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Un coche eléctrico es un 54% más barato de mantener que uno de combustión. Y puede no compensar porque el dato tiene truco
El coste de un coche no es lo que pagas por él, es la suma de muchos otros factores. Es lo que te cuesta llenar el depósito, lo que te cuesta repararlo y, por qué no, lo que recuperas una vez has decidido deshacerte de él. ¿Hay motivos para pasarse al eléctrico? Sí, muchos.
También para quedarse en la combustión.
Depende de lo que valores.
El dato. Un coche eléctrico ahorra hasta un 54% en mantenimiento en comparación a un gasolina equivalente. Esas son las cuentas de Autobild que están corriendo en los últimos días entre los medios de comunicación. Su comparación apuntaba a un Volkswagen ID.3 con un Volkswagen Golf VII 1.6 TDI de 2016 y un Volkswagen e-Golf, igualmente, de 2016.
¿Por qué un coche eléctrico tiene menos autonomía que la que anuncian
El resultado es que mantener el coche eléctrico era entre un 40 y un 54% más barato que las versiones con motores de combustión. Según sus cálculos, las revisiones de la versión diésel iban desde los 393 euros hasta los 547 euros. El híbrido enchufable tenía un precio en sus revisiones de entre 161 euros y 275 euros.
El libro de mantenimiento del eléctrico obligaba a mantenimientos de entre 200 y 300 euros. Eso sí, las paradas eran menos habituales y, según sus cálculos, con el paso de los kilómetros el eléctrico puro era entre un 40 y un 54% más barato que sus “hermanos” de combustión.
¿Por qué? Dan varios motivos. En primer lugar, como hemos visto, porque las revisiones son menos costosas y menos habituales. En ellas hay que sustituir menos componentes por lo que es necesario invertir menos dinero.
Entre sus cuentas están los cambios de aceite (casi inexistentes entre los coches eléctricos), la ausencia total de posibles averías de un motor de combustión y también la sustitución de elementos de desgaste: correas de distribución, bujías, filtro de partículas…
Además, señalaban que algunos elementos sufren menos desgaste con el paso de los años y los kilómetros. Por ejemplo, pronostican una vida útil más larga a los frenos de disco porque, sobre todo en ciudad, la mayoría de las frenadas las absorbe la frenada regenerativa.
Y el día a día. Hay otro hecho invariable: en el día a día, el coche eléctrico es más barato que un gasolina casi siempre. En ciudad, el coche eléctrico consume menos que un gasolina o diésel. Este, además, se expone a un mayor número de averías con los encendidos y apagados cada pocos kilómetros.
Pero si quieres echar cuentas. Un eléctrico en ciudad puede moverse fácilmente en 10-15 kWh/100 kilómetros. Eso supone que, con una carga doméstica a 10 céntimos/kWh, estamos hablando de entre un euro y euro y medio por cada 100 kilómetros. En ciudad, comparado con un híbrido que consuma 4 litros/100 km hablamos de más de cinco euros de diferencia diarios. Si es un gasolina que en el entorno urbano se mueve en unos 7 l/100 km, la diferencia se va hasta los nueve euros.
Es en las escapadas de larga distancia donde las circunstancias se igualan. Si un coche eléctrico consume 18-20 kWh/100 km y reposta a 0,50 euros/kWh hablamos de entre 9 y 10 euros para hacer 100 kilómetros, cifras muy parecidas a la gasolina. Cargado en un enchufe ultrarápido a unos 0,80 euros, hablamos de que la gasolina o el diésel ganan por mucho.
Sí, pero. Es decir, el coche eléctrico es más barato. Casi siempre, pero no siempre. Primero porque esa priemra comparación que se ha viralizado tiene algo de truco: los datos son de 2021. Las cifras de la electricidad puestas arriba, por ejemplo, son actuales y menos favorables al coche eléctrico. Con todo, como hemos visto, quien utiliza el coche en el entorno urbano es muy probable que le merezca la pena optar por esta tecnología.
Eso sí, los últimos datos que se recogen de ADAC (el RACE alemán) no son tan optimistas. En ese caso hablan de un ahorro de entre el 20 y el 30% a favor del coche eléctrico. Es decir, siguen ganando pero el margen se estrecha.
¿Y sí…? Calcular lo que uno se ahorra con un coche eléctrico no es del todo sencillo. Por ejemplo, ahora mismo puedes echar cuentas de cuánto dinero te ahorrarías en las zonas de estacionamiento regulado en aquellas ciudades donde hay rebajas al estacionamiento. Y puedes echar cuentas pensando que te llegará el Plan MOVES III pero, en algunas comunidades autónomas, esto no es del todo seguro.
Pero no solo eso, a la hora de calcular lo que cuesta un coche podemos tener en la cabeza su precio de venta, si existe un sobreprecio para la versión eléctrica, el ahorro esperado con nuestro tipo de uso y los kilómetros a recorrer… pero, ¿qué pasa si queremos vender el coche?
En ese caso, el coche eléctrico parece que sale perdiendo. En estos momentos, es una tecnología que se devalúa rápidamente porque las baterías se degradan con el paso del tiempo (la autonomía se reduce) y las innovaciones están dejando obsoletos a coches en muy poco tiempo al tiempo que los nuevos modelos reducen sus precios. Es decir, el mercado de segunda mano lo tiene todo para seguir perdiendo dinero con el coche eléctrico.
Entonces, ¿qué hago? Lo primero que te recomendamos en Xataka es que tengas muy claro qué tipo de uso vas a hacer del vehículo. Ser lo más racional posible o, al menos, tener muy claro lo que valoras por encima de todo. Si quieres un coche pasional y el dinero no te importa, hazte con el vehículo que más te guste.
Aquí, sin embargo, estamos para hablar de dinero. Si quieres un coche ajustado, calcula los kilómetros diarios a recorrer, los tipos de salida que haces y haz cálculos del tamaño de batería que necesitas. Eso sí, si un coche pequeño con 50-60 kWh de capacidad son suficientes, ten muy en cuenta que tendrás que hacer concesiones cuando viajes. En ese caso, el precio a tu tiempo lo pones solo tu.
Con todo esto en mente, echa las siguientes cuentas:
- Coste del vehículo de gasolina y el eléctrico: para calcular el sobreprecio
- Infórmate del gasto esperado en mantenimiento: puedes pedir la información en el concesionario
- Infórmate de cuánto te puede costar poner un enchufe en tu vivienda: y busca la mejor tarifa
- Suma el coste del combustible o electricidad y los kilómetros que haces al año: teniendo en cuenta el posible sobreprecio de la energía cuando vas de viaje
- Analiza si quieres mantener el coche muchos años o cambiarlo a corto y medio plazo y comprueba cuánto se pagan los coches que quieres comprar
Foto | Volkswagen
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En 1950, un millonario se subió a un Bentley y firmó una de las mayores hazañas de las 24 horas de Le Mans: completarlas solo
11 de junio de 1955, el circuito de La Sarthe firma el día más negro de su historia.
Juan Manuel Fangio y Mike Hawthorn disputan la cabeza de la carrera. Han pasado unas horas desde la salida cuando Hawthorn, que acaba de doblar al Austin de Lance Macklin se percata de que sus mecánicos le hacen señas para detenerse en boxes.
Hawthorn, que circula a máxima velocidad, pisa con todas sus fuerzas el freno para hacer su parada. En aquellos días, los boxes y la recta no estaban separadas físicamente, por lo que trata de maniobrar en el último momento. Macklin, que no se espera la maniobra, esquiva el Jaguar de Hawthorn como puede.
Pero a su izquierda, Pierre Levegh (también doblado) llega lanzado. Detrás le sigue Fangio, ambos con un Mercedes. El primero de ellos choca violentamente con el Austin de Macklin con la mala fortuna de que el coche británico se convierte en una rampa de despegue que lo laza contra el público de la abarrotada grada principal.
Pierre Levegh y 83 espectadores fallecen, aunque la carrera continúa.
Aquel día, sin embargo, fue un punto y a parte en la historia de Le Mans.
El accidente de 1955 dio inicio a unas constantes mejoras en la seguridad del circuito y de la propia carrera. Aunque Le Mans ha sido una carrera en constante evolución y otros accidentes han obligado a modernizar los criterios de seguridad, aquel año algo cambió.
Porque, hasta entonces, Le Mans era una carrera salvaje.
3.200 kilómetros en solitario
Le Mans es una competición fascinante. Es uno de los pocos reductos del automovilismo donde la élite del automovilismo mundial compite con pilotos aficionados.
Ahora mismo, una persona con el dinero suficiente puede montar un equipo y participar en la competición pero es necesario contar con las licencias necesarias en vigor. La FIA divide a los pilotos en función de su experiencia al volante y los hitos conseguidos. Dependiendo de la categoría en la que se inscriba el equipo, las exigencias federativas son diferentes.
Es lo que queda de aquellos gentleman drivers como James Dean, personas ricas aficionadas al automovilismo que participaban en competiciones oficiales montando su propio equipo para enfrentarse a las escuadras sostenidas por los propios fabricantes. Una fórmula que ha sobrevivido con el tiempo pero cuyos participantes se han reducido hasta la excepción.
Esos gentleman drivers no eran ni mucho menos una rareza en la primera mitad del siglo XX, por lo que a nadie extrañó ver a bordo de un Bentley 4¼ a Eddie Hall. Lo que sí sorprendió es que nadie diera el relevo a Hall. Y es que hasta pasado el accidente de 1955, en Le Mans no era obligatorio cambiar de conductor y hasta bien entrada la década de los años 80 no fue obligatorio contar con tres pilotos los cuales, además, se revelan con un máximo y un mínimo de horas disputadas.
Cuentan en MotorSport Magazine que Eddie Hall nació en el seno de una familia rica con un negocio textil entre manos. Había nacido en el año 1900 y antes de llegar a la treintena ya participaba en competiciones oficiales de automovilismo. De hecho, su pasión por la velocidad lo llevó a participar en los Juegos Olímpicos en bobsleigh, el deporte inventado por los suizos en el que cuatro integrantes de un mismo equipo se lanzan dentro de un trineo por un circuito de hielo.
Alimentado por el hambre de velocidad, Hall contactó con Rolls-Royce para participar con uno de sus deportivos en la Mille Miglia, histórica carrera italiana que se practicaba con tráfico abierto. Por aquel entonces, Rolls-Royce fabricaba los coches de Bentley (la compañía ya había ganado Le Mans antes de ser comprada), enfocados estos últimos más a la competición y los primeros a los grandes viajes.
Bentley mantuvo la fama competitiva bajo el paraguas de Rolls-Royce y Eddie Hall terminó por comprar uno de ellos para participar la carrera italiana y fue el que, más tarde, utilizaría en las 24 Horas de Le Mans de 1950. Era un Bentley 4¼ y para entonces, aquella unidad ya tenía 16 años encima y en el reportaje de MotorSport Magazine se plantean si no ha sido éste deportivo el más viejo en completar la prueba de resistencia.
Con él se plantó en la recta de meta del Circuito de La Sarthe, Eddie Hall tomaría la salida ya que el coche era suyo y, básicamente, había puesto el dinero para llegar hasta allí. En boxes le esperaba Tom Clarke, un piloto de Aston Martin que le habían asignado como compañero porque entonces los equipos contaban con solo dos pilotos.
Pero aunque Clarke aparece en las estadísticas oficiales de la carrera, todo indica que no se subió al coche en ningún momento. El motivo era sencillo, a Eddie Hall no le gustaba compartir sus coches y, al fin y al cabo, ese era su coche. De hecho, cuentan que la propia mujer de Hall tuvo que consolar al cada vez más decaído compañero cuando se convenció de que aquel día no iba a recorrer ni un solo metro a bordo de ese Bentley 4¼.
¿Cómo lo hizo Eddie Hall? En Road & Track sólo entienden que la hazaña fuera posible tirando de drogas. En aquellos años, las anfetaminas se utilizaban con asiduidad en todo tipo de deportes y parece la receta más probable para comprender cómo un hombre podía mantenerse despierto y con los reflejos suficientes para conducir toda la noche… y llevar a su Bentley a la línea de meta en octavo lugar después de cubrir más de 3.000 kilómetros.
El uso de todo tipo de drogas era conocido en el mundillo de la competición. En Motorsport.com, Stirling Moss confesó haber consumido anfetaminas, bencedrina o dexedrina. Café, alcohol y drogas era un cocktail más que habitual para quienes exprimían al máximo a sus cuerpos.
Un año después, Eddie Hall volvió a participar en las 24 Horas de Le Mans a bordo de un Ferrari pero en esta ocasión tuvo que abandonar a mitad de la competición. Nadie volvió a repetir la hazaña y nadie volverá a hacerlo ya que desde 1985 los equipos deben tener tres pilotos y ninguno de ellos puede conducir más de cuatro horas seguidas en bloques de seis horas, ni tampoco pueden acumular más de 14 horas a lo largo de todo el día de competición.
Foto | Bentley y 24 Horas de Le Mans
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Dos amigos vendieron su empresa por 1.500 millones de dólares y volvieron a comprarla por 450 millones: hoy vale 150.000 millones
Comprar barato y vender caro es una de las máximas de cualquier operación financiera si quieres que te vaya bien en la vida. Es el consejo que probablemente siguieron dos amigos inmigrantes de Asia que se conocieron jugando al baloncesto en Los Ángeles.
La historia de estos dos amigos es una de las más rocambolescas y afortunadas del ámbito empresarial tecnológico, ya que consiguieron vender su empresa por 1.500 millones, para luego volver a comprarla por 450 millones y convertirla en un imperio de 150.000 millones de dólares. Su historia es la de una de las empresas de memorias RAM y dispositivos de almacenamiento más conocidas desde finales de los 80: Kingston Technology.
Dos inmigrantes y el peor lunes de la historia
John Tu llegó a Los Ángeles desde China en los años setenta. David Sun hizo el mismo camino, pero desde Taiwán. Ambos eran ingenieros y buscaban su gran oportunidad en California. Por caprichos del destino ambos acabaron jugando al baloncesto en la misma cancha de baloncesto en Los Ángeles en los 80. De esa amistad surgió todo lo demás.
Su primer negocio fue Camintonn, una empresa de componentes relacionados con la memoria que utilizaban los ordenadores personales que comenzaban a dar el salto de los laboratorios y clubes de aficionados a la electrónica a las oficinas y hogares, impulsados por jóvenes promesas como Bill Gates o Steve Jobs.
Tras unos años de éxito y crecimiento, los Tu y Sun vendieron Camintonn en 1986 a AST Research por seis millones de dólares.
Con ese dinero en el bolsillo, el futuro parecía un camino de rosas para los dos amigos, pero la alegría les duró poco. El temido Lunes negro de octubre de 1987 que sufrió Wall Street hizo que buena parte de sus ahorros se esfumara de un plumazo. Se quedaron casi sin nada.
Sin embargo, en lugar de buscar trabajo en alguna empresa del floreciente mercado tecnológico de la época, volvieron a empezar su aventura como empresarios. “Le dije: ‘Tú fabricas algo y yo lo vendo, como la última vez”, aseguraba Tu en una entrevista para Fortune.

Jonh Tu Y David Sun, cofundadores de Kingston Technology
Ese mismo año fundaron Kensington, una empresa con un nombre que parecía elegante y sofisticado, pero otra empresa se les había adelantado y lo había registrado. Así que como eran fans del grupo de folk The Kingston Trio, optaron por renombrar su empresa como Kingston Technology y la pusieron en marcja en un garaje de Fountain Valley en California.
¡Cuánto le debe la tecnología actual a los garajes de California!
De nacer en un garaje a valer 1.500 millones
Al contrario que Samsung u otras marcas, Kingston no fabricaba chips de memoria propios, sino que compraba componentes a los grandes fabricantes y los convertía en productos que la gente usa: módulos de memoria para ordenadores, pendrives, tarjetas flash, discos SSD. Era un modelo sin grandes aspiraciones, pero funcionaba con una precisión que pocos podían igualar. De hecho, es el mismo modelo de negocio que mantiene en la actualidad.
En agosto de 1996, la empresa ya estaba valorada en más de 1.800 millones de dólares, y SoftBank adquirió el 80% de Kingston por 1.500 millones de dólares.
El gigante japonés de Masayoshi Son estaba entonces en plena fiebre de compras tecnológicas y Kingston era exactamente el tipo de empresa que buscaba: rentable, bien posicionada y en pleno crecimiento.
Es decir, con la adquisición de Softbank, Tu y Sun continuaban siendo parte decisiva en la operativa de la compañía gracias al 10% de la empresa que conservaba cada uno, y además se embolsaban 700 millones de dólares cada uno.
Sí, no me he equivocado: 700 millones para cada uno, porque los fundadores repartieron 100 millones de dólares en bonos extraordinarios para sus empleados como muestra de agradecimiento por su trabajo.
El trato era perfecto porque tanto empleados como fundadores se habían metido mucho dinero en el bolsillo, pero seguían trabajando en el mismo puesto y con las mismas condiciones que hasta la fecha. ¡Menudo chollo! …pero todavía podía mejorar más.
Vender caro, comprar barato
Tres años más tarde, en 1999, SoftBank volvió a llamar a la puerta de Kingston. La burbuja de las puntocom estaba en su momento más alto y Masayoshi Son quería recuperar liquidez para invertir en las efervescentes empresas de internet.
Kingston seguía siendo un buen negocio, pero no era el tipo de activo hipervolátil que buscaba Softbank en ese momento, así que les ofreció recuperar el mismo 80% que les había comprado por 1.500 millones. Sin embargo, el nuevo precio era muy diferente: 450 millones de dólares.
Suponemos que aguantándose la risa, Sun y Tu dijeron que sí. Obviamente. De hecho, incluso fueron generosos con Softbank.
Tal y como Tu contó a Fortune, en 1996 SoftBank había pagado parte de la compra con un pagaré de 300 millones que debía liquidar en dos años, pero el banco inversor no cumplió con su parte y se retrasó en ese pago. Ante semejante incumplimiento, los fundadores podrían haber recuperado la empresa por contrato en 1998. Pero no lo hicieron. Les perdonaron la deuda. “SoftBank se quedó en shock”, contó Tu.
Cuando Masayoshi Son quiso vender Kingston, su primera opción fue vendérsela a ellos porque era su forma de devolverles el favor que les habían hecho un año antes.
Así, a partir de 1999, Sun y Tu volvieron a ser dueños del 100% de Kingston: el 50% para cada uno.
Según Forbes, Kingston Technology facturaba unos 14.400 millones de dólares al año y ocupó el puesto 28 en la lista de las mayores empresas privadas de Estados Unidos. Su valor se estima en 150.000 millones gracias a la escasez de memoria.
Una peculiaridad de la compañía es que, pese a ser una de las tecnológicas más consolidadas, sigue sin cotizar en bolsa. Sin fondos. Sin inversores externos. Solo los dos amigos que se conocieron en una cancha de Los Ángeles hace casi cincuenta años y tuvieron dos golpes de suerte en su carrera que les permitió convertirse en millonarios sin perder el control de la empresa que fundaron.
Imagen | Kingston Technology
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Estados Unidos pulsa el botón del miedo con Claude Mythos y Fable 5. Es un apagón con un claro beneficiado: China
Estados Unidos ha cortado el grifo del modelo de IA más potente, caro y avanzado jamás lanzado por Anthropic, pero lo ha hecho en un movimiento desconcertante y con letra pequeña.
Ayer 12 de junio, la Casa Blanca ordenó a Anthropic apagar inmediatamente Fable 5 y Mythos 5 para cualquier persona que no sea ciudadana estadounidense. La orden llegó sin dar demasiadas explicaciones sobre su duración ni justificación técnica, según el comunicado público de Anthropic. Esta intervención gubernamental marca un antes y un después en el sector tecnológico moderno: no están restringiendo la venta de chips (una práctica habitual), sino vetando el acceso de un software de acceso general por una cuestión de ciberseguridad nacional.
Qué está pasando con Fable 5 y Mythos 5. El gobierno estadounidense ha emitido una directiva de control de exportaciones que suspende todo acceso a Fable 5 y Mythos 5 para cualquier persona que no tenga la ciudadanía estadounidense, esté dentro o fuera de Estados Unidos. Esto incluye personal de Anthropic que no sea estadounidense. Para poder ceñirse a la directiva que entró en vigor de forma inmediata, la empresa liderada por Dario Amodei ha tenido que desactivar ambos modelos para todo el mundo. En el momento de publicar este artículo, aparece el aviso al intentar acceder.
Según Anthropic, el gobierno cree haber descubierto una forma de hacer jailbreak al modelo. La empresa no está de acuerdo: tras revisar la demo de esa técnica para engañar al modelo, concluye que las vulnerabilidades encontradas son menores, ya estaban localizadas y aplicables a otros modelos del mercado pueden identificarlas sin necesidad de ninguna técnica de elusión.
Por qué es importante. Porque Mythos es un modelo específicamente diseñado para ciberseguridad y su apagón afecta tanto a usuarios comerciales como a esas entidades encargadas de la gestión activa de defensa que lo están usando. Con esta medida, Washington convierte su software de vanguardia de IA en un activo de seguridad nacional. Cabe recordar que Anthropic ya está en la lista negra del Pentágono, por lo que la considera demasiado peligrosa para que la use su Gobierno. Ahora también es demasiado peligrosa como para que la usen extranjeros.
Además, como señala Anthropic, marca un peligroso precedente: si el criterio para retirar un modelo es que alguien encuentre una vulnerabilidad, en la práctica no va a poder lanzarse ninguno porque que levante la mano la empresa que lanza software sin un solo fallo. Es decir, si la Casa Blanca hace de este movimiento excepcional la norma, será un tiro en el pie para desarrollar modelos de vanguardia: lanzamientos más lentos por ese proceso “imposible” de depuración, personal diezmado al no poder contar con especialistas extranjeros y si no pueden comercializarse fuera habrá menos ingresos.
Contexto. Esta orden es el último capítulo de un culebrón de desencuentros entre Washington y Anthropic que data desde principios de año. En marzo, el Pentágono consideró que la empresa era un “riesgo para la cadena de suministro”. En su comunicado, Anthropic ha verificado que ese nivel de capacidad que el gobierno identificó como peligroso en Fable 5 ya está disponible en otros modelos del mercado, incluyendo el GPT-5.5 de OpenAI, anterior y más difundido que Mythos. Sin embargo, esa versión de ChatGPT no ha sufrido ninguna suspensión. La asimetría de trato entre OpenAI y Anthropic es evidente.
El contexto geopolítico también es importante: Estados Unidos y China están inmersos en una carrera tecnológica sin precedentes en las últimas décadas y cada potencia está jugando sus armas, desde aranceles a materiales críticos como las tierras raras a vetos a la venta de chips, software EDA o el Export Control Reform Act de 2018, donde caben nuevas categorías tecnológicas como los modelos de IA más avanzados. Eso sí, para el gigante asiático cada obstáculo ha funcionado como una suerte de catalizador para avanzar más rápido y ser cada vez más independiente de tecnologías ajenas.
En detalle. El mecanismo de ejecución de la orden se apoya en la “directiva de control de exportaciones” gestionada por el Departamento de Comercio. En la práctica, significa que para acceder a Fable 5 o Mythos 5 siendo ciudadano extranjero (aunque estés en Estados Unidos) es motivo de infracción.
Anthropic intentó anticiparse al problema con miles de horas de pruebas con el gobierno estadounidense, lo compartió con 40 organizaciones que gestionan infraestructura crítica y después, con otras 150 entidades más precisamente para que encontrasen y así poder corregir vulnerabilidades antes de que un tercero con intereses maliciosos lo hiciera después. No ha sido suficiente.
Porque Mythos es un modelo específicamente diseñado para ciberseguridad. Antes de su despliegue público, Anthropic lo compartió con organizaciones que gestionan infraestructura crítica precisamente para que encontrasen y así poder corregir vulnerabilidades antes de que un tercero con intereses maliciosos lo hiciera. Su apagón afecta tanto a usuarios comerciales como a esas entidades encargadas de la gestión activa de defensa.
Sí, pero. De momento, Anthropic cumple con la orden, pero deja claro que no está de acuerdo y que está trabajando para solucionarlo: “Creemos que se trata de un malentendido y estamos trabajando para restablecer el acceso lo antes posible.” La empresa detrás de Claude dice apoyar al gobierno en el bloqueo de tecnologías realmente peligrosos, pero que ese proceso tiene que ser transparente, justo y basado en hechos técnicos reales. En pocas palabras, que no ha dicho la última palabra.
Por otro lado, la pregunta del millón está en si el gobierno de EEUU puede aplicar la ley de control de exportaciones, inicialmente diseñada para chips, satélites o software crítico y específico, sobre un modelo de IA disponible por internet y de uso general. De hecho, este movimiento normativo pone sobre la mesa la importancia de contar con una ley clara que defina cuándo, cómo y con qué garantías un gobierno (en este caso, el de Estados Unidos) puede intervenir.
Portada | Gemini y Claude
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