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solo una vez apostó por un científico y nos ayudó a entenderla mejor

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Si hoy pensamos en un astronauta, solemos imaginarnos a alguien con formación científica avanzada, preparado para convivir semanas o meses en un entorno desafiante, dominar sistemas complejos, robótica e incluso varios idiomas. Pero en los años sesenta, cuando la carrera espacial era una carrera de velocidad y de prestigio, el molde era otro: la NASA buscaba perfiles operativos, gente capaz de tomar decisiones bajo presión y volar máquinas que nadie había volado antes. Ese fue el patrón que marcó casi todo el programa Apolo. Y, sin embargo, hubo una excepción que rompió la norma: por primera y única vez, uno de los que pisaron la Luna fue seleccionado específicamente como científico, y eso influyó en lo que aprendimos sobre ella.

El protagonista de esta excepción fue Harrison H. “Jack” Schmitt, y su caso es único dentro del programa lunar. En el Apolo hubo astronautas con doctorados o formación técnica avanzada, sí, pero eso no los convierte automáticamente en “científicos-astronautas”. La diferencia está en el criterio de selección. Buzz Aldrin, por ejemplo, tenía un doctorado en astronáutica, pero entró en el cuerpo de astronautas por la vía habitual del piloto militar (Grupo 3), como tantos otros. En junio de 1965, según la NASA, se seleccionó un grupo específico para incorporar científicos, el Grupo 4, y Schmitt fue el único miembro de esos miembros que terminó asignado a una misión de alunizaje, Apolo 17.

El astronauta que llegó por ser científico

Antes de convertirse en astronauta, Schmitt ya trabajaba, literalmente, pensando en la Luna. Según el USGS, en 1964 se incorporó como geólogo al equipo de Astrogeology del Flagstaff Science Center tras doctorarse en Harvard, participó en el mapeo geológico lunar y lideró el proyecto Lunar Field Geological Methods, centrado en cómo hacer geología de campo aplicada a la exploración del satélite. Esa experiencia lo colocó en una posición singular dentro del programa: no era un recién llegado a la ciencia lunar. Tras su incorporación a la NASA, su contribución fue más allá del vuelo. El Florida Institute for Human and Machine Cognition subraya que organizó el entrenamiento científico lunar de los astronautas de Apolo, representó a las tripulaciones durante el desarrollo de hardware y procedimientos para explorar en superficie, supervisó la preparación final de la etapa de descenso del módulo lunar de Apolo 11, además de ejercer como científico de misión. 

Apolo 17 no fue una misión más dentro del programa. La NASA la definió como la última de las tres misiones J-type, una serie caracterizada por mayor capacidad de hardware, más carga científica y el uso del Lunar Roving Vehicle, el rover eléctrico que ampliaba el radio real de exploración. Eso explica por qué la exploración del valle Taurus-Littrow no se eligió al azar. El objetivo era ambicioso: trabajar en una zona donde pudieran encontrarse rocas más antiguas y más jóvenes que las recuperadas en misiones previas. A esa ambición científica se sumaba un diseño operativo con margen para desplegar y activar experimentos en superficie, hacer muestreos y completar tareas fotográficas y de experimentación tanto en órbita lunar como en el regreso a la Tierra.

Eugene Cernan Full A
Eugene Cernan Full A

En una entrevista con la agencia espacial japonesa (JAXA), Schmitt explica que un especialista llega con años de experiencia acumulada, y eso le permite decidir mucho más rápido qué es importante y qué no lo es. Schmitt recuerda que la NASA entrenó a sus astronautas pilotos para observar bien y comprender los problemas que estaban trabajando, pero insiste en que no hay sustituto para la experiencia, sea en geología, medicina o cualquier otra disciplina. Esa es la lógica práctica que sostiene su presencia en Apolo 17: cuando el objetivo ya no es solo llegar, sino interpretar un entorno y elegir muestras con criterio, tener en el terreno a alguien que ha hecho geología de campo durante años cambia la calidad de las decisiones.

Schmitt En La Luna 1
Schmitt En La Luna 1

Y ahí aparece uno de los episodios más recordados de Apolo 17. En mitad del trabajo de campo en Taurus-Littrow, Schmitt y Eugene Cernan identificaron el llamado “suelo naranja”, un hallazgo que generó una gran expectación en la comunidad científica. En el marco de la misión, ese material se ha descrito como vidrio volcánico o material piroclástico, y se interpreta como una evidencia especialmente clara de vulcanismo explosivo antiguo en la Luna. No era solo una rareza de color. Era una pista sobre la historia térmica y geológica del satélite, y un ejemplo perfecto de por qué la misión había buscado un lugar donde pudieran aparecer materiales distintos, más antiguos y también más jóvenes que los traídos por otras expediciones.

Astronaut Harrison Jack Schmitt American Flag And Earth Apollo 17 Eva 1
Astronaut Harrison Jack Schmitt American Flag And Earth Apollo 17 Eva 1

Si la historia de Schmitt parece rara es porque, dentro del mismo grupo de scientist-astronauts, fue el único con destino lunar. El USGS recoge que, de más de 1.000 solicitantes, se seleccionaron seis, y que tres de ellos, Joe Kerwin, Owen Garriott y Edward Gibson, acabarían volando en Skylab en 1973 y 1974. Es decir, ciencia, sí, pero lejos del alunizaje. La NASA quería reforzar el componente científico del vuelo tripulado, pero la prioridad del programa lunar seguía siendo otra y el espacio para “especialistas” era limitado. En ese contexto, Schmitt destaca no solo por pisar la Luna, sino por lo que implica: incluso dentro de un grupo creado para sumar ciencia, el alunizaje seguía siendo territorio casi exclusivo del perfil operativo.

La historia de Schmitt tiene valor precisamente porque no es solo una rareza biográfica, es un espejo. En Apolo, el astronauta ideal era un operador, y solo una vez, en el último alunizaje, ese molde se abrió para integrar a alguien seleccionado por su perfil científico. Como hemos visto, en la actualidad, la formación de astronautas está diseñada para misiones largas y complejas, con requerimientos diferentes. Y justo ahora, cuando la carrera lunar vuelve a asomar, esa pregunta recobra sentido. Desde Apolo 17, en 1972, los humanos no hemos regresado a la superficie, pero la NASA plantea un camino de vuelta con Artemis, con Artemis II como sobrevuelo tripulado y Artemis III como el alunizaje previsto si se cumplen los planes. Con China también apuntando al satélite, el regreso ya no se lee solo en clave histórica. Volver a la Luna implica decidir, otra vez, si el objetivo es llegar o comprender.

Imágenes | NASA 

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DeepSeek ya no quiere competir solo con modelos. Su nuevo frente apunta directamente al negocio de NVIDIA, según Reuters

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En poco más de un año, DeepSeek ha dejado de sonar como una rareza de la industria china para convertirse en uno de esos nombres que ya aparecen cada vez que hablamos de la carrera global de la inteligencia artificial. Primero la miramos por sus modelos, por su eficiencia y por la sacudida que provocó más allá de China. Ahora la pregunta empieza a moverse a otro terreno: qué ocurre cuando una empresa que compite en software entiende que la siguiente ventaja puede estar en los chips que hacen posible ejecutar esa IA a gran escala.

El salto al hardware. La información que abre este nuevo frente procede de Reuters. La agencia asegura, citando a tres personas familiarizadas con el asunto, que DeepSeek está desarrollando su propio chip de inteligencia artificial, orientado a tareas de inferencia y no al entrenamiento de nuevos modelos. El matiz técnico lo veremos enseguida, porque cambia bastante la lectura del movimiento. Por ahora, la cautela es obligatoria: DeepSeek no lo ha confirmado públicamente, el proyecto estaría en una fase temprana y la compañía no respondió a la solicitud de comentario de la agencia.

La clave está en la inferencia. La forma más sencilla de entenderlo es pensar en lo que ocurre después del entrenamiento. Una vez construido el modelo, cada pregunta que hacemos y cada respuesta que recibimos exige ponerlo a trabajar de nuevo. No es una operación aislada, sino una rutina que se repite millones de veces si el producto funciona. Por eso un chip pensado para esa fase no apunta tanto al prestigio técnico como a algo más terrenal: hacer que usar la IA salga más barato, sea más rápido y dependa menos de terceros.

El movimiento se entiende mejor si miramos de qué ha dependido DeepSeek hasta ahora. La compañía ha usado chips de NVIDIA y Huawei para entrenar y ejecutar sus modelos, incluida la base que sostuvo R1, entrenada sobre NVIDIA H800, un chip diseñado para el mercado chino cuya exportación a China fue prohibida por Washington a finales de 2023. Desde entonces, DeepSeek se ha apoyado cada vez más en Huawei: en abril lanzó su modelo V4 adaptado a Ascend y Huawei dijo que sus procesadores se usaron en parte del entrenamiento de V4-Flash.

DeepSeek ya no es una nota al pie: hasta hace no tanto, el debate global sobre IA parecía girar casi por completo alrededor de empresas estadounidenses como OpenAI, Google, Microsoft, Meta o Anthropic. DeepSeek cambió parte de esa conversación al demostrar que China también podía producir modelos capaces de circular fuera de su mercado doméstico y obligar a la industria a mirar hacia Hangzhou. Recordemos que la compañía fue ampliamente celebrada en China como campeona nacional de la IA.

La tendencia ya se ve en buena parte del sector. Google lleva años desarrollando sus TPU, Amazon tiene Inferentia para cargas de inferencia, Microsoft cuenta con Maia y Meta trabaja en MTIA. Reuters cita además dos movimientos recientes especialmente cercanos al caso: OpenAI anunció en junio su chip Jalapeño junto a Broadcom, también orientado a inferencia, y Anthropic estaba valorando diseñar sus propios chips. El patrón es bastante claro: las grandes compañías de IA quieren depender menos de proveedores externos y controlar mejor el coste, el rendimiento y la disponibilidad del cómputo que sostiene sus servicios.

El gran obstáculo está en fabricarlo. Diseñar un chip competitivo no es lo mismo que querer tenerlo. Desarrollar un acelerador de IA suele exigir años, mucho capital y una red de socios en diseño, fundición y memoria. Para una empresa china, además, el problema no acaba en el plano técnico: los controles de exportación de EEUU limitan el acceso a las fábricas extranjeras más avanzadas y también a la memoria de alto ancho de banda, un componente clave para este tipo de chips.

Los tiempos cambian. NVIDIA llegó al auge de la IA con una ventaja construida durante décadas: en 1999 lanzó la GeForce 256, presentada por la propia compañía como la primera GPU de la industria, y en 2006 puso en marcha CUDA, la arquitectura que ayudó a llevar el procesamiento paralelo de sus chips más allá de los gráficos. Cuando los modelos empezaron a necesitar cantidades enormes de cómputo, ya tenía el hardware y el ecosistema preparados. Durante años, para buena parte de la industria, competir en IA significó pasar por sus chips. Lo que sugiere el caso DeepSeek, con todas las cautelas, es que esa dependencia empieza a tener grietas.

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DeepSeek ya no quiere competir solo con modelos. Su nuevo frente apunta directamente al negocio de NVIDIA, según Reuters

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En poco más de un año, DeepSeek ha dejado de sonar como una rareza de la industria china para convertirse en uno de esos nombres que ya aparecen cada vez que hablamos de la carrera global de la inteligencia artificial. Primero la miramos por sus modelos, por su eficiencia y por la sacudida que provocó más allá de China. Ahora la pregunta empieza a moverse a otro terreno: qué ocurre cuando una empresa que compite en software entiende que la siguiente ventaja puede estar en los chips que hacen posible ejecutar esa IA a gran escala.

El salto al hardware. La información que abre este nuevo frente procede de Reuters. La agencia asegura, citando a tres personas familiarizadas con el asunto, que DeepSeek está desarrollando su propio chip de inteligencia artificial, orientado a tareas de inferencia y no al entrenamiento de nuevos modelos. El matiz técnico lo veremos enseguida, porque cambia bastante la lectura del movimiento. Por ahora, la cautela es obligatoria: DeepSeek no lo ha confirmado públicamente, el proyecto estaría en una fase temprana y la compañía no respondió a la solicitud de comentario de la agencia.

La clave está en la inferencia. La forma más sencilla de entenderlo es pensar en lo que ocurre después del entrenamiento. Una vez construido el modelo, cada pregunta que hacemos y cada respuesta que recibimos exige ponerlo a trabajar de nuevo. No es una operación aislada, sino una rutina que se repite millones de veces si el producto funciona. Por eso un chip pensado para esa fase no apunta tanto al prestigio técnico como a algo más terrenal: hacer que usar la IA salga más barato, sea más rápido y dependa menos de terceros.

El movimiento se entiende mejor si miramos de qué ha dependido DeepSeek hasta ahora. La compañía ha usado chips de NVIDIA y Huawei para entrenar y ejecutar sus modelos, incluida la base que sostuvo R1, entrenada sobre NVIDIA H800, un chip diseñado para el mercado chino cuya exportación a China fue prohibida por Washington a finales de 2023. Desde entonces, DeepSeek se ha apoyado cada vez más en Huawei: en abril lanzó su modelo V4 adaptado a Ascend y Huawei dijo que sus procesadores se usaron en parte del entrenamiento de V4-Flash.

DeepSeek ya no es una nota al pie: hasta hace no tanto, el debate global sobre IA parecía girar casi por completo alrededor de empresas estadounidenses como OpenAI, Google, Microsoft, Meta o Anthropic. DeepSeek cambió parte de esa conversación al demostrar que China también podía producir modelos capaces de circular fuera de su mercado doméstico y obligar a la industria a mirar hacia Hangzhou. Recordemos que la compañía fue ampliamente celebrada en China como campeona nacional de la IA.

La tendencia ya se ve en buena parte del sector. Google lleva años desarrollando sus TPU, Amazon tiene Inferentia para cargas de inferencia, Microsoft cuenta con Maia y Meta trabaja en MTIA. Reuters cita además dos movimientos recientes especialmente cercanos al caso: OpenAI anunció en junio su chip Jalapeño junto a Broadcom, también orientado a inferencia, y Anthropic estaba valorando diseñar sus propios chips. El patrón es bastante claro: las grandes compañías de IA quieren depender menos de proveedores externos y controlar mejor el coste, el rendimiento y la disponibilidad del cómputo que sostiene sus servicios.

El gran obstáculo está en fabricarlo. Diseñar un chip competitivo no es lo mismo que querer tenerlo. Desarrollar un acelerador de IA suele exigir años, mucho capital y una red de socios en diseño, fundición y memoria. Para una empresa china, además, el problema no acaba en el plano técnico: los controles de exportación de EEUU limitan el acceso a las fábricas extranjeras más avanzadas y también a la memoria de alto ancho de banda, un componente clave para este tipo de chips.

Los tiempos cambian. NVIDIA llegó al auge de la IA con una ventaja construida durante décadas: en 1999 lanzó la GeForce 256, presentada por la propia compañía como la primera GPU de la industria, y en 2006 puso en marcha CUDA, la arquitectura que ayudó a llevar el procesamiento paralelo de sus chips más allá de los gráficos. Cuando los modelos empezaron a necesitar cantidades enormes de cómputo, ya tenía el hardware y el ecosistema preparados. Durante años, para buena parte de la industria, competir en IA significó pasar por sus chips. Lo que sugiere el caso DeepSeek, con todas las cautelas, es que esa dependencia empieza a tener grietas.

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EEUU enseñó que el acceso a la IA avanzada puede cortarse. China estudia lo mismo, según Reuters, y Europa mira desde fuera

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Cuando Estados Unidos activó controles de exportación que acabaron llevando a Anthropic a desactivar Fable 5 y Mythos 5 para todos sus usuarios, quedó expuesta una realidad difícil de ignorar: el acceso a la IA avanzada puede cortarse. No porque el modelo desaparezca, ni porque deje de funcionar técnicamente, sino porque una decisión de seguridad nacional puede convertir una herramienta disponible en una capacidad condicionada. Las cosas han cambiado ligeramente desde ese entonces: los controles sobre Fable se levantaron tras nuevas salvaguardas y Mythos quedó limitado a algunas organizaciones estadounidenses de confianza, pero el precedente sigue ahí.

Ahora esa pregunta vuelve por el otro lado del tablero. Reuters cuenta que las autoridades chinas han mantenido reuniones durante el último mes con grandes tecnológicas del país para estudiar posibles restricciones al acceso exterior a sus modelos de IA más avanzados, incluidos algunos que todavía no se han lanzado. En esos encuentros participaron Alibaba, ByteDance y Z.ai, según tres personas familiarizadas con las conversaciones. De momento no hay una medida aprobada, ni calendario cerrado, ni alcance definitivo. Hay algo quizá más revelador: Pekín está discutiendo hasta dónde quiere abrir sus productos más avanzados de IA.

Lo que se discutió en esas reuniones va más allá de cerrar una API o limitar el acceso a un producto concreto. De acuerdo con la agencia, los participantes hablaron de poner límites a los modelos más avanzados, tanto cerrados como de versiones más abiertas, y también de endurecer las consecuencias para lo que denominan filtraciones o robos de tecnología propietaria de IA. Una de las fuentes consultadas señaló que esas filtraciones podrían pasar a tratarse como delitos vinculados a la estricta ley china de seguridad nacional. También se plantearon nuevas restricciones sobre quién puede financiar startups nacionales de IA.

La IA avanzada entra en la lógica del control estratégico

Hay varias razones por lo que lo mencionado no se queda únicamente dentro de las fronteras chinas. Desde la irrupción de DeepSeek R1, recordemos, la IA desarrollada en China ha ganado terreno fuera del país gracias a una combinación muy atractiva para muchas empresas: costes bajos y capacidades cada vez mayores. Alibaba tiene Qwen, ByteDance cuenta con Doubao y Z.ai ha llamado la atención en Silicon Valley con GLM-5.2, un modelo que se acerca a ofertas estadounidenses líderes a una fracción del coste. Si Pekín limita ese acceso, muchas empresas y usuarios podrían encontrarse con menos opciones y, presumiblemente, facturas más altas.

Bandera China
Bandera China

El sector de la IA chino también parece interesado en desarrollar sistemas orientados a la ciberseguridad equivalentes o superiores a los estadounidenses. Zhou Hongyi, fundador de 360, una compañía de ciberseguridad con peso entre clientes gubernamentales y empresariales, ha dicho que China necesita desarrollar su propio Mythos. La empresa llegó a presentar Tulongfeng como respuesta china a ese tipo de sistema, afirmando que es capaz de detectar una gran cantidad de vulnerabilidades.

Ahí aparece la parte más delicada del debate cuando se lo mira desde Europa. Cuando el caso Anthropic puso sobre la mesa la posibilidad de que el acceso a modelos estadounidenses quedara condicionado por Washington, algunos plantearon los modelos chinos como una alternativa posible: más baratos, cada vez más capaces y, en ciertos casos, disponibles mediante API o con pesos abiertos. La nueva información de Reuters introduce un matiz importante en esa lectura. Cambiar de proveedor puede reducir costes o abrir nuevas opciones técnicas, pero no elimina la dependencia si la capacidad crítica sigue viviendo bajo una jurisdicción extranjera.

Europa, además, ya venía pensando en esta clase de riesgo antes de que Anthropic y China ocuparan el centro de la discusión. La Comisión ha defendido la necesidad de reducir dependencias en cloud, inteligencia artificial y semiconductores, y ha vinculado esa agenda con la autonomía y la resiliencia digital del continente. En esa discusión, Bruselas ha llegado a advertir del riesgo de los “kill switches”: la posibilidad de que un proveedor extranjero o un gobierno con capacidad de presión pueda interrumpir servicios tecnológicos esenciales.

Por eso Europa mira desde fuera. Estados Unidos conserva algunos de los modelos más avanzados del mundo y ya dejó claro que el acceso a ellos puede quedar condicionado por una decisión política o de seguridad nacional. China, por su parte, ha ganado terreno con modelos más baratos y cada vez más capaces, y ahora estaría estudiando restricciones propias. El Viejo Continente está en otro lugar: tiene regulación, ambición soberana y empresas prometedoras, pero no parece tener aún un equivalente en peso comercial, adopción global y capacidad estratégica a los productos que hoy fijan el listón tecnológico.

Imágenes | Xataka con Nano Banana | Arthur Wang

En Xataka | El modelo de IA Qwen de Alibaba es la nueva joya de la corona. El único problema es que no ganan dinero con él

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