Actualidad
el problema es que nadie logra ponerse de acuerdo sobre qué son
El telescopio espacial James Webb lleva años apuntando a las regiones más remotas del universo y, con cada nueva observación, ha ido dejando al descubierto algo que no encaja del todo. En sus imágenes aparecen pequeños puntos rojos, diminutos y brillantes, que se repiten con una frecuencia difícil de ignorar. No son una anomalía puntual ni un fallo de observación: son objetos que los astrónomos llevan tiempo estudiando sin haber logrado todavía una explicación convincente sobre su naturaleza.
La novedad. Un estudio publicado recientemente en The Astrophysical Journal, liderado por Devesh Nandal y Avi Loeb, del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics abre una alternativa a la interpretación más extendida. En concreto, sugiere que algunos de estos puntos rojos podrían no ser sistemas dominados por agujeros negros activos, sino estrellas supermasivas formadas en el universo temprano. En declaraciones a Live Science, Nandal sostiene que este tipo de estrellas puede explicar rasgos clave de estos objetos sin depender de la presencia de agujeros negros en crecimiento.
Antes de este giro, los llamados “pequeños puntos rojos” ya llevaban tiempo en el radar de la astronomía. El término empezó a consolidarse en estudios publicados en 2024, cuando varios equipos comenzaron a analizarlos de forma sistemática tras las primeras observaciones del Webb. No hablamos de un hallazgo reciente, sino de un enigma acumulado: en Xataka ya lo abordamos como un fenómeno difícil de encajar en los modelos actuales, con objetos muy compactos, extremadamente luminosos y presentes en el universo temprano.
La hipótesis dominante. Durante los primeros años de análisis, la explicación que más fuerza ganó fue que estos puntos rojos estaban impulsados por agujeros negros en crecimiento. En una primera fase, parte de los investigadores atribuyó su color rojo al polvo del entorno, aunque trabajos posteriores han desplazado parte de ese foco hacia el gas de hidrógeno.
Lo que empieza a no encajar. Con el paso del tiempo, algunas observaciones han ido complicando esa interpretación inicial. Varios de estos objetos no muestran emisiones claras en rayos X, una de las señales más habituales de agujeros negros activos, y sus espectros carecen de líneas metálicas intensas más allá del hidrógeno y el helio. A esto se suma “The Cliff”, uno de los objetos analizados por el programa RUBIES, que no encaja ni como galaxia convencional ni como un sistema dominado por polvo.


En ese contexto encaja la propuesta del nuevo estudio, que plantea una lectura distinta para al menos parte de estos objetos. En lugar de agujeros negros activos, algunos pequeños puntos rojos podrían ser estrellas supermasivas formadas a partir de gas primordial, compuestas casi exclusivamente por hidrógeno y helio, y observadas justo antes de colapsar. Según el modelo desarrollado por el equipo, este escenario reproduce tanto su brillo extremo como rasgos específicos de sus espectros, sin necesidad de asumir la presencia de un agujero negro en crecimiento.
El nuevo estudio no cierra el debate, más bien lo amplía. Los propios investigadores reconocen que demostrar de forma directa qué hay detrás de estos objetos sigue siendo extremadamente difícil, y otras voces de la comunidad científica insisten en que todavía no se puede descartar ninguna de las hipótesis. La presencia de agujeros negros en estos sistemas sigue sin demostrarse de forma directa y, por ahora, se infiere sobre todo a partir de su brillo y de lo abundantes que son.
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Llevamos años buscando cómo frenar la fragilidad muscular al envejecer. La respuesta estaba oculta en el ajo
El envejecimiento trae consigo una serie de peajes inevitables, y uno de los más limitantes es la pérdida de masa y fuerza muscular, que es un problema conocido como sarcopenia. Esto puede provocar que una persona no se pueda mover de manera cómoda por su casa, haciendo que tenga importantes limitaciones en su día a día. Pero ahora hemos visto que hay un compuesto en el ajo que puede ayudarnos a retrasar este envejecimiento, aunque sin llegar a ser mágico.
Un nuevo estudio. Ahora, un nuevo y prometedor estudio publicado en la prestigiosa revista Cell Metabolism ha identificado un compuesto específico derivado del ajo que mejora la función muscular relacionada con la edad. Pero hay que tener en cuenta que no hablamos del ajo crudo que le echamos a la sartén y que para muchos tiene un sabor horrible, sino de un metabolito muy particular presente en el extracto de ajo envejecido.
El protagonista. Este estudio pone el foco específicamente sobre la S-1-propenil-L-cisteína (S1PC), que es uno de los metabolitos que se genera durante el proceso de envejecimiento del ajo. Es aquí donde podemos encontrar una pequeña ayuda para poder retrasar el envejecimiento.
Pero es fundamental huir de las promesas de “elixir antienvejecimiento”, ya que comer ajo crudo a diario no te proporcionará las dosis necesarias de este compuesto para replicar los resultados. Además, hay que tener en cuenta que no es una “cura contra la vejez”, sino como una diana terapéutica sólida para combatir la fragilidad muscular y la sarcopenia.
Una sorprendente conexión. Lo más fascinante del estudio no es solo qué hace el S1PC, sino el cómo lo hace, puesto que al ingerirlo activa de manera directa una enzima llamada LKB1 que favorece que el tejido adiposo segregue una proteína clave llamada eNAMPT hacia el torrente sanguíneo.
Esta proteína es fundamental, puesto que al llegar al cerebro actúa sobre los centros de regulación del metabolismo sistémico y hace que desde el cerebro se envíen señales nerviosas y químicas que mejoran drásticamente la función del tejido muscular esquelético. Justo lo que queremos mejorar en el envejecimiento.
Sus resultados. Para comprobar que este mecanismo funciona de verdad, los investigadores realizaron ensayos tanto en modelos animales como en humanos. Aquí, los ratones envejecidos, tras administrarles el metabolito S1PC, mejoraron su fuerza muscular y redujeron los marcadores de fragilidad relacionados con el envejecimiento.
En el caso de los humanos, el equipo llevó a cabo un ensayo clínico en humanos utilizando extracto de ajo envejecido, y los resultados confirmaron que el consumo de este compuesto eleva los niveles de eNAMPT que hemos comentado antes. Pero lo más interesante es que el efecto es mayor en aquellas personas con suficiente grasa corporal, lo cual tiene sentido, puesto que esta proteína es liberada por el propio tejido adiposo.
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Dormir cuatro horas y trabajar equivale a ir a la oficina con seis cervezas de más. Salvo que tengas un ‘superpoder’
Seguramente hayas oído hablar de empresarios, políticos o genios que aseguran dormir apenas cuatro horas y despertarse como nuevos con la capacidad de ser muy productivos a lo largo del día. Esto es algo que para la medicina era simplemente una privación del sueño encubierta que pasaría factura tarde o temprano; sin embargo, las investigaciones más recientes apuntan a que es posible dormir esta cantidad de tiempo sin consecuencias. Aunque es mejor no imitarlos.
Dormidores cortos. Aquí la ciencia ha identificado una condición denominada “sueño corto natural familiar”, que hace que las personas que lo ‘sufren’ no solo duerman poco por elección, sino que su cerebro parece realizar las tareas de mantenimiento nocturno de forma mucho más eficiente. Es por ello que su sueño reparador dura mucho menos que para el resto de mortales.
La genética es la gran responsable de esta ‘habilidad’ y la ciencia no ha cesado en sus intentos por identificar las dianas que existen en el genoma. Una de ellas son los genes DEC2 y ADRB1, que fueron los primeros genes asociados a esta capacidad, puesto que se observó que los miembros de una misma familia compartían estas mutaciones y dormían unas seis horas sin efectos negativos.
Pero estos no eran únicos, ya que recientemente los investigadores han visto cómo una variante del gen SIK3 refuerza la idea de que la necesidad de sueño no es un capricho conductual, sino un rasgo biológico heredable. Para estas personas, dormir 4 o 5 horas no es un sacrificio, sino que es su estado natural. Su rendimiento cognitivo no se ve afectado y no presentan la somnolencia diurna que hundiría a cualquier otra persona.
La falsa productividad. Esto es algo excepcional, puesto que para el 99% de la población se necesitan entre 7 y 9 horas de sueño para tener un buen rendimiento cognitivo a lo largo del día. En esta situación, cuando se duermen cuatro horas de forma constante sin tener esta ventaja genética, entramos en un estado de privación crónica. Y no es algo secundario, puesto que lo peligroso es que el cerebro humano es pésimo evaluando cuánto daño está sufriendo por la falta de sueño, teniendo la idea de que “estamos bien” cuando no es así.
De hecho, la evidencia muestra que estar despierto entre 17 y 24 horas produce un deterioro cognitivo similar a tener un nivel de alcohol en sangre de 0,05% a 0,10%. En términos coloquiales, intentar rendir tras dormir cuatro horas es comparable a intentar trabajar yendo de empalme de una noche donde se han bebido varias cervezas. Y es una sensación que algunos hemos vivido con una capacidad de juicio nublado y el control emocional inestable.
El peligro. Dormir poco no solo hace que pensemos más lento, sino que también se conoce que existe una relación directa entre el sueño corto y la hipertensión arterial, la obesidad y la diabetes tipo 2. Además, durante el sueño activa sus mecanismos de ‘limpieza’ para eliminar, por ejemplo, la proteína beta-amiloide que está vinculada al alzhéimer. Es por ello que interrumpir esta limpieza no es lo mejor para poder tener un sistema nervioso eficiente.
No nos vendan la productividad. En un momento donde hay muchos vídeos en redes sociales que apuntan a que dormir mucho es una pérdida de tiempo porque nos restan productividad en el día a día, es fácil caer en las prácticas de levantarse a las cinco de la mañana y dormir pocas horas. Pero la realidad es que si ponemos en una balanza el tener una buena salud o dormir poco para tener más tiempo para trabajar, lógicamente la salud pesa más.
Es por ello que el mensaje con el que nos quedamos es que, si no estamos “preparados” genéticamente para dormir tan poco, lo mejor es evitarlo en la medida de lo posible.
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En Xataka | Si te duermes en menos de cinco minutos, no tienes un “superpoder”: es una señal de alerta de tu cerebro
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la cara B de las muestras geológicas del programa Apolo
Cuando los astronautas del Apolo 11 volvieron a la Tierra, traían con ellos un trocito de la geología de la Luna. Su objetivo no era solo conocer su composición mineral. También se buscaba analizar todas esas rocas en busca de materiales orgánicos. Esto supuso un análisis químico completo, pero también algo bastante más estrambótico: dar de comer polvo lunar a las cucarachas.
Tres tipos de snacks. Los científicos de la NASA querían saber si había rastros de vida en la roca lunar y, de paso, comprobar si esta es peligrosa para la vida que ya hay en la Tierra. Por eso, se les ocurrió elegir unas cuantas especies animales que se criasen fácil y rápido y darles de comer parte de esas rocas. Se dividieron en tres grupos. En el primero consumieron polvo lunar molido esterilizado, mezclado con su comida y agua. Los animales del segundo grupo tomaron lo mismo, pero sin esterilizar. Finalmente, el último grupo no comió polvo lunar, aunque algunos ejemplares tuvieron que caminar sobre las muestras de roca.
Un arca de Noé muy particular. Los animales elegidos para este experimento fueron codornices japonesas, gambas marrones, gambas rosas, ostras, moscas domésticas, cucarachas, polillas y peces guppys. Solos los guppys murieron. Sin embargo, después se comprobó que la causa fueron los vapores de un desinfectante que se había derramado cerca de su pecera. El regolito lunar no tuvo nada que ver.
Sin rastro de vida ni peligro. En definitiva, se vio que el polvo lunar que trajeron los astronautas del Apolo 11 no contenía compuestos orgánicos ni el más mínimo rastro de vida. Pero, además, se comprobó que no parecía ser peligroso para una gran cantidad de animales terrestres y acuáticos. Es cierto que se dice que las cucarachas podrían sobrevivir a un ataque nuclear, pero este es un mito. Además, aunque fuese verdad, se incluyeron muchos más animales, muy diferentes entre sí. Si ninguno se vio afectado, es una buena señal.
No es inocuo. A pesar de lo descubierto con este estrambótico experimento, hoy en día sabemos que el polvo lunar no es inocuo. De hecho, muchos de los astronautas que viajaron a la Luna describieron algo conocido como fiebre del heno lunar, que experimentaron cuando el polvo se quedaba aferrado a sus trajes y lo introducían en la nave. Les causaba estornudos, ojos llorosos y dolor de garganta. Esto se debe a que es un polvo muy irritante para las mucosas y las vías respiratorias. Por si fuese poco, también es muy abrasivo. Llegó a rayar los cascos de los astronautas, por lo que en los ojos causaba también muchas molestias.
El resto de las rocas. Las demás muestras y rocas procedentes de la Luna se dirigieron a fines muy distintos. Algunas se destinaron a la investigación. Otras se enviaron como obsequio a una gran cantidad de países para hacer hincapié en el objetivo colaborativo de viajar a la Luna. Las demás quedaron a buen recaudo en instalaciones de la NASA.
Aunque quizás el recaudo no fue tan bueno, si tenemos en cuenta que en 2002 tres becarios de la NASA robaron una muestra y dos de ellos esparcieron las rocas sobre la cama para tener lo más parecido a sexo en la Luna que podrían tener jamás. Ahora que recordamos esto, puede que lo de las cucarachas sea la segunda historia más graciosa en relación con las muestras de roca de la Luna. Hay situaciones que son difíciles de superar.
Imagen | Unsplash/NASA
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el problema es que nadie logra ponerse de acuerdo sobre qué son
El telescopio espacial James Webb lleva años apuntando a las regiones más remotas del universo y, con cada nueva observación, ha ido dejando al descubierto algo que no encaja del todo. En sus imágenes aparecen pequeños puntos rojos, diminutos y brillantes, que se repiten con una frecuencia difícil de ignorar. No son una anomalía puntual ni un fallo de observación: son objetos que los astrónomos llevan tiempo estudiando sin haber logrado todavía una explicación convincente sobre su naturaleza.
La novedad. Un estudio publicado recientemente en The Astrophysical Journal, liderado por Devesh Nandal y Avi Loeb, del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics abre una alternativa a la interpretación más extendida. En concreto, sugiere que algunos de estos puntos rojos podrían no ser sistemas dominados por agujeros negros activos, sino estrellas supermasivas formadas en el universo temprano. En declaraciones a Live Science, Nandal sostiene que este tipo de estrellas puede explicar rasgos clave de estos objetos sin depender de la presencia de agujeros negros en crecimiento.
Antes de este giro, los llamados “pequeños puntos rojos” ya llevaban tiempo en el radar de la astronomía. El término empezó a consolidarse en estudios publicados en 2024, cuando varios equipos comenzaron a analizarlos de forma sistemática tras las primeras observaciones del Webb. No hablamos de un hallazgo reciente, sino de un enigma acumulado: en Xataka ya lo abordamos como un fenómeno difícil de encajar en los modelos actuales, con objetos muy compactos, extremadamente luminosos y presentes en el universo temprano.
La hipótesis dominante. Durante los primeros años de análisis, la explicación que más fuerza ganó fue que estos puntos rojos estaban impulsados por agujeros negros en crecimiento. En una primera fase, parte de los investigadores atribuyó su color rojo al polvo del entorno, aunque trabajos posteriores han desplazado parte de ese foco hacia el gas de hidrógeno.
Lo que empieza a no encajar. Con el paso del tiempo, algunas observaciones han ido complicando esa interpretación inicial. Varios de estos objetos no muestran emisiones claras en rayos X, una de las señales más habituales de agujeros negros activos, y sus espectros carecen de líneas metálicas intensas más allá del hidrógeno y el helio. A esto se suma “The Cliff”, uno de los objetos analizados por el programa RUBIES, que no encaja ni como galaxia convencional ni como un sistema dominado por polvo.


En ese contexto encaja la propuesta del nuevo estudio, que plantea una lectura distinta para al menos parte de estos objetos. En lugar de agujeros negros activos, algunos pequeños puntos rojos podrían ser estrellas supermasivas formadas a partir de gas primordial, compuestas casi exclusivamente por hidrógeno y helio, y observadas justo antes de colapsar. Según el modelo desarrollado por el equipo, este escenario reproduce tanto su brillo extremo como rasgos específicos de sus espectros, sin necesidad de asumir la presencia de un agujero negro en crecimiento.
El nuevo estudio no cierra el debate, más bien lo amplía. Los propios investigadores reconocen que demostrar de forma directa qué hay detrás de estos objetos sigue siendo extremadamente difícil, y otras voces de la comunidad científica insisten en que todavía no se puede descartar ninguna de las hipótesis. La presencia de agujeros negros en estos sistemas sigue sin demostrarse de forma directa y, por ahora, se infiere sobre todo a partir de su brillo y de lo abundantes que son.
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Llevamos años buscando cómo frenar la fragilidad muscular al envejecer. La respuesta estaba oculta en el ajo
El envejecimiento trae consigo una serie de peajes inevitables, y uno de los más limitantes es la pérdida de masa y fuerza muscular, que es un problema conocido como sarcopenia. Esto puede provocar que una persona no se pueda mover de manera cómoda por su casa, haciendo que tenga importantes limitaciones en su día a día. Pero ahora hemos visto que hay un compuesto en el ajo que puede ayudarnos a retrasar este envejecimiento, aunque sin llegar a ser mágico.
Un nuevo estudio. Ahora, un nuevo y prometedor estudio publicado en la prestigiosa revista Cell Metabolism ha identificado un compuesto específico derivado del ajo que mejora la función muscular relacionada con la edad. Pero hay que tener en cuenta que no hablamos del ajo crudo que le echamos a la sartén y que para muchos tiene un sabor horrible, sino de un metabolito muy particular presente en el extracto de ajo envejecido.
El protagonista. Este estudio pone el foco específicamente sobre la S-1-propenil-L-cisteína (S1PC), que es uno de los metabolitos que se genera durante el proceso de envejecimiento del ajo. Es aquí donde podemos encontrar una pequeña ayuda para poder retrasar el envejecimiento.
Pero es fundamental huir de las promesas de “elixir antienvejecimiento”, ya que comer ajo crudo a diario no te proporcionará las dosis necesarias de este compuesto para replicar los resultados. Además, hay que tener en cuenta que no es una “cura contra la vejez”, sino como una diana terapéutica sólida para combatir la fragilidad muscular y la sarcopenia.
Una sorprendente conexión. Lo más fascinante del estudio no es solo qué hace el S1PC, sino el cómo lo hace, puesto que al ingerirlo activa de manera directa una enzima llamada LKB1 que favorece que el tejido adiposo segregue una proteína clave llamada eNAMPT hacia el torrente sanguíneo.
Esta proteína es fundamental, puesto que al llegar al cerebro actúa sobre los centros de regulación del metabolismo sistémico y hace que desde el cerebro se envíen señales nerviosas y químicas que mejoran drásticamente la función del tejido muscular esquelético. Justo lo que queremos mejorar en el envejecimiento.
Sus resultados. Para comprobar que este mecanismo funciona de verdad, los investigadores realizaron ensayos tanto en modelos animales como en humanos. Aquí, los ratones envejecidos, tras administrarles el metabolito S1PC, mejoraron su fuerza muscular y redujeron los marcadores de fragilidad relacionados con el envejecimiento.
En el caso de los humanos, el equipo llevó a cabo un ensayo clínico en humanos utilizando extracto de ajo envejecido, y los resultados confirmaron que el consumo de este compuesto eleva los niveles de eNAMPT que hemos comentado antes. Pero lo más interesante es que el efecto es mayor en aquellas personas con suficiente grasa corporal, lo cual tiene sentido, puesto que esta proteína es liberada por el propio tejido adiposo.
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Dormir cuatro horas y trabajar equivale a ir a la oficina con seis cervezas de más. Salvo que tengas un ‘superpoder’
Seguramente hayas oído hablar de empresarios, políticos o genios que aseguran dormir apenas cuatro horas y despertarse como nuevos con la capacidad de ser muy productivos a lo largo del día. Esto es algo que para la medicina era simplemente una privación del sueño encubierta que pasaría factura tarde o temprano; sin embargo, las investigaciones más recientes apuntan a que es posible dormir esta cantidad de tiempo sin consecuencias. Aunque es mejor no imitarlos.
Dormidores cortos. Aquí la ciencia ha identificado una condición denominada “sueño corto natural familiar”, que hace que las personas que lo ‘sufren’ no solo duerman poco por elección, sino que su cerebro parece realizar las tareas de mantenimiento nocturno de forma mucho más eficiente. Es por ello que su sueño reparador dura mucho menos que para el resto de mortales.
La genética es la gran responsable de esta ‘habilidad’ y la ciencia no ha cesado en sus intentos por identificar las dianas que existen en el genoma. Una de ellas son los genes DEC2 y ADRB1, que fueron los primeros genes asociados a esta capacidad, puesto que se observó que los miembros de una misma familia compartían estas mutaciones y dormían unas seis horas sin efectos negativos.
Pero estos no eran únicos, ya que recientemente los investigadores han visto cómo una variante del gen SIK3 refuerza la idea de que la necesidad de sueño no es un capricho conductual, sino un rasgo biológico heredable. Para estas personas, dormir 4 o 5 horas no es un sacrificio, sino que es su estado natural. Su rendimiento cognitivo no se ve afectado y no presentan la somnolencia diurna que hundiría a cualquier otra persona.
La falsa productividad. Esto es algo excepcional, puesto que para el 99% de la población se necesitan entre 7 y 9 horas de sueño para tener un buen rendimiento cognitivo a lo largo del día. En esta situación, cuando se duermen cuatro horas de forma constante sin tener esta ventaja genética, entramos en un estado de privación crónica. Y no es algo secundario, puesto que lo peligroso es que el cerebro humano es pésimo evaluando cuánto daño está sufriendo por la falta de sueño, teniendo la idea de que “estamos bien” cuando no es así.
De hecho, la evidencia muestra que estar despierto entre 17 y 24 horas produce un deterioro cognitivo similar a tener un nivel de alcohol en sangre de 0,05% a 0,10%. En términos coloquiales, intentar rendir tras dormir cuatro horas es comparable a intentar trabajar yendo de empalme de una noche donde se han bebido varias cervezas. Y es una sensación que algunos hemos vivido con una capacidad de juicio nublado y el control emocional inestable.
El peligro. Dormir poco no solo hace que pensemos más lento, sino que también se conoce que existe una relación directa entre el sueño corto y la hipertensión arterial, la obesidad y la diabetes tipo 2. Además, durante el sueño activa sus mecanismos de ‘limpieza’ para eliminar, por ejemplo, la proteína beta-amiloide que está vinculada al alzhéimer. Es por ello que interrumpir esta limpieza no es lo mejor para poder tener un sistema nervioso eficiente.
No nos vendan la productividad. En un momento donde hay muchos vídeos en redes sociales que apuntan a que dormir mucho es una pérdida de tiempo porque nos restan productividad en el día a día, es fácil caer en las prácticas de levantarse a las cinco de la mañana y dormir pocas horas. Pero la realidad es que si ponemos en una balanza el tener una buena salud o dormir poco para tener más tiempo para trabajar, lógicamente la salud pesa más.
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Tres tipos de snacks. Los científicos de la NASA querían saber si había rastros de vida en la roca lunar y, de paso, comprobar si esta es peligrosa para la vida que ya hay en la Tierra. Por eso, se les ocurrió elegir unas cuantas especies animales que se criasen fácil y rápido y darles de comer parte de esas rocas. Se dividieron en tres grupos. En el primero consumieron polvo lunar molido esterilizado, mezclado con su comida y agua. Los animales del segundo grupo tomaron lo mismo, pero sin esterilizar. Finalmente, el último grupo no comió polvo lunar, aunque algunos ejemplares tuvieron que caminar sobre las muestras de roca.
Un arca de Noé muy particular. Los animales elegidos para este experimento fueron codornices japonesas, gambas marrones, gambas rosas, ostras, moscas domésticas, cucarachas, polillas y peces guppys. Solos los guppys murieron. Sin embargo, después se comprobó que la causa fueron los vapores de un desinfectante que se había derramado cerca de su pecera. El regolito lunar no tuvo nada que ver.
Sin rastro de vida ni peligro. En definitiva, se vio que el polvo lunar que trajeron los astronautas del Apolo 11 no contenía compuestos orgánicos ni el más mínimo rastro de vida. Pero, además, se comprobó que no parecía ser peligroso para una gran cantidad de animales terrestres y acuáticos. Es cierto que se dice que las cucarachas podrían sobrevivir a un ataque nuclear, pero este es un mito. Además, aunque fuese verdad, se incluyeron muchos más animales, muy diferentes entre sí. Si ninguno se vio afectado, es una buena señal.
No es inocuo. A pesar de lo descubierto con este estrambótico experimento, hoy en día sabemos que el polvo lunar no es inocuo. De hecho, muchos de los astronautas que viajaron a la Luna describieron algo conocido como fiebre del heno lunar, que experimentaron cuando el polvo se quedaba aferrado a sus trajes y lo introducían en la nave. Les causaba estornudos, ojos llorosos y dolor de garganta. Esto se debe a que es un polvo muy irritante para las mucosas y las vías respiratorias. Por si fuese poco, también es muy abrasivo. Llegó a rayar los cascos de los astronautas, por lo que en los ojos causaba también muchas molestias.
El resto de las rocas. Las demás muestras y rocas procedentes de la Luna se dirigieron a fines muy distintos. Algunas se destinaron a la investigación. Otras se enviaron como obsequio a una gran cantidad de países para hacer hincapié en el objetivo colaborativo de viajar a la Luna. Las demás quedaron a buen recaudo en instalaciones de la NASA.
Aunque quizás el recaudo no fue tan bueno, si tenemos en cuenta que en 2002 tres becarios de la NASA robaron una muestra y dos de ellos esparcieron las rocas sobre la cama para tener lo más parecido a sexo en la Luna que podrían tener jamás. Ahora que recordamos esto, puede que lo de las cucarachas sea la segunda historia más graciosa en relación con las muestras de roca de la Luna. Hay situaciones que son difíciles de superar.
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