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una pelea real con Bruce Lee donde no había límites

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En los años 60, en Estados Unidos ya funcionaban decenas de escuelas de artes marciales abiertas al público, algo impensable apenas dos décadas antes fuera de Asia. En ese mismo periodo, algunos combates reales entre practicantes de distintos estilos se resolvían en espacios privados y sin regulación oficial, lejos de cualquier formato deportivo. De hecho, no sería hasta los años 90 cuando competiciones como el Ultimate Fighting Championship empezarían a sistematizar ese tipo de enfrentamientos entre disciplinas diferentes.

Una rivalidad local convertida en leyenda. En la California de 1964, mucho antes de que Bruce Lee se transformara en icono mundial, ya se había ganado una reputación incómoda dentro de la comunidad china de las artes marciales. Era joven, brillante, provocador y cada vez más convencido de que muchos estilos tradicionales estaban repletos de formas bellas y gran plasticidad, pero poco útiles si de lo que se trata es de una pelea de verdad. 

Plus: su discurso, sus demostraciones públicas y su decisión de enseñar a cualquiera, sin importar raza ni procedencia, lo colocaron en el centro de una tensión que iba mucho más allá del ego personal. En aquel clima de crispación con el personaje apareció un tipo llamado Wong Jack Man, otro maestro joven, pero de perfil diametralmente opuesto, más silencioso, más clásico y más vinculado a una idea disciplinada y tradicional del kung fu. El choque entre ambos no tardaría en adquirir la forma inevitable de un ajuste de cuentas.

Una pelea real con el mito. Lo decisivo de aquel combate en ciernes no era solo quién iba a pegar primero ni cuánto duró exactamente, sino el simple hecho de que alguien aceptara siquiera medirse con Lee en las condiciones más incómodas posibles: un enfrentamiento privado, tenso y prácticamente sin reglas, donde ambos entendían que no se trataba de una simple exhibición, sino de tumbar al rival como fuera

Como en toda batalla del pasado de la que solo tenemos las palabras, cuentan que Wong quería introducir ciertos límites elementales, pero la versión más repetida sostiene que Bruce impuso su idea de pelea total, una prueba real, sin concesiones, sin red de seguridad y sin el amparo del espectáculo. Ahí estaba la verdadera magnitud del episodio: no era un torneo, ni una coreografía, ni una demostración pública para impresionar a alumnos o curiosos, sino un choque físico entre dos concepciones del combate, dos temperamentos y dos formas de entender las artes marciales. Que alguien decidiera plantarse delante de Bruce Lee en ese contexto explica por qué el episodio ha sobrevivido décadas como una de las historias más fascinantes (y más difíciles) de fijar del mito de Lee.

Wong Jack Man
Wong Jack Man

Wong Jack Man

Dos estilos opuestos. La imagen popular invita a imaginar una escena casi cinematográfica, dos maestros lanzando técnicas perfectas en un duelo solemne, pero los relatos coinciden en algo mucho más terrenal: aquello fue un combate desordenado, brusco, agotador y muy alejado del ideal romántico del kung fu. 

La mayoría de los relatos concuerdan con un inicio donde Bruce salió con una agresividad desbordante, buscando cerrar distancia, encadenar golpes rectos y no dar respiro. Wong, en cambio, optó por moverse, esquivar, defenderse y tratar de contener el vendaval sin desplegar del todo su arsenal más peligroso, especialmente sus patadas de largo alcance. No fue, en cualquier caso, una pelea “bonita”, sino una colisión incómoda entre la velocidad icónica de Lee y la resistencia evasiva de Wong. Precisamente por eso el enfrentamiento ha importado tanto: porque despojó a las artes marciales de buena parte de su teatralidad y dejó al descubierto algo más crudo y revelador.

Bruce Lee In Enter The Dragon
Bruce Lee In Enter The Dragon

Bruce Lee en un fotograma de Enter The Dragon

La gran disputa imposible de cerrar. Lo que ocurrió exactamente dentro de aquella sala sigue siendo una de las controversias más persistentes de la historia de Bruce Lee y de las artes marciales. La versión de su mujer, Linda Lee, sostiene que Bruce arrolló a Wong en pocos minutos, lo persiguió cuando este empezó a retroceder y terminó forzándolo a rendirse en el suelo. Wong Jack Man defendió justo lo contrario: que Bruce atacó como un toro salvaje, que la pelea duró más de veinte minutos y que no hubo victoria clara, sino agotamiento y final confuso. 

Un tercer testimonio, el del maestro William Chen, se mueve en una zona intermedia y habla de un combate largo, igualado y sin desenlace limpio. Esa disparidad ha alimentado el mito durante décadas, pero también deja ver una verdad de fondo: las peleas reales rara vez se parecen a los relatos heroicos posteriores, y muchos menos a las películas del propio Lee. Cada bando recuerda lo sucedido según su orgullo, su memoria y la necesidad de proteger una reputación que ya entonces estaba en juego.

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Fotograma de Game of Death

Más que una pelea. Si se quiere también, aquel combate no solo enfrentó a dos hombres, sino a dos paradigmas. Bruce Lee llevaba tiempo denunciando lo que consideraba un “desorden clásico” de posturas rígidas, movimientos vistosos y técnicas poco prácticas para la calle. Frente a eso defendía una idea casi revolucionaria para la época: que lo importante no era la pureza del estilo, sino la eficacia real. 

Wong representaba, al menos simbólicamente, el otro polo: la elegancia de la tradición, la autoridad del linaje, la disciplina de los sistemas establecidos. Por eso aquella noche de Oakland ha terminado siendo leída como una especie de ensayo general de lo que décadas después sería el debate central de las artes marciales mixtas. Más que una pelea sobre honor personal, fue una prueba brutal sobre qué partes del kung fu sobrevivían cuando se eliminaban el ritual y la retórica.

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El orgullo de Lee. Posiblemente también, esta fue la consecuencia más importante de todas. Incluso aceptando la versión más favorable a Bruce Lee, la pelea no se desarrolló como él esperaba. No parece que obtuviera una victoria limpia, rápida y aplastante, sino un combate más bien sucio que le dejó exhausto, frustrado y con la sensación de que su sistema todavía tenía limitaciones serias. 

Según sus propias palabras, perseguir a su rival y golpearlo sin rematarlo como quería le hizo comprender que la modalidad del Wing Chun no le bastaba. Ese choque con la realidad fue el detonante de una revisión profunda de su entrenamiento, de su preparación física y de su filosofía de combate. Por su puesto, la pelea con Wong Jack Man no destruyó a Bruce Lee, pero hizo algo más importante: lo obligó a reinventarse.

El camino hacia el Jeet Kune Do. Tras el combate, Lee intensificó su entrenamiento y empezó a construir con mayor claridad lo que acabaría siendo el Jeet Kune Do, no solo como método de lucha, sino como principio intelectual. Abandonó la obediencia ciega a un solo sistema y comenzó a absorber lo útil viniera de donde viniera: Wing Chun, boxeo occidental, esgrima, lucha, preparación física moderna y una obsesión creciente por la economía del movimiento. 

De hecho, la famosa idea y hoy slogan publicitario de “ser como el agua” no era un brindis al sol ni una frase bonita para entrevistas, sino la respuesta práctica a una noche en la que descubrió que la ortodoxia podía fallar. En ese sentido, Wong Jack Man ocupa un lugar singular en la historia del mito, una donde, quizá no fue el hombre que lo derrotó, pero sí fue uno de los pocos que logró empujarlo hasta el punto exacto donde la leyenda tuvo que cambiar para hacerse más peligrosa, moderna y real.

Una historia sin cierre. Con el paso del tiempo, Bruce Lee se convirtió en estrella mundial, Wong Jack Man quedó en una penumbra mucho más discreta y el combate adquirió una dimensión casi mitológica. Películas, biografías, artículos y testimonios contradictorios han intentado fijar una verdad definitiva, aunque quizá esa verdad completa ya no exista. Con todo, lo que permanece es algo mucho más valioso que dio incluso para una película: la certeza de que, en un pequeño gimnasio de Oakland, dos hombres se midieron en una pelea que importaba de verdad, con reputaciones, ideas y futuros enteros comprimidos en unos pocos minutos de violencia. 

Posiblemente también, ese es el motivo por el que la historia sigue viva. No porque pueda demostrarse cada golpe o patada, sino porque resume un instante irrepetible: el momento en que alguien se atrevió a poner a prueba al mismísimo Bruce Lee en el terreno más incómodo posible, y de esa colisión salió reforzada no solo una leyenda, sino toda una nueva manera de entender el combate.

Imagen | Golden Harvest, Wikimedia

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Las grandes tecnológicas tenían objetivos climáticos ambiciosos. Entonces llegó la IA y empezó a devorarlos

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Hubo un momento en el que la tecnología parecía haber encontrado una forma cómoda de contar su futuro climático. Las grandes compañías hablaban de “energía limpia”, emisiones netas cero, operaciones cada vez más eficientes y compromisos fechados a 2030 o 2040. Era un relato atractivo porque convivía con nuestro uso cotidiano de internet, servicios y aplicaciones. La IA generativa, sin embargo, ha complicado esa imagen: no solo trae más servicios inteligentes, también exige más infraestructura, más electricidad y una presión climática mucho más difícil de cuadrar con las promesas que esas mismas compañías hicieron hace apenas unos años.

El movimiento más reciente llega desde Microsoft. Bloomberg ha publicado que la compañía estaría valorando retrasar o incluso abandonar uno de sus objetivos energéticos más ambiciosos, en un momento en el que la carrera por la IA exige cada vez más capacidad de cómputo. Que se lo digan a OpenAI o Anthropic. Este caso no aparece en el vacío: otras grandes tecnológicas también están afrontando desafíos cada vez más visibles para encajar sus compromisos climáticos con la expansión de sus centros de datos. La pregunta ya no es solo qué prometieron, sino qué ocurre cuando esas promesas chocan con la escala real de la IA.

Las compañías no llegaron a estos compromisos por una única vía ni prometieron exactamente lo mismo. Algunas pusieron el foco en la compra de energía renovable, otras en electricidad sin emisiones de carbono, otras en emisiones netas cero y otras en eliminar más carbono del que generan. También había motivos distintos para hacerlo: presión regulatoria, expectativas de inversores, reputación y una convicción bastante extendida de que la infraestructura digital podía crecer sin disparar su impacto climático. Lo que nos interesa aquí no es revisar todas esas promesas, sino seguir algunas de las más ambiciosas y ver cómo están resistiendo la carrera de la IA que se desarrolla frente a nuestros ojos.

Promesas climáticas frente a centros de datos en expansión

Como decimos, el cambio de fondo es que muchos de estos compromisos se formularon antes de que la IA generativa se convirtiera en una prioridad absoluta para la industria. Hasta entonces, el crecimiento de los centros de datos ya era un desafío, pero podía proyectarse con una lógica más gradual. La nueva carrera ha alterado ese ritmo: entrenar modelos, desplegarlos en productos masivos y responder consultas a gran escala exige una capacidad de cómputo que crece muy rápido. Lo que antes parecía una hoja de ruta difícil, pero manejable, ahora se enfrenta a una dinámica diferente.

Microsoft fue una de las compañías que formuló una de las metas más exigentes. En julio de 2021 anunció su compromiso 100/100/0, una forma de decir que para 2030 quería igualar el 100% de su consumo eléctrico, el 100% del tiempo, con compras de energía de cero emisiones de carbono. El matiz importa: no se trataba solo de compensar el consumo anual con renovables, sino de acercarse a una correspondencia hora a hora. Además, la compañía planteaba hacerlo en las mismas redes eléctricas de las que tomaba esa energía.

Amazon
Amazon

Ahora ese compromiso está bajo una presión evidente. El mencionado medio económico señalaba que la compañía de Redmond está estudiando retrasarlo o incluso abandonarlo, según fuentes anónimas con conocimiento del asunto, mientras busca despejar obstáculos para alimentar sus centros de datos. Microsoft no ha confirmado ese giro y su directora de sostenibilidad, Melanie Nakagawa, sostuvo que la empresa sigue comprometida con sus metas ambientales. También dejó una idea que marca el tono de la respuesta oficial: cualquier ajuste formaría parte de una revisión del enfoque, no de un cambio en la ambición a largo plazo.

Google también se marcó una meta de gran alcance. En 2021, la compañía de Mountain View fijó el objetivo de alcanzar emisiones netas cero en todas sus operaciones y cadena de valor para 2030, incluidos sus productos de hardware de consumo. Para lograrlo, planteó reducir un 50% sus emisiones absolutas frente a 2019, no solo las generadas directamente por la empresa, sino también las vinculadas a su actividad y a su cadena de suministro. Lo que no lograse reducir, según su hoja de ruta, lo compensaría retirando carbono de la atmósfera mediante soluciones naturales y tecnológicas.

La situación actual muestra lo difícil que está siendo llevar esa hoja de ruta a la práctica. En su informe ambiental de 2025, Google señala que en 2024 sus emisiones fueron de 11,5 millones de toneladas de CO2 equivalente. Eso supone un 11% más que el año anterior y un 51% por encima de su base de 2019. El matiz es importante: no aumentaron un 51% en un año, sino frente al punto de partida elegido por la compañía. El propio informe reconoce, además, que integrar más IA en sus productos puede complicar la reducción de emisiones por la mayor demanda de cómputo y de infraestructura técnica.

Amazon también presentó una promesa climática de gran ambición. En septiembre de 2019, el gigante del comercio electrónico anunció junto a Global Optimism The Climate Pledge, un compromiso para alcanzar cero emisiones netas de carbono en 2040, diez años antes del horizonte marcado por el Acuerdo de París. La compañía fundada por Jeff Bezos se convirtió en la primera firmante de esa iniciativa, que pedía medir y reportar emisiones de forma regular, aplicar estrategias de descarbonización y neutralizar las emisiones restantes con compensaciones adicionales, cuantificables, reales, permanentes y socialmente beneficiosas.

La situación de Amazon muestra que estas promesas ya tenían zonas grises incluso antes de que la IA ocupase el centro del debate. En septiembre de 2023, Data Center Dynamics publicó que la Science Based Targets initiative había retirado el compromiso de Amazon de su panel y lo había situado en la categoría de “compromiso vencido”. El motivo, según el medio, fue que ambas partes no lograron ponerse de acuerdo sobre un objetivo de emisiones suficientemente significativo. Amazon respondió que los requisitos habían cambiado y que seguiría buscando validadores externos creíbles.

En este sentido, la fotografía general va en la misma dirección. El Departamento de Energía de EEUU estima que los centros de datos consumieron alrededor del 4,4% de la electricidad del país en 2023 y que podrían situarse entre el 6,7% y el 12% en 2028. La Agencia Internacional de la Energía también proyecta un salto relevante a escala global: de unos 415 TWh en 2024 a cerca de 945 TWh en 2030. No todo ese crecimiento puede atribuirse únicamente a la IA, pero la IA sí se ha convertido en uno de los grandes aceleradores de esa demanda.

Pero lo difícil es que las dos lógicas no se mueven a la misma velocidad. La carrera de la IA funciona con urgencia empresarial: lanzar modelos, ampliar capacidad, cerrar contratos y desplegar centros de datos antes que los rivales y, como no, competir con China. La agenda climática funciona con otra cadencia: reducir emisiones reales, asegurar energía sin carbono, validar objetivos y sostenerlos durante años. Entre una y otra queda una brecha que ahora se está haciendo visible. No basta con que los compromisos existan sobre el papel; tienen que sobrevivir a una expansión tecnológica que consume cada vez más recursos.

Imágenes | Google | Amazon

En Xataka | Durante años, la energía de las olas fue el patito feo de las renovables. La IA y los centros de datos le han dado una vuelta

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Madrid va a sacrificar durante meses uno de sus túneles más transitados. La razón: un nuevo intercambiador

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Madrid tiene en marcha varios proyectos gigantescos. En esta casa hemos hablado de los trabajos de la tuneladora Mayritt, del soterramiento de la A-5, de las mejoras y transformación de Metro Madrid, del Parque Ventas, y de un sinfín de obras urbanísticas que apenas dan respiro a la capital. En esta ocasión, sus residentes tendrán otra zona bloqueada durante un tiempo, pues el paso subterráneo más transitado de la zona sur de Madrid echará el cierre durante diez meses para permitir avanzar en otra de esas grandes transformaciones: el nuevo intercambiador.

Por qué ocurre esto ahora. El Ayuntamiento de Madrid anunciaba hace unas horas que el túnel viario de Conde de Casal cerraría al tráfico en ambos sentidos a partir de las 6:00 horas de este mismo viernes, y no reabrirá hasta febrero de 2027. El delegado de Urbanismo, Medio Ambiente y Movilidad, Borja Carabante, lo confirmó el jueves en rueda de prensa tras la Junta de Gobierno, explicando que el cierre es necesario para continuar con las obras del nuevo intercambiador de transportes y para ejecutar la conexión entre las líneas 6 y 11 de Metro.

Se trata de un bloqueo especialmente delicado, pues según datos consultados por El Diario, por este túnel pasan cada día 39.000 vehículos, con mayor intensidad en el sentido centro-extrarradio y en la franja horaria de tarde, especialmente entre las 15:00 y las 22:00 horas.

Qué cambia en la calzada. Durante los diez meses de cierre, el tráfico se redistribuirá por la superficie. Se habilitarán dos carriles de entrada desde la A-3 en dirección a la plaza de Conde de Casal y uno de salida desde la plaza de Conde de Casal hacia la A-3 Valencia y la M-30 Norte. Justo antes del puente de la M-30, el tramo de entrada a Madrid desde la A-3 pasará de dos carriles a uno.

Por otra parte, el ramal de enlace de salida desde la M-30 hacia Conde de Casal seguirá abierto. Además, en la propia plaza quedarán prohibidos dos giros: el giro a la izquierda en dirección O’Donnell por Doctor Esquerdo, y el giro a la izquierda desde Doctor Esquerdo hacia la avenida del Mediterráneo y la Glorieta Mariano de Cavia. A partir de septiembre, el consistorio prevé ir ampliando progresivamente el número de carriles en superficie.

Por dónde ir si quieres evitar la zona. El Ayuntamiento ha publicado rutas alternativas tanto para entrar como para salir de Madrid.

  • Para entrar: A-3 – Plaza Conde de Casal – Glorieta Mariano de Cavia; A-3 – Plaza Conde de Casal – Doctor Esquerdo – O’Donnell; o la M-40 para trayectos de largo recorrido.
  • Para salir: Glorieta Mariano de Cavia – Cavanilles – Doctor Esquerdo – ramal superficie A-3 dirección Valencia; Doctor Esquerdo – Plaza Conde de Casal – ramal superficie A-3 dirección Valencia; u O’Donnell – M-30 sentido sur – A-3.

Lo que cambia en el transporte público. El Consorcio Regional de Transportes de Madrid (CRTM) ha activado varios ajustes en la red de autobuses urbanos de la EMT. La línea E recupera las paradas 2125 y 2126 próximas a la plaza, aunque deja de parar en las 2127 y 2128. La línea 32 se desvía por Cavanilles en sentido Conde de Casal. Las líneas 63, 143 y N9 recuperan paradas cercanas a la plaza. Las cabeceras de las líneas 20, 30 y 140 siguen ubicadas en el área intermodal de Pavones.

El Ayuntamiento recomendaba en su publicación el uso del transporte público para reducir la presión sobre una zona que ya viene acumulando restricciones de tráfico desde que comenzaron las obras en agosto de 2023.

El proyecto detrás del caos. Tal y como hemos contado en varias ocasiones, el objetivo es ampliar la línea 11 de Metro desde Plaza Elíptica hasta Conde de Casal, un trayecto de 6,9 kilómetros que incluirá dos estaciones nuevas, en Parque de Comillas y Madrid Río, y tres nodos de interconexión: Palos de la Frontera con la línea 3, Atocha con la línea 1, Cercanías y AVE, y Conde de Casal con la línea 6. Precisamente esta última conexión permitirá, según Carabante, descongestionar la línea 6, que mueve un millón de viajeros al día y es la más saturada de la red.

En paralelo se construye el intercambiador de transportes, que integrará bajo tierra los autobuses que hoy operan en superficie. Cuando entre en funcionamiento, previsto para el primer semestre de 2027, beneficiará a más de 65.000 viajeros diarios, según datos del consistorio.

Y mientras tanto. El dispositivo especial de movilidad activado por el Ayuntamiento incluye el despliegue de agentes de Policía Municipal y movilidad en el entorno durante toda la fase de obras. Los horarios de trabajo están acotados entre las 7:00 y las 23:00 horas, un límite que el delegado recordó ante las quejas vecinales por el ruido y el polvo. Carabante reconoció que el consistorio es “consciente” de las molestias, pero insistió en que las obras “son necesarias continuar”.

Imagen de portada | Ayuntamiento de Madrid

En Xataka | Los Cercanías de Madrid se han convertido en un nido de problemas y retrasos: su solución son nuevos “megatrenes”

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la búsqueda contrarreloj para localizar los “cabos sueltos” del crucero con hantavirus

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A pesar de lo mucho que insisten los expertos en que el riesgo para la poblaciónes muy bajo, el miedo por el hantavirus sigue recorriendo cada uno de los países por los que han circulado los pasajeros del MV Hondius. En realidad, es algo normal. El miedo es una emoción muy humana, que nos ayuda a estar alerta ante situaciones tan nuevas como esta. 

En esta situación hay bastante incertidumbre, sobre todo en relación con los pasajeros que se apearon del barco antes de que se confirmase el brote de hantavirus. No obstante, poco a poco esa incertidumbre se va diluyendo a medida que llega información sobre sus países de origen.

Santa Elena, 24 de abril de 2026. El 24 de abril, 13 días después de la muerte del primer pasajero infectado con hantavirus, el barco hizo una parada en la isla británica de Santa Elena. Se aprovechó para bajar el cadáver y prepararlo para su repatriación. Con él viajó su esposa, que se convirtió en la segunda víctima, después de viajar a Sudáfrica. Además de los dos fallecidos, se sabe que en la isla se bajaron otras 28 personas. Aún no se sabía que la primera víctima tenía un virus contagioso, por lo que no se hizo control de pasajeros. 

¿Después qué? Desde que se supo que había un brote de hantavirus en el barco, se ha intentado localizar a esas 28 personas y a sus contactos cercanos. Se sabe que entre ellas había pasajeros de al menos 12 nacionalidades distintas. Sobre todo había británicos y estadounidenses, pero también personas de otros países como Singapur, Canadá o Alemania, entre otros. Los países de origen o residencia de cada uno de ellos también se han estado haciendo cargo. Así pues, algunos ya han logrado el objetivo de dar con ellos y ponerlos en cuarentena.

De Estados Unidos a Singapur. En Estados Unidos hay cinco personas en cuarentena, repartidas en Texas, California, Arizona y Georgia. En Singapur también han puesto en cuarentena ya a los dos pasajeros que se apearon en Santa Elena. Francia no tenía ciudadanos entre ese grupo de pasajeros, pero ha puesto en cuarentena a ocho ciudadanos que estuvieron en contacto con una de esas personas en un vuelo de Santa Elena a Johannesburgo. En definitiva, muchas de esas personas ya están bajo observación, aunque es cierto que quedan otras por identificar y monitorizar.

Mv Hondius 1
Mv Hondius 1

Ya se ha identificado a muchos de los pasajeros que se bajaron en Santa Elena.

No es muy contagioso. La parte positiva de todo esto es que el hantavirus no es tan contagioso como otros patógenos de potencial pandémico como el coronavirus de la COVID-19. Por lo general, el contagio entre personas, que solo se da con la variante Andes (la del barco), requiere contactos muy estrechos. Es posible que a bordo del crucero fuese un supercontagiador. Es decir, una persona desde cuyo organismo un virus se transmite excepcionalmente bien. Vimos algunos casos con la COVID-19, por ejemplo. No obstante, lo normal es que el resto de contagiados no sean supercontagiadores. 

Además, no se puede descartar que hubiese varios contagios simultáneos al entrar en contacto con ratones en una excursión. No sería un paciente el que está supercontagiando, sino que pudo haber un evento inicial que provocó buena parte de los casos. En ambos escenarios, la capacidad de contagio disminuiría con el tiempo. 

Dead end. Otro punto positivo del hantavirus es que tiene lo que se conoce como una dead end. No puede contagiar continuamente. Se sabe que, como mucho, suele llegar a tres eslabones. Es decir, una persona contagia a otra, ese segundo contagiado le pasa la enfermedad a un tercero y hasta ahí. La cadena se corta sola. Por ese motivo, incluso si alguna de las personas que se bajó en Santa Elena pudiese seguir contagiando, no contagiaría a muchas personas más allá de sus contactos más estrechos. 

¿Y los que siguen en el barco qué? España está preparada para repatriar a todos los pasajeros, con síntomas o sin ellos, o atender a quiénes sea necesario. En ese caso, el traslado se hará con las condiciones de seguridad necesarias para que no haya más contagios. Por eso, de aquí en adelante, lo importante es que esas personas se sometan a las cuarentenas necesarias. Cada país decidirá de qué duración serán, pero siempre teniendo en cuenta que el tiempo de incubación en los casos más extremos puede superar los 40 días. 

Fácil de detectar. El genoma de este virus es muy bien conocido. Por esa razón, el diagnóstico es sencillo mediante una PCR. Esta prueba se le realizará a los pasajeros en varias ocasiones durante la cuarentena, para comprobar su evolución. No se les podrá dar el alta sin repetirla una vez más. Dicho esto, aunque es lógico que la incertidumbre nos preocupe, es importante que tengamos muy presente el poco potencial pandémico de este virus. Hay mucho trabajo por hacer para asegurar que la situación no empeore, pero ya hay muchísimas personas trabajando en ello. 

Imagen | CDC/Magnific | Fdesroches

En Xataka | Creíamos que el hantavirus no saltaba entre humanos. Hasta que alguien fue a una fiesta de cumpleaños en Argentina

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