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Incluso en un apocalipsis nuclear, la Tierra sería un paraíso en comparación con Marte
Elon Musk quiere convertir a la humanidad en una especie multiplanetaria, con Marte como segundo hogar y nuestro “bote salvavidas”, en el caso de que ocurra una catástrofe en la Tierra. La visión de Musk es el motor tras el programa Starship, que moviliza miles de millones de dólares con el objetivo de construir un cohete capaz de llevarnos al planeta rojo.
Los tres escenarios de Adam Becker
Algunos científicos siguen sin ver clara la ambición de Elon Musk de colonizar Marte. Y no porque la Starship haya explotado cuatro veces seguidas. Al fin y al cabo, es un cohete experimental. “Hay muchísimas razones por las que es una mala idea”, dice el astrofísico Adam Becker . “No me refiero a que ‘nunca tendremos la tecnología para vivir en Marte’. Lo que digo es que la Tierra siempre será una mejor opción, le pase lo que le pase a la Tierra”.
En una contundente entrevista con Rolling Stone, Becker pone en duda algunas de las “fantasías mesiánicas” de los oligarcas tecnológicos, empezando por el sueño marciano de Elon Musk. Su argumento es tan simple como demoledor: por muy mal que se pongan las cosas en nuestro planeta, la Tierra siempre será un paraíso en comparación con el infierno helado que es Marte. En palabras de Becker, la idea de Musk es “una de las cosas más estúpidas que alguien podría decir”.
Para ilustrar su punto, el astrofísico plantea tres escenarios apocalípticos: 1) El impacto de un asteroide del tamaño del que extinguió a los dinosaurios. 2) La detonación de todas las armas nucleares del planeta. Y 3) El peor escenario posible de cambio climático. “Incluso entonces —dice—, la Tierra seguiría siendo más habitable. Un examen superficial de Marte lo deja muy claro”.
Tierra devastada vs. Marte como está


Pongamos los datos sobre la mesa para entender la abismal diferencia entre un planeta Tierra devastado y el Marte que conocemos hoy. Para que un entorno sea “habitable” para los humanos sin una tecnología de soporte vital perfecta y autónoma, se necesitan condiciones básicas que a menudo damos por sentadas.
La atmósfera de la Tierra estaría contaminada, pero seguiría siendo densa, rica en nitrógeno y oxígeno, y con una presión a nivel del mar de 1 bar. En el Marte actual, la atmósfera es extremadamente delgada (un 0,6% la de la Tierra) y está compuesta en un 95% por dióxido de carbono. Es irrespirable y tiene una presión en la superficie de 0,006 bares, por lo que el agua líquida hierve instantáneamente (o más bien se sublima, pasando de estado sólido a gaseoso).
El campo magnético de la Tierra seguiría intacto, desviando la mayor parte de la radiación cósmica y solar. La atmósfera, incluso contaminada, ofrecería una capa adicional. Marte carece de un campo magnético global. Su superficie es bombardeada constantemente con una dosis de radiación que se vuelve letal para un humano a largo plazo.
En Marte, la temperatura media es de -63 °C. Toda el agua está congelada en los casquetes polares o bajo tierra. En la Tierra, un invierno nuclear o el impacto de un asteroide enfriarían drásticamente el planeta, pero los océanos actuarían como un gigantesco regulador térmico. Los 1.400 millones de kilómetros cúbicos de agua seguirían aquí. Contaminada y parcialmente congelada, pero accesible y tratable, asumiendo que tuviéramos acceso a cierta tecnología.
La biosfera quedaría gravemente dañada tras una catástrofe, pero el suelo de la Tierra contendría materia orgánica y los componentes básicos para la vida. Además, quedarían los refugios geotérmicos y oceánicos, donde la vida microbiana persistiría aunque otras formas de vida hubieran desaparecido. El suelo marciano es tóxico. Contiene altas concentraciones de percloratos, compuestos químicos peligrosos para la salud humana que complican la agricultura.
¿Se puede terraformar Marte?


Aunque los renders de SpaceX muestran una gigantesca base presurizada bajo la superficie de Marte, Elon Musk siempre ha fiado su visión a la posibilidad de terraformar el planeta rojo. Entonces ya hablamos solo de transportar millones de toneladas de carga para construir una ciudad habitada en suelo marciano, sino de un proyecto mucho más grandioso.
Hay muchas (y muy variopintas) ideas para terraformar Marte, pero la ingeniería a megaescala que supondría cualquiera de ellas presenta no pocos obstáculos. El primer paso sería elevar la temperatura de Marte. Las propuestas van desde bombas nucleares hasta instalar gigantescos espejos orbitales que concentren la luz solar en los polos. Al calentar los casquetes polares, el hielo de agua y el dióxido de carbono se sublimarían, engrosando la atmósfera.
En teoría, una atmósfera más densa atraparía más calor, lo que a su vez liberaría más gas de los polos y del suelo. Este ciclo de retroalimentación positiva aumentaría la presión y la temperatura hasta que el agua pudiera existir en estado líquido en la superficie marciana. Sin embargo, los estudios ponen en duda que Marte tenga CO2 suficiente para conseguir este efecto.
Incluso si pudiéramos liberar todo el CO2 accesible en los casquetes polares y atrapado en los minerales de la superficie, la presión atmosférica de Marte solo aumentaría hasta alcanzar un 7% del grosor de la atmósfera terrestre. En este contexto, la afirmación del astrofísico Adam Becker cobra aún más fuerza.
Si transformar Marte en un planeta habitable es prácticamente imposible, vivir allí requeriría una dependencia total de hábitats artificiales increíblemente complejos y vulnerables. La lógica dicta que cualquier esfuerzo y recurso estaría mejor invertido en preservar y, si fuera necesario, reparar el único sistema de soporte vital que tenemos y que funciona a la perfección: el planeta Tierra.
A pesar de todo, y viendo cómo va el mundo últimamente, tal vez no estaría mal un plan B, aunque solo fuera para que los hijos de los hijos de los que se fueran a vivir voluntariamente en un planeta peor pudieran volver.
Imágenes | SpaceX
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el cambio manual tiene “un efecto significativo en el mantenimiento de la salud mental y la función cognitiva”
Un estudio de la Universidad de Tohoku (Japón) ha puesto cifras a algo que muchos aficionados al motor llevan años defendiendo por pura pasión. Y es que si bien no son precisamente pocos los entusiastas que afirman que conducir con cambio manual es más divertido, ahora podrían tener además la ciencia de su lado, ya que según el estudio, también podría ser más saludable para el cerebro. Y quien lo afirma, curiosamente, es el científico que está detrás de una de las sagas de videojuegos más vendidas de Nintendo.
Hace 20 años, entrenaba nuestro cerebro. El estudio está liderado por el profesor Ryuta Kawashima, neurocientífico del Instituto de Desarrollo, Envejecimiento y Cáncer de la Universidad de Tohoku. Su nombre resultará familiar a cualquiera que haya jugado a alguno de los títulos de Nintendo que protagoniza, ya que fue el responsable científico detrás de la saga Brain Age y Dr. Kawashima’s Brain Training, los juegos de “gimnasia mental” que Nintendo publicó entre 2003 y 2020.
Lo que dice del cambio manual. La investigación del neurocientífico analiza la actividad cerebral de conductores al volante de coches manuales y automáticos, y encuentra diferencias claras en la corteza prefrontal, la región del cerebro encargada de la memoria, la toma de decisiones y la atención.
Según recoge el medio japonés Best Car Web, Kawashima explica que al conducir un manual “hay que juzgar y luego elegir la marcha óptima según la situación, y esto supone una carga mayor para las funciones cognitivas del cerebro que conducir un automático pasivo”. Al final hay que tener en cuenta que, elegir la marcha adecuada, pisar el embrague, mover la palanca y dosificar el acelerador de forma simultánea obliga al cerebro y al cuerpo a coordinarse constantemente, algo que cualquiera que haya calado un coche mientras aprendía a conducir puede confirmar.
Entre líneas. Ese pequeño esfuerzo repetido, según el profesor, tiene beneficios que van más allá del simple placer de conducir. Kawashima sostiene que hacerlo con regularidad tiene “un efecto significativo en el mantenimiento de la salud mental y la función cognitiva”. Así pues, cambiar de marcha a diario podría funcionarnos como una especie de entrenamiento cerebral de bajo nivel, del tipo que el cerebro deja de recibir cuando el coche hace todo el trabajo por nosotros.
Cualquier hábito capaz de mantener el cerebro activo suma. Y en sociedades con población cada vez más envejecida, como la japonesa, contar con ese estímulo es importante, pues el deterioro cognitivo y la demencia son problemas de salud pública cada vez más acentuados.
Y sin embargo. La paradoja es que, mientras la ciencia tiene motivos para defenderlo, el cambio manual comienza a desaparecer del mercado a toda velocidad. En Japón y Estados Unidos apenas representa entre el 1% y el 2% de los coches nuevos vendidos, según los datos recogidos en el propio estudio. La irrupción de los vehículos híbridos y eléctricos, así como la comodidad que ofrece este tipo de transmisión, ha hecho que el cambio manual empiece a verse cada vez menos.
La fotografía todavía es distinta en Europa, aunque también vamos encaminados hacia este futuro. En España, según Motor1, mantenemos una tasa de coches manuales de en torno al 41% de las ventas, solo superada por Italia, con un 48%. Así que se podría decir que en España seguimos manteniendo un buen nivel de estímulos para nuestro cerebro mientras conducimos.
Imagen de portada | Nils Keesmekers
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A la generación Z le contaron que el éxito laboral era tener un buen salario. Tener más vida se ha convertido en su nuevo lujo
La generación Z está dibujando un nuevo escenario laboral y tenemos varios ejemplos de ello: tienen un concepto distinto de las relaciones laborales del que tenían las generaciones anteriores y su definición de compromiso ahora se rige por unas reglas que exigen reprocidad a las empresas.
No es raro. Esta generación ha visto cómo sus padres han trabajado sin parar y llegar igual de ahogados a fin de mes. Por eso, cuando los jóvenes hablan de éxito laboral, ya no piensan solo en la nómina, también lo hace en poder salir a su hora y poder dedicarle tiempo a su vida personal.
El paro que marca el paso. Para entender ese giro hay que mirar primero a la realidad de esta generación. Según datos del INE, el paro juvenil en España se situó en el 24,5% en el primer trimestre de 2026. Es casi el doble de la media que maneja Eurostat para el conjunto de la Unión Europea, algo por encima del 15%, pero la mitad del 42,91% que teníamos hace una década.
Tal y como apunta el ‘I Barómetro Retos y Aprendizajes. Posturas juveniles sobre los desafíos formativos y profesionales’ elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud y Banco Santander, esa presión está condicionando incluso decisiones tan importantes como elegir qué estudiar.
La urgencia del salario, aunque sea precario. Según datos de ese informe, el 64,7% de los jóvenes admite que decide su futuro pensando en ganar dinero cuanto antes, no en el trabajo que le gustaría hacer de verdad. “Quiero tener ya como una estabilidad. Entonces me apremia por eso, porque no quiero vivir constantemente como al límite, quiero tener esa estabilidad”, aseguraba uno de los jóvenes participantes del estudio.
Seis de cada diez creen, además, que hay factores ajenos a su esfuerzo que frenan el avance en su carrera laboral: precariedad, falta de oportunidades y presión económica se sitúan entre las más mencionadas. Y aun así, el 67% no contempla tirar la toalla pese a las dificultades para prosperar en su carrera laboral, alejándose del estereotipo de la juventud desmotivada.
El éxito cambia de definición. Con ese punto de partida, los jóvenes de la generación Z han cambiado la definición de lo que se considera triunfar en el trabajo. Antes el éxito consistía en subir de categoría y de sueldo cada pocos años. Ahora entran en la ecuación el tiempo libre, la salud mental y un ambiente de trabajo que no queme. La conciliación deja de ser un extra y pasa a ser condición de entrada.
El informe Workmonitor de Randstad marca un punto de inflexión: el equilibrio entre vida y trabajo ya pesa más que el sueldo a la hora de valorar un empleo. Más de la mitad de los encuestados dejaría su puesto si le impide vivir fuera de la oficina.
Lo que piden: orientación y educación financiera. Según los datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, la generación Z tampoco pide un milagro, solo una guía para desarrollar sus capacidades profesionales. El 75,7% quiere entender mejor qué le interesa antes de decidir su carrera, mientras que el 74% reclama más información sobre las salidas laborales reales de cada opción formativa. Es decir, no perder el tiempo estudiando una carrera que les deje en una vía muerta. Y más del 73% echa en falta formación financiera básica para gestionar su día a día.
El resultado de todo ello es que en el futuro vamos a tener menos jóvenes dispuestos a sacrificar tiempo de su vida personal por un poco más de sueldo, y más empresas que van a tener que ofrecer ambas cosas como incentivo si quieren retener talento.
Imagen | Unsplash (Vitaly Gariev)
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A la generación Z le contaron que el éxito laboral era tener un buen salario. Tener más vida se ha convertido en su nuevo lujo
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No es raro. Esta generación ha visto cómo sus padres han trabajado sin parar y llegar igual de ahogados a fin de mes. Por eso, cuando los jóvenes hablan de éxito laboral, ya no piensan solo en la nómina, también lo hace en poder salir a su hora y poder dedicarle tiempo a su vida personal.
El paro que marca el paso. Para entender ese giro hay que mirar primero a la realidad de esta generación. Según datos del INE, el paro juvenil en España se situó en el 24,5% en el primer trimestre de 2026. Es casi el doble de la media que maneja Eurostat para el conjunto de la Unión Europea, algo por encima del 15%, pero la mitad del 42,91% que teníamos hace una década.
Tal y como apunta el ‘I Barómetro Retos y Aprendizajes. Posturas juveniles sobre los desafíos formativos y profesionales’ elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud y Banco Santander, esa presión está condicionando incluso decisiones tan importantes como elegir qué estudiar.
La urgencia del salario, aunque sea precario. Según datos de ese informe, el 64,7% de los jóvenes admite que decide su futuro pensando en ganar dinero cuanto antes, no en el trabajo que le gustaría hacer de verdad. “Quiero tener ya como una estabilidad. Entonces me apremia por eso, porque no quiero vivir constantemente como al límite, quiero tener esa estabilidad”, aseguraba uno de los jóvenes participantes del estudio.
Seis de cada diez creen, además, que hay factores ajenos a su esfuerzo que frenan el avance en su carrera laboral: precariedad, falta de oportunidades y presión económica se sitúan entre las más mencionadas. Y aun así, el 67% no contempla tirar la toalla pese a las dificultades para prosperar en su carrera laboral, alejándose del estereotipo de la juventud desmotivada.
El éxito cambia de definición. Con ese punto de partida, los jóvenes de la generación Z han cambiado la definición de lo que se considera triunfar en el trabajo. Antes el éxito consistía en subir de categoría y de sueldo cada pocos años. Ahora entran en la ecuación el tiempo libre, la salud mental y un ambiente de trabajo que no queme. La conciliación deja de ser un extra y pasa a ser condición de entrada.
El informe Workmonitor de Randstad marca un punto de inflexión: el equilibrio entre vida y trabajo ya pesa más que el sueldo a la hora de valorar un empleo. Más de la mitad de los encuestados dejaría su puesto si le impide vivir fuera de la oficina.
Lo que piden: orientación y educación financiera. Según los datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, la generación Z tampoco pide un milagro, solo una guía para desarrollar sus capacidades profesionales. El 75,7% quiere entender mejor qué le interesa antes de decidir su carrera, mientras que el 74% reclama más información sobre las salidas laborales reales de cada opción formativa. Es decir, no perder el tiempo estudiando una carrera que les deje en una vía muerta. Y más del 73% echa en falta formación financiera básica para gestionar su día a día.
El resultado de todo ello es que en el futuro vamos a tener menos jóvenes dispuestos a sacrificar tiempo de su vida personal por un poco más de sueldo, y más empresas que van a tener que ofrecer ambas cosas como incentivo si quieren retener talento.
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