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Ya es posible reservar una estancia en un hotel en la Luna por 250.000 dólares. Construirlo sigue siendo la parte complicada
La Luna ha vuelto al centro del tablero y, esta vez, no solo como un símbolo del pasado. La conversación ya no gira únicamente en torno a misiones y banderas, sino también a qué tipo de actividad podría sostenerse allí si el acceso se vuelve más frecuente. En ese horizonte empieza a asomar una idea más amplia, la de una futura economía lunar, con servicios e infraestructuras todavía por inventar. Y entre todas esas posibilidades hay una que descoloca de entrada: el turismo, la promesa de cambiar las vacaciones tradicionales por una estancia fuera de la Tierra.
Aterrizando la propuesta. Lo que se ha puesto sobre la mesa no es un billete ni una fecha de viaje, sino la opción de entrar en un proceso para reservar una plaza futura en algo que todavía no existe. GRU Space ha abierto un programa de solicitud de acceso temprano para participar en sus primeras misiones lunares, un filtro previo que, si se supera, permite pasar a la fase del depósito y mantener una posición en la cola. Todavía no hay habitaciones asignadas ni calendario cerrado para huéspedes, y la compañía presenta el proceso como una forma de seleccionar participantes y comprobar su capacidad para viajar, no como una compra directa de una estancia en la Luna.
El dinero manda. Reservar no es barato, ni definitivo. El primer paso es una tasa de solicitud de 1.000 dólares que no admite devolución. Si el aspirante es seleccionado, GRU Space ofrece dos opciones de depósito, 250.000 dólares o un millón de dólares, que pueden recuperarse en cualquier momento a partir de los primeros 30 días y que se aplicarían al precio final si el hotel llega a aceptar huéspedes. Ese precio, advierte la propia empresa, aún no está fijado y probablemente superará los diez millones de dólares, un recordatorio útil de que aquí lo fácil es apuntarse y lo difícil es materializar el viaje.
Una ambición enorme con una estructura mínima. GRU Space es, por ahora, una empresa pequeña con un discurso muy grande. Su fundador, Skyler Chan, se graduó recientemente en Berkeley y ha explicado que durante buena parte de 2025 fue prácticamente el único empleado a tiempo completo, un contexto que ayuda a entender lo temprano de esta iniciativa. La compañía ha conseguido financiación semilla, pero su escala actual no corresponde a la de una organización industrial consolidada. Más bien encaja con una startup que intenta convertir una visión a largo plazo en un plan ejecutable.
La Luna como destino, no como simple parada. En el planteamiento de GRU Space hay una idea recurrente: el transporte espacial es necesario, pero insuficiente. La empresa defiende que el cuello de botella está en la habitabilidad, en contar con estructuras donde las personas puedan permanecer sin depender continuamente de la nave que las llevó hasta allí. Bajo ese enfoque, el hotel no se presenta solo como un capricho turístico, sino como un caso de uso que obligaría a resolver problemas de vida cotidiana fuera de la Tierra. Su argumento es que ese aprendizaje, si llega, serviría como base para infraestructuras más amplias.


El calendario que la compañía publica está cuidadosamente escalonado y lleno de condicionales. En 2026 prevé revisar solicitudes y perfilar a los primeros participantes, para después, en 2027, asignar invitaciones ligadas a misiones y estancias mediante un mecanismo de selección y pujas privadas. El siguiente hito lo sitúa en 2029, con el envío de una carga de construcción a la superficie lunar como demostración de preparación para fases posteriores. En su hoja de ruta técnica, el despliegue de hábitat y sistemas llega en 2031 y el “primer hotel”, como tal, queda para 2032, dejando el estreno turístico para el final de una cadena de pasos que, sobre el papel, debe salir bien de forma consecutiva.
Del hábitat inflable a la construcción lunar. El proyecto no arranca con un hotel permanente, sino con demostraciones técnicas progresivas. GRU Space plantea primero validar el despliegue de estructuras inflables y su comportamiento en la Luna, una forma de probar sin cargar con el peso de una construcción tradicional desde el minuto uno. Si esa fase funciona, el siguiente paso sería fabricar materiales de construcción directamente allí, usando el propio suelo lunar como materia prima, mediante procesos de geopolímeros que, al menos en sus primeras etapas, dependen de activadores traídos desde la Tierra. La idea es reducir la dependencia de envíos masivos y avanzar hacia estructuras más sólidas, pensadas para una ocupación más estable.


El público al que apunta GRU Space no se limita al viajero excéntrico con una cuenta bancaria descomunal. En su planteamiento, el turismo actúa como catalizador de una economía más amplia, una forma de introducir clientes privados en un entorno dominado hasta ahora por programas estatales. La idea es que esos primeros usuarios ayuden a pagar infraestructuras que luego puedan servir para actividades logísticas, científicas o industriales. Es una apuesta por crear demanda donde todavía no existe, con el riesgo de que el mercado no llegue a materializarse como esperan.
El proyecto deja una sensación clara: la parte sencilla es medir el interés y captar compromisos tempranos, la compleja empieza después. Convertir una idea en infraestructuras funcionales en la Luna implica depender de lanzadores, de tecnologías aún en pruebas y de una ejecución impecable durante años. En ese contexto, hablar de reservas sirve para testar el mercado, pero no despeja las dudas centrales. La pregunta ya no es si hay gente dispuesta a pagar, sino si todo lo demás llegará a tiempo y en la forma prometida.
Imágenes | GRU Space
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crónica de un colapso anunciado y registrado casi en vivo por la NASA
La Ciudad de México se enfrenta a uno de los desafíos geológicos más complejos que existen y no son los terremotos: es la subsidencia acelerada por la actividad humana. ¿Qué es eso? El hundimiento lento y progresivo del suelo. Una de las causas está en la extracción de demasiada agua del subsuelo porque ese agua en parte sujeta el terreno desde dentro. Si no hay agua, los sedimentos se compactan por acción de la gravedad y como resultado, la superficie desciende.
Ciudad de México lleva más de un siglo hundiéndose por esta razón y la reciente misión satelital NISAR, una colaboración entre la NASA y su homólogo indio ISRO, ha puesto en marcha una vigilancia sin precedentes que ya da sus frutos: la cartografía más detallada y reciente de este fenómeno en la capital mexicana para vigilar su hundimiento casi en tiempo real. Es más que un mapa: es una herramienta de supervivencia para una ciudad habitada por más de 20 millones de personas.
Ciudad de México se hunde. La primera vez que se reportó la subsidencia en México fue en 1925. Los datos desde 1898 hasta 2005 evidencian un hundimiento constante durante todo el periodo, con una tasa máxima de 40 centímetros al año entre 1998 y 2002. Ni es nuevo ni es algo pequeño y además, es un proceso acumulativo y mayoritariamente irreversible. Así que Ciudad de México se está deformando.
Los datos del Sentinel-1 mostraban que la superficie del suelo se hunde a una tasa de 35 cm por año dentro de la ciudad, mientras que las zonas de la periferia sufren una ligera elevación de unos dos centímetros al año como respuesta elástica a esa pérdida de masa de agua. Los nuevos datos del NISAR apenas abarcan tres meses (de octubre de 2025 a enero de 2026) y su lectura es tan sencilla como alarmante: el tono azul oscuro marca aquellas zonas que se hunden más de 2 centímetros al mes por subsidencia.
Por qué es importante. El problema es de seguridad pública y económico. El Economista se hace eco de un estudio de Ingeniería y Gestión Hídrica que cuantifica los daños estructurales derivados de la subsidencia: unos 67.926 millones de pesos al año (unos 3.312 millones de euros) en tuberías, averías, fracturas de edificios, entre otros. Podría parecer que el hecho de hundirse en sí fuera lo peor, pero lo verdaderamente destructivo es la diferencia de velocidad entre aquellas zonas que bajan más rápido que otras, lo que causa daños progresivos en las infraestructuras en tanto en cuanto genera tensiones estructurales críticas para el diseño de infraestructuras.
Además de los daños materiales, la subsidencia altera la respuesta sísmica del suelo, aumenta el riesgo de inundaciones graves al modificar el drenaje natural de la cuenca y favorece la migración de sales y contaminantes en los acuíferos, lo que afecta a la calidad del agua. En pocas palabras, dispara las alarmas ante una futura crisis hídrica.
Contexto. El origen del problema es una combinación de factores geológicos naturales y decisiones históricas de urbanismo. La Ciudad de México se construyó sobre el antiguo lecho del lago Texcoco, drenado por los conquistadores españoles. Al drenar el lago, la ciudad quedó asentada sobre su antiguo lecho, formado por arcillas lacustres de origen volcánico y orgánico. En condiciones naturales estas arcillas sostenían el ecosistema del lago sin colapsar. Sin embargo, el desarrollo de la ciudad y la extracción de agua ha hecho que el equilibrio se rompa: el limo se compacta y hace que el suelo se contraiga y se hunda.
El crecimiento urbano de Ciudad de México impide que las lluvias recarguen los acuíferos porque cada vez hay más suelo cubierto por superficies impermeables como asfalto. Es un círculo vicioso: hay menos recarga natural del acuífero, lo que obliga a bombear más agua, la compactación se acelera y agrava el hundimiento, dañando las infraestructuras.
No hay vuelta atrás. Cuando el esfuerzo de soportar la ciudad sobre sus hombros supera la tensión de preconsolidación (el límite de resistencia de la arcilla), las láminas minerales colapsan y se reordenan de forma definitiva. Es un camino de no retorno: aunque se dejara de extraer agua mañana, buena parte del hundimiento acumulado no puede revertirse. La ciudad literalmente ha perdido metros de altura que nunca recuperará.
Lo que sí puede controlarse son los daños, lo que pasa por un cambio en la gestión hídrica donde reducir la dependencia de los acuíferos es algo esencial. Eso sí, implica buscar otros recursos hídricos como trasvases o reciclar el agua, además de facilitar la penetración del agua en el subsuelo. Estas medidas no van a revertir el daño causado, pero al menos ralentizarían el hundimiento y ofrecerían un alternativa de acceso al agua a una megaurbe.
La tecnología detrás del mapa. El satélite NISAR es el primero en llevar dos instrumentos de radar de apertura sintética a diferentes longitudes de onda y es capaz de monitorizar las superficies terrestres y de hielo de la Tierra dos veces cada 12 días gracias a un enorme reflector de antena de 12 metros de diámetro. La técnica empleada se llama interferometría SAR (InSAR) y consiste en comparar dos imágenes de radar tomadas en distintos momentos: al medir los cambios de fase de la señal se pueden detectar desplazamientos de terreno de apenas milímetros.
La gran ventaja de NISAR frente a sus predecesores es su banda L (longitud de onda de unos 24 centímetros), lo que le permite trabajar incluso en terrenos con vegetación densa o mucha humedad donde otros radares como el Sentinel-1 perdían calidad. Esta herramienta convierte a NISAR en un sistema de alerta temprana global para ciudades que se enfrenten a riesgos similares.
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Portada | NASA y Alexis Tostado
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en EEUU lanzan cócteles molotov a sus creadores, en China los niños bailan con robots
El pasado 10 de abril, un hombre lanzó un cóctel molotov contra la mansión de Sam Altman, CEO de OpenAI. En su bolsillo llevaba un manifiesto anti-IA y los nombres de otros líderes tech. Mientras tanto, en China, los robots humanoides bailaban junto a niños y recibían la ovación del público en Gala de la Fiesta de la Primavera.
La opinión pública de la IA. Cuando hablamos de la carrera de la IA entre EEUU y China solemos centramos en la tecnología; quién tiene los mejores modelos, los tejemanejes con los chips… Hay otro ángulo desde el que mirar esta competición, y es la opinión pública: cómo los ciudadanos están valorando estas innovaciones. Y en esto, China está ganando.
Pesimismo vs optimismo. En un completo informe de la Universidad de Stanford publicado por Rest of World, se dedica un apartado a la opinión pública sobre la IA y los datos son muy distintos entre ambos países. A la pregunta “Los productos y servicios que utilizan IA me entusiasman”, sólo el 38% de los estadounidenses respondió que sí, mientras que en China obtuvo un 84% de respuestas positivas. No es una pequeña diferencia, hablamos de que China obtuvo la máxima puntuación y Estados Unidos está casi en el final de la lista
Otros países que también muestran entusiasmo hacia la IA son Indonesia, Tailandia, Malasia y Singapur, todos en Asia. En el caso de España, con un 45% estamos un poco por debajo del sentimiento global, que está en un 53% global.


Confianza en los reguladores. Fue otro de los puntos del informe y aquí Estados Unidos recibió la peor puntuación. Sólo un 31% de encuestados confía en que el gobierno estadounidense regule la IA correctamente. No es de extrañar, ya que la estrategia de la administración Trump para ganar la carrera de la IA está justamente desregular. La encuesta no recoge este dato sobre China, pero sí indica que otros países asiáticos como Singapur, Indonesia y Malasia tienen una alta confianza en sus reguladores.
El rechazo a la IA crece. El cóctel molotov lanzado a la casa de Sam Altman no es el único acto violento provocado por un creciente sentimiento anti-IA. Unos días antes, un concejal de Indianápolis que votó a favor de la construcción de un centro de datos, se despertó en plena noche al escuchar disparos. Se encontró trece disparos en su puerta y un mensaje que decía “no data centers”. También hemos hablado de casos de ataques a robotaxis en San Francisco, con pasajeros dentro.
Las consecuencias. El estudio relaciona el optimismo y confianza con una adopción más rápida de la IA. En Estados Unidos el ritmo de adopción está en un 28% mientras que en Singapur alcanza el 61%, más del doble, y además tiene el mayor número de investigadores IA per cápita. Mientras tanto, la migración de talento hacia Estados Unidos ha caído en picado desde 2017 y está en mínimos. Además, la oposición a la construcción de centros de datos, motivada por la contaminación y el consumo energético que producen, está retrasando muchos proyectos.
Imagen | Xataka
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el accidentado viaje del rover que busca hacer historia en 2028
Rosalind Franklin hizo uno de los descubrimientos científicos más importantes del siglo XX. Sus compañeros se adueñaron de su trabajo y recibieron el premio Nobel y ella ni siquiera vivió para verlo. Cuando la Agencia Espacial Europea (ESA) decidió bautizar el rover de la misión ExoMars con su nombre no se pensó que el robot podría arrastrar también la mala suerte de su tocaya.
Lamentablemente, lleva años arrastrando incidencias que han retrasado su lanzamiento. Eso sí, parece que al menos la Rosalind marciana sí que ha tenido por fin un golpe de suerte. Todo está listo otra vez para su lanzamiento en 2028. Aún falta tiempo, pero hay mucho por hacer.
La NASA entra en escena. Este mes de abril la NASA ha anunciado la firma del proyecto Rosalind Franklin Support and Augmentation (ROSA), con el que se compromete a dar apoyo a la ESA durante la misión ExoMars. Concretamente, la agencia espacial estadounidense proporcionará hardware y servicios para la misión, incluyendo el servicio de lanzamiento, los motores de freno para la plataforma de aterrizaje del rover y las unidades de calentamiento de radioisótopos para los sistemas internos del robot.
El sistema de lanzamiento elegido será a través de un Falcon Heavy de SpaceX, que partirá del Complejo de Lanzamiento 39A en el Centro Espacial Kennedy de la NASA en Florida.
Una misión sin precedentes. La misión ExoMars está compuesta por dos piezas. Por un lado, el ExoMars Trace Gas Orbiter (TGO), que sí pudo lanzarse con éxito y lleva en la órbita marciana desde 2016. Por otro lado el rover Rosalind Franklin; que, si todo va bien, se lanzará a finales de 2028. El orbitador se encarga de estudiar la atmósfera marciana, mientras que el rover aterrizará en el planeta rojo para buscar signos de vida presente o pasada bajo su superficie. Será el primer rover con la capacidad de perforar el suelo.
Se hizo algo parecido con la misión Insight de la NASA, pero en este caso el instrumento empleado era un lander. No podía moverse del sitio como los rovers, por lo que no podía estudiar el planeta tan a fondo como lo hará Rosalind Franklin.
Muchas incidencias, pero vuelve a haber esperanza. El lanzamiento de Rosalind Franklin ha pasado por muchas incidencias. Primero fueron los problemas técnicos y la pandemia de COVID-19 los que obligaron a posponer la misión a 2022. Del servicio de lanzamiento se iba a encargar Roscosmos, la agencia espacial rusa. A raíz de la invasión de Rusia a Ucrania, se cortó toda relación comercial entre la ESA y Roscosmos, por lo que la misión se tuvo que posponer.
Ya no había ningún cohete disponible para viajar a Marte y, además, había que sustituir algunos instrumentos de origen ruso. Han sido muchos años de espera, pero por fin parece que el acuerdo con la NASA ha abierto el camino a seguir con los preparativos. El Gobierno de Donald Trump estuvo a punto de llevar al traste el acuerdo, pero finalmente el apoyo del Congreso fue más fuerte.
Queda mucho por hacer. Antes de que se pospusiera su lanzamiento, el rover se sometió a múltiples pruebas para comprobar que podrá resistir las condiciones marcianas. Por ejemplo, en 2018 se probó en el desierto de Tabernas, en Almería. Este lugar fue elegido entre varios análogos marcianos terrestres, entre otros motivos por contener un mineral llamado jarosita que también se ha encontrado en Marte. Más tarde, en 2020, se probó el rover en un laboratorio de Toulouse, en el que se emularon las condiciones ambientales marcianas.
Si funcionó bien entonces, debería hacerlo también ahora. No obstante, puede que haya que someter al rover a nuevas pruebas para demostrar que sigue a punto para emprender este viaje para el que ha esperado tanto. Seguro que en estos dos años Rosalind Franklin nos da por fin muchas cosas que contar.
Imagen | ESA
En Xataka | Llevamos años midiendo terremotos en Marte para darnos cuenta de algo: su núcleo no es como el nuestro
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