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alguien las graba con IA sin avisar y nadie sabe qué hacer

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Hay un momento incómodo que se está volviendo habitual en las reuniones, presenciales u online: alguien entra a la reunión, abre el portátil y sin decir nada activa su bot de IA para grabar y transcribir.

El resto se queda en silencio, calibrando si protestar o fingir que no pasa nada. Pensando si tiene la jerarquía suficiente para levantar la voz o si le saldrá a pagar.

Bienvenidos a la era de la vigilancia corporativa normalizada.

Como suele ocurrir, la tecnología ha llegado antes que las reglas. Los asistentes de IA pueden grabar, transcribir, analizar el tono, identificar quién habla más, hacer inferencias sobre nosotros y hasta sugerir respuestas en tiempo real. Pero nadie sabe qué hacer con eso socialmente.

¿Es de mala educación activar un bot sin avisar? ¿Dónde van esos datos? ¿Quién más los va a conocer? ¿Qué van a procesar con ellos?

Es la paradoja clásica de toda disrupción tecnológica: la herramienta existe, funciona, promete eficiencia, pero las normas sociales van tres pasos por detrás. Como cuando llegaron los móviles y tardamos años en decidir si era aceptable contestar en el cine o hablar en el ascensor. Con las Ray-Ban Meta estamos viviendo algo parecido.

Solo que esta vez los riesgos son mayores. Porque el bot no solo graba: interpreta, analiza, almacena. Puede captar no solo lo que dices, sino cómo lo dices, cuándo dudas, con quién estás más o menos de acuerdo. Y todo eso queda registrado en la otra parte, pero también en servidores de empresas que ya saben demasiado sobre nosotros.

La solución no vendrá de la tecnología, sino de nosotros. Necesitamos desarrollar rápido una etiqueta clara:

  1. Avisar antes de grabar o invitar al bot.
  2. Especificar para qué se usará la información.
  3. Preguntar si alguien se siente incómodo.
  4. Normalizar políticas de empresa que los restrinjan, al menos los de ciertos tipos.

Si no lo hacemos, acabaremos normalizando que cualquier conversación pueda convertirse en datos a tratar sin nuestro consentimiento. Y esa no es una reunión a la que queremos asistir.

En Xataka | Si la pregunta es en qué se fijan los reclutadores a la hora de contratar, un estudio ha dado la respuesta: experiencia y actitud

Imagen destacada | Xataka

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EEUU ha puesto en servicio una nueva arma antisatélite. Lo más llamativo es que no dispara nada

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Durante décadas, cuando hablábamos de armas contra satélites, la imagen mental era casi siempre la misma: un misil, un impacto y más basura espacial. Pero la guerra espacial no siempre necesita una explosión para ser eficaz. A veces basta con actuar sobre lo que no vemos: el enlace que conecta un satélite con quienes dependen de él. Eso es lo que hace especialmente llamativo el último paso de EEUU. No estamos ante un sistema pensado para derribar un objeto en órbita, sino ante uno que apunta a algo menos visible y mucho más cotidiano en cualquier operación militar moderna: las comunicaciones.

Atacar la comunicaciones. El U.S. Space Force Combat Forces Command aceptó operacionalmente el pasado 8 de junio a Meadowlands, una nueva incorporación a su familia de sistemas de guerra electromagnética. No es un programa aislado: la Space Force lo describe como una actualización del Counter Communications System 10.2 y afirma que puede detectar, negar, interrumpir y degradar capacidades adversarias en defensa activa de los objetivos de la fuerza conjunta. Su operación queda en manos de Mission Delta 3, Space Electromagnetic Warfare.

La clave está en la señal. Un satélite no es solo un objeto en órbita, sino una cadena de enlaces, antenas, estaciones terrestres y usuarios que necesitan comunicarse con él. Meadowlands actúa sobre esa parte menos visible del sistema. L3Harris, contratista del programa, describe el Counter Communications System como una plataforma terrestre desplegable orientada a negar comunicaciones de satélites en órbita, y presenta Meadowlands como una versión más compacta y móvil.

Un cambio de época. Meadowlands encaja en una transformación más amplia del conflicto en el espacio. La Secure World Foundation clasifica las capacidades contraespaciales en varias familias, desde capacidades coorbitales y misiles de ascenso directo hasta guerra electrónica, energía dirigida y capacidades ciber. Esa distinción importa porque no todas buscan destruir un satélite. Algunas, como la guerra electromagnética, persiguen degradar servicios, limitar comunicaciones o alterar el acceso a una capacidad espacial durante una operación concreta. La propia Space Force lo encuadra en esa primera línea invisible del espectro electromagnético.

Mirando los precedentes. Cuando un arma antisatélite destruye físicamente su objetivo, el problema no termina con el impacto: empieza una nube de restos que puede seguir orbitando durante años. El U.S. Space Command aseguró que la prueba rusa de ascenso directo contra Cosmos 1408, en 2021, produjo más de 1.500 piezas rastreables. La NASA ya había documentado algo parecido tras la prueba china contra Fengyun-1C, en 2007, con más de 2.000 fragmentos de unos 10 centímetros o más identificados. Meadowlands pertenece a otra lógica: actuar sin añadir más chatarra al entorno orbital.

La paradoja. Cuanto menos se parece Meadowlands a un arma antisatélite convencional, mejor se entiende por qué importa. Su valor no está en convertir un satélite en restos orbitales, sino en actuar sobre la capa que permite aprovecharlo en una operación real. Esa diferencia ayuda a explicar el movimiento de EEUU y también el cambio de fondo que estamos viendo en el espacio militar. El campo de batalla no está solo en la órbita ni en los objetos que la recorren. También está en las señales, en los enlaces y en la capacidad de mantenerlos cuando más falta hacen.

Imágenes | Fuerza Espacial de Estados Unidos

En Xataka | “Vamos a ver cada vez más casos como este”. Hay seis misteriosas esferas en una playa de Australia, y todo apunta a que vinieron del espacio

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Llevamos décadas culpando a la falta de voluntad por la obesidad. La genética acaba de demostrar que estábamos equivocados

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Durante décadas hemos escuchado en torno al sobrepeso y la obesidad que se trata de un problema de falta de voluntad, de comer demasiado o moverse muy poco. Sin embargo, la ciencia lleva años intentando buscar más causas que no vemos a simple vista en torno a la obesidad para tratarla como una enfermedad compleja, crónica y con muchos factores diferentes. 

Dos grandes estudios recientemente publicados han aportado pruebas muy importantes que apuntan a que la forma en la que nos relacionamos con la comida y el tamaño de nuestro cuerpo en la infancia no son siempre ‘elección’, sino que son, en una proporción asombrosa, una herencia dictada por nuestro ADN y amplificada por el entorno.

El peso de la herencia. El primero de estos estudios publicado en PLOS Medicine analizó a 86.000 niños que pertenecen a la cohorte noruega MoBa. El objetivo aquí era entender hasta qué punto el IMC de los padres determina el tamaño corporal y las conductas alimentarias de sus hijos a los ocho años de edad. 

Los resultados han superado lo que muchos genetistas esperaban, puesto que, mediante modelos de ecuaciones estructurales, los investigadores descubrieron que la genética explica alrededor del 79 % de la asociación entre el IMC de la madre y el del hijo. Cuando miramos al padre, la cifra es aún más contundente, ya que el ADN explica aproximadamente el 94 % de la asociación entre el IMC paterno y el del menor.

Su importancia. Esto significa que cuando vemos patrones de obesidad que se repiten de padres a hijos y el factor determinante no es principalmente que “en esa casa se come mal”, sino que se están transmitiendo variantes genéticas que regulan aspectos fisiológicos clave, desde el metabolismo basal hasta la arquitectura cerebral que dicta los mecanismos de saciedad y recompensa al comer.

El ambiente. Llegados a este punto, es inevitable plantearse una duda razonable: si la genética es tan determinante, ¿por qué las tasas de obesidad se han disparado en las últimas décadas si nuestro genoma humano apenas ha cambiado? 

La respuesta la da el segundo estudio, publicado casi en paralelo en PLOS Genetics donde investigadores británicos analizaron cuatro grandes cohortes de nacimiento en el Reino Unido, concretamente personas nacidas en 1946, 1958, 1970 y 2001. El objetivo aquí era medir cómo interactúa el riesgo genético con el paso del tiempo y los cambios en la sociedad.

Su resultado. Lo que vieron fue precisamente que las variantes genéticas asociadas a la obesidad se han vuelto mucho más predictivas del IMC en las cohortes más recientes. Es decir, tener predisposición genética a engordar en los años cuarenta no ‘condenaba’ necesariamente a la obesidad, porque el entorno no acompañaba. Sin embargo, nacer con esa misma predisposición en el año 2001 expone a un riesgo muchísimo mayor. 

Nuestros genes interactúan con lo que los epidemiólogos llaman el ambiente obesogénico, que son entornos urbanos sedentarios, estrés crónico, alteraciones del sueño y, sobre todo, una disponibilidad constante, barata y ubicua de alimentos ultraprocesados de alta densidad calórica. El ambiente moderno actúa como el gatillo de un arma que la genética ya había cargado.

Mucho más allá. Esta avalancha de datos empíricos choca frontalmente con el estigma social. Como llevan tiempo advirtiendo organizaciones como la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad, es urgente desterrar el “come menos y muévete más” como única recomendación que se da en las consultas médicas. 

Es por todo esto que comprender que la obesidad es una condición con una profundísima raíz genética, fuertemente condicionada por el entorno, cambia por completo las reglas del juego. 

Imágenes | i yunmai

En Xataka | Pensábamos que apagar el hambre con Ozempic era el remedio definitivo contra la obesidad. Hasta que nos fijamos en el músculo

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un pueblo de Italia le ha declarado la guerra a los turistas que se pasen medio desnudos

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El verano no solo caldea los termómetros. También aumenta el ir y venir de turistas, llenando hoteles, disparando la actividad en los aeropuertos y tensando la cuerda en aquellos destinos incapaces de equilibrar la rutina de sus vecinos y el flujo de visitantes. Es algo que saben bien en Barcelona, Málaga, Ibiza, o Tenerife y también en muchas ciudades de Italia, como Florencia o Venecia. Varenna, un pueblito de Lombardía, no está tan masificado, pero recibe los suficientes turistas como para que su alcalde haya hecho algo: imponerles normas de decoro.

Y entre ellas se incluye la prohibición de paseare con el torso desnudo y en traje de baño por la villa, so pena de multas de hasta 200 euros.

En un lugar de Lombardía… Varenna no es Florencia ni Roma, pero sabe bien qué implica la turistificación masiva. Lo recordaba hace poco su alcalde, Mauro Mazoni: aunque en la villa residen solo 650 personas, cada año recibe a “cientos de miles de visitantes de todo el mundo”, gente atraída por sus paisajes idílicos. Y es normal. Varenna se sitúa en la provincia de Lecco, a orillas del lago di Como, y está llena de casitas de pescadores con las montañas de fondo.

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“No puede sacrificarse”. Ese flujo de turistas llega acompañado de riqueza, pero también tensa la convivencia entre los visitantes que llegan para disfrutar de unas vacaciones relajadas y los vecinos que siguen con su rutina diaria. De ahí que el Ayuntamiento haya decidido mover ficha, endureciendo la normativa que aplica a los turistas. Para ser más precisos, el 26 de junio aprobó dos cambios en su reglamento que aspiran a “garantizar una convivencia más armoniosa”.

“Nos enorgullece recibir cada año a cientos de miles de visitantes. Sin embargo, la calidad de vida de nuestros habitantes no puede sacrificarse en aras del turismo de masas. Estas nuevas regulaciones no nacen del deseo de frenar el turismo, que sigue siendo un recurso crucial para nuestra economía, sino de la necesidad de gestionarlo de forma más inteligente y respetuosa”, argumenta Manzoni, quien recuerda que los cambios en la normativa ya han entrado en vigor.

Ojo con los bañadores. Una de las novedades que más expectación ha causado, dentro y fuera de Varenna, es el que afecta al código de vestimenta. Se acabó pasearse por el centro de la villa con el torso desnudo o en traje de baño. No importa el calor que haga o si acabas de darte un chapuzón en el lago, a partir de ahora solo podrá irse de esa guisa en zonas muy concretas de Varenna: las playas, muelles y embarcaderos. En el resto del pueblo hay que cubrirse. 

Saltarse la norma implica multas de entre 50 y 200 euros.

Adiós grupos y altavoces. No es lo único de lo que tendrán que estar pendientes los visitantes de Varenna. Para evitar que las calles se saturen con grandes grupos, el Ayuntamiento ha decidido que estos deben estar limitados a un máximo de 25 personas. Ese es el tope que deberán respetar los turoperadores que organicen excursiones. Durante sus visitas también deberán recordar otra pauta: los guías no podrán usar altavoces ni dispositivos que amplifiquen su voz. El objetivo: acabar con los ruidos, algo que ya han hecho en Florencia.

Precisamente para reducir las molestias, los grupos deberán avanzar por senderos peatonales y tendrán prohibido quedarse quietos en ciertas zonas “particularmente sensibles y concurridas”, como Pizetta Brenta, Pizza San Giovanni o Via IV Novembre. Saltarse esas normas no sale barato. 

Los guías se arriesgan a multas de entre 100 y 400 euros, castigo que puede endurecerse en caso de reincidencia. Las pautas sobre el tamaño de los grupos y su organización solo se flexibilizan en visitas educativas y de escolares.

¿Es algo nuevo? No. Y eso es lo más significativo. El diario La Repubblica publicó una crónica hace unos días en la que explicaba que Varenna no es la única localidad turística de Italia que ha decidido endurecer sus normas para combatir la turistificación: en Eraclea, Favignana, Levanzo o Marettimo (por citar solo algunos casos) también han renovado las normas que prohíben caminar en bañador o bikini por los cascos históricos y villas comerciales. 

No es una restricción nueva, pero las autoridades municipales han querido reforzarla, aumentando las multas en algunos casos hasta los 500 euros.

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Bocatas, cervezas, selfies y biquinis. El diario italiano recuerda que en el centro de Apulia, por ejemplo, la prohibición de pasear en bañador o con el torso desnudo no se limita a las calles, avenidas y plazas. También se aplica en parques, jardines y el transporte público. Saltarse esa restricción puede costar hasta 500 euros. En otras villas incluso van más allá y han prohibido comer bocadillos o beber cervezas en la calle, tumbarse en bancos o hacerse selfies en miradores.

Italia ni siquiera es la única que ha declarado la guerra a los visitantes que deciden pasearse medio desnudos, en bañador o biquini. En Francia han hecho algo similar y aquí mismo, en España, hay ciudades que castigan severamente pasearse por las calles y plazas sin camiseta. El torso al aire, mejor reservárselo para piscinas, playas y las zonas autorizadas por el reglamento.

Imágenes | Ray in Manila (Flickr), Becks (Flickr) y Gerry Labrijn (Flickr)

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