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los Happy Meals de McDonald’s

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A finales de los años ochenta, Batman no era esa máquina perfectamente engrasada de franquicias, universos compartidos y marketing milimetrado, sino más bien una apuesta arriesgada. Warner Bros decidió dinamitar la imagen camp heredada de Adam West y confiar el personaje a un tipo como Tim Burton, un director con un imaginario oscuro, gótico y profundamente autoral.

El resultado fue un éxito casi tan sonado como su caída a los infiernos.

Cuando Batman dejó de ser vendible. Como decíamos, el resultado de la contratación de Burton fue Batman (1989), un éxito descomunal que no solo arrasó en taquilla, sino que legitimó el cine de superhéroes como algo más que un entretenimiento infantil. 

Burton no solo redefinió al personaje, también sentó las bases estéticas y emocionales de todo lo que vendría después. Gotham se convirtió en una pesadilla arquitectónica, Bruce Wayne en un millonario solitario y perturbado, y el género dio un salto irreversible hacia la madurez.

Libertad creativa y secuela sin freno. Aquel éxito colocó a Burton en una posición única: control creativo casi total para Batman Returns (1992). El director aprovechó el margen para ir todavía más lejos, entregando una película menos interesada en el héroe que en sus villanos, más sexual si se quiere, pero también más grotesca e incómoda. 

El Pingüino de Danny DeVito no era un excéntrico elegante, sino un monstruo abandonado al nacer, violento, repulsivo y trágico. Catwoman, una figura rota y vengativa, y la ciudad de Gotham un reflejo deformado de la corrupción, el poder y la alienación. Batman Returns no era una película para niños, y posiblemente no pretendía serlo. Burton nunca la concibió como tal, y de hecho peleó con censores y estudios para evitar una calificación todavía más restrictiva.

El choque con el merchandising. El problema no fue la película en sí, sino todo lo que se construyó alrededor. Warner Bros activó una campaña de marketing masiva, apoyada en patrocinadores que no habían visto ni el guion ni el montaje final. McDonald’s fue el socio estrella. Restaurantes tematizados como Gotham, vasos coleccionables, juguetes y, sobre todo, Happy Meals dirigidos a niños de entre cinco y diez años. 

La contradicción era total: una película oscura, perturbadora y no recomendada a menores de 13 años vendida como un producto familiar, colorido y edulcorado. El caso del Pingüino fue el punto de ruptura. Mientras Burton mostraba en pantalla a un villano que mordía narices y escupía bilis negra, McDonald’s distribuía una versión suavizada y casi entrañable del personaje en sus menús infantiles.

La tormenta perfecta: los padres. La reacción no tardó en llegar. Padres indignados, cartas a periódicos como Los Angeles Times, organizaciones religiosas y grupos cívicos acusando a McDonald’s y Warner de irresponsabilidad y engaño. La pregunta era siempre la misma: cómo demonios era posible que una película llena de pesadillas se promocionara activamente entre niños pequeños. 

McDonald’s intentó defenderse alegando que los juguetes no promovían la asistencia al cine, y Warner afirmó que había evitado usar elementos reales de la película, algo que no era del todo cierto. El daño, a fin de cuentas, ya estaba hecho. Batman Returns se convirtió en un problema de relaciones públicas, no por fracasar en taquilla, sino por no encajar en el molde que el marketing necesitaba.

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Buscar un culpable. Ante el temor de que la franquicia se quemara a largo plazo, Warner Bros optó por un giro radical. La solución no fue darle una vuelta a la relación entre cine y merchandising, sino cambiar el tono y sacrificar al director. Tim Burton fue apartado de la saga bajo el argumento de que su visión era “demasiado rara” y poco familiar. 

Michael Keaton, que no quería continuar sin Burton, también se marchó. El mensaje fue claro: Batman debía volver a ser luminoso, accesible y, sobre todo, vendible. Joel Schumacher tomó el relevo y el resultado fue Batman Forever, una película pensada para agradar a patrocinadores y cadenas de comida rápida (y que hoy abrazaría el algoritmo), con colores chillones, humor exagerado y un tono que hacía imposible cualquier rastro del Batman introspectivo y gótico de Burton. 

El Happy Meal como síntoma. Años después, Burton lo resumiría con ironía y amargura: había molestado a McDonald’s. La famosa frase sobre “esa cosa negra que sale de la boca del Pingüino” condensaba el problema real. No era solo una cadena de comida rápida detrás, sino el choque definitivo entre una visión artística y una industria que empezaba a entender las franquicias como plataformas de merchandising antes que como obras cinematográficas. 

En ese sentido, Batman Returns no fracasó creativamente, fracasó como producto infantil, y eso fue imperdonable.

El legado. La salida de Burton marcó un antes y un después. La saga entró en una deriva que culminaría con el infame Batman & Robin y sus trajes con pezones, una caricatura que enterró al personaje durante años. Paradójicamente, el tiempo ha sido generoso con Batman Returns, hoy considerada una de las películas más personales y valientes del género, y posiblemente una de las mejores obras de Burton. 

Su “fracaso” fue, en realidad, la demostración temprana de un conflicto que definiría Hollywood durante décadas: cuando el cine de superhéroes dejó de pertenecer a los directores y pasó a responder, ante todo, a los juguetes que debían caber en una caja de Happy Meal.

Imagen | Warner

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invertir una millonada en una infraestructura echada a perder durante décadas

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La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha dejado a la administración de Donald Trump como “tutor” de facto del sector petrolero más rico —y a la vez más castigado. En este nuevo tablero geopolítico, el CEO de Repsol, Josu Jon Imaz, fue seleccionado para participar en una reunión clave en el Salón Este de la Casa Blanca junto a otros gigantes petroleros. Según informa Bloomberg, Repsol busca ahora licencias urgentes para retomar la exportación de crudo, una actividad que quedó congelada tras el embargo comercial de marzo de 2025.

La consigna para que Repsol pueda cumplir su plan estratégico y sacar a bolsa su negocio de upstream (exploración y producción) en Wall Street, necesita que sus activos venezolanos dejen de ser un apunte contable de riesgo y se conviertan en barriles reales. 

Resucitar una industria “echada a perder”. Durante el encuentro, Trump ha pedido a las petroleras una inversión conjunta de 100.000 millones de dólares para resucitar una industria obsoleta. Pero la infraestructura está tan deteriorada que la estatal PDVSA ha llegado a desmantelar oleoductos para vender el metal como chatarra. Aún así, como ha explicado RTVE, Repsol ha prometido triplicar su producción, pasando de 45.000 a 135.000 barriles diarios en un plazo de tres años. 

Desafío titánico. El crudo venezolano es “extrapesado”, denso como el alquitrán, y llega a las refinerías “sucio”, cargado de sal y metales. Solo empresas con un arraigo histórico como Repsol (presente en el país desde 1993) tienen el know-how para procesar esta “comida pesada”. Pero el problema no es solo el petróleo. El 90% de lo que Repsol produce en el yacimiento La Perla es gas natural, un recurso que alimenta el 33% del suministro eléctrico de Venezuela. Sin el gas de Repsol, el país se apaga; pero para que este gas sea rentable y pueda exportarse, la compañía necesita construir plantas de licuefacción que hoy simplemente no existen.

“Pragmatismo ante el entorno Trump”. Para facilitar el desembarco, Washington ha decretado una “emergencia nacional” que permite al Tesoro de EEUU blindar los ingresos petroleros venezolanos en cuentas estadounidenses. Esta medida, calificada por Expansión como un movimiento sin precedentes, busca evitar que los fondos sean confiscados por los miles de acreedores que aguardan en la puerta, ofreciendo la “seguridad total” que Trump prometió a los ejecutivos.

Mientras Repsol se declara “lista para invertir con fuerza”, el CEO de ExxonMobil, Darren Woods, lanzó un jarro de agua fría en la misma Casa Blanca. Según recoge el Financial Times, Woods afirmó que Venezuela sigue siendo “ininvertible” sin cambios drásticos en el marco legal y recordó que sus activos fueron confiscados dos veces en el pasado.

En el horizonte. Repsol camina sobre un campo de minas financiero. Todavía arrastra una deuda patrimonial de 330 millones de euros por parte de PDVSA. Además, Financial Times advierte que competidores como Chevron parten con ventaja por su estrecha relación personal con Trump y por haber mantenido operaciones constantes bajo licencias especiales durante los años de embargo.

A esto se suma la advertencia del analista Ron Bousso en Reuters: Trump ha sugerido que las empresas deben “olvidar” las deudas del pasado para empezar con “igualdad de condiciones”. Para Repsol, esto podría significar renunciar definitivamente a cobrar lo perdido bajo el chavismo a cambio de mantener sus derechos de explotación futuros.

Una apuesta final. La compañía debe decidir si entierra miles de millones en reconstruir una infraestructura fósil en un mundo que clama por la transición energética. El “agujero” de 1.160 millones de euros en el déficit comercial de España con Venezuela es solo el síntoma de una dependencia peligrosa.

Venezuela sigue siendo la mayor gasolinera del mundo, pero hoy es una instalación en ruinas. El éxito de Repsol no dependerá ya solo de su pericia técnica en los campos de Quiriquire o La Perla, sino de su capacidad para bailar al ritmo que marque Washington en una reconstrucción que, según los expertos, podría tardar décadas en completarse.

Imagen | Repsol

Xataka | Hacerse con las inmensas reservas de petróleo de Venezuela parece un “chollo”. En realidad es una pesadilla de ingeniería

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Brillan los Globos de Oro: “Golden”, de la cinta “K-pop demon hunters”, gana la categoría de mejor canción

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Escrito en ENTRETENIMIENTO el

El sencillo “Golden” de la película “K-pop demon hunters” ganó este domingo el premio a mejor canción una película animada en la edición 83 de los Globos de Oro. 

Esta cinta fenómeno de Netflix también está nominada en la categoría de mejor largometraje animado, premio que todavía no se entrega. 

Esta es la primera canción coreano-estadounidense en recibir un Globo de Oro, premios considerados la antesala de los Óscar, en la categoría de canción original.

El galardón fue recibido por la artista EJAE, Kim Eun-Jae, su nombre real, quien narró que pese a su duro entrenamiento no era elegida para formar parte de las agrupaciones femeninas de K-pop. 

La película sobre un grupo femenino de K-pop que persigue demonios míticos se convirtió el pasado agosto en la película más vista de la plataforma de contenidos en línea con al menos 236 millones de visualizaciones, según datos de Netflix.

La canción ”Golden” superó los 100 millones de reproducciones semanales en todo el mundo por primera vez, según Billboard

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Eric Schmidt, ex-CEO de Google, está construyendo un enorme telescopio espacial. La pregunta no es cómo, sino para qué

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Si hoy alguien quisiera construir algo parecido a un nuevo Hubble, lo lógico sería pensar en años de informes, revisiones y comités antes de que la primera pieza de hardware siquiera se fabrique. Sin embargo, esa lógica acaba de romperse con un anuncio inesperado: Eric Schmidt, ex-CEO de Google, y su esposa Wendy han puesto sobre la mesa su propio dinero para impulsar no uno, sino cuatro telescopios, entre ellos un observatorio espacial de gran envergadura.

El movimiento no solo desafía la inercia del sector, sino que plantea una pregunta más profunda que la del presupuesto o la tecnología, qué persigue exactamente un antiguo directivo de Silicon Valley al meterse en el corazón de la astronomía moderna. Se trata de un proyecto impulsado por el Schmidt Observatory System, busca cubrir desde el cielo profundo hasta el estudio detallado de fenómenos transitorios.

Un cambio de modelo. En la actualidad, los telescopio están generalmente en manos agencias públicas y consorcios académicos. Construir espejos cada vez mayores y, después, poner instrumentos en órbita convirtió la astronomía en un asunto de presupuestos nacionales. La entrada de los Schmidt en este terreno sugiere que, con nuevas tecnologías y otra forma de financiar el riesgo, ese equilibrio histórico podría estar empezando a moverse de nuevo.

Riesgo, velocidad y ciencia abierta. El planteamiento detrás del sistema de observatorios no es competir con las agencias espaciales, sino cubrir el espacio que dejan sus propios procesos, largos, conservadores y muy condicionados por presupuestos públicos. Los Schmidt buscan financiar conceptos que ya han sido imaginados por la comunidad científica, pero que rara vez superan la barrera de la financiación oficial por su nivel de riesgo o por los plazos que exigen.

La pieza que da sentido al conjunto y que marca realmente la diferencia es Lazuli, el único de los cuatro proyectos que saldrá de la Tierra. Su objetivo es cubrir un amplio abanico de ciencia, desde eventos transitorios que duran minutos u horas hasta el estudio detallado de exoplanetas, con un nivel de flexibilidad que los grandes observatorios públicos no siempre pueden ofrecer.

Más lejos, más ágil. Una de las rupturas más claras de Lazuli frente al Hubble está en dónde va a operar y cómo. Mientras el telescopio de la NASA orbita a unos 500 kilómetros de la Tierra, Lazuli se situará mucho más lejos, en una órbita elíptica que debería darle una vista más despejada y permitir un enlace de datos rápido y continuo.

Lazuli
Lazuli

Lazuli Space Observatory

En la descripción oficial, Schmidt Sciences enmarca esa operación en una órbita “lunar-resonant”. A eso se suma un espejo mayor, de 3,1 metros frente a los 2,4 metros de Hubble, y una filosofía de observación pensada para reaccionar con rapidez ante fenómenos inesperados.

Una plataforma, varios instrumentos. Lazuli está diseñado como una plataforma única que integra tres instrumentos pensados para cubrir desde observaciones de gran campo hasta el estudio detallado de exoplanetas y fenómenos transitorios.

  • Imager óptico de campo amplio con alta cadencia para series temporales fotométricas, campo de visión de 30′×15′ y filtros entre 300 y 1000 nm
  • Espectrógrafo de campo integral que cubre de forma continua 400–1700 nm, optimizado para espectrofotometría estable y clasificación rápida
  • Coronógrafo de alto contraste para observar directamente exoplanetas y entornos circumestelares, con contrastes de 10⁻⁸ y hasta 10⁻⁹ tras procesado

La era de los telescopios-array. Argus, DSA y LFAST son telescopios tradicionales, sino sistemas distribuidos que aprovechan los avances recientes en computación, almacenamiento y análisis automatizado. En lugar de concentrar todo en una sola estructura, reparten la captación de luz o de señales de radio entre decenas o miles de módulos que luego se sincronizan digitalmente. Esa modularidad pretende acelerar despliegues y abre la puerta a observar el cielo casi en tiempo real, algo fundamental para la astronomía de eventos fugaces.

Telescopios 2
Telescopios 2

Render del Argus Array (izquierda), Deep Synoptic Array (derecha)

Argus Array reunirá 1.200 telescopios ópticos en Texas para observar de forma casi continua el cielo del norte, con la idea de poder “rebobinar” lo ocurrido minutos u horas antes de un evento como una supernova. DSA, en Nevada y bajo la dirección de Caltech, desplegará 1.600 antenas de radio para mapear más de mil millones de fuentes y actualizar su visión del cielo cada quince minutos. LFAST, por su parte, se instalará en Arizona como un sistema de 20 espejos de 80 centímetros orientado a espectroscopía de gran apertura y a la búsqueda de biosignaturas, con un prototipo previsto para mediados de 2026.

Lo que los Schmidt han puesto en marcha es, en el fondo, un experimento sobre el propio sistema científico. Lazuli y sus tres compañeros en tierra pretenden mostrar que es posible construir observatorios de gran escala con más rapidez y con una apertura de datos que no siempre encaja en los modelos tradicionales. Que esa visión se materialice dependerá de factores aún por despejar, como los contratistas finales, los costes reales o la viabilidad de los calendarios, pero si sale bien, el impacto no se medirá solo en nuevos descubrimientos, sino en una nueva manera de decidir qué ciencia se hace.

Imágenes | Village Global | Schmidt Observatory System

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