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Los países están desesperados por subir sus tasas de natalidad. Tienen un arma sencillísima de aplicar: el teletrabajo

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El envejecimiento de la población es uno de los problemas más acuciantes para las grandes economías de todo el mundo. La tasa de natalidad es un pilar en la economía de un país, ya que de ella depende la economía, el mercado laboral, la educación y la sanidad, entre otras muchas políticas.

Cuando los gobiernos hablan de “crisis de natalidad“, casi siempre recurren al mismo repertorio de soluciones: cheques bebé, deducciones fiscales o ayudas a la guardería. El problema es que, después de años aplicándolas, la fecundidad en la mayoría de países ricos sigue por los suelos. Sin embargo, un nuevo estudio plantea una nueva perspectiva: ¿y si la solución para el problema de natalidad estuviera en la forma en la que se trabaja? En ese escenario, el teletrabajo aparece como una palanca sorprendentemente potente.

Teletrabajar para tener más hijos. Un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Stanford ha descubierto que ofrecer flexibilidad laboral y teletrabajo mejora la tasa de fecundidad en parejas en las que uno de los miembros teletrabaja.

Los investigadores no midieron el número de nacimientos (natalidad), sino el indicador de fecundidad. Es decir, el número de hijos que los participantes dicen que planean tener. El resultado es difícil de ignorar porque alguien que no dispone de tiempo libre o que considera que no podría asumir la crianza de un hijo, ni se plantea tenerlo. Es decir, no existe esa predisposición, lo cual no ayuda a que la tasa de natalidad crezca.

Según el estudio, pasar de no tener opción de teletrabajo a teletrabajar cinco días por semana, se asocia con un aumento aproximado de 0,13 hijos por mujer en términos de fecundidad prevista. Eso equivale a un incremento de entre el 7% y el 8% sobre la media del grupo analizado.

Natalidad y fecundidad no son lo mismo. Cabe destacar que hablar de natalidad y fecundidad representa escenarios diferentes, y esa confusión puede distorsionar el debate.

La natalidad es el número de nacimientos que ocurren en un país durante un periodo concreto. Es el dato más habitual al hablar de natalidad ya que determina en, términos reales, el número de nacimientos anuales, y permite confrontarlo con el número de defunciones para fijar el equilibrio demográfico.

La fecundidad, en cambio, es un indicador de fondo. Representa el número de hijos que tiene (o se espera que tenga) una mujer a lo largo de su vida. Se suele expresar como Tasa Global de Fecundidad (TGF). 

La diferencia entre ambos conceptos es importante. Mientras la tasa de natalidad puede variar año a año (por ejemplo, adelantando decisiones o como respuesta a determinadas políticas) sin cambiar la tendencia estructural, la tasa de fecundidad es una métrica a largo plazo: indica si una mujer se plantea tener un solo hijo (no importa el año) o más.

Motivados para tener hijos. Ejemplos como Corea de Sur o Japón dejan constancia de lo complicado, y lo caro, que resulta cambiar una tendencia de natalidad a la baja. Es por eso que el incremento de esa intención de tener hijos, sin hacer ninguna inversión ni aplicar políticas fiscales adicionales, es muy llamativa.

Los resultados del estudio plantean que, tal vez, el camino no sea subsidiar el nacimiento de más niños, sino que la organización del trabajo de los padres sea compatible con su crianza.

No es por dinero: es por tiempo. Durante años, la respuesta política ha sido bastante predecible. Tener hijos es caro, así que hay que poner dinero encima de la mesa para aligerar esa carga. El problema es que, aunque en la mayoría de hogares necesitan dos sueldos para subsistir, el recurso realmente escaso es el tiempo para cuidar de los hijos.

El teletrabajo, y la flexibilidad horaria han reducido esa fricción diaria ya que implica menos tiempo en desplazamientos, mayor control sobre horarios y, sobre todo, mayor capacidad de reacción ante imprevistos para el cuidado de los hijos. El informe ‘Women in the Workplace’ elaborado por McKinsey mostraba que la falta de flexibilidad horaria obliga a muchas mujeres a reducir su jornada o estancar su carrera profesional.

Este punto, las conclusiones de los investigadores de Stanford encajan con los datos que Pew Research obtuvo en una encuesta anterior: incluso con las dificultades para conciliar familia y trabajo, la mayoría de los encuestados consideraban que era necesario seguir trabajando y no querían sacrificar su carrera profesional. Lo que necesitaban era un empleo que no incompatibilice la vida laboral y el cuidado de los hijos.

Necesita inversión, pero sale barato. El estudio concluye que para igualar la tasa de fecundidad que consigue el teletrabajo, sería necesario aplicar políticas fiscales e incentivos con un coste muy superior. Una guardería subvencionada puede mejorar la situación, pero ninguna de esas medidas facilita el cuidado de los hijos en el día a día, ni incentiva a las familias a tener más hijos que les compliquen todavía más la logística. La disponibilidad horaria y la flexibilidad del teletrabajo sí lo hace.

Esto no significa que la implantación del teletrabajo sea gratis. Tiene costes organizativos para las empresas, no se puede teletrabajar en todos los sectores y puede generar desigualdades entre empleados cuyos puestos sí permiten el teletrabajo y quienes no.

En Xataka | Llevamos cuatro años teletrabajando y un estudio ha llegado a una conclusión: trabajar desde casa nos hace más felices

Imagen | Pexels (Anastasia Shuraeva)

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el tiempo exacto que le queda a la Tierra en la zona habitable antes del colapso oceánico

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Desde que la humanidad tiene conciencia, se ha preguntado cuándo y cómo llegará el fin del mundo. Lejos de profecías apocalípticas, la ciencia tiene una respuesta mucho más calculada, fría e inevitable, ya que tiene claro que la Tierra tiene fecha de caducidad, o al menos la tiene su capacidad para albergar vida tal y como la conocemos.

Se ha calculado. Un clásico estudio publicado en la revista Astrobiology en 2013 por el investigador Andrew Rushby, calculó la “ventana de habitabilidad” que le queda a nuestro planeta. La cifra mágica, popularizada a partir de estos modelos físicos y climáticos, se sitúa en torno a los 1.800 millones de años, que es el valor medio que encontramos en la horquilla de entre 1.750 y 3.250 millones de años. 

El problema es que esta fecha no es del todo real, puesto que dentro de 1.800 millones de años no habrá ningún tipo de vida en nuestro planeta, pero para los seres humanos y la vida compleja la fecha de caducidad es mucho más temprana. 

El culpable. Para entender cómo los científicos llegaron a la cifra de los 1.800 millones de años, hay que mirar hacia el Sol. Y es que, como cualquier estrella de su tipo, nuestro Sol está sujeto a un proceso de evolución estelar que hace que, a medida que consume su combustible nuclear, su núcleo se contraiga y se caliente, provocando que las capas exteriores se vayan expandiendo y, por ende, su luminosidad no pare de crecer. 

Aquí el equipo de Rushby no hizo una simple predicción al azar, sino que su metodología consistió en combinar modelos de esta evolución del brillo solar con parámetros del efecto invernadero y el balance energético de la Tierra. Lo que buscaban era calcular el momento exacto en el que la Tierra saldrá de la llamada “zona habitable”. 

Un poco más allá. La zona habitable es esa franja orbital alrededor de una estrella donde las temperaturas permiten la existencia de agua líquida en la superficie de un planeta rocoso. Pero a medida que el Sol se vuelva más brillante y caliente, esa franja se va desplazando hacia los confines del sistema solar, mientras que el planeta no se mueve de su órbita. Y eso es un problema. 

Todo esto quiere decir que cuando la Tierra cruce el límite interior de esta zona, el aumento de la radiación solar disparará un efecto invernadero desbocado, similar al que sufre hoy Venus. Los efectos de esto serán la evaporación de los oceános que colaborarán en el efecto invernadero atrapando aún más el calor y acelerando el proceso hasta que la Tierra pierda su agua líquida de forma irreversible. Y con ella la vida. 

Diferentes tipos de vida. Es crucial diferenciar lo que significa “habitable” en términos astrobiológicos frente a lo que nosotros consideramos “habitable” en nuestro día a día. Un dato muy importante es que la Tierra tiene aproximadamente 4.5450 millones de años, y la vida en sus formas más simples surgió de forma sorprendentemente temprana hace unos 3.700-4.300 millones de años. 

Con todo esto queremos decir que el fin de la vida será escalonado, empezando por afectar a la vida compleja como nosotros, que somos extremadamente frágiles ante las variaciones térmicas. Esto hace que los autores subrayen que las condiciones para la vida animal y humana se perderán muchísimo antes de llegar a esos 1.800 millones de años. 

Los últimos en morir. El Apocalipsis de los 1.800 millones de años se refiere al último aliento del planeta. En ese escenario final, cuando los océanos se estén evaporando, solo los microorganismos extremófilos más resistentes podrán sobrevivir en nichos aislados como bolsas de agua subterránea a altísimas temperaturas antes de enfrentarse a la extinción total.

Mirando al futuro. Llegados a este punto, uno podría preguntarse para qué sirve calcular con exactitud cuándo se secarán los océanos dentro de eones si la humanidad actual tiene problemas más urgentes. Y la respuesta está en la búsqueda de otros planetas, puesto que con entender a la perfección cómo evoluciona la “ventana de vida” en nuestro sistema solar, los astrónomos tienen herramientas para  aplicarlas a los exoplanetas que estamos descubriendo a miles  de años luz. 

De esta manera, saber cuánto tiempo dura la habitabilidad de un planeta en función de su estrella anfitriona nos ayuda a saber dónde mirar. Quizás encontremos un planeta en la “zona habitable” de su estrella, pero si los cálculos revelan que solo lleva allí unos pocos millones de años, es probable que la vida compleja aún no haya tenido tiempo de evolucionar.

Imágenes |  Javier Miranda 

En Xataka | Ryan MacDonald, astrónomo, sobre el futuro de la Tierra: “La muerte de la estrella no es el final, sino el inicio de un nuevo capítulo”

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Vuelven a Lidl las dos máquinas de Coca Cola más top para este verano: preparan pizzas y palomitas

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Entras al Lidl y en muchas ocasiones no sabes lo que te vas a encontrar, ya que, sobre todo, su sección de Bazar suele destacar por los productos. Puedes ver alguna guitarra eléctrica, hidrolimpiadoras y máquinas de Coca Cola. Estas últimas son las más actuales, ya que tras lanzarlas de oferta hace unas semanas, han vuelto con un precio reducido:

  • Máquina de palomitas Coca Cola por 74,99 euros, ideal para disfrutar de las vacaciones de verano viendo películas.
  • Máquina de pizzas Coca Cola por 84,99 euros, perfecta para las reuniones con amigos.

Máquina de palomitas Coca Cola

La máquina de palomitas Coca Cola cuenta con un diseño retro especialmente atractivo, sus dimensiones son de 29 x 24,8 x 49 centímetros y su precio es de 74,99 euros en lugar de 169,90 euros. Incluye un caldero de acero inoxidable que se puede extraer de forma sencilla y un sistema de vertido para extraer las palomitas. Además, incorpora una manivela para girar la caldera y una cuchara medidora.

Si buscas una alternativa a esta máquina para preparar palomitas, la Cecotec Fun&Taste P’Corn Classic es un poco más barata al tener un precio de 62,90 euros. En cambio, si quieres una muy económica y con una buena cantidad de valoraciones, la Princess cuesta tan solo 23,73 euros.

Máquina de palomitas Princess

El precio podría variar. Obtenemos comisión por estos enlaces

Máquina de pizzas Coca Cola

La máquina de pizzas Coca Cola tiene un precio de 84,99 euros en lugar de 159,90 euros y es ideal para aquellos hogares que no cuenten con un horno. Viene con cuatro niveles de temperatura, sus dimensiones son de 36,5 x 35,4 x 22,3 centímetros, incluye espátula y se puede limpiar cómodamente.

Si buscas una alternativa, la Cecotec Fun Pizza&Co es más barata, ya que su precio es de 49,90 euros. También podemos encontrar la Ariete 909 que tiene más de 13.000 valoraciones en Amazon, aunque es un poco más cara que la de Coca Cola al tener un precio de 94,99 euros.


El precio podría variar. Obtenemos comisión por estos enlaces

Algunos de los enlaces de este artículo son afiliados y pueden reportar un beneficio a Xataka. En caso de no disponibilidad, las ofertas pueden variar.

Imágenes | Lidl y Compradicción (cabecera), Coca Cola

En Xataka | ¿Frigorífico americano o Combi de 70 cm? Ojo con equivocarse al comprar litros que igual no puedes usar

En Xataka | Qué proyector de cine en casa comprar, ¿cuál es mejor?

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