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Hay un puesto de trabajo en auge en la era de la inteligencia artificial: experto en ciberseguridad

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Si Mythos, de Anthropic, y GPT-5.4-Cyber, de OpenAI, han sido presentados como modelos capaces de detectar y explotar vulnerabilidades, la conclusión rápida parece bastante evidente: los perfiles de ciberseguridad podrían empezar a sobrar. Al fin y al cabo, hablamos de modelos orientados a moverse en uno de los terrenos más delicados de la tecnología: encontrar fallos antes de que otros los aprovechen. La respuesta, al menos de momento, va en dirección contraria a esa primera intuición. La IA no está haciendo irrelevante al experto. Al contrario: hoy es más necesario que nunca.

Esa señal ya empieza a notarse con claridad en Estados Unidos, donde el NYT ha puesto cifras y testimonios a una tendencia que venía ganando fuerza: la contratación de perfiles de ciberseguridad. El periódico estadounidense apunta que las ofertas del sector crecieron un 11% interanual en el primer trimestre, según Glassdoor, y recoge cómo algunas firmas de búsqueda de ejecutivos están recibiendo más encargos para encontrar responsables con experiencia en brechas de seguridad, protección de datos y revisión de código. El motivo no es solo proteger datos. También hace falta responder a incidentes y entender cómo la IA cambia la superficie de riesgo de las empresas.

La clave es que esta nueva capa de IA no solo cambia las herramientas de quienes protegen los sistemas. También modifica las posibilidades de quienes intentan comprometerlos. Reuters señalaba hace unos días que los atacantes están usando cada vez más IA para detectar vulnerabilidades, y Check Point ha alertado en su Informe de Ciberseguridad 2026 de que los ataques con IA han pasado de la fase experimental a un despliegue criminal rutinario.

Más herramientas no significan menos expertos en ciberseguridad

El mercado, además, no está pidiendo exactamente lo mismo que hace unos años. La ciberseguridad sigue siendo el paraguas, pero dentro empiezan a pesar con mucha fuerza capacidades más concretas: IA, seguridad en la nube, ingeniería, análisis y evaluación de riesgos. El 2025 ISC2 Cybersecurity Workforce Study señala que los responsables de contratación sitúan la IA entre las habilidades más demandadas, con un 27%, y los profesionales elevaban esa percepción hasta el 44%. La conclusión es importante: no basta con saber de seguridad. Cada vez pesa más entender cómo se integra esa seguridad en sistemas complejos y atravesados, evidentemente, por IA.

Fortinet hizo una encuesta y encontró que el 49% de los encuestados teme que la IA aumente los ciberataques, mientras que el 97% de las organizaciones ya utiliza o planea utilizar una solución de ciberseguridad que aproveche esta tecnología. Así que todo parece indicar que las compañías no solo están preocupadas por el uso ofensivo de la IA, también están intentando incorporarla a sus propias defensas. Y eso abre otra necesidad menos visible, pero igual de importante: contar con equipos capaces de evaluar esas herramientas e integrarlas con criterio.

En España, la fotografía también apunta a un sector en plena expansión. INCIBE lo resume con una frase muy útil para aterrizar el fenómeno: “La ciberseguridad es ya uno de los sectores con más empuje de la economía digital española”. Según el estudio sobre la industria de la ciberseguridad en España 2025, el organismo sitúa el empleo en 164.761 personas y señala que la ciberseguridad ya representa el 25,55% del empleo del sector TIC. La previsión, además, no habla de una subida puntual: entre 2026 y 2029, el sector crecerá a un ritmo anual del 14,25%, hasta alcanzar los 282.157 empleos al final de ese periodo.

“La ciberseguridad es ya uno de los sectores con más empuje de la economía digital española”.

El problema es que ese crecimiento llega con una tensión evidente: no siempre hay suficientes perfiles preparados para cubrir lo que las empresas necesitan. Deloitte lo formula desde el lado de los responsables de seguridad: “Cerca del 38% de los CISO identifica la dependencia de perfiles escasos como un reto significativo, reflejando una brecha persistente entre la creciente demanda de capacidades y la limitada oferta del mercado”. La consecuencia es que muchas organizaciones acaban apoyándose en talento externo para sostener sus defensas. De hecho, Deloitte señala que en 2026 el 60% del personal de ciberseguridad es externo.

Visto desde España, el fenómeno comparte el mismo fondo, aunque con matices propios. Estados Unidos sigue siendo uno de los epicentros de la industria de la IA y no podemos entender esta tendencia sin mirar lo que ocurre allí, pero tampoco conviene extrapolar sus dinámicas de mercado como si fueran idénticas a las de Europa. Aquí entran en juego otros indicadores: crecimiento del empleo, peso relevante dentro del sector TIC y dependencia de perfiles externos en muchas organizaciones. La conclusión, aun así, apunta en la misma dirección a ambos lados del Atlántico: la IA está obligando a reforzar capacidades de ciberseguridad, no a reducirlas.

Imágenes | Xataka con Nano Banana

En Xataka | Cada cuánto debemos cambiar TODAS nuestras contraseñas según tres expertos en ciberseguridad

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apps que no venden nada

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Hay pocos placeres culpables tan satisfactorios como la compra online: ese emocionante momento de búsqueda hasta encontrar lo que más te encaja para meterlo después en el carrito. Ya lo disfrutarás luego, cuando llegue a tus manos. O no, porque en realidad da casi más gustito ese proceso en sí que el producto en cuestión. Eso por no hablar de una obviedad: para comprar hace falta tener dinero en la cuenta y que este no te haga falta para otros menesteres, como por ejemplo pagar el alquiler o comer.

Si no puedes permitirte la experiencia real, la juventud de Corea del Sur ha encontrado una forma de engañar al cerebro para que libereesa dopamina de la compra: aplicaciones que no venden nada. Fake it till you make it.

Que está pasando. El Korean Times recoge el fenómeno de los dopamine sites y su funcionamiento en dos modalidades de apps: las de comida a domicilio y las de pausas para fumar, en la que te echas un cigarro virtual con otra gente con esa conversación banal propia de la ocasión. Así, puedes consultar menús, seleccionar artículos para añadir al carrito y saber tiempos de entrega o valoraciones de restaurantes sin cerrar la transacción. Y también puedes decir, si así lo prefieres, algo como “martes, de mierda te hartes” en una sala virtual.

Kim Heon-sik, profesor de la Universidad Jungwon, conecta estas apps que no venden nada con la cultura del Muk-Bang, en la que la gente observa a otra gente comiendo tremendas cantidades de comida. Curiosidad, voyeurismo y satisfacer la gula de quien está al otro lado de la pantalla sin tener que llevarse nada a la boca. La satisfacción vicaria en su máxima expresión.


Captura De Pantalla 2026 06 14 A Las 11 24 30
Captura De Pantalla 2026 06 14 A Las 11 24 30

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Por qué es importante. Por un lado, estos dopamine sites funcionan como un chivato de la salud mental de una generación: en Corea del Sur, el agotamiento digital y la dependencia del smartphone son ya problemas de salud pública documentados con un factor de riesgo estrella: la ansiedad.

Por otro, revelan una desconexión entre dos mundos: el económico y el neurológico. Las apps de delivery y las de ecommerce llevan años depurando sus interfaces y la experiencia para potenciar el impulso de comprar: scrolls infinitos, ofertones exclusivos por tiempo limitado (spoiler: que no acaban nunca), goteo incesante de notificaciones…la “tecnología de la persuasión” que acuñó Tristan Harris, antiguo diseñador de Google. El resultado es que según la neurociencia, la dopamina se libera en la anticipación, no al recibir el pedido. Los dopamine sites hacen exactamente lo mismo, pero a coste cero, algo ideal para una generación que no puede permitirse ese gasto.

Contexto. Ese diseño deliberado de las apps y la liberación de dopamina puede terminar en una adicción a las compras… si tienes dinero. La cuestión está en que la juventud coreana no lo tiene: un informe reciente del Bank of Corea retrata su peliaguda situación. Cada año que un joven pasa sin trabajo reduce su salario futuro un 6,7%, su deuda ha aumentado y la proporción de estos viviendo en casas precarias pasó del 5,6% en 2010 al 11,5% en 2023. La OCDE confirma que la tasa de empleo juvenil coreana está por debajo de la media y que prácticamente hacen cola para acceder a grandes empresas o el sector público.

Este problema estructural ya tiene nombre: generación Sampo, que hace referencia a las tres renuncias de esta juventud, el amor, el matrimonio y ser padre o madre, provocadas por empleos inestables y deudas educativas elevadas. 

En detalle. El mecanismo psicológico detrás de esas apps que no venden nada está bien documentado: el cerebro no distingue bien entre el proceso de pedir comida y la simulación de pedirla, de modo que la dopamina actúa sobre todo en esa fase de búsqueda y anticipación, no al recibir el premio. Por esa razón la app falsa funciona: le da al sistema de recompensa aquello que activa el proceso sin necesidad de pasar la tarjeta.

Respecto a las apps de pausa para fumar, más de lo mismo: este estudio sobre soledad en adultos coreanos encontró que aquellos jovenes más expuestos al entorno digital reportaban niveles de soledad significativamente mayores que generaciones anteriores. Ver que hay más gente conectada a la vez, aunque sean completos desconocidos y no hables con ellos, activa la sensación de presencia social, lo que reduce la ansiedad.

Sí, pero. El reportaje de Korean Times se hace eco de escasos testimonios sobre este fenómeno, pero no hay datos sobre cuánta gente usa estas apps ni con qué frecuencia. Aunque fuera una tendencia, la pregunta del millón es qué efecto tienen estas apps que no venden nada: es cierto que no tienen impacto en las carteras de quienes la usan y que puntualmente alivian, pero también que no ayudan a resolver el problema que hay detrás: la ansiedad, la soledad y la dependencia unidas a una precarización de sus expectativas de vida. 

En Xataka | Un Ferrari ‘a pachas’: el truco de la Generación Z en Japón para tener un supercoche

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apps que no venden nada

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Si no puedes permitirte la experiencia real, la juventud de Corea del Sur ha encontrado una forma de engañar al cerebro para que libereesa dopamina de la compra: aplicaciones que no venden nada. Fake it till you make it.

Que está pasando. El Korean Times recoge el fenómeno de los dopamine sites y su funcionamiento en dos modalidades de apps: las de comida a domicilio y las de pausas para fumar, en la que te echas un cigarro virtual con otra gente con esa conversación banal propia de la ocasión. Así, puedes consultar menús, seleccionar artículos para añadir al carrito y saber tiempos de entrega o valoraciones de restaurantes sin cerrar la transacción. Y también puedes decir, si así lo prefieres, algo como “martes, de mierda te hartes” en una sala virtual.

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Por qué es importante. Por un lado, estos dopamine sites funcionan como un chivato de la salud mental de una generación: en Corea del Sur, el agotamiento digital y la dependencia del smartphone son ya problemas de salud pública documentados con un factor de riesgo estrella: la ansiedad.

Por otro, revelan una desconexión entre dos mundos: el económico y el neurológico. Las apps de delivery y las de ecommerce llevan años depurando sus interfaces y la experiencia para potenciar el impulso de comprar: scrolls infinitos, ofertones exclusivos por tiempo limitado (spoiler: que no acaban nunca), goteo incesante de notificaciones…la “tecnología de la persuasión” que acuñó Tristan Harris, antiguo diseñador de Google. El resultado es que según la neurociencia, la dopamina se libera en la anticipación, no al recibir el pedido. Los dopamine sites hacen exactamente lo mismo, pero a coste cero, algo ideal para una generación que no puede permitirse ese gasto.

Contexto. Ese diseño deliberado de las apps y la liberación de dopamina puede terminar en una adicción a las compras… si tienes dinero. La cuestión está en que la juventud coreana no lo tiene: un informe reciente del Bank of Corea retrata su peliaguda situación. Cada año que un joven pasa sin trabajo reduce su salario futuro un 6,7%, su deuda ha aumentado y la proporción de estos viviendo en casas precarias pasó del 5,6% en 2010 al 11,5% en 2023. La OCDE confirma que la tasa de empleo juvenil coreana está por debajo de la media y que prácticamente hacen cola para acceder a grandes empresas o el sector público.

Este problema estructural ya tiene nombre: generación Sampo, que hace referencia a las tres renuncias de esta juventud, el amor, el matrimonio y ser padre o madre, provocadas por empleos inestables y deudas educativas elevadas. 

En detalle. El mecanismo psicológico detrás de esas apps que no venden nada está bien documentado: el cerebro no distingue bien entre el proceso de pedir comida y la simulación de pedirla, de modo que la dopamina actúa sobre todo en esa fase de búsqueda y anticipación, no al recibir el premio. Por esa razón la app falsa funciona: le da al sistema de recompensa aquello que activa el proceso sin necesidad de pasar la tarjeta.

Respecto a las apps de pausa para fumar, más de lo mismo: este estudio sobre soledad en adultos coreanos encontró que aquellos jovenes más expuestos al entorno digital reportaban niveles de soledad significativamente mayores que generaciones anteriores. Ver que hay más gente conectada a la vez, aunque sean completos desconocidos y no hables con ellos, activa la sensación de presencia social, lo que reduce la ansiedad.

Sí, pero. El reportaje de Korean Times se hace eco de escasos testimonios sobre este fenómeno, pero no hay datos sobre cuánta gente usa estas apps ni con qué frecuencia. Aunque fuera una tendencia, la pregunta del millón es qué efecto tienen estas apps que no venden nada: es cierto que no tienen impacto en las carteras de quienes la usan y que puntualmente alivian, pero también que no ayudan a resolver el problema que hay detrás: la ansiedad, la soledad y la dependencia unidas a una precarización de sus expectativas de vida. 

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que el software siga cabiendo en un disquete

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Nos hemos acostumbrado a que el software pese cada vez más. Lo vemos en aplicaciones que tardan en descargarse, en herramientas simples que llegan acompañadas de demasiadas capas y en servicios que prometen comodidad a cambio de ocupar más espacio, consumir más recursos y depender de más piezas invisibles. Por eso resulta llamativo que, en 2026, cuando buena parte de la conversación tecnológica gira alrededor de la IA y de sistemas cada vez más ambiciosos, haya quien reivindique una idea que parece salida de otra época.

La iniciativa se llama Fits on a Floppy y parte de un manifiesto publicado por el desarrollador Matt Sephton. Su regla es tan sencilla como llamativa: una aplicación que quiera lucir su insignia debe tener un tamaño total de descarga inferior a 1,44 MB, la capacidad de un disquete clásico de 3,5 pulgadas. El propio texto lo resume con una frase directa, “el software ha perdido el rumbo”, pero su propuesta no consiste en echar de menos el soporte físico, sino en recuperar la disciplina que imponía trabajar con límites muy estrechos.

Durante mucho tiempo, hacer software también consistía en renunciar. Si algo no era necesario, se quedaba fuera, porque la memoria, el almacenamiento y la paciencia del usuario tenían un límite muy visible. Luego llegó una etapa distinta: los equipos empezaron a tener más margen, las descargas dejaron de parecer una aventura y el tamaño de una aplicación dejó de ser una preocupación central. Ahí empezó a abrirse una puerta peligrosa.

El software no ha engordado por accidente

No todo ese crecimiento vino de añadir funciones visibles. Buena parte llegó por debajo, en forma de capas que el usuario no siempre ve: librerías, motores, sistemas de actualización, componentes pensados para sostener más de una versión del mismo producto y dependencias que permiten avanzar más rápido sin resolver cada problema desde cero. Esa forma de construir tiene sentido en muchos casos, sobre todo cuando se quiere mantener el mismo producto en varios sistemas. Pero también cambia la escala.

Ahí entra el valor real de la propuesta de Sephton. Fits on a Floppy no intenta demostrar que todo deba comprimirse hasta caber en 1,44 MB, sino que una restricción artificial puede servir para ordenar prioridades. Si una app nace para resolver una tarea concreta, el manifiesto pide que descargue rápido, arranque sin espera, consuma pocos recursos, sea nativa y evite dependencias innecesarias. La idea de fondo es sencilla: cuanto menos equipaje arrastra una herramienta, más fácil resulta entender qué hace, por qué lo hace y cuánto cuesta mantenerla.

La pregunta, entonces, es si esa disciplina puede volver a tener recorrido fuera del manifiesto. En una parte del software, probablemente sí. No hablamos de navegadores, editores de vídeo o servicios con inteligencia artificial integrada, sino de utilidades pequeñas, herramientas de una sola función y aplicaciones nativas que muchas veces no necesitan cargar con una arquitectura enorme. Ahí el argumento de Sephton resulta más fuerte: si el objetivo es limitado, el tamaño también debería poder serlo. No por nostalgia, sino porque una herramienta simple tiene menos excusas para comportarse como una plataforma completa.

El otro lado de la historia es que buena parte del software no se va a hacer más pequeño. Muchas aplicaciones actuales ya no son solo una ventana con una función concreta: integran cuentas, sincronizan datos, ofrecen colaboración en tiempo real, funcionan en varios sistemas y acumulan funciones que hace años no formaban parte de una aplicación de escritorio. Todo eso puede estar justificado, pero pesa. Por eso la promesa de volver al software ligero tiene límites claros. En muchos productos, la pregunta real no será si pueden caber en un disquete, sino si están creciendo por necesidad o por acumulación.

La gracia del disquete, en realidad, está en que ya no parece razonable. Precisamente por eso obliga a mirar el software desde otro lugar y a preguntarnos si todo ese peso responde a una necesidad real o a una acumulación que nadie se atrevió a revisar. Fits on a Floppy no pretende detener la evolución de las herramientas modernas ni negar que muchas necesitan ser grandes. Su utilidad está en otra parte: recordarnos que la eficiencia también es una decisión de diseño, y que el tamaño de una aplicación dice algo sobre cómo fue pensada.

Imágenes | Fernando Lavin

En Xataka | iOS 27 no deja ningún iPhone atrás, pero WatchOS 27 no puede decir lo mismo con los Apple Watch

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