieron jugando en la calle hasta el anochecer: la confianza no suele aparecer cuando todo está controlado, sino cuando alguien descubre que es capaz de salir adelante por sí mismo.
Imagen | Joe Shlabotnik, Brittany Grater
En Xataka | David Sands, experto en psicología animal: “Si tu gato te lame, te está indicando que eres de su propiedad”
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España tiene la llave para la próxima invasión del Pentágono
En 1942, mientras preparaba la Operación Torch para desembarcar a decenas de miles de soldados aliados en el norte de África, el general Dwight D. Eisenhower llegó a una conclusión que marcaría la estrategia militar estadounidense durante las siguientes décadas: una guerra no depende solo de los soldados o de las armas, sino de la capacidad para moverlos hasta el lugar adecuado. Aquella operación convirtió el estrecho de Gibraltar en una pieza imprescindible.
Más de 80 años después, el mapa sigue diciendo prácticamente el mismo.
EEUU amenaza, la verdad es muy diferente. Donald Trump volvió a endurecer su discurso contra España hasta el punto de plantear la ruptura de las relaciones comerciales por las discrepancias sobre el gasto militar y la postura del Gobierno español dentro de la OTAN. Sobre el papel, parecía el inicio de un distanciamiento entre ambos países.
Sin embargo, basta con observar los movimientos del propio Departamento de Defensa para descubrir una contradicción evidente: mientras la Casa Blanca eleva el tono político, el Pentágono continúa destinando cientos de millones de dólares a reforzar las dos bases militares estadounidenses más importantes del sur de Europa. De hecho, horas después el propio Trump dio marcha atrás a las amenazas: “Debo admitir que tuve problemas con España, y aún los tengo, pero hoy España se redimió por completo. España fue muy generosa hoy. Accedieron a una solicitud de pago importante, y si no lo hubieran hecho, ni siquiera les habríamos hablado”, indicó.
La carta valiosa de España. El verdadero origen del choque no estuvo en los aranceles, sino en Irán. Cuando Washington solicitó utilizar Rota, Morón y el espacio aéreo español durante la operación contra el régimen iraní, Madrid se negó, obligando a Estados Unidos a reorganizar parte de su despliegue desde Alemania y Francia.
Aquella decisión recordó algo que durante décadas había permanecido casi invisible: aunque Estados Unidos invierta miles de millones en ambas instalaciones, siguen siendo bases bajo soberanía española y su utilización depende, en última instancia, del visto bueno del Gobierno español.

Rota
La respuesta de EEUU: más dinero. Lo contamos en su momento. Lo llamativo es que la reacción estadounidense no consistió en preparar una salida de España. Apenas unos meses después del veto, la Fuerza Aérea estadounidense adjudicó un contrato marco de unos 400 millones de dólares para mantener y modernizar Morón durante la próxima década, garantizando su operatividad hasta 2036.
Lejos de interpretarse como una represalia, la inversión envió exactamente el mensaje contrario: el valor estratégico de la base es tan elevado que ningún desencuentro político puntual justifica dejar de reforzarla.
Rota fue la pista. Pocos días más tarde apareció una segunda decisión todavía más significativa. Washington anunció la construcción en Rota de un enorme hangar diseñado para albergar aviones de transporte estratégico como los C-17 Globemaster y los gigantescos C-5 Galaxy, aparatos capaces de trasladar carros de combate, helicópteros, sistemas de defensa aérea o centenares de soldados en un único vuelo.
En una época en la que la velocidad para mover tropas resulta casi tan importante como el armamento, ampliar esa capacidad significa prepararse para futuras operaciones, no para abandonar la base.

Morón
La explicación está en un mapa. Rota ocupa la entrada del Mediterráneo, uno de los corredores marítimos más importantes del planeta, mientras Morón conecta en pocas horas Europa con el norte de África y Oriente Medio. Juntas forman un puente logístico desde el que Estados Unidos puede mover barcos, aviones, combustible, municiones y personal hacia varios teatros de operaciones casi de forma simultánea.
Cambiar esa combinación por otra ubicación no consiste simplemente en trasladar tropas a otra base europea: implicaría reconstruir durante años una infraestructura logística que hoy ya existe y funciona.
La imposibilidad de cambiar una geografía. Los propios análisis publicados en Estados Unidos coinciden en que perder el acceso a Rota y Morón supondría una carga adicional para las fuerzas estadounidenses, incluso aunque pudieran redistribuir parte de sus capacidades por otros países aliados.
El problema, por tanto, no reside únicamente en los hangares, los muelles o los depósitos de combustible, sino en el lugar donde están construidos. Andalucía continúa siendo la puerta natural hacia el Mediterráneo, África y Oriente Medio, exactamente igual que lo era durante la Segunda Guerra Mundial.
La baza española: la logística militar. Por eso resulta difícil imaginar que las amenazas comerciales terminen algún día convirtiéndose en una ruptura real entre ambos países. Trump puede utilizar España como argumento político en sus discursos, pero el Pentágono lleva meses enviando una señal completamente distinta con su presupuesto.
Cada dólar invertido en Morón y cada nueva infraestructura levantada en Rota recuerdan una realidad incómoda para Washington: cuando llegue la próxima gran crisis internacional, conato de invasión o inicio de una nueva guerra, existe una posibilidad extremadamente alta de que el camino hacia ella vuelva a empezar en el sur de España.
Imagen | Commander, U.S. Naval Forces Europe-Africa/U.S. 6th Fleet
En Xataka |
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Hay gente tapando el LED de las gafas de Meta para grabar a escondidas. La compañía acaba de tomar una decisión drástica
Hoy es relativamente fácil saber cuándo alguien nos está grabando con un móvil: lo vemos levantado, apuntando hacia nosotros, convertido en una señal casi universal. Con unas gafas inteligentes no ocurre lo mismo. Pueden parecer unas gafas normales, estar en la cara de alguien que mira en nuestra dirección y pasar desapercibidas para quien no sabe qué buscar. En ese escenario, la pequeña luz blanca que se enciende al capturar fotos o vídeos no es un detalle menor: es la pista visible que permite entender que esas gafas están grabando. El problema empieza cuando esa pista desaparece.
Eso es justo lo que Meta intenta impedir ahora. La compañía afirma que sus gafas con IA, una categoría que ya va más allá de las Ray-Ban Meta, desactivarán la cámara si detectan que el LED de captura ha sido manipulado físicamente o destruido, no solo si está cubierto. Hasta ahora, Meta decía que, desde su segunda generación de gafas, el sistema ya bloqueaba fotos y vídeos cuando detectaba que esa luz estaba tapada. La novedad es que la protección se amplía a intentos más agresivos de anular el aviso visible. No es una garantía absoluta contra todos los usos indebidos, pero sí una respuesta directa a una grieta concreta del producto.
El problema de las gafas no era solo tapar la luz
Meta llama a esa señal “capture LED”: una luz blanca situada en el frontal de cada par de gafas que parpadea cuando se está capturando contenido para la galería. Según la compañía, en el caso de una foto el aviso aparece durante un instante, mientras que en vídeo se mantiene durante toda la grabación. Sobre el papel, su función es sencilla: que las personas alrededor sepan que alguien está tomando una imagen o registrando una escena. En la práctica, esa pequeña luz carga con una responsabilidad enorme: hacer visible una cámara que, por diseño, puede confundirse con unas gafas convencionales.
El salto está en que no todo se quedaba en poner un trozo de cinta sobre la luz. Meta reconoce que ha visto intentos que iban más allá: esfuerzos para modificar o destruir físicamente el LED de captura. Medios como 404 Media y BGR han documentado ese tipo de prácticas con más detalle. El primero publicó el caso de un servicio que ofrecía modificar las Ray-Ban Meta para inutilizar la luz, mientras que el segundo recogió métodos más rudimentarios y otros más elaborados, desde accesorios pensados para ocultarla hasta intervenciones físicas sobre la zona del indicador. La cuestión de fondo era clara: si la señal podía desaparecer y la cámara seguía funcionando, la salvaguarda perdía buena parte de su sentido.
En España ya hemos visto hasta dónde puede llegar esa brecha. En Xataka contamos hace poco más de un año el caso de un joven detenido en Barcelona tras grabar con gafas inteligentes a cientos de mujeres sin su conocimiento, un episodio que convirtió una preocupación hasta entonces difusa en un problema mucho más tangible. La clave no era solo el dispositivo, sino la falta de alarma social ante él: muchas personas todavía no reaccionan igual ante unas gafas aparentemente normales que ante un móvil apuntando en su dirección.
La compañía presenta la actualización como una nueva capa de privacidad, pero también es la admisión de que el LED se había convertido en un punto atacable del sistema. Si el aviso visible podía taparse, modificarse o destruirse mientras la cámara seguía funcionando, la promesa de transparencia quedaba debilitada. Ahora Meta intenta convertir esa luz en algo más que un indicador: una condición para que la cámara pueda operar.
Imágenes | Meta
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