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no es de Irán, es Made in Rusia
En Ucrania, los restos de drones derribados se han convertido en una fuente inesperada de información estratégica: ingenieros y analistas suelen reconstruir su interior pieza a pieza para rastrear su origen, su electrónica y las redes de suministro que los fabrican. SI se quiere, una suerte de “arqueología militar” o “unboxing bélico” que se ha convertido en práctica habitual en conflictos modernos, donde un solo microchip o un módulo de navegación pueden revelar conexiones geopolíticas mucho más amplias de lo que aparenta un simple ataque.
Eso mismo acaba de ocurrir, pero en Irán.
Un dron y una nueva incógnita. Cuando un dron kamikaze impactó contra la base aérea británica de RAF Akrotiri, en Chipre, parecía otro episodio más dentro de la creciente escalada de ataques con drones en Oriente Medio. Sin embargo, el análisis de los restos del aparato por parte de la inteligencia británica ha revelado un detalle inesperado: en su interior había un sistema de navegación militar ruso Kometa-B, un componente sofisticado diseñado para resistir interferencias electrónicas y mejorar la precisión de los ataques.
El hallazgo sorprendió a los investigadores británicos porque el aparato había sido lanzado por un grupo alineado con Irán desde Líbano, lo que convertía el incidente en la primera evidencia tangible de tecnología militar rusa utilizada en un ataque dentro del conflicto regional.
La pista que conecta dos guerras. El sistema Kometa-B no es un componente cualquiera. Se trata de un módulo que ya había sido detectado en drones interceptados en el frente ucraniano, donde Rusia lo utiliza para mejorar la navegación de sus armas frente a los sistemas de guerra electrónica occidentales.
Encontrarlo dentro de un dron que terminó explotando en una base militar europea sugiere que parte de esa tecnología ha salido del teatro de guerra de Ucrania y ha llegado al ecosistema militar que rodea a Irán. Ese detalle técnico ha abierto una nueva línea de preocupación entre los servicios de inteligencia occidentales: la posibilidad de que Moscú esté proporcionando equipos, electrónica o conocimientos técnicos que estén elevando la eficacia de los ataques iraníes y de sus aliados regionales.


Una alianza que se estrecha. El descubrimiento encaja dentro de una relación estratégica que se ha ido profundizando desde el inicio de la guerra en Ucrania. Durante los primeros años del conflicto, Irán proporcionó a Rusia tecnología para fabricar drones de diseño iraní (especialmente variantes del modelo Shahed) que Moscú ha empleado de forma masiva contra infraestructuras ucranianas.
Con el tiempo, Rusia comenzó a producir sus propias versiones y a introducir mejoras electrónicas y de navegación. Ahora los indicios apuntan a que parte de esa cooperación podría haberse invertido: componentes o sistemas desarrollados en la industria militar rusa estarían apareciendo en armas utilizadas por milicias alineadas con Teherán en otros frentes.
Inteligencia rusa en la sombra. El hallazgo del dron coincide además con informaciones de funcionarios occidentales que aseguran que Moscú ha estado proporcionando a Irán información de inteligencia sobre posiciones militares estadounidenses en Oriente Medio, incluyendo la localización de buques de guerra y aeronaves.
Contaba el fin de semana en una exclusiva el Washington Post que ese apoyo podría explicar la creciente precisión de algunos ataques recientes contra infraestructuras militares y sistemas de radar occidentales. Irán dispone de capacidades espaciales limitadas, con muy pocos satélites propios, por lo que el acceso a datos procedentes de los sistemas de observación rusos supondría una ventaja significativa para planificar ataques más selectivos.
Conflicto regional con ecos de guerra global. Si se quiere también, la aparición de tecnología rusa en un ataque contra una base británica sugiere que la guerra en Oriente Medio podría estar entrelazándose cada vez más con el enfrentamiento estratégico que ya existe entre Rusia y Occidente desde 2022. Para Moscú, una escalada que mantenga a Estados Unidos y a Europa centrados en otro frente puede tener ventajas estratégicas, desde la distracción respecto a Ucrania hasta el aumento de los precios del petróleo.
Aunque el Kremlin ha evitado implicarse directamente en la guerra, e incluso Trump mantuvo en las últimas horas una primera conversación telefónica con Putin, la presencia de su tecnología en el campo de batalla y las sospechas sobre el intercambio de inteligencia apuntan a un patrón familiar de conflictos indirectos: un escenario en el que las grandes potencias no combaten entre sí de forma abierta, pero sus armas, sus datos y su influencia empiezan a aparecer en lugares cada vez más inesperados e incómodos.
Imagen | National Police of Ukraine, RAF/MOD
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lo nuevo del director de ‘Longlegs’, en dos días en streaming
Oz Perkins se ha convertido en uno de los nombres clave del terror moderno gracias a películas como ‘Longlegs’ (127 millones recaudados con un presupuesto de menos de 10) o ‘The Monkey’, que adaptaba un relato de Stephern King, todo rodado y estrenado en tiempo record. Con ellas todavía frescas llegó ‘Keeper‘, su tercer largometraje en dieciséis meses, avalado por Guillermo del Toro, Bong Joon-ho o James Wan. En cines no llamó tanto la atención como sus precedentes, pero desde este jueves tienes ocasión de comprobar con tus propios ojos si Perkins es el último gran maestro del terror o un bluff en Movistar Plus.
‘Keeper’ se rodó mientras el trabajo en ‘The Monkey’ se paralizaba con las huelgas de guionistas y actores de 2023. Con esas restricciones de tiempo y presupuesto, se optó por una sola localización y un reparto pequeño: la película sigue a una pareja que celebra su primer aniversario en una cabaña aislada en el campo, donde los secretos oscuros de uno de ellos comienzan a emerger. De este modo, Perkins convierte en materia de terror temas como el control en la pareja o la masculinidad tóxica.
La película se sostiene completamente sobre el trabajo de sus dos protagonistas, especialmente el de Tatiana Maslany, conocida por ‘Orphan Black’ y ‘She-Hulk: Abogada Hulka’ de Marvel. Pero lo más llamativo de la experiencia son sus estupendos monstruos, apariciones y efectos especiales: seres con caras congeladas en un grito infinito, criaturas con múltiples rostros, cuellos retorcidos… Sin embargo, la película no terminó de convencer.
Los números del fin de semana de apertura fueron los peores de la carrera de Perkins como director. ‘Keeper’ solo costó 6 millones de dólares, y aún así, se quedó corto a la hora de recuperar la inversión, con 6,2 millones de dólares de recaudación que palidecen en comparación con los mencionados 128 de ‘Longlegs’ o los 68 de ‘The Monkey0. Aún así, es una estupenda pesadilla claustrofóbica que deja más claro que nunca todo lo que Perkins le debe a Cronenberg, Aster o Argento. Ahora tienes la oportunidad perfecta para repescarla.
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lo nuevo del director de ‘Longlegs’, en dos días en streaming
Oz Perkins se ha convertido en uno de los nombres clave del terror moderno gracias a películas como ‘Longlegs’ (127 millones recaudados con un presupuesto de menos de 10) o ‘The Monkey’, que adaptaba un relato de Stephern King, todo rodado y estrenado en tiempo record. Con ellas todavía frescas llegó ‘Keeper‘, su tercer largometraje en dieciséis meses, avalado por Guillermo del Toro, Bong Joon-ho o James Wan. En cines no llamó tanto la atención como sus precedentes, pero desde este jueves tienes ocasión de comprobar con tus propios ojos si Perkins es el último gran maestro del terror o un bluff en Movistar Plus.
‘Keeper’ se rodó mientras el trabajo en ‘The Monkey’ se paralizaba con las huelgas de guionistas y actores de 2023. Con esas restricciones de tiempo y presupuesto, se optó por una sola localización y un reparto pequeño: la película sigue a una pareja que celebra su primer aniversario en una cabaña aislada en el campo, donde los secretos oscuros de uno de ellos comienzan a emerger. De este modo, Perkins convierte en materia de terror temas como el control en la pareja o la masculinidad tóxica.
La película se sostiene completamente sobre el trabajo de sus dos protagonistas, especialmente el de Tatiana Maslany, conocida por ‘Orphan Black’ y ‘She-Hulk: Abogada Hulka’ de Marvel. Pero lo más llamativo de la experiencia son sus estupendos monstruos, apariciones y efectos especiales: seres con caras congeladas en un grito infinito, criaturas con múltiples rostros, cuellos retorcidos… Sin embargo, la película no terminó de convencer.
Los números del fin de semana de apertura fueron los peores de la carrera de Perkins como director. ‘Keeper’ solo costó 6 millones de dólares, y aún así, se quedó corto a la hora de recuperar la inversión, con 6,2 millones de dólares de recaudación que palidecen en comparación con los mencionados 128 de ‘Longlegs’ o los 68 de ‘The Monkey0. Aún así, es una estupenda pesadilla claustrofóbica que deja más claro que nunca todo lo que Perkins le debe a Cronenberg, Aster o Argento. Ahora tienes la oportunidad perfecta para repescarla.
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cuando la IA no te libera del trabajo, sino que crea una nueva tarea que termina agotándote más
Imagina que contratas a alguien para que te ayude a gestionar tu correo. Como es lógico, la primera semana tienes que explicarle cómo te gusta que filtre los mensajes y te comunique lo más urgente. La segunda semana, corriges los errores que va cometiendo y, para la tercera semana, le tienes que volver a explicar lo que ya le enseñaste la primera semana porque olvidó las instrucciones. A final de mes, tienes un ayudante, pero tardas más que antes porque no solo tienes que estar pendiente de lo que hace, sino que además tienes que gestionarte tú el correo.
Eso es, en esencia, lo que está pasando ahora mismo con la IA en el trabajo, según se recoge en el informe Work AI Index del instituto de Glean, realizado por investigadores de las universidades de Stanford, Berkeley y Notre Dame. Según sus conclusiones, los empleados dedican una media de 6,4 horas a la semana a hacer que la IA funcione. Casi una día de trabajo perdido cada semana.
El tiempo no se ahorra, se transforma. El 87% de los trabajadores que participaron en el estudio reconocen que utilizan IA en el trabajo. De estos, el 75% afirma que la IA les hace más productivos, ahorrándoles aproximadamente 11 horas semanales solo con la automatización. Sin embargo, solo el 13% de las empresas aseguran obtener un incremento real de la productividad. La brecha entre lo que percibe el individuo y lo que recogen los resultados de las empresas es enorme, y el informe tiene una explicación: esas horas no desaparecen, solo se redirigen hacia una nueva capa de trabajo que nadie estaba teniendo en cuenta.
Los autores han llamado a esta nueva tarea botsitting (un juego de palabras que viene a traducirse como “cuidado de bots”) que consiste en poco menos de hacer de “canguro de la IA” para darle contexto a la herramienta, revisar los errores en los resultados que genera, relanzar los prompts que no van bien y limpiar los resultados que parecen correctos, pero en realidad están llenos de datos inventados o alucinaciones. Tal y como describe Rebecca Hinds, directora del Work AI Institute, esta tutela es “a menudo un trabajo tedioso y agotador”, que nadie mide ni recompensa, por lo que el tiempo que la IA ahorra, termina siendo un préstamo que hay que devolver unas horas más tarde.
Demasiadas herramientas y cambios de contexto. Los investigadores destacan que parte de ese exceso de tiempo que se emplea en el uso de la IA no solo viene de la revisión de sus resultados sino de cómo se usa cada herramienta. El 77% de los encuestados usa varias herramientas de IA cada semana, y un tercio de los participantes combina cuatro o más. Cada salto de una app a otra tiene un coste de tiempo que rara vez se contabiliza, pero que implica, repetir las mismas instrucciones o reescribir el prompt en otro sistema porque el modelo anterior no entregó el resultado que se esperaba.
Casi la mitad de los trabajadores (46,5%) tiene que saltar entre dos o más herramientas de IA para completar una sola tarea. Los investigadores lo llaman “toggle tax”, el impuesto cognitivo de cambiar constantemente de contexto. Harvard Business Review ya calculó el coste cognitivo que supone el cambio de aplicaciones y la consultora McKinsey calculaba que los trabajadores pierden un promedio de casi dos horas al día buscando información entre herramientas, bandejas de entrada y chats. La IA, que se vende como la panacea de la productividad, no ha hecho más que sumar una nueva capa a ese caos en lugar de reducirlo.
Del botsitting al botshitting. El estudio descubrió que, cuando el trabajador lleva demasiado tiempo corrigiendo errores de la IA y mantiene sus plazos de entrega, comienza a saltarse la revisión de los resultados, generando algo que el informe ha dado en llamar botshitting o “porquería de bot” que sería entregar trabajo generado por IA sin haberlo verificado previamente. El 69% de los participantes admitió haber hecho esto al menos en alguna ocasión.
Las consecuencias van más allá de la calidad del trabajo en sí misma, cuando ese contenido llega al siguiente eslabón de la cadena de producción sin que nadie lo haya revisado, alguien que no lo produjo tiene que limpiarlo. Es decir, tanto el coste como el tiempo se traslada a otra persona, pero no se ahorra tanto como parece.
Para sorpresa de nadie, más IA no resuelve el problema. Bob Sutton, profesor emérito de Stanford y miembro fundador del Work AI Institute que ha elaborado este informe, ha señalado en otras ocasiones que una de las soluciones que acostumbran a tomarse desde los puestos directivos cuando algún proceso genera fricción es añadir más de ese elemento. En este caso, intentar solucionar un problema de mal uso de la IA…con más IA.
Los datos del informe apuntan a que las organizaciones que van por delante no son las que usan más IA. Son aquellas que han construido lo que los autores llaman “infraestructura humana”. El 53%de los trabajadores dice que la información que necesita no llega a través de sus sistemas de IA. En las empresas donde sí llega, los empleados se agotan un 64% menos y son un 52% menos propensos a entregar trabajos que no han sido revisados.
Imagen | Unsplash (Flipsnack)
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