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¿Estornudas al comer chocolate negro? No es una alergia, es un “bug” en tu ADN heredado de los neandertales

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Comprar una tableta de chocolate con un 90% de cacao para llegar a casa y meter el primer trozo en la boca para tener ese golpe amargo y placentero que muchos buscan. Pero lo que se encuentra uno es una serie de estornudos como si de una alergia se tratara. Si te has sentido identificado con esta microhistoria, no eres alérgico al cacao, sino que eres parte de una curiosa minoría víctima de un “cortocircuito” neurológico que la ciencia ha estudiado y que podría conectar directamente con los neandertales. 

Un cruce de cables. A veces el cuerpo nos da muchas sorpresas, como por ejemplo estornudar cuando nos da un poco el sol tras salir de casa. Pero si nos centramos en el chocolate, la realidad es que no hablamos de una respuesta inmunológica con histamina de por medio. La explicación más aceptada por la comunidad científica reside en el nervio trigémino.

El trigémino es uno de los nervios más importantes que tenemos y que es el encargado de transmitir la información sensitiva de la cara al cerebro. En el caso de que comamos chocolate negro, especialmente con una pureza superior al 70%, compuestos como la teobromina y la cafeína estimulan intensamente los receptores del gusto. 

La teoría. Lo que se plantea ahora mismo es que en ciertas personas esta señal es tan potente que el nervio trigémino se “confunde”. De esta manera, al pasar cerca del nervio óptico y de las vías respiratorias, el cerebro interpreta esa explosión de sabor amargo e intenso como un irritante nasal o una señal visual potente, desencadenando el estornudo para “expulsar” la supuesta amenaza.

La conexión solar. Como hemos comentado anteriormente, hay un fenómeno bien documentado en el que un 25-30% de la población estornuda al mirar una luz brillante como la del Sol. Esto es lo que se conoce como reflejo de estornudo fótico y la ciencia cuenta con un gran respaldo para afirmar que se debe a una hiperexcitabilidad en la corteza visual. 

Pues bien, el estornudo por chocolate parece ser una variante o un “primo hermano” de este reflejo fótico. De hecho, es bastante probable que si una persona estornuda con el chocolate, también lo haga al salir de casa en un día soleado. Ambos son fallos en el filtrado de señales en el nervio trigémino. 

Herencia neandertal. Según explicó el biólogo Gerry Ward en una entrada de blog archivada, este rasgo no es un error aleatorio que hay en la población, sino que es una herencia directa en nuestro material genético, y llega a ir un paso más allá al apuntar que puede provenir directamente de los neandertales. 

La hipótesis que hay encima de la mesa es que, en tiempos prehistóricos, este reflejo actuaba como un mecanismo de defensa para limpiar las vías respiratorias ante sabores u olores desconocidos y que podían ser peligrosos. De esta manera, lo que hoy es una gran molestia al comer un simple postre, hace 40.000 años podría haber sido una gran ventaja evolutiva que marcó la supervivencia de ciertos individuos. 

Es más complejo. Aunque en divulgación casi siempre se cae en la gran simplicidad, los datos genéticos son complejos. En este caso, la teoría de Ward ubicaba al gen responsable en el cromosoma 11, pero posteriormente los datos de 23andMe, la famosa compañía de análisis genético, identificaron marcadores específicos asociados a este fenómeno en el cromosoma 12. Pero posteriormente esto cambió, puesto que los estudios sobre el reflejo fótico apuntaban a variaciones en los cromosomas 2 y 3

Esto sugiere que el rasgo es poligénico puesto que no hay un único “interruptor” del estornudo, sino varios componentes genéticos que aumentan la probabilidad de sufrirlo.

Cuántos lo sufren. Aunque a priori se puede escuchar que este es un ‘problema’ que está presente en el 30% de la población, la realidad es que esta cifra corresponde al reflejo fótico relacionado con la luz solar. 

El estornudo provocado específicamente por el chocolate negro es mucho más exclusivo, puesto que, según los datos recopilados por 23andMe entre sus usuarios, solo alrededor del 1% de la población reporta estornudar sistemáticamente tras consumir chocolate negro. De esta manera, estamos ante un club selecto dentro del grupo más amplio de los que estornudan por la luz.

Imágenes |  Tetiana Bykovets Towfiqu barbhuiya

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China plantó 66.000 millones de árboles donde antes solo había arena. Medio siglo después crecen más rápido que los bosques naturales

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Durante décadas, los grandes proyectos para detener el avance de los desiertos han compartido el mismo problema: muchos árboles mueren antes de cumplir su objetivo. La excepción la tenemos en el norte de China, donde una iniciativa iniciada hace casi medio siglo no solo ha logrado mantenerse viva, sino que se ha convertido en uno de los mayores experimentos ecológicos del planeta. 

No era un proyecto para salvar el clima. Cuando China puso en marcha la Gran Muralla Verde en 1978, el cambio climático apenas formaba parte del debate internacional. El objetivo, de hecho, era mucho más inmediato: detener el avance del desierto del Gobi y reducir las tormentas de arena que cada año castigaban el norte del país. 

Hoy, casi medio siglo después, aquella decisión está ofreciendo un resultado que nadie contemplaba entonces y que ahora está obligando a revisar algunas ideas sobre la reforestación.

El mayor experimento forestal del planeta. Durante las últimas cinco décadas, China ha plantado alrededor de 66.000 millones de árboles para crear una inmensa barrera vegetal entre los desiertos del Gobi y Taklamakán y las zonas habitadas. El proyecto sigue creciendo y todavía prevé incorporar decenas de miles de millones de árboles más hasta 2050. 

Lo que comenzó como una medida para frenar la desertificación ha terminado convirtiéndose, casi sin pretenderlo, en un laboratorio a escala continental sobre cómo evolucionan los bosques creados por el ser humano.

Great Green Wall Of China Topography
Great Green Wall Of China Topography

Mapa topográfico de la Gran Muralla Verde de China, 2023 (secciones noroeste y norte)

Lo inesperado apareció al comparar. Ahora, un equipo de investigadores de la Universidad de Pekín recurrió a imágenes de satélite para analizar la evolución del índice de área foliar, un indicador estrechamente relacionado con el crecimiento de los árboles y su capacidad para captar carbono. 

Los resultados fueron mucho más que sorprendentes. Los bosques plantados estaban aumentando su masa foliar un 66% más rápido que los naturales y, cuando los investigadores eliminaron el efecto de la edad comparando masas forestales similares, la ventaja seguía existiendo con un crecimiento un 4,6% superior.

Global Movement Of Dust From An Asian Dust Storm Animation
Global Movement Of Dust From An Asian Dust Storm Animation

Movimiento global del polvo procedente de una tormenta de polvo asiática

La explicación va mucho más allá de plantar. Parte de esa diferencia se explica porque los árboles jóvenes crecen más deprisa que los maduros. Sin embargo, el estudio apunta a otros factores igual de importantes. 

Por ejemplo, la selección de especies de rápido crecimiento, el mantenimiento continuo, la eliminación de vegetación competidora y una gestión forestal mucho más intensiva que parece potenciar la respuesta de estos bosques al aumento del dióxido de carbono presente en la atmósfera.

No todo son buenas noticias. No solo eso. Los investigadores también comprobaron que esa ventaja tiene un límite. Al parecer, el crecimiento acelerado alcanza su punto máximo cuando los árboles tienen entre 30 y 40 años y después comienza a reducirse de forma apreciable. 

Mientras tanto, los bosques naturales mantienen un desarrollo mucho más constante y siguen acumulando carbono durante periodos mucho más largos, lo que los convierte en ecosistemas mucho más resilientes a largo plazo.

La lección es más compleja de lo que parece. Por supuesto, el estudio no concluye que los bosques artificiales sean mejores que los naturales, ni mucho menos. Sin embargo, lo que sí demuestra es que los modelos climáticos simplifican demasiado el papel de las reforestaciones, al tratar todos los bosques prácticamente por igual. 

Si se quiere también, la experiencia de la Gran Muralla Verde sugiere que tan importante como plantar árboles es decidir cuándo hacerlo, qué especies utilizar y cómo gestionar esos bosques durante décadas si realmente se quiere maximizar su contribución frente al cambio climático.

Imagen | United Nations, Janwillemvanaalst 

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¡El Otro Mundial llega a su fin! Adal fulmina a Maná y a Inglaterra, Chuponcito da las NIUS y en entrevista Kikín Fonseca

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Si vas a ver el eclipse de este 12 de agosto, la ciencia te necesita

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La Generalitat de Cataluña, el Institut d’Estudis Espacials de Catalunya (IEEC) y el Vall d’Hebron Institut de Recerca (VHIR) acaban de anunciar una iniciativa de ciencia ciudadana dirigida a analizar cómo afecta un eclipse solar total a la salud y la fisiología de los seres humanos. Hay bastantes datos de cómo afectan estos fenómenos astronómicos a otros animales, pero de los humanos no hay apenas información. Por eso, estas instituciones han lanzado la aplicación Solaris, con la que esperan reunir a unas 5.000 personas para participar en un estudio cuyos resultados se conocerán a finales de septiembre.

Los requisitos. Para participar en este proyecto de ciencia ciudadana hay que cumplir una serie de requisitos. En primer lugar, es necesario descargarse la aplicación Solaris y tener un smartwatch o cualquier dispositivo de actividad similar que mida, como mínimo, el ritmo cardíaco. Se deben tomar datos durante cinco días consecutivos: los dos días previos al eclipse solar del 12 de agosto de 2026, la jornada del eclipse y los dos días posteriores. Es importante que las grabaciones tengan referencias temporales y, también, que no se practique ejercicio intenso durante las medidas. 

Lo que se quiere medir. Principalmente, a los responsables de esta investigación les interesa saber cómo afecta experimentar un eclipse solar al ritmo cardíaco y la frecuencia respiratoria. En este tipo de eventos coinciden dos factores importantes. Por un lado, la emoción de ver algo nuevo, que en muchas ocasiones no se ha presenciado jamás. Y, por otro, la incoherencia de un corto anochecer en pleno día. Que la luz desaparezca cuando no procede para luego aparecer de nuevo unos minutos después puede afectar a los mecanismos involucrados en los ritmos circadianos. Es cierto que es algo muy puntual, pero sería interesante comprobar si realmente se producen efectos detectables a nivel fisiológico.

Los resultados. El eclipse solar total tendrá lugar el 12 de agosto. Una vez sincronizada la aplicación con el reloj inteligente, los datos llegan directamente a los investigadores, gracias a la tecnología OneCareAI, que permite la recogida de datos de forma segura y anónima. Una vez con todos los datos recopilados, se procesarán para llevar a cabo un primer borrador del estudio, que se hará público a finales de septiembre. Los participantes no tardarán mucho en conocer los resultados.

¿Y los animales qué? Hay muchísima información documentada sobre cómo afecta un eclipse solar total a los animales. Por ejemplo, se ha visto que los pájaros cantan mucho, los perros ladran y el ganado se dirige a los establos, para luego volver al pasto de nuevo. También se ha detectado actividad en animales nocturnos, como los murciélagos o algunas aves. Cuando se hace de día, vuelven de nuevo a sus escondites, claramente confusos. Incluso se ha documentado cómo afectan los eclipses a algunas plantas, que normalmente tienden a abrir sus flores por la noche. Aunque aún no sea la hora, a menudo vemos cómo las flores se dejan ver antes de tiempo por efecto de la oscuridad.

Más allá de todo esto, no tenemos ni idea de cómo nos afectará el eclipse solar a nosotros mismos. Gracias a este estudio catalán, tendremos información por primera vez. Nunca se ha hecho nada parecido en todo el mundo. ¿Te animas a participar?

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