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los concesionarios dudan a 20 días de su aplicación
Se presentó el pasado 4 de diciembre y promete estar activo el 2 de enero de 2026. Ese día, si todo sale adelante, podremos ir al concesionario, comprometer nuestro coche eléctrico y ver en la factura final un descuento. Eso, al menos, es lo que se prometió el día que se presentó el Plan Auto+. Los últimos en dudar de ello: los concesionarios.
La presentación. Hace ocho días que se presento el Plan Auto+, un programa de ayuda a la compra encuadrado dentro del Plan Auto 2030, una estrategia transversal para promocionar el coche eléctrico y mejoras generales en la movilidad de nuestro país.
La medida estrella: descuentos directos a la compra de coches eléctricos. Es una decisión que viene a cubrir las exigencias de los compradores y los fabricantes que llevan años pidiendo esta medida para favorecer la expansión de este tipo de vehículos. Y es que, con el Plan MOVES III y todas las ediciones anteriores, la entrega de las ayudas se retrasaba en algunos casos hasta 18 meses.
Muchas dudas. Pese al anuncio, muchas dudas quedaron flotando en el aire:
- No se sabe a cuánto ascenderán las ayudas para coches eléctricos.
- No se sabe si las ayudas también cubrirán la compra de híbridos enchufables.
- No se sabe si las ayudas tendrán que declararse en la declaración de la renta, aunque si se aplica como un descuento a la compra es previsible que no sea así.
- Se ha anunciado que se cubrirán las ayudas del Plan MOVES III que no han sido ingresadas pero no se ha aclarado de cuánto tiempo estamos hablando.
Para estar intranquilo. Cuando se anunció este Plan Auto+ podíamos esperar que todos los agentes estuvieran al corriente y se hubieran puesto de acuerdo. Mucho más si tenemos en cuenta que faltan 20 días para que las nuevas ayudas a la compra estén disponibles.
Pero lo cierto es que los concesionarios están dejando entrever sus dudas. Según El Economista, los concesionarios están negociando con el Ministerio de Industria la entrega de las ayudas pero tienen una línea roja: no adelantarán las ayudas. Desde Xataka nos hemos puesto en contacto con Faconauto, patronal de los concesionarios en España, pero han rechazado hacer comentarios al respecto.
El problema, señalan desde el medio, es que los concesionarios no cuentan con la salud financiera suficiente para adelantar el dinero si el Estado se extiende en el ingreso posterior del mismo. Según datos de la propia Facoauto, la rentabilidad del sector es de apenas un 1,38% y tres de cada diez concesionarios están en pérdidas.
El caso valenciano. Una de las propuestas que se había puesto sobre la mesa era actuar igual que con el Plan Reinicia Auto+ cuando se ofrecieron hasta 10.000 euros de ayuda para los compradores de un coche eléctrico después de la DANA de Valencia. El objetivo fue aprovechar la renovación forzosa del parque automovilístico con la entrega de coches eléctricos.
Entonces ya se trabajó con la idea de que el dinero de la ayuda se descontara del pago total del vehículo. Sin embargo, la burocracia volvió a hacer acto de presencia hasta el punto de que algunos concesionarios adelantaron la ayuda a los clientes con un descuento en la compra a expensas de que su solicitud fuera luego aprobada pero sin aceptación previa mediante.
En El Economista señalan que desde los concesionarios recuerdan que esta forma de actuar sólo la llevaron a cabo algunas marcas, entregando el coche antes de tener el visto bueno a la ayuda. Además, recuerdan que el caso valenciano fue excepcional y que resulta complicado que algo similar pueda aplicarse de manera estatal si no cuentan con el compromiso del Estado de entregar las ayudas en un corto plazo de tiempo.
Quedan 20 días. Ahora, con esta posición de los concesionarios delante, el Gobierno tiene menos de tres semanas para negociar unas ayudas que se anunciaron para el 2 de enero de 2026. Una situación compleja y que recuerda a las últimas prórrogas del Plan MOVES III.
Hay que recordar que en febrero de 2024, el Gobierno ya se comprometió a entregar la ayuda a la compra de coches eléctricos con un descuento en el contrato. Durante todo ese año, esta posibilidad se fue retrasando hasta que llegó la renovación del Plan MOVES III con las mismas condiciones de siempre.
Ese mismo programa de ayudas cayó al encontrarse dentro del Decreto Ómnibus tumbado por el Congreso de los Diputados pese a estar anunciado y activo. Meses más tarde, en abril de 2025, el Plan MOVES III volvió… con los mismos problemas de siempre. Es decir, con una gestión que dejaba al cliente a expensas de cobrar la ayuda hasta pasados 18 meses en algunos casos.
Foto | Robin Le Mee y Mohamed B.
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qué es un “viejo” hoy en día
En Corea del Sur diciembre de 2024 marcó algo más que el cambio de año. 2025 llegó acompañado de una noticia que, aunque esperada, no deja de ser relevante: tras décadas con una tasa de natalidad en números rojos, su sociedad se declaró oficialmente “súper envejecida”, una etiqueta que revela que la quinta parte de la población (20%) ha rebasado los 65 años. De hecho los últimos datos ya sitúan ese grupo demográfico en el 21%, lo que equivale a casi 11 millones de personas.
Con semejante datos sobre la mesa, en Seúl cada vez suena con más fuerza una pregunta: ¿Qué es un anciano? ¿A qué edad se alcanza ese estatus?
“¿A qué edad se es ‘anciano’?” La pregunta quizás parece algo ingenua (incluso intrascendente), pero ese es el titular con el que en 2024 The Korea Times, uno de los periódicos más importantes en lengua inglesa publicados en Corea del Sur, encabezaba un amplio reportaje sobre la nueva realidad y los desafíos demográficos que afronta el país: “How old is ‘elderly?'”
¿A qué edad puede considerarse una persona “anciana”? ¿Qué implica ser “anciano”? Y sobre todo… en una nación que lleva años arrastrando un grave problema de natalidad, envejecida, en la que la esperanza de vida es cada vez mayor y dos de cada diez personas pasan ya de los 65 años… ¿Convendría redefinir los parámetros? ¿Le toca a Seúl replantearse qué es un “viejo”?


¿Qué dicen los datos? Que la etiqueta de sociedad “súper envejecida” que Corea del Sur se ganó en 2024 oculta una realidad más poliédrica y desafiante. A cierre de 2025 el 21,21% de los habitantes del país tenían 65 o más años. Eso se traduce en 10,8 millones de personas de un total de 51,1 y (sobre todo) 580.000 más que un año antes. Lo preocupante es que todo indica que ese porcentaje seguirá creciendo y para 2050 más del 40% de la población será ya “mayor”.
Ese peso creciente de los sexagenarios, septuagenarios y octogenarios en el padrón se explica por varios factores. Sobre todo dos. El primero es la crisis demográfica que arrastra desde hace tiempo el país. Aunque sus últimos datos resultan esperanzadores, con dos años consecutivos con indicadores de natalidad positiva, es pronto aún para hablar de un cambio de tendencia sólido. Además 24 meses no solucionan las décadas que el país se ha pasado perdiendo bebés.
¿Y el segundo factor? Es el aumento de la esperanza de vida. Las tablas de Statista muestran que los bebés que nacen hoy en Corea del Sur vivirán de media entre 81 y 87 años, dependiendo de si son niños o niñas. En 1980 ninguno de esos indicadores llegaba a los 70 años y las proyecciones muestran que en 2100 ambos rebasarán los 90. Son solo eso, proyecciones, pero resultan elocuentes.
¿Por qué es un problema? Porque esas cifras reflejan mucho más que una simple curiosidad demográfica. Un país envejecido, con cada vez más ancianos retirados y menos jóvenes en edad de trabajar, deriva en una serie de desafíos a los que España no es ajena. Tampoco Seúl. Ese desequilibrio afecta directamente al sistema de pensiones básicas del que disfrutan los mayores de 65 años del país y abre un debate que va más allá de cómo mantener su arquitectura financiera.
“Hay jóvenes que ganan menos que los ancianos que reciben las pensiones básicas. Imponerles impuestos para financiar las pensiones de los mayores plantea inevitablemente problemas de equidad”, reconoce el profesor Kim Woo-chang a The Korea Times. “El sistema debe reformarse gradualmente para limitar los pagos a los mayores que viven por debajo del umbral de la pobreza”.
¿A qué se arriesga el país? Lee Joong-keun lo exponía con claridad en octubre de 2024, durante un acto celebrado en la Cámara de Comercio e de Corea, en Seúl: “El número de ciudadanos mayores es ahora de 10 millones, pero aumentará a 20 millones en 2050. Excluyendo a los 10 millones de menores, los dos millones restantes (en edad laboral) deberán mantener a los ancianos”.
La reflexión es interesante por su contenido, pero sobre todo por quién lo plantea. Lee Joong-keun es un octogenario y hablaba en calidad de presidente de la Asociación de personas Mayores de Corea, entidad que incluso ha puesto una propuesta sobre la mesa: elevar progresivamente de 65 a 75 años la edad a partir de la que se puede acceder a las prestaciones sociales de la tercera edad.
“Para mantener el número de ciudadanos mayores en alrededor de 12 millones, propongo al Gobierno la idea de aumentar la edad (legal de la vejez) en un año cada década”, abogó Jonng-keun. En el país han surgido otros debates similares, como elevar el umbral para la jubilación o revisar a partir de qué momento la población puede acceder gratis al metro, subiendo el mínimo de 65 a 70 años.
¿Es una idea nueva? No. La asociación de mayores no es la única que ha tocado el tema. Llega un repaso a la prensa coreana, o incluso internacional, para comprobar que en el país hay varios debates abiertos, todos conectados entre sí: ¿Toca redefinir la edad a partir de la cual una persona se considera “anciana” en una sociedad “súper envejecida”? ¿Se ha quedado desfasada la referencia de 65 años recogida en la ley de bienestar de 1981 y que sirve de referencia en el país?
Si es así… ¿Dónde situar la nueva edad? ¿En los 70 años, como plantean algunos? ¿Mejor en los 75? ¿Es ese el primer paso para ampliar la edad de jubilación? ¿Hay que reformar sí o sí el sistema de pensiones? ¿Debe seguir el resto del país el ejemplo de algunas organizaciones gubernamentales surcoreanas que han empezado a elevar selectivamente la edad de retiro a 65 años?
¿Son solo propuestas? Para nada. El Gobierno Metropolitano de Seúl ha anunciado que planea elevar la edad mínima para acceder al transporte público gratis, situándola en 70 años. Algo similar han hecho en Daegu, que desde 2024 ha ido incrementando de forma progresiva esa barrera, subiéndola un año cada 12 meses. Encuestas recientes de Gallup Korea muestran que el 59% de la gente cree que el criterio para considerar a una persona mayor debe subirse a 70 años. En 2015 estaba a favor el 46%, frente a un 47% que se pronunciaba en contra.
Hay sindicatos que han pedido al Gobierno que retrase la jubilación, amenazando incluso con huelgas, y el tema se ha abordado durante negociaciones salariales.
Pero… ¿Por qué? Por varias razones. Y no solo por el aumento del capítulo de gastos al que se enfrenta el Estado. El ‘colchón’ que ofrece a día de hoy Corea del Sur a sus mayores está muy lejos de ser el ideal. Y la mejor prueba es que su tasa de pobreza entre ancianos es una de las más altas si se observan las principales economías, algo que reflejan medios como Forbes o el instituto KDI.
Este último organismo estatal habla de hecho de una tasa del 34,8% si se tienen en cuenta los ingresos netos, muy por encima del 11,8% de Alemania, el 10,8% de Estados Unidos o el 9,8% de Reino Unido. Si se valora la renta neta disponible, Corea del Sur registra la mayor tasa de pobreza de toda la OCDE.
¿Hay más datos? Sí. The Chosun Daily aporta una de las claves que ha estado condicionando la economía de los ancianos: el umbral mínimo para retirarse está en 60 años, pero quienes se jubilan a esa edad afrontan un período de varios años hasta que perciben su pensión. Suelen empezar a los 63 para los nacidos entre 1961 y 1964, barrera que se eleva a los 65 para los nacidos a partir de 1969.
Eso sin contar con que el pago mensual medio para los mayores de 65 años era en 2022 de 650.000 wones, aproximadamente 490 dólares. El resultado es que un porcentaje significativo de las personas mayores del país siguen trabajando. En 2024 se calcula que la tasa de empleo entre las personas de 70 o más años era del 24,5% y Chosun precisa que en 2022 la tasa de participación en la fuerza laboral de los mayores de 65 años alcanzó el 37,3%, la mayor de los países de la OCDE.
Una versión anterior de este reportaje se publico en febrero de 2025
Imágenes | Terence Lim (Flickr), Simon Im (Flickr) y Statista
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Pensamos que el ventilador nos salva del calor, pero a partir de los 35 grados logra exactamente el efecto contrario
Con la llegada de las altas temperaturas, el ventilador se convierte en un gran aliado en muchos hogares que no pueden tener el aire acondicionado encendido durante todo el día. Al encenderlo, nos da el aire en la cara y sentimos un alivio del calor casi inmediato, pero la realidad es que este efecto no lo tenemos a cualquier temperatura, puesto que hay un punto a partir del cual no solo deja de ser útil, sino que puede convertirse en nuestro peor enemigo.
No enfría el aire. Para entender por qué un ventilador puede ser peligroso, primero hay que entender cómo funciona. Tal y como señalan las directrices de la propia OMS sobre temperaturas interiores, los ventiladores no bajan la temperatura de la habitación ni un solo grado, puesto que lo único que hacen es mover el aire.
El alivio que sentimos se debe a un mecanismo puramente fisiológico que es la evaporación del sudor. Al mover el aire a nuestro alrededor, el ventilador acelera la evaporación de la humedad de nuestra piel, lo que “roba” calor a nuestro cuerpo y nos refresca. Pero el problema llega cuando el aire de la habitación está más caliente que nuestro propio cuerpo.
El punto crítico. La temperatura normal de la piel humana ronda los 35ºC y los sistemas de termorregulación tratan de que así se mantenga. El problema llega cuando la temperatura ambiente de la habitación supera esa cifra, puesto que el ventilador empezará a mover aire más caliente que la temperatura de nuestra piel, y en lugar de disipar el calor coporal estará inyectando el calor del ambiente de manera directa.
Y es algo que está avalado, por ejemplo, por el Plan de Calor del Gobierno Vasco, que apunta que los ventiladores dejan de ser efectivos y útiles cuando el aire supera los 35-36 °C. Pero en Estados Unidos son aún más exigentes, ya que la CDC desaconsejan su uso por encima de los 32,2 ºC.
Más allá de la temperatura. Si bien la regla general dice que por encima de 35 °C hay que apagar el ventilador, la ciencia apunta que la humedad importa tanto o más que la temperatura. De este modo, en condiciones de calor seco el ventilador es perjudicial, ya que si el aire es caliente y seco, el sudor evapora solo sin necesitar ayuda del ventilador. Pero al encender el ventilador, solo se consigue empujar el aire caliente contra la piel.
En el caso de estar en un ambiente húmedo, el sudor no se evapora igual de bien, y por eso nos sentimos ‘pegajosos’ sobre todo en un ambiente de costa. En este escenario, el ventilador sí ayuda a romper esa capa de humedad, y los estudios de Sídney demostraron que pueden seguir siendo beneficiosos incluso hasta los 42 °C.
Los más vulnerables. A pesar de estos datos, la máxima autoridad en revisión de literatura médica, la Cochrane, publicó una revisión en la que señala que no existe evidencia de alta calidad que demuestre de forma inequívoca que los ventiladores reduzcan los impactos adversos en las olas de calor. La razón está precisamente en la mezcla de factores como la humedad, la edad y sobre todo el estado de salud con el que nos enfrentamos a estas altas temperaturas.
Pero debemos pararnos sobre todo en la edad, que es un factor crítico, puesto que la capacidad de sudar y termorregular el cuerpo disminuye con los años o con ciertas medicaciones. Es por ello que un ventilador puede salvar de un apuro a alguien joven, pero puede deshidratar y provocar un golpe de calor a una persona mayor en las mismas condiciones.
Imágenes | Dương Nhân
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Mañana llega a Prime Video una de las películas más increiblemente extrañas del último Nicolas Cage
Hay una escena en la que Nicolas Cage llena una botella con agua turbia de un grifo público y se la intenta beber. Poco después está a punto de comerse una rata muerta. Ninguna de las dos es la imagen más extraña de la película, y eso ya dice bastante del terreno en el que se mueve ‘The Surfer‘, un thriller psicológico que tuvo un paso muy discreto por cines en 2025 y ahora, año y medio después y desde el 17 de julio, brilla como una de las piezas más extrañas del catálogo veraniego de Prime Video.
La película sigue a un hombre sin nombre (Cage) que lleva a su hijo adolescente a la playa australiana donde surfeaba de niño. Quiere comprar la casa familiar situada sobre el acantilado, la misma en la que creció antes de la muerte de su padre. La bienvenida no es la esperada: un grupo de surfistas locales, los Bay Boys, liderado por el carismático Scally (Julian McMahon, al que recordamos de ‘Nip y Tuck’ y Los Cuatro Fantásticos -no, esa no, la otra… no, esa tampoco, la otra-), le impide entrar al agua con un mantra que se repite durante toda la cinta: “Si no vives aquí, no surfeas aquí”. Y lo que arranca como humillación puntual se convierte en una espiral de acoso con el calor del verano australiano de fondo.
El irlandés Lorcan Finnegan, director de la película, no es un nombre nuevo para los fans de las películas de tensión psicológica. Antes de esta firmó la magnífica ‘Vivarium’, con Jesse Eisenberg e Imogen Poots atrapados en un barrio residencial que se repite hasta el infinito, y ‘Efecto Nocebo’ (2022), con una Eva Green afectada por una asfixiante enfermedad exótica. En los tres títulos trabaja con un espacio cerrado y opresivo que empieza siendo cotidiano y termina convertido en trampa.
Y esta vez la película cuenta con un plus excelente: el sol australiano, que tantas magníficas obras de opresión extrema nos ha brindado, como ‘Largo fin de semana’ o ‘Despertar en el infierno’. En esta ocasión, además, se contrasta el perturbador desierto del país con las playas a las que acude Cage, que se permite brindar una de sus mejores interpretaciones maniacas y fuera de sí, por primera vez en un entorno que le hace justicia absoluta.
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