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China no intervino en la guerra para proteger el petróleo iraní. Porque su plan es más largo que el conflicto
Durante años, la relación entre China e Irán ha estado apuntalada por un flujo constante de petróleo. Sin embargo, el reciente conflicto entre Irán e Israel provocó que Pekín ordenara a sus barcos a dar media vuelta en el Estrecho de Ormuz. Un gesto, aparentemente técnico, reveló algo más profundo: los límites de la diplomacia energética china.
De socio a espectador. La reciente escalada entre Irán e Israel, que incluyó ataques directos y represalias cruzadas, puso a prueba el vínculo entre China y la República Islámica. Aunque se declaró una tregua promovida por Washington, estas semanas la mirada estaba puesta en esta parte del planeta. En ese contexto, la comunidad internacional miró hacia Pekín, esperando un gesto claro de respaldo o al menos de mediación.
Pero China optó por una postura prudente: condenas verbales, llamados al diálogo, declaraciones de rutina en la ONU, según APNews. Nada de apoyo militar, ni asistencia técnica, ni involucramiento real. Y eso llamó la atención, especialmente por lo que está en juego: entre el 80% y 90% del petróleo que Irán exporta termina en refinerías chinas, lo que representa aproximadamente 1,2 millones de barriles diarios, según France 24. Aun así, Pekín eligió el silencio diplomático antes que el conflicto.
China no es Estados Unidos. Y tampoco pretende serlo. Mientras Estados Unidos mantiene una red de bases militares, flotas navales y alianzas estratégicas en Medio Oriente, China no tiene presencia comparable. Su única base regional está en Yibuti, y sus intentos de expandirse a Omán o los Emiratos Árabes han sido frenados, en parte, por la presión de Washington.
Como ha explicado The Interpreter, China ha optado por una política de no intervención. Su diplomacia en la región es pragmática, transaccional, guiada por intereses comerciales más que por afinidades ideológicas. “La huella de China en el Golfo es comercial, no está lista para el combate”, ha señalado Craig Singleton, de la Fundación para la Defensa de las Democracias. Por su parte, William Figueroa, experto en China-Irán de la Universidad de Groningen, ha sido contundente en The Washington Post: “China no tiene capacidad para influir militarmente en este conflicto. Y tampoco se beneficia de una guerra más amplia”.
Aunque es una cuestión de pragmatismo. Desde Pekín, Zhu Feng, decano de Relaciones Internacionales en la Universidad de Nanjing, ha remarcado en AP News que la volatilidad en Medio Oriente “afecta directamente la seguridad económica de China”. Sin embargo, eso no significa que va a estar ausente. Su mayor carta diplomática en la región fue el acuerdo de 2023 entre Irán y Arabia Saudita, negociado en Pekín. Aunque fue leído como un triunfo geopolítico chino, The Interpreter ha matizado: “La distensión ya se venía gestando con ayuda de Kuwait, Irak y Omán. China simplemente le dio el broche final”.
Esa presencia discreta en el terreno diplomático contrasta con su constancia en otro frente clave: el energético. China ha seguido comprando crudo iraní a precios reducidos, aprovechando el aislamiento de Teherán por las sanciones estadounidenses. Como ha reportado en sus redes el periodista, Bachar el Halabi tras los recientes bombardeos estadounidenses contra instalaciones nucleares iraníes, las exportaciones de petróleo a China no se detuvieron, y de hecho, alcanzaron niveles récord. Sin embargo, la relación es frágil. En 2020, el expresidente iraní Mahmud Ahmadineyad criticó el acuerdo de cooperación de 25 años entre ambos países por considerarlo opaco y sospechoso. Rumores sobre supuestas bases militares chinas en Irán circularon en la prensa local, alimentando la desconfianza.
Cuando existe una dependencia. Esta semana, Reuters ha revelado que Washington ha autorizado que cargamentos de etano —un derivado del gas natural clave para la industria petroquímica— sean cargados en puertos estadounidenses con destino a China, siempre y cuando no terminen en territorio iraní. La operación, según la carta difundida por la Oficina de Industria y Seguridad del Departamento de Comercio, se aprueba bajo la condición de que el producto no se descargue o redirija hacia Irán.
Puede parecer un tecnicismo burocrático, pero en realidad dice mucho más. Este tipo de movimientos expone cómo Estados Unidos sigue fijando las reglas del juego energético global, incluso cuando se trata de intercambios entre sus dos principales rivales estratégicos. Para China, el mensaje es claro: su comercio energético con Irán sigue estando bajo vigilancia. Y para Irán, la advertencia es aún más evidente: cualquier intento de eludir el aislamiento económico, incluso indirectamente, puede ser bloqueado desde lejos.
La retórica del dragón. Pekín quiere ser árbitro global, pero está comportándose como espectador. Un ejemplo reciente es la cumbre de Defensa de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), celebrada en Qingdao, donde el ministro chino Dong Jun habló de un mundo en “caos e inestabilidad”, según Deutsche Welle. A la reunión asistieron sus homólogos de Rusia, Irán, Pakistán y Bielorrusia. China proyectó poder simbólico, pero no ofreció soluciones concretas.
De hecho, incluso cuando Irán amenazó con cerrar el Estrecho de Ormuz —por donde transita el 20% del crudo mundial, vital para China— Pekín solo elevó el tono diplomático, sin mayores consecuencias. Y es que, como explican múltiples analistas, China tiene poco apetito por el riesgo. Aún no está dispuesta a “arriesgar el cuello” en conflictos ajenos. Como ha concluido Craig Singleton en AP News, “cuando vuelan misiles, la tan promocionada ‘asociación estratégica’ de China con Irán se reduce a comunicados. Pekín quiere petróleo iraní con descuento y titulares como pacificador, pero deja que Washington cargue con los riesgos del poder duro”.
Una paciencia estratégica. China sigue siendo un actor clave del orden económico global, pero su diplomacia energética no obedece a la improvisación ni a la timidez. Al contrario, su cautela en Medio Oriente puede ser síntoma de una estrategia más profunda: observar, resistir la presión externa y preparar el terreno antes de intervenir en serio.
Pekín no se deja arrastrar por la lógica del poder inmediato. Sabe que en regiones tan volátiles como Medio Oriente, el costo de actuar demasiado pronto puede ser mayor que el de esperar. Su silencio, lejos de ser ausencia, puede ser parte de una jugada más larga. Porque el petróleo une, sí, pero también marca el ritmo de una potencia que no tiene prisa, pero sí un rumbo. Y en Ormuz, esos pasos lentos también hacen ruido.
Imagen | Partido Comunista Chino y Unsplash
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la máquina de hacer helados que mi “yo” de siete años siempre quiso tener en casa
“Haaaaaaaacer helados, en la heladera Famoplay, soooon buenísimos, de fresa, chocolate y vainillaaaaaa”. Tengo pocos recuerdos de mi infancia (para mi desgracia), pero recuerdo ese anuncio del año 2001 como si lo hubieran emitido en plena pausa del Mundial hace unos días. Recuerdo a ese Jose de siete tiernos años pegado a la Sony negra de tubo en la salita de sus padres, pensando, goloso, en lo guay que sería tener su propia heladera en casa. Nunca pasó.
Hoy, 25 años después, el Jose de 32 años que peina canas y se casa en unos meses ha podido probar una heladera. Una que, sorpresa, deja a la heladera Famoplay a la altura del betún. Porque la Ninja CREAMi Scoop & Swirl tiene poco de juguete. Es uno de esos electrodomésticos que nadie necesita, que la mayoría solo va a usar unos meses al año (un helado en diciembre siempre entra, he dicho), que es un capricho como la copa de un pino, pero que es una verdadera maravilla.
Hoy, el Jose de siete años sonríe.
✅ Cómpralos si…
- Tienes la paciencia suficiente para esperar un día para comerte el helado.
- Tienes peques y buscas una actividad culinaria para hacer juntos.
- Tienes espacio en casa y 350 euros que no necesitas.
❌ No lo compres si…
- Quieres hacerte un helado al momento y desde cero.
- Tienes una cocina pequeña o espacio limitado.
- Quieres un dispositivo silencioso.
Lo esencial en 30 segundos
La Ninja CREAMi Scoop & Swirl es como la Ninja CREAMi, pero con un sistema de dispensación similar al que encontrarías en una tienda de yogures helados. Además, tiene más programas pensados para recetas de helados suaves. La idea y el funcionamiento, no obstante, son idénticos: haces la receta, la vuelcas en una tarrina, la congelas y la procesas en la máquina. En una Ninja Creami normal te comes el helado de la tarrina y en la Scoop and Swirl tienes más opciones.
La gracia del modelo que nos ocupa es la palanca. Si haces helado suave o yogur helado, puedes poner la tarrina en un extrusor que, tirando de la palanca hacia abajo, permite extraerlo por una boquilla y verter el producto en un cucurucho o una tarrina.
La máquina funciona de verdadero miedo, tanto que es complicado, por no decir imposible, sacarle pegas. El único “pero” que se le puede sacar es que es grande (aunque no por ello pesada) y ruidosa con avaricia. Por lo demás, el rendimiento es excepcional y ha dado la talla en todas y cada una de las recetas que he hecho estas semanas.
Ninja CREAMi Scoop & Swirl La heladera con 2 tarrinas y 13 funciones prepara helados, helados cremosos, gelatos, batidos y más, y cuenta con la opción de añadir extras, piedra/dorado, NC701EUSTGD
El precio podría variar. Obtenemos comisión por estos enlaces
Nuestra experiencia con la Ninja CREAMi Scoop & Swirl

Imagen | Xataka
Cómo funciona. A diferencia de las heladeras, que enfrían y baten al mismo tiempo, la Ninja Creami procesa bloques sólidos ya preparados en una tarrina. Por eso es “pequeña”, porque no necesita compresor. Tiene una cuchilla bautizada como Creamerizer que, grosso modo, se desplaza hacia abajo y “raspa” y “peina” el producto congelado. La técnica es parecida a la que se sigue para hacer granizados, solo que variando la velocidad de rotación, profundidad y frecuencia de bajada (de ahí los diferentes modos) se pueden conseguir diferentes texturas. Es el motivo, también, por el que hace ruido, mucho ruido, no apto para hacerse un heladito a la hora de la siesta.
En este vídeo podéis escuchar el ruido que hace.
¿Hacemos helado? Esa es la pregunta que hay que hacerse antes de nada. Entender la máquina como un sistema mágico que hace helados es un error. Requiere cierta planificación y paciencia, ya que las tarrinas deben congelarse durante al menos un día. No es tanto “voy a comerme un helado”, sino “voy a prepararme el helado que me quiero comer mañana”. En las fotos estáis viendo una tarrina de açaí que preparé el día de antes.
Necesitas otra máquina. Una batidora, concretamente. Aunque pueda parecerlo, la Ninja Creami no es una batidora. No bate. Mezcla ingredientes duros en preparados ya procesados, pero no bate. Lo ideal es que las recetas las hagas en una batidora para, luego, volcarlas en la tarrina. Un minipunto negativo es que las tarrinas son pequeñas, de 480 ml cada una, así que si haces helados para cuatro mejor preparar dos tarrinas y ser precavido.
Las recetas. La máquina incluye un librito con algunas recetas de diferentes tipos (no está en español, como apunte) para probar todos los modos, y TikTok está lleno de ideas. En cualquier caso, a la larga yo he acabado usando solo dos modos: ice cream para los helados y frozen yoghurt para mis preparados de açaí. En cuanto a las recetas, te puedes poner tan exquisito como quieras. Dependerá de lo profunda que sea tu despensa y las ganas que tengas de comprar productos que vas a usar esporádicamente.
- Si no te quieres complicar la vida, toma nota: 100 ml de nata para montar (mínimo 35% MG), 200 ml de leche entera, 70 gramos de azúcar en polvo, dos cucharadas soperas bien llenas de cacao puro en polvo y una cucharadita de extracto de vainilla. Ahí tienes un helado de chocolate super simple. Si no gusta el chocolate, cámbialo por dos cucharadas soperas de extracto de vainilla y tendrás helado de vainilla.

Preparado de açaí casero | Imagen: Xataka
¿Cómo salen los helados? En pocas palabras, y asumiendo que no la líes con la receta, salen espectaculares. La textura y el sabor son brutales. No voy a decir que sustituyan a los de una buena heladería, pero a mí, que me encanta el helado, me hacen pensar si volvería a comprar tarrinas industriales. Ya no solo porque el helado a secas salga bien, sino porque, una vez procesada la tarrina, puedes echarle trozos de galleta, por ejemplo, y mezclarlo usando la función “Mix-in”. Una maravilla, no puedo decir nada más.
- Entiendo que esto es algo que depende mucho de las recetas, de los materiales usados, del procesado, etc. Hay un componente (simpático, en mi opinión) de ensayo y error y de encontrar mezclas que funcionen. La cocina es un arte y es mejor no frustrarse cuando algo no sale bien. Mi primer helado, que lo hice con ciruelas, fue un desastre monumental.

Nah, de locos la textura | Imagen: Xataka
La gracia de la palanca. Con ciertas texturas, como la de frozen yoghurt, puedes usar la palanca para extruir el helado en un bol o en un cono. Para ello, se coloca la tarrina en el hueco dispuesto a tales efectos con una tapa especial (que es, básicamente, un tope que la máquina empuja hacia delante). Funciona bien, pero es posible que no lo haga a la primera porque la textura sea más sólida de la cuenta. A mí me ha pasado alguna vez con el açaí. En ese caso, normalmente lo he solucionado dándole una segunda pasada con la función “Re-spin”.
La limpieza. La máquina tiene bastantes piezas, no solo las tarrinas, que hay que limpiar cada vez que hacemos una receta. Las tapas y las cuchillas son muy proclives a desaparecer en un momento de despiste, por lo que recomiendo guardarlos bien y tener cuidado. El lavado conviene que sea concienzudo, algo que no siempre es fácil en algunos recovecos de las tarrinas y las tapas.
Ninja CREAMi Scoop & Swirl, la opinión de Xataka

Imagen | Xataka
La Ninja CREAMi Scoop & Swirl es una fantasía. Quitando las cosillas propias de este tipo de máquinas, a saber su tamaño, volumen y el ruido que hace, es de esos pequeños electrodomésticos que cumplen con las expectativas. Los helados y demás preparados salen, sencillamente, bien. Dependerá de las recetas y de cómo procesemos los alimentos, pero mi experiencia ha sido sensacional. Si tengo que sacar pegas, diría dos: el ruido y que las tarrinas sean de plástico.
No es, eso sí, un dispositivo indispensable como tampoco lo son un hervidor de agua o una freidora de aire. No es para todo el mundo ni todo el mundo le va a sacar provecho. Y eso está bien. ¿Es un capricho? Sin lugar a dudas. ¿Es una máquina que funciona bien y que, si tienes peques, va a ser la estrella del verano? También.
¿Te la recomiendo?
Aquí la cosa es sencilla: lo más probable es que no la necesites. Son 350 euros que siempre, pero en verano más, vienen estupendamente. No es un dispositivo barato y no lo puedes meter en cualquier sitio. Piensa, también, en si la vas a usar de verdad o si, por el contrario, las vas a usar igual que la yogurtera que tienes en una caja en el trastero. Ahora bien, si tienes ganas de hacer tu propio helado, te gusta la cocina, tienes espacio y, como a mí, te gusta liar algún enredo en la cocina siempre que puedes, adelante, porque funciona de verdadero miedo. Y si tienes niños, es una actividad super chula para hacer en familia.
Imágenes | Xataka
Este dispositivo ha sido cedido para prueba por parte de Ninja. Puedes consultar cómo hacemos las reviews en Xataka y nuestra política de relaciones con empresas.
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Una empresa de Valencia fabrica los mochis de Mercadona. Han crecido hasta los 165 millones de euros
¿Quién es la empresa que está detrás de los adictivos dochis del Mercadona? Del helado de batalla a los mochis veganos y las plantas en Cheste, si has oído hablar de Estiu habrás oído hablar de un caso de éxito del que sentirse bien orgulloso. Helados Estiu pasó de ser la típica fábrica discreta de helados baratos a un actor central en el supermercado más poderoso de España.
“Estiu” es verano y en verano fue cuando se trasladaron, uno de 1997, a la carretera Manises-Ribarroja km 11,1. Desde allí venden decenas de litros de helado cada año y ahora arrasan con ese caballo de Troya que son los “dochis”, su propia versión de los mochis con galleta triturada. Sí, tengo dos cajas en el congelador. La marca blanca ha sabido apostar por el postre japonés y se ha comido, en volumen industrial, a otras míticas del sector como Frigo o La Lechera.
Fabricando para el líder. Helados Estiu nació en 1983 con una idea clara de producir helados de batalla, campaña de verano y siempre precios bajos. Durante las primeras décadas trabajó con varios socios, nacionales y europeos, sin despegar del todo. Es en 2013 cuando comienza la gran inyección de capital para ampliar líneas y mejorar estructuras: se amplían los almacenes, se mejora la eficiencia de agua, se diversifican formatos y se implementa la automatización logística con Pallet Shuttle. No por nada el ‘minibombón galleta’ fue un pelotazo que le comió la tostada al Maxibon.
Pero la inflexión llegó en 2002, cuando cerraron su acuerdo de suministro con Mercadona y entra en el circuito de “proveedor tornillo” de Hacendado. De ese punto de inflexión salen hoy cosas tan distintas como bombones, sándwiches, tartas heladas y los mochis de coco y mango que sirven de puente entre Japón y el pasillo del súper. ¿En serio puede un solo fabricante moldear lo que come un país? Eso parece.
Y son adictivos. O así lo explican sus números. En 2019 facturaba unos 61 millones de euros y vendía 27,7 millones de litros de helado. En 2023 ya estaba en 138 millones de euros (+30% sobre 2022), 44 millones de litros y una plantilla media de 473 personas, un 51% más que el año anterior. En 2024 llega a cerca de 150 millones de facturación, 45 millones de litros y 8,8 millones de beneficio. En 2025 roza los 165 millones, con más de 46 millones de litros vendidos y superando los 9 millones en ganancias netas.
La marca blanca, el gato al agua. En el mercado español de helados gobierna la marca blanca. En 2024, Kantar cifraba en un 68,5% la cuota de valor de las marcas de distribuidor en helados, frente a nombres que antes parecían intocables como Frigo, La Lechera o Häagen‑Dazs. En gran consumo, la marca blanca ha pasado de representar el 20% del valor en 2003 a rozar el 44% en 2024, y los expertos ven margen para que se acerque al 70% en muchas categorías.
Y Mercadona es el epicentro de ese giro, con una cuota de distribución alimentaria que representa a un tercio del mercado español, y con esos helados de Hacendado de amplia y altísima rotación de estilos y sabores. Y su precio le ha costado: la planta en Cheste costó más de 31 millones de euros, con líneas específicas para mochis y helados veganos, y se prevén otros 26 millones de inversión en tres años. A cambio, de los 65 tipos de helado que Mercadona vende en Madrid, 22 los fabrica esta empresa valenciana. El 34% del catálogo heladero del gigante de Juan Roig.
El mochi es el pasaporte. Es cierto que para el consumidor medio, Estiu no existe. Lo que ve es un bombón negro sabor nata, el mini-sándwich (para no sentirse tan culpable consumiendo el doble de calorías con el del formato estándar) o el mochi de coco a 2,90 euros la caja de seis. Estiu entró en este formato hace ya once años, replicando el dulce japonés con masa de arroz y relleno de helado de coco, mango o pistacho bajo la marca Hacendado.
El invento funcionó tan bien que acabaron exportándolo: Wao Mochi es la marca propia que, ya en 2019, empezó a vender en Holanda, Irlanda, Ucrania, Finlandia, Letonia, Alemania y Armenia. Al principio era casi un experimento, una fracción pequeña del negocio. Vawaii, su marca de helados veganos, ocupa el nicho plant‑based y hoy se venden más de 26.000 cajas diarias de mochis helados en sus tres sabores principales, y con ese sorpasso llamado Dochi Cheesecake. Aunque el favorito de muchos sigue siendo el de banoffee: banana, la galleta crujiente y el relleno de dulce de leche.
Queda lo mejor del flash. Crecer vendiendo barato, esta ha sido su clave. Nada de esto tendría sentido sin una política de precios muy agresiva. Todos sus helados se sitúan sistemáticamente por debajo de los referentes de los fabricantes famosos, entre los 2 y 4 euros para cajas completas de 6 productos. Un anzuelo congelado, un capricho para la sobremesa que ha levantado un pequeño imperio y apunta a seguir creciendo. Quiere la ironía que los mochis viajen de la calurosa España a Finlandia.
Imágenes | Helados Estiu, Flickr (Nina Ding)
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El pantano más antiguo de Europa está en Alicante. Es 400 años anterior a Franco
Se lía a llover y alguien dice: “Todo este agua hará falta para después”. La relación de España con presas, embalses y pantanos parece complicada, como si atrapar cada gota de una lluvia torrencial fuera un requisito simple. La realidad es que en nuestro país existen 374 embalses con 56.000 hectómetros cúbicos (hm³) de capacidad. Esto implica atrapar aproximadamente el 50% del caudal fluvial del país.
Porque España siempre fue tierra de embalses. Antes de que existiera su nombre oficial, antes de la Ilustración, antes incluso de que Velázquez naciera, ya había una presa de 46 metros conteniendo agua en un pueblo de Alicante. Sigue en pie y, de hecho, sigue funcionando. Y sigue regando huertas todos los veranos.
Encargado por un rey, no por un dictador. El Pantano de Tibi se levanta sobre el río Monnegre, entre los municipios de Tibi y Jijona. Felipe II encargó su construcción en 1580 al ingeniero italiano Juan Bautista Antonelli, tras una propuesta de dos vecinos de Muchamiel, Miguel Alcaraz y Pere Izquierdo, que conocían bien el comportamiento del río.
Tras el primer empujón, las obras se pararon por falta de dinero con solo seis metros de muro levantados. Se retomaron nueve años después y terminaron en 1594. El resultado: una presa de gravedad con planta curva, 46 metros de altura y 65 de coronación, la más alta de Europa en su época, un récord que no se superó hasta la Ilustración. Su diseño en arco, con un radio de 107 metros, anticipó la técnica de las presas de arco modernas, aquellas que transfieren el empuje del agua hacia sus estribos y cimientos.
Rota, reparada, y todavía en uso. El pantano sufrió una rotura importante en 1697 y varias generaciones se quedaron sin poder usarla. En 1601, una riada abrió una grieta y dejó el embalse seco. Lo repararon, pero mal. Y siguieron pasando los años. Hasta 1697, donde una rotura grave dejó a varias generaciones sin poder usar su agua. De hecho, la presa permaneció 40 años inhabilitada. Por aquellos días nace una leyenda que bien se merece su película de folk horror: el Quarantamaula, un bicho mitad gato, mitad gallo, mitad lobo, que se escondía entre los cañizares. Nadie supo dónde se originaron las grietas y hablaron de saboteos.
Quizá fue la inclinación del terreno, quizá fue un atentado o algo intencional recurriendo a un bidón de pólvora. O simplemente se recurrió a materiales demasiado baratos. En 1736 empieza la reparación y dura dos años. Y hasta hoy. Los sedimentos acumulados durante siglos redujeron su capacidad original, de entre 4 y 5,4 millones de metros cúbicos, hasta los 2 hectómetros cúbicos actuales. Aun así, el Sindicato de Riegos de la Huerta de Alicante lo sigue gestionando para el mismo fin con el que se construyó: regar la huerta alicantina. En 1994, coincidiendo con el cuarto centenario de su finalización, la Generalitat Valenciana lo declaró Bien de Interés Cultural.
Por qué sigue en pie. El secreto no está solo en la piedra, está en la roca de alrededor. Los técnicos eligieron un desfiladero de apenas nueve metros de ancho entre dos paredes calizas casi verticales, Mos del Bou y La Cresta, y trazaron el muro en curva, radio de 107 metros, para que el empuje del agua se transmitiera lateralmente hacia esa roca en vez de caer solo sobre la presa. En la práctica construyeron menos una pared y más una prolongación artificial de la montaña: de suelo a cielo, esto era sillería labrada por fuera, mampostería de relleno por dentro.
Esa idea curva, tan contraintuitiva en 1580, no salió de ningún ingeniero de la Corona: la propuso Pere Esquerdo, molinero de Mutxamel al que las crónicas locales llaman «el primer inventor del pantano». Los técnicos reales, los Antonelli, Jorge Palearo —y Juan de Herrera, el mismo arquitecto de El Escorial, para la revisión final de 1594—, se limitaron a perfeccionar la idea de un vecino sin título. El resultado aguantó dos siglos como la presa más alta del mundo. En 1941, ya en pleno franquismo, se añadió un túnel de desagüe nuevo. Eso es todo lo que el régimen tocó del Tibi, cuando ya llevaba casi 350 años operando. El muro que hoy se ve sigue siendo, en esencia, el de 1594.
Hay presas todavía más viejas. De hecho, Tibi comparte podio con el embalse de Almansa, en Albacete, terminado en 1584 y considerado la primera construcción moderna de este tipo en Europa. Entre las dos, Tibi es la que lleva más tiempo funcionando sin interrupción y la que más piedra removió (más de 40.000 metros cúbicos).
Y ninguna de las dos es la más antigua del país: el inventario oficial de grandes presas arranca con Cornalvo y Proserpina, cerca de Mérida, construidas por los romanos en el siglo I. Y cualquier historiador sabe que ya construyeron sobre mojado. Sobre el Arroyo de la Albuhera (afluente del Aljucén y, a su vez, del Guadiana), Mérida, capital romana de Lusitania, contó con esta presa de tierra y hormigón recubierto de sillares graníticos más antiguos. Más de cien de las grandes presas que hoy siguen habiendo en España ya existían en 1915, dos décadas antes de la Guerra Civil.
El chiste no cuadra con la historia. La broma recurrente de que, ante cualquier pantano, se diga “lo hizo Franco” es una pantomima. El propio régimen alimentó esa idea a propósito con el NO-DO, mostrando al dictador cortando cintas e inaugurando compuertas. Y es cierto que se construyeron muchísimos embalses entre 1939 y 1975: la WWF calcula 581 grandes presas solo entre 1950 y 1980, con mano de obra de presos políticos en condiciones de trabajo forzado.
Pero la política hidráulica española no la inventó el franquismo. Nació en 1902 con el Plan Gasset, y se institucionalizó en 1926, bajo Primo de Rivera, con la creación de las Confederaciones Hidrográficas. Su versión Avengers, la más ambiciosa, el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933, fue un proyecto de la Segunda República, con Indalecio Prieto al frente. El propio Plan Badajoz, bandera del franquismo, tiene su embrión en aquellos años republicanos. Cuando Franco nació, Tibi y Almansa llevaban tres siglos alimentando a los suyos.
Las cifras de hoy. España tiene actualmente entre 1.200 y 1.300 grandes presas, quinto país del mundo tras China, Estados Unidos, India y Japón, con una capacidad conjunta de 56.043 hectómetros cúbicos, según el último boletín del Ministerio para la Transición Ecológica. Ahora mismo tenemos almacenados más 40.000 hm³, a un 75% de la capacidad total, casi diez puntos por encima de la media de los últimos diez años.
El mayor de todos, el embalse de La Serena, en Badajoz, guarda más agua que ningún otro en España y solo lo superan dos en toda Europa. Dato curioso: apenas 96 embalses, de los más de mil que hay, acumulan el 85% de toda el agua embalsada del país. El resto —Tibi incluido— son mayoría en número, si bien una fracción mínima en volumen. Siguen siendo esenciales para sus regiones, eso sí.
Imágenes | Triplecaña para Wikipedia / Unsplash (Yuliya Matuzava)
En Xataka | España sigue teniendo decenas de embalses que no se pueden usar porque literalmente nadie ha puesto tuberías
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