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enviar un mensaje claro a China
El metro de Taipéi dispone de una vasta red de vías, estaciones y vagones que cubren buena parte de la bulliciosa área metropolitana de la capital taiwanesa. Hasta ahí nada excepcional ni que no se pueda encontrar en los suburbanos de otras grandes ciudades, como París, Madrid o Nueva York. Lo que resulta mucho menos habitual es lo que se vivió allí el lunes de madrugada: en vez de pasajeros cargados con carteras y maletas, a las estaciones de Taipéi empezaron a llegar militares, soldados y más soldados armados con misiles antitanques.
El motivo: enviar un mensaje dentro y fuera del país.
Uniformes en el metro. En el metro de Taipéi es habitual ver a padres con hijos, gente trajeada camino de la oficina, escolares, turistas tirando de maletas o con la cámara colgada al cuello… Lo normal en cualquier red de transporte urbano. El lunes de madrugada sin embargo en los vagones y estaciones de la ciudad pudo verse algo bien distinto: militares armados, misiles antitanque y comandos del ejército desplazando municiones y alimento desde las afueras de la ciudad.
El propio departamento de Defensa Nacional taiwanés y su agencia de noticias militares se encargaron de divulgar fotos en las que se ve a militares armados en la red de metro de la capital. En la operación, precisa Business Insider, participaron soldados de la policía militar y del Tercer Comando del Ejército. Las maniobras se concentraron en el corazón de la red de transportes de Taipéi, entre las estaciones de Templo Shandao y Longshan, una ruta que pasa por la Estación Principal.
Y eso… ¿Por qué? No es que el ejército chino avance hacia Taiwán o las autoridades de la isla tengan constancia de alguna nueva amenaza inminente. El despliegue militar del lunes en el metro de Taipéi forma parte de los Han Kuang, ejercicios militares con los que Taiwán pretende estar preparada en caso de ataque del Ejército Popular de Liberación (EPL) chino. Las maniobras en sí no son una novedad. Los Han Kuang se realizan todos los años desde hace varias décadas. Lo que sí resulta llamativo este año es su alcance y sobre todo la puesta en escena.
Medios como la BBC o Reuters señalan que se trata del simulacro de mayor calado y duración realizado hasta la fecha, con un despliegue sensiblemente mayor que el del año pasado. De entrada el Han Kuang se prolongará 10 jornadas (del 9 al 18 de julio), casi el doble que en 2024, durante las que los militares desplegarán drones, lanzacohetes y misiles, incluido el sistema de lanzamiento Himars suministrado por Estados Unidos. En cuanto al número de efectivos movilizados, en las maniobras participarán 22.000 reservistas, un 50% más que en 2024.
Hasta la puerta de casa. El Han Kuang de 2025 (y sobre todo el despliegue de la madrugada del lunes en el metro de Taipéi) destaca por algo más: su visibilidad. Y ya no solo de cara a la galería o Pekín, sino hacia la propia población civil de la isla. Como señala Financial Times, el ejército ha querido llevar sus “preparativos” para una posible invasión china hasta las puertas de los ciudadanos. Ya no se trata de desplegar soldados en puertos o campos, sino de movilizarlos en las estaciones de metro, en los vagones y ante las cafeterías donde desayunan los taiwaneses.
“Si alguna vez hay una guerra, lucharán aquí mismo”, reconoce un anciano de Taipéi al diario británico. Se trata de aumentar la conciencia pública de lo que supondría un ataque a la isla, preparar mejor a la población y probar también el uso del transporte público en caso de emergencia. La maniobra del lunes sirvió además para que los militares aprendan a operar en el metro en caso de ser necesario y “utilizar instalaciones subterráneas para trasladar tropas”.


“Estamos aprendiendo de Ucrania”. No todas las operaciones se han realizado en el metro de Taipéi. A lo largo de los últimos días el ejército taiwanés ha simulado ataques a infraestructuras, operaciones descentralizadas, simulacros de “resiliencia urbana” y maniobras áreas y navales para defender la costa. El lunes por ejemplo Taiwán transmitió en directo un ejercicio de colocación de minas para demostrar su capacidad para responder ante un hipotético asalto anfibio del EPL.
El país también quiere probar los Sistema de Cohetes de Artillería de Alta Movilidad (HIMARS), de Lockheed Martin, además de misiles tierra-aire Sky Sword. “Estamos aprendiendo de la situación en Ucrania en los últimos años y pensando de manera realista en lo que Taiwán podría enfrentar en un combate real”, explica a la agencia Reuters un funcionario del área de Defensa de Taiwán, quien revela además que una de las prioridades es proteger las comunicaciones. “Los comandantes deben considerar los problemas que enfrentarían sus tropas”.
“Nunca tendrá éxito”. No es causalidad que Taipéi haya decidido reforzar el Han Kuang justo ahora. China ve a Taiwán como un territorio rebelde y aspira a reunificarlo con el continente tarde o temprano, un objetivo que le ha llevado a intensificar la presión militar en torno a la isla en los últimos cinco años. En mayo el secretario de Defensa de EEUU incluso aseguró que Pekín plantea “invadir” la isla en 2027, y advirtió: “El EPL se entrena para ello a diario, está ensayando”.
Con ese complejo telón de fondo, Taipéi parece empeñada en mostrar (tanto dentro como fuera) de casa su capacidad de defensa y respuesta. Desde China se insiste en el mensaje opuesto para restarle importancia. “El intento de Taiwán de buscar la independencia a través de la fuerza o apoyándose en actores extranjeros nunca tendrá éxito”, llegó a proclamar Mao Ning, portavoz del área de Asuntos Exteriores. El Gobierno ya ha advertido que, “sin importar qué armas use”, “Taiwán no puede resistir la espalada del ELP contra la independencia”.
Imágenes | Ministry of National Defense, ROC (Taiwan)
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En 1962 Estados Unidos explotó una bomba atómica en órbita para crear un “muro” antimisiles. El resultado fue un caos eléctrico a 1.000 km de distancia
9 de julio de 1962, una aurora se dibuja en los cielos de Hawái, Tonga y Samoa. Sería extraño que se formen estos fenómenos tan lejos de los polos, aunque la experiencia nos ha demostrado que no es imposible. Aun así, en este caso las auroras no se formaron a causa de una tormenta solar, sino por Starfish Prime, un experimento de Estados Unidos que salió mal. Muy mal. Básicamente, decidieron lanzar una bomba atómica al espacio para ensanchar el anillo de radiación natural que rodea la Tierra y, con ello, crear un muro contra misiles soviéticos. Lograron distorsionarlo, sí, pero no de la forma que esperaban. Además, de paso dañaron sistemas eléctricos, satélites y teléfonos, causaron apagones a más de 1.000 kilómetros de distancia e incluso se llegó a temer por la salud de los astronautas que viajarían a la Luna 7 años más tarde.
A raíz de ese incidente, se firmó un acuerdo internacional para prohibir la realización de ensayos atómicos en la atmósfera, el espacio exterior o el fondo del mar. Desde entonces, todos los países lo han cumplido, aunque hay científicos que no confían en que se siga haciendo, por lo que han ideado un plan curiosamente relacionado con Starsfish Prime.
Starfish prime. El proyecto Starfish Prime consistió en la detonación en la órbita terrestre baja de una cabeza nuclear de 1,44 megatones. Es decir, usaron una bomba 100 veces más poderosa que la que se lanzó sobre Hiroshima. El objetivo era estirar el cinturón de Van Allen, un anillo compuesto por enjambres de partículas cargadas muy energéticamente que se encuentran atrapadas en la red del campo magnético terrestre. Si se lograba estirar el anillo, pensaron que se podría incapacitar a los misiles soviéticos que suponían una amenaza para la nación. Lograron el objetivo. Pero el resto de consecuencias fueron demasiado graves para querer repetir.
Más radiación. La cantidad de radiación en el anillo de Van Allen aumentó. Para 1969, cuando los astronautas del Apolo 11 viajaron a la Luna, aún había un ligero aumento de radiación que ellos podrían absorber en su trayecto hacia nuestro satélite. Se realizaron varios estudios para comprobar si se pondría en serio riesgo su salud, pero se vio que el peligro era manejable, así que se decidió seguir adelante con la misión.
Un acuerdo internacional. En 1963, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Prohibición Limitada de Ensayos Nucleares, en el que se comprometían a liberar la atmósfera, el espacio exterior y el fondo marino de ensayos nucleares. Más tarde, en 1967, se firmó el Tratado Internacional del Espacio Exterior, con el que las grandes potencias mundiales establecieron un modo de actuación para la exploración y utilización del espacio ultraterrestre.
Desde entonces no hay constancia de que se hayan enviado armas nucleares al espacio. Sin embargo, hay científicos que no se fían de que otros países puedan estar actuando según lo acordado. Uno de ellos es Areg Danagoulian, del MIT, y la idea que ha tenido para solventarlo resulta, cuando menos, curiosa.
Espalación de neutrones. La propuesta de Danagoulian consiste en aprovechar un fenómeno llamado espalación de neutrones, por el cual las partículas muy altas en energía son capaces de hacer que los núcleos atómicos expulsen sus neutrones. ¿Y dónde hemos visto que hay partículas cargadas con mucha energía? Efectivamente, en el cinturón de Van Allen. Este científico del MIT cree que si un satélite cargado con un dispositivo nuclear pasara a través de este anillo, algo que tiene que hacer necesariamente, sus partículas provocarían que los núcleos de los átomos de uranio perdiesen neutrones. Por eso, propone construir un detector específico para este tipo de neutrones, que se encargaría de dar la voz de alarma si detecta dicha expulsión.

Aurora vista desde Hawái
Un estudio de viabilidad. De momento, Danagoulian no ha construido nada. Ha llevado a cabo un estudio de viabilidad en el que demuestra que su proyecto es plausible. Se basa en una física sólida y las técnicas que se necesitan ya existen. Si Rusia tuviese un satélite nuclear, como temen este y otros científicos, podría ser un dispositivo útil. Ahora bien, que sea posible no quiere decir que sea sencillo. Habría que diferenciar los neutrones procedentes del uranio de los de otros elementos y, además, distinguirlos de los que pudiesen venir directamente de la Tierra. Hay mucho trabajo por delante.
Con Starfish Prime se descubrió que las consecuencias de una liberación abrupta de radiación en el campo magnético terrestre pueden ser muy graves, tanto si ocurre de forma artificial, con una bomba atómica, como naturalmente por la actividad solar. Es importante que estemos preparados. Lo ideal sería que todo el mundo cumpla los acuerdos; pero, por si acaso, no está de mal recurrir a técnicas de detección. Sin duda, es una forma mucho más sana de aprovechar lo que nos brinda el cinturón de Van Allen.
Imagen | U.S. Air Force 1352nd Photographic Group, Lookout Mountain Station/NASA
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Hace 20 años que vimos su último capítulo pero las audiencias no caen, y la siguen viendo 5,9 millones de espectadores cada mes
El 6 de julio de 2006, Antena 3 emitió el último episodio de ‘Aquí no hay quien viva‘. Dos décadas después, la comedia de Alberto y Laura Caballero reúne una media mensual de 5,9 millones de espectadores únicos en streaming, en plataformas como Netflix, Prime Video, Disney+, Atresplayer y Movistar+, con picos de 8,8 millones y una audiencia acumulada de 10,4 millones en el último año. La consultora la sitúa como el contenido más visto del mercado OTT en seis de los últimos doce meses.
El reparto de esa audiencia entre plataformas dice mucho acerca de dónde crece hoy la serie. Prime Video encabeza con 2,2 millones de espectadores y Netflix le sigue de cerca con 2,1 millones, por delante de Atresplayer (0,9 millones) y Disney+ (0,7 millones). El estudio también se pregunta por el motivo de este éxito sostenido: el 37,2% de los espectadores encuestados dice que la serie “desconecta, entretiene y nunca cansa”, frente a un 15,7% que apela a la nostalgia y un 12,9% que considera vigentes sus tramas. El 72,4% ya la vio en su emisión original, pero más de una cuarta parte la descubre ahora.
Antes de ser un fenómeno en streaming, el edificio de Desengaño 21 ya había sumado marcas difíciles de igualar. A lo largo de sus 93 episodios reunió a más de 40 millones de espectadores únicos, y su capítulo más visto rozó los 8,4 millones de media con un 43,1% de cuota de pantalla. De ese mismo tándem creativo nació ‘La que se avecina‘, que aún sigue en emisión y comparte con su antecesora catálogo y número de espectadores.
Hay una lógica muy sencilla detrás de este éxito, más allá de la calidad de la serie. Un título ya conocido ahorra en marketing y llega con el éxito demostrado, a un coste muy inferior al de una producción original. Es la razón por la que clásicos como ‘Friends’, ‘The Office’ o ‘Seinfeld’ siguen presumiendo de licencias multimillonarias: continúan atrayendo a la gente. A ello se suma el componente inequívocamente local de ‘Aquí no hay quien viva’, que tras la televisión pasó a las reposiciones de la TDT, en especial en FDF, antes de dar el salto al streaming. Y desde ahí, generación tras generación se sigue enganchando a nuestra serie más Bruguera.
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Hemos tenido una carta náutica casi dos siglos en un cajón porque pensábamos que estaba todo mal. Estábamos equivocados
En algún momento de 1835, en la costa noroeste de la India, Alexander Burnes compró un rollo de papel. Dentro había manuscrita una carta de navegación del mar Rojo y el golfo de Adén que el oficial británico llego a calificar como un “espécimen de levantamiento naval sin igual en los gabinetes de Europa”.
Burnes lo donó a la Royal Geographical Society, donde un equipo de expertos lo examinó y lo metió en un cajón. Desde entonces, el diagnóstico ha sido unánime: la carta era muy bonita y muy resultona, pero completamente errónea.
Durante 189 años, hemos creído que estaba mal. Pero estábamos equivocados.
Y no es que no la hubiéramos estudiado. Solo en el último siglo se ha estudiado con detalle hasta en cinco ocasiones (1947, 1987, 2002, 2012 y 2022). Sin embargo, todos los esfuerzos habían sido inútiles. Sin embargo, en los últimos años, John P. Cooper del Instituto de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Exeter y su equipo han estudiado al fondo el tema.
Sin mucho éxito, la verdad.
Hasta que se dieron cuenta de una cosa: ¿y si en lugar de un documento, lo que tenían entre manos era una herramienta? Es decir, ¿y si no era un mapa para colgar en la pared, sino otra cosa?
¿Cómo funcionaba el cacharro? La clave, siempre según los investigadores, es que la carta solo se abría por el tramo que el navegante utilizaba en ese momento. Si miras la carta en su conjunto (más de 180 islas, además de arrecifes, hitos en tierra, edificios religiosos y banderas), no se entiende; sobre todo, porque no tienen continuidad.
Pero si analizas las referencias fragmento a fragmento emerge la idea de que se usaba para mantener la línea de navegación, recordar a los navegantes lo que tenían que ir haciendo. Su finalidad era mnemotécnica y operativa; no representativa.
Qué curioso, ¿no? Sí y ese es el principal problema, pensar en que todo esto es solo ‘curioso’. Pero no, lo que la carta pone sobre la mesa es el sesgo eurocéntrico que aún impera en la historia de la ciencia: durante casi dos siglos juzgamos una herramienta india con la única vara que conocíamos (la correspondencia geométrica con el terreno) y la declaramos como “defectuosa” por no cumplir con esa vara.
¿Cuántos miles de cosas más tendremos por ahí perdidas, sin acabar de entender del todo? Nunca está de más recordar que hay muchas cosas que no entendemos del todo.
Imagen | Universidad de Exeter
En Xataka | El mapamundi de Urbano Monte, una de las cartografías más alucinantes y grandiosas de la historia
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