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En plena ola de incendios, hay algo de lo que los bomberos españoles están muy pendientes: la “regla del 30-30-30”
¿Influye la educación en los ingresos? ¿Mayor titulación equivale a una mejor nómina a final de mes? ¿Hay diferencias por ejemplo entre quienes han pasado o no por la universidad? ¿Y entre un graduado y alguien con máster? Son preguntas manidas y que en los últimos años han dado pie a toda clase de debates, pero su respuesta está muy clara, como acaba de recordarnos el último informe sobre indicadores de educación publicado hace unas semanas por el Gobierno.
Espóiler: la formación sí influye en el sueldo (y bastante).
Despejando incógnitas. En su informe Sistema estatal de indicadores de la educación, elaborado con datos de 2022, el Ministerio de Educación responde (y actualiza) algunas preguntas clave relacionadas por la formación en España. Entre ellas una cuestión que suele derivar en debate: ¿Influye realmente la formación en el nivel de renta? ¿Cobra más un graduado que una persona que solo tiene la ESO? Sus datos reflejan medidas estadísticas, pero dejan una respuesta clara: sí.
Una cifra: 18.916 euros. De entrada el estudio recuerda que en 2022 los ingresos laborales medios se situaban en España en 18.196 euros. Esa es la ‘foto’ general, la media de todo el país. Cuando bajamos al detalle y dividimos a la gente por niveles educativos, el dibujo cambia sin embargo de forma considerable.
“Los ingresos aumentan a medida que lo hace el nivel de formación”, señala el informe, que recuerda que aquellas personas que no tienen siquiera la primera etapa de la ESO reciben de media unos ingresos laborales de 11.180 euros mientras que los profesionales más cualificados, los que disponen una segunda titulación universitaria, un licenciatura o máster, ven cómo esa media sube a 28.468.


¿Hay más datos? Sí, los hay. Esos son los dos extremos de la lista, pero entre ellos hay una amplia escala intermedia de grises en la que se mantiene el mismo patrón: a mayor formación, más elevada es también la remuneración.
Quienes han finalizado la primera etapa de la ESO perciben de media unos ingresos laborales de 13.860 euros, los que han terminado la ESO alcanzan los 15.880, aquellos que siguen formándose pero sin pasar por la universidad se sitúan en 18.069 y quienes poseen un primer título universitario, como una diplomatura o grado, ingresan de media 22.509 euros. En lo más alto de la escala de renta están las personas con formación extra, como los másteres, con 28.468 euros.
Educación… y algo más. El estudio refleja que hay otros factores que influyen claramente en los ingresos laborales, como por ejemplo la experiencia. Importan los títulos, pero también (y no poco) los años de profesión. Por ejemplo, entre las personas menos cualificadas, que no tienen la ESO, hay una diferencia clara entre las personas que acaban de empezar en el mercado laboral y tienen menos de diez años de experiencia y aquellos veteranos que acumulan al menos tres décadas de oficio a sus espaldas. Entre los primeros el ingreso medio es de 9.125 euros. Para los segundos ese mismo indicador se dispara hasta situarse en 11.332.
Lo mismo ocurre con los licenciados y graduados con máster. Los que llevan solo unos años trabajando ganan de media 18.319 euros, dato que se eleva por encima de 31.100 cuando hablamos de los profesionales más bregados. “En 2022, según la experiencia laboral, los trabajadores con 30 o más años de trayectoria profesional perciben, de media, un 62,3% más de ingresos laborales que quienes llevan menos de 10 años trabajando”, desliza el informe del Ministerio de Educación.




¿Influye algo más? La respuesta vuelve a ser afirmativa. Influye el sexo. De forma clara, además. Por ejemplo, los ingresos laborales medios ascendieron en 2022 a 20.701 en el caso de ellos y 16.871 en el de ellas. Esa diferencia se mantiene sin importar formación o experiencia. Si nos vamos al segmento más cualificado y valorado, el de los profesionales con máster o licenciatura que trabajan desde hace más de 30 años, vemos que los hombres cobran de media 37.850 euros mientras las mujeres perciben 31.162. Con todo, esa brecha no es igual en todos los casos.
“La mayor diferencia relativa se observa en el ingreso medio para mujeres con estudios de Secundaria de primera etapa, que es de 11.128 euros, frente a 15.531 de los hombres con la misma formación, un 28,3% inferior. En el otro extremo de la escala, las mujeres con diplomatura o grado universitario tienen un ingreso medio de 20.494 euros por 25.225 euros de los hombres (18,8% menos)”, aclara.
Más allá de Educación. El informe de Educación no es el único que refleja esas diferencias en cuanto a formación. El INE constata también diferencias muy claras entre los ingresos de la gente menos formada y la más cualificada. Según sus datos, el salario medio bruto mensual de las personas con estudios primarios incompletos apenas pasaba de 1.400 euros en 2022. Entre las personas más formadas, con títulos de educación superior, esa misma media supera los 2.600 euros.
En un informe en el que analizaba los desvíos con respecto al salario medio en función de la formación del asalariado, Bankinter apreciaba también el mismo fenómeno: los menos cualificados estaban un 35,7% por debajo de la media general mientras que los más preparados la superaban en un 65,8%.
Imágenes | Redd Francisco (Unsplash) y Ministerio de Educación
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es una reacción muy “humana”
Es posible que alguno, en algún momento, haya tenido a ese compañero de trabajo prepotente que siempre alardea de sus éxitos y comete un error garrafal que resuena por toda la empresa. En ese momento, a más de uno es posible que se le alegre el rostro por ese fallo y se pregunte al momento: ¿Soy una mala persona por ello? Y la realidad es que, en términos generales, la respuesta es no.
Está documentado. Esta reacción para la ciencia tiene un nombre específico, que es ‘schadenfreude‘, que viene del alemán Schaden, daño, y Freude, alegría. Y la evidencia académica nos advierte que reducirla a una simple “maldad” o, por el contrario, a una reacción inofensiva, es ignorar el fascinante cableado de nuestro cerebro social.
Entendiéndola. Para entender la schadenfreude no hay que mirar a los manuales de psiquiatría buscando un trastorno clínico, sino a las resonancias magnéticas funcionales. Y en esto mismo se basó una investigación publicada en el año 2009 en la revista Science, donde los investigadores descubrieron que la envidia y la schadenfreude están íntimamente conectadas en el cerebro.
Lo que pasa en el cerebro. De esta manera, se pudo ver que cuando las personas estudiadas sentían envidia, se activaba la corteza cingulada anterior dorsal, una región asociada al dolor físico. Pero cuando esa persona envidiada sufría una desgracia, la actividad se trasladaba al estriado ventral, el núcleo central del circuito de recompensa de nuestro cerebro.
En otras palabras, podemos decir que, neurológicamente, ver caer a quien envidiamos genera una recompensa genuina. Sin embargo, estudios fundamentales como los de la neurocientífica Tania Singer matizan esto al apuntar que estas respuestas no surgen porque tengamos un “gen de la maldad” o una “hormona de la felicidad” sádica, sino porque nuestras redes cerebrales están constantemente monitorizando la comparación social y la justicia percibida.
El termostato de la empatía. Si la schadenfreude fuera pura crueldad, nos reiríamos de las desgracias de nuestros seres queridos, y no lo hacemos en realidad. Aquí es donde entra un trabajo de investigación que demostró que el placer ante el fracaso ajeno se dispara bajo condiciones muy específicas.
Por ejemplo, cuando una persona es percibida como un rival, cuando se tiene un estatus superior o cuando representa una amenaza para nuestra autoestima, es cuando sentimos este placer cuando comete algún tipo de error. Es por ello que la schadenfreude es el reverso oscuro de la empatía, ya que nuestra capacidad de empatizar se “apaga” temporalmente cuando el sufrimiento del otro equilibra una balanza que considerábamos injusta o cuando reafirma la posición de nuestra “tribu”.
Desde niños. Esta no es una reacción que aparece en la edad adulta, sino que en experimentos con niños pequeños han demostrado que también existe esta respuesta de alegría ante un evento de este tipo, especialmente en contextos de desigualdad. Por ejemplo, si un niño ve que otro recibe un trato injustamente favorable y luego este último sufre un pequeño percance, el primer niño muestra signos de satisfacción.
Imágenes | Alexey Demidov
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es una reacción muy “humana”
Es posible que alguno, en algún momento, haya tenido a ese compañero de trabajo prepotente que siempre alardea de sus éxitos y comete un error garrafal que resuena por toda la empresa. En ese momento, a más de uno es posible que se le alegre el rostro por ese fallo y se pregunte al momento: ¿Soy una mala persona por ello? Y la realidad es que, en términos generales, la respuesta es no.
Está documentado. Esta reacción para la ciencia tiene un nombre específico, que es ‘schadenfreude‘, que viene del alemán Schaden, daño, y Freude, alegría. Y la evidencia académica nos advierte que reducirla a una simple “maldad” o, por el contrario, a una reacción inofensiva, es ignorar el fascinante cableado de nuestro cerebro social.
Entendiéndola. Para entender la schadenfreude no hay que mirar a los manuales de psiquiatría buscando un trastorno clínico, sino a las resonancias magnéticas funcionales. Y en esto mismo se basó una investigación publicada en el año 2009 en la revista Science, donde los investigadores descubrieron que la envidia y la schadenfreude están íntimamente conectadas en el cerebro.
Lo que pasa en el cerebro. De esta manera, se pudo ver que cuando las personas estudiadas sentían envidia, se activaba la corteza cingulada anterior dorsal, una región asociada al dolor físico. Pero cuando esa persona envidiada sufría una desgracia, la actividad se trasladaba al estriado ventral, el núcleo central del circuito de recompensa de nuestro cerebro.
En otras palabras, podemos decir que, neurológicamente, ver caer a quien envidiamos genera una recompensa genuina. Sin embargo, estudios fundamentales como los de la neurocientífica Tania Singer matizan esto al apuntar que estas respuestas no surgen porque tengamos un “gen de la maldad” o una “hormona de la felicidad” sádica, sino porque nuestras redes cerebrales están constantemente monitorizando la comparación social y la justicia percibida.
El termostato de la empatía. Si la schadenfreude fuera pura crueldad, nos reiríamos de las desgracias de nuestros seres queridos, y no lo hacemos en realidad. Aquí es donde entra un trabajo de investigación que demostró que el placer ante el fracaso ajeno se dispara bajo condiciones muy específicas.
Por ejemplo, cuando una persona es percibida como un rival, cuando se tiene un estatus superior o cuando representa una amenaza para nuestra autoestima, es cuando sentimos este placer cuando comete algún tipo de error. Es por ello que la schadenfreude es el reverso oscuro de la empatía, ya que nuestra capacidad de empatizar se “apaga” temporalmente cuando el sufrimiento del otro equilibra una balanza que considerábamos injusta o cuando reafirma la posición de nuestra “tribu”.
Desde niños. Esta no es una reacción que aparece en la edad adulta, sino que en experimentos con niños pequeños han demostrado que también existe esta respuesta de alegría ante un evento de este tipo, especialmente en contextos de desigualdad. Por ejemplo, si un niño ve que otro recibe un trato injustamente favorable y luego este último sufre un pequeño percance, el primer niño muestra signos de satisfacción.
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México imparable, García Aspe ficha a Adal, Phill Fiocchi hace top 5 y hacemos pausa de hidratación
<div xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml">Estamos felices por el triunfo de México sobre Ecuador, entrevistamos a Alberto García Aspe que también hizo conferencia de prensa, Phill Fiocchi reveló ser fan de Adal y le dedicó su top 5 ¡y más!<br /></div>
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