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Unos científicos han remado 225 kilómetros en 45 horas entre Taiwán y Japón. Parece absurdo pero hay buenos motivos
En 1947 el explorador y etnógrafo noruego Thor Heyerdahl tuvo una idea para demostrar que los antiguos habitantes del Perú pudieron navegar hasta las costas de la Polinesia en tiempos precolombinos: fabricar una balsa rudimentaria y cubrir él mismo el trayecto. Suena disparatado, pero la experiencia le salió bien y parece haber creado escuela, como acaba de demostrar un antropólogo empeñado en desvelar cómo hace 30.000 años se las apañaron los humanos para viajar entre las costas de Taiwán y las islas del sur de Japón.
Junto al resto de sus colegas ha optado por seguir los pasos de Heyerdahl, fabricar una canoa de cedro con herramientas del Paleolítico y lanzarse luego a las aguas del Pacífico.
Cuándo, dónde… y cómo. Los investigadores que se dedican a estudiar los primeros asentamientos humanos en el este de Asia tienen una idea bastante precisa de cuándo y dónde se realizaron las primeras migraciones, pero hay una pregunta que aún les quita el sueño: ¿Cómo narices se desplazaban?
¿Cómo consiguieron viajar por mar, sorteando olas, vientos y corrientes, sin apenas recursos? ¿Cómo se las apañaron los primeros colonos para llegar por ejemplo hace 30.000 añosa la isla Yonaguni, en el archipiélago de las Ryūkyū, actual Japón? Al fin y al cabo Taiwán queda a más de 100 kilómetros y la distancia es todavía mayor desde el continente.


“Preguntas sencillas”. Esa clase de preguntas son las que se hizo hace ya algunos años el antropólogo Yousuke Kaifu, de la Universidad de Tokio. Durante sus investigaciones en los yacimientos de las islas de Okinawa se encontró con vestigios que delatan que ya había humanos en la región hace 30.000 años, pero nada que aclare cómo llegaron hasta allí.
“Hay herramientas de piedra y restos arqueológicos, pero no responden a esas preguntas”, confiesa a The Guardian. Que no quedasen pruebas no significaba por supuesto que Kaifu y sus colegas no pudiesen plantear hipótesis… y demostrarlas.
“Iniciamos este proyecto con preguntas sencillas: ‘¿Cómo llegaron los pueblos paleolíticos a islas tan remotas como Okinawa?’ ‘¿Cómo de difícil fue su viaje?’ ‘¿Qué herramientas y estrategias utilizaron?'”, recuerda el antropólogo japonés. “La evidencia arqueológica, como los vestigios y los artefactos, no ofrece una visión completa, ya que el mar, por naturaleza, los arrastra. Así que recurrimos a la arqueología experimental, en una línea similar a la expedición Kon-Tiki de 1947 del noruego Thor Heyerdahl”.
En la piel de los ancestros. Al igual que Hayerdahl y su mítica expedición Kon-Tiki, Kaifu y sus colegas asumieron la complicada tarea de ponerse en la piel de sus ancestros de hace miles de años. ¿Cómo viajaban? ¿Cómo lograban orientarse? ¿Qué materiales usaban para que sus embarcaciones sorteasen las corrientes de la región?
Primero probaron con balsas de haces de juncos y bambú, pero acabaron descartando la idea. Con esos materiales obtenían naves demasiado lentas para sortear el Kuroshio, una de las corrientes marinas más fuertes del mundo y que condiciona la navegación en el Pacífico noroccidental. Su siguiente opción fue probar con una canoa fabricada con cedro japonés, como las que se empleaban en la zona hace miles de años.
Para que el experimento fuese lo más fiel posible a la realidad, los investigadores talaron un cedro de un metro de grosor con hachas de piedra y luego lo tallaron hasta abrir una cavidad en su interior y darle la forma de una canoa de 7,5 metros de eslora. El resultado fue ‘Sugime’, una embarcación no muy distinta a las que se usaban hace miles de años. En 2019, tras esperar a que el mar se calmase, un equipo de cinco tripulantes (en el que se incluían científicos y remadores) se subió a bordo y la probó.


¿Y cómo lo hicieron? Igual que lo habrían hecho los hombres del Paleolítico, sin GPS ni ningún otro dispositivo de navegación moderno, guiándose únicamente por las estrellas, el sol, el oleaje y el instinto. La expedición partió de Taiwán rumbo Yonaguni, en Kyūshū. La isla no es visible desde la costa taiwanesa (y de hecho no lo fue durante gran parte de la travesía, cuando quedaba oculta por el oleaje), pero los científicos comprobaron que en días despejados no es difícil contemplarla desde las montañas de Taiwán. De ahí que las poblaciones de hace 30.000 años la conociesen.
La balsa partió en julio de 2019 y sus tripulantes tuvieron que remar más de 45 horas y cubrir un trayecto de 225 kilómetros antes de llegar a su destino. No fue fácil, pero el equipo alcanzó Yonaguni a la segunda noche, reforzando la teoría de que hace miles de años los primeros colonos de Okinawa pudieron viajar en canoas desde la vecina Taiwán. Durante la singladura, eso sí, sufrieron calambres, dolores y alucinaciones e incluso se vieron obligados a achicar agua a menudo para evitar que la balsa acabase zozobrando.
“Lograron algo extraordinario”. El experimento se completó en julio de 2019 gracias al apoyo de varias instituciones pero no ha alcanzado auténtica repercusión hasta ahora, cuando la Universidad de Tokio ha revelado la experiencia. ¿El motivo? Hace unos días se presentó un documental sobre el viaje y dos artículos académicos publicados en Science Advances. En uno los expertos relatan el experimento de 45 horas entre Taiwán y la isla de Yonaguni. En el otro comparten recreaciones virtuales cientos de posibles rutas para conocer cuáles pudieron ser las “más plausibles”.
“El público general suele considerar a los pueblos del Paleolítico como ‘inferiores’, principalmente debido a su cultura y tecnología ‘primitivas'”, recoge el informe. “En marcado contraste, nuestro experimento ha demostrado que lograron algo extraordinario con la tecnología rudimentaria de la que disponían”.
El experimento también confirma el creciente interés en las reconstrucciones arqueológicas y las pruebas con embarcaciones que copian modelos antiguos, algo que (además de en el caso de Hayerdahl) hemos visto en investigaciones de Indonesia, Francia o Emiratos Árabes Unidos.
Imágenes | ©2025 Kaifu et al. CC-By-ND
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Elton John anuncia dos conciertos en México por su despedida de los escenarios
EFE.- El músico británico Elton John regresará a Ciudad de México después de 14 años para ofrecer dos conciertos de despedida el 2 y 3 de octubre en el Estadio Banorte, informaron este martes AEG Presents, Cardenas Marketing Network y Enso Music.
El regreso del artista, considerado uno de los músicos más influyentes de la historia, busca saldar una cita pendiente con el público latinoamericano tras la cancelación de presentaciones durante su gira de despedida debido a la pandemia de la Covid-19.
“La Ciudad de México siempre ha ocupado un lugar especial en mi corazón”, expresó Elton John en el comunicado.
“Me decepcionó mucho que la pandemia me impidiera hacer una gira por Latinoamérica durante mi gira de despedida, lo que hace que este regreso sea especialmente significativo”, agregó.
El artista, de 79 años, se presentó por primera vez en el Estadio Azteca, hace 34 años, durante la gira “The One”. Sus conciertos más recientes en la capital mexicana fueron en 2012, con dos presentaciones especiales de “Elton & Ray Cooper” en el Auditorio Nacional.
La preventa se realizará del 13 de julio a las 12:00 del mediodía hora local, mientras que los miembros del Rocket Club podrán acceder a una preventa el 15 de julio. La venta general iniciará el 16 de julio al mediodía a través de Superboletos.
Los boletos tendrán precios desde 990 hasta 16 mil pesos más cargos por servicio. También habrá paquetes VIP limitados, que podrán incluir asientos preferenciales, acceso a servicios de hospitalidad y oportunidad de fotografía junto al piano de Elton John.
Con más de cinco décadas de trayectoria, Elton John ha vendido más de 327 millones de discos, ha colocado más de 85 canciones en el Top 40 y ha recibido seis premios Grammy, dos Óscar, un Tony y un Emmy, este último en 2024, con el que alcanzó el estatus EGOT, reservado para los ganadores de los cuatro principales premios del entretenimiento estadounidense.
Su gira “Farewell Yellow Brick Road”, iniciada en 2018, marcó su retiro de los escenarios tras más de 4 mil 600 conciertos en más de 80 países.
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los arqueólogos han descubierto un vínculo inesperado entre petroglifos de Galicia y Escandinavia
Si viajas a Galicia o el norte de Portugal y observas con atención algunos de sus petroglifos de la Edad de Bronce te encontrarás con representaciones de barcos. En su día, hace miles de años, alguien los grabó en la roca para mostrar la silueta de navíos, a veces con decoraciones, tripulantes, remos e incluso algo parecido a velas. Lo realmente sorprendente de esas piezas es que, en el fondo, tienen poco de ‘sorprendentes’. En la región sur de Escandinavia (Dinamarca y Suecia) los arqueólogos tienen documentados miles de grabados similares, lo que deja botando una pregunta: ¿Cómo diablos se explica esa coincidencia?
Ahora al fin tenemos respuestas.
Uniendo puntos. Hace poco un grupo de investigadores liderado por Marta Díaz-Guardamino, de la Universidad de Durham, se lanzó a un proyecto peculiar: analizar las muestras de arte rupestre localizadas en una docena de yacimientos repartidos por el noroeste de la península Ibérica, más concretamente por Galicia y el norte de Portugal. Luego las compararon con otros grabados localizados en Dinamarca y Suecia. No fue un trabajo caprichoso o aleatorio. Todas la piezas compartían un nexo común: mostraban representaciones de barcos.
¿Qué averiguaron? Que más allá de representar embarcaciones, las dos muestras (tanto la escandinava como la ibérica) tienen ciertos detalles en común, “características de diseño” que se repiten a pesar de los cientos de kilómetros que separan Suecia del litoral gallego. ¿Cuáles? Los arqueólogos identificaron sobre todo decoraciones situados en los extremos de los barcos con pájaros o trazados en forma de ‘S’, así como representaciones de aparejos, remos y velas.
“El estudio identifica importantes paralelismos tipológicos e iconográficos entre las imágenes del noroeste de la península Ibérica y las nórdicas”, detallan en el artículo que han publicado en Plos One con sus conclusiones y en el que subrayan la existencia “numerosos y sorprendentes” coincidencias entre las muestras.
“Si bien varias de las imágenes talladas de barcos identificadas en lugares costeros y fluviales de la costa atlántica de la península son muy rudimentarias y difíciles de interpretar, no cabe duda de que existen paralelismos con barcos que pueden datarse dentro de cronologías escandinavas. Además de las decoraciones en los extremos de los barcos (como pájaros y dibujos de ‘S’), incluyen formas similares a ‘hongos’, ‘hachas de culto’ o ‘velas’ ubicadas en el centro del barco o que decoran los extremos o los pomos de los cuchillos de bronce”.


Globalización a la antigua. Con su análisis, Díaz-Guardamino perseguía dos objetivos: comprender si los grabados estaban relacionados entre sí y, de ser así, qué nos dice eso sobre la Edad de Bronce. Ahora los investigadores creen tener una prueba valiosa de que “las ideas y tecnologías se compartían en toda Europa” hace milenios a través de las conexiones marítimas y lazos culturales.
No solo eso. Creen que los grabados nos revelan algo mucho más importante: que los barcos no eran un simple medio de transporte con el que atravesar mares. También tenían una “importancia simbólica vinculada a rituales y creencias”.
“La iconografía compartida respalda las hipótesis sobre la conectividad a larga distancia y las redes comerciales marítimas en la Europa atlántica, en particular en lo que respecta al movimiento de metales como cobre y estaño”, abundan los autores del artículo antes de recordar que casi todos los yacimientos de Iberia comparten otra peculiaridad: están cerca de vías navegables, ya bien sea ríos o el mar. En concreto, han estudiado tallas de Viana, Caminha, Monterrei u Oia.
Navegantes avezados. En opinión de los expertos, el “alto nivel de detalle técnico” que han documentado aporta una nueva perspectiva sobre la capacidad de navegación en la Edad de Bronce. Sobre todo porque en los grabados pueden verse embarcaciones que incluyen remos, tripulación, mástiles, aparejos y cascos curvos, un detalle que respalda la hipótesis de que el uso de naves con vela estaba extendido en la costa atlántica. La presencia de símbolos cosmológicos nos habla también de una “preocupación compartida” por la mitología solar y los viajes.




Afinando el tiro cronológico. La investigación no es interesante solo por lo que revela sobre los paralelismos entre ambas regiones. Lo es también porque nos ayuda a comprender mejor los petroglifos ibéricos. En Escandinavia se han descubierto más de 20.000 representaciones de barcos de la Edad de Bronce, pero en el noroeste de la península a los expertos les ha costado datarlas.
Gracias a su comparativa y el examen con escáner láser de alta resolución, fotogrametría tridimensional, RTI y GIS, los investigadores creen que las muestras Galicia y el norte de Portugal pueden fecharse en la Edad de Bronce Tardía, hacia el 1300-800 a.C., un marco acorde con las tecnologías marítimas escandinavas conocidas. “Los viajes marítimos cubrían grandes distancias y ayudaban a compartir ideas culturales a lo largo de miles de kilómetros”.
Para los investigadores no importa si los petroglifos ibéricos los grabaron los marineros locales que asimilaron la tecnología naval extranjera o los elaboraron navegantes llegados de fuera y que estaban de paso en lo que hoy es Galicia y el norte de Portugal. La clave, en su opinión, es que las comunidades costeras “participaban activamente en extensas redes marítimas de larga distancia”.
Imaágenes | Plos One-Marta Díaz-Guardamino et al.
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el macroestudio que avala un gran ‘hack’ de longevidad
La ciencia y la sociedad en general no cesan en su intento por lograr una fórmula para poder alargar un poco más la vida, o al menos llegar a tener una edad más avanzada con una mejor calidad de vida. En este sentido, hay numerosos artículos que prometen este tipo de mejoría, aunque lógicamente aquí no hay nada milagroso, sino que influyen muchos factores diferentes.
Una nueva regla. Un truco que ha comenzado a tener presencia entre los especialistas del mundo de la sanidad es la regla del 5-2-½. Según esta premisa, basta con dormir cinco minutos más, hacer dos minutos extra de ejercicio y comer media ración más de verduras al día para ganar matemáticamente un año entero de esperanza de vida.
Su origen. Esta afirmación está respaldada por la ciencia, y concretamente por un estudio publicado recientemente en The Lancet. El trabajo en este caso buscaba responder a una pregunta muy concreta: ¿cuál es el cambio mínimo en nuestros hábitos diarios que logra un impacto medible en la longevidad?
Para averiguarlo, los investigadores no cogieron una docena de voluntarios, sino que acudieron al UK Biobank, una de las bases de datos médicas más completas, para analizar en total 59.078 participantes con un seguimiento medio de 8,1 años.
El análisis. Con toda esta gente decidieron medir el tiempo de sueño, la actividad física de intensidad moderada a vigorosa y la calidad de la dieta mediante un sistema de puntuación dietética.
Las matemáticas. Al cruzar los datos y aplicar modelos estadísticos, los científicos encontraron una “combinación mínima” que se asociaba estadísticamente con añadir un año a la esperanza de vida. Los números exactos del estudio fueron:
- 5 minutos más de sueño al día.
- 1,9 minutos más de actividad física moderada-vigorosa diaria, que se redondea a dos minutos.
- 5 puntos de mejora en el índice de calidad dietética, que equivale aproximadamente a media ración extra de verduras al día.
La letra pequeña. Al igual que ocurre con otros estudios similares, estamos ante un estudio observacional sobre una población sobre la que estudiaban sus hábitos de vida. Pero no es un ensayo que estuviera 100% controlado, donde a un grupo se le obligara a dormir cinco minutos más y a otro no para comparar lo que ocurría. Y esto le quita un poco de peso.
Además, el “año extra de vida” es un modelo estadístico a nivel poblacional. Esto significa que, si toda una sociedad aplicara estos ligeros cambios, la esperanza de vida global subiría en los modelos matemáticos. El problema es que a nivel individual, la biología no es tan matemática y por eso no puedes compensar el tabaquismo o una enfermedad genética severa comiendo medio tomate más en la cena.
Los microhábitos. A pesar de los matices, el mensaje de fondo del estudio es tremendamente positivo. Históricamente, los mensajes de salud pública han sido abrumadores al anunciar frases como “haz 150 minutos de deporte a la semana”, “cambia radicalmente tu dieta”, “duerme 8 horas sin falta”. Este estudio viene a demostrar científicamente el inmenso poder de los microhábitos.
Nos dice básicamente que no hace falta prepararse para una maratón ni abrazar dietas extremas para que nuestro cuerpo lo note. Añadir un puñado de espinacas a tu comida, bajar una parada de metro antes para caminar dos minutos a buen ritmo o irte a la cama un poco antes son acciones de fricción casi nula.
Imágenes | Vitaly Gariev
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