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ha hecho tanto viento en España que los aerogeneradores se han desconectado
España se ha despertado este miércoles, 28 de enero de 2026, bajo los efectos de un temporal de frío, nieve y viento que ha ido más allá de los colapsos en las carreteras. La borrasca Kristin no solo ha cubierto de blanco el centro de la Península, provocando grandes atascos y un repunte del teletrabajo en Madrid, sino que ha forzado al operador del sistema, Red Eléctrica de España (REE), a ejecutar medidas de urgencia para evitar que el equilibrio eléctrico se viera comprometido.
Dos horas de tensión. Entre las 08:00 y las 10:00 de la mañana, REE se vio obligada a activar el llamado Servicio de Respuesta Activa de la Demanda (SRAD). El motivo fue un desajuste puntual pero severo entre la generación y la demanda disponible. Según datos del operador, el sistema sufrió un déficit de algo más de 2 gigavatios (GW).
La previsión apuntaba a una potencia en funcionamiento de 38.526 MW, pero la realidad se quedó en un pico de 36.517 MW a las 08:50 horas. Este desajuste, que se conoce técnicamente como un problema en las llamadas “rampas de la mañana“, se debió a un fenómeno paradójico: el exceso de viento. Aunque la eólica es una pieza clave del mix eléctrico, cuando las rachas superan determinados umbrales de seguridad los aerogeneradores deben desconectarse para evitar daños estructurales.
El “apagón eólico”. Este fenómeno hizo que la producción real se desplomara hasta los 7.500 MW, frente a los 12.500 MW inicialmente previstos. A este factor se sumó un “efecto secundario” desde Portugal, donde el temporal también causó estragos, obligando a reducir las importaciones de electricidad hacia España de 2.300 MW a apenas 800 MW.
Como explica el experto en energía eólica Sergio Fernández Munguía en sus redes sociales, esta desconexión no es una anomalía, sino un mecanismo automático de protección. En situaciones de vientos extremadamente fuertes, superiores a los límites operativos de los aerogeneradores —en torno a los 25 metros por segundo, unos 90 kilómetros por hora—, las turbinas se paran de forma preventiva para garantizar su integridad. Un límite físico que convierte al viento extremo en un factor de riesgo operativo para la generación renovable.
El “botón rojo” para la industria. El SRAD es el sucesor de la antigua “interrumpibilidad”. Se trata de un mecanismo recogido en el Procedimiento de Operación (PO) 7.5 que permite a REE ordenar a grandes consumidores industriales que reduzcan o detengan temporalmente su consumo para aliviar la red y garantizar los niveles de reserva.
En el servicio participan en torno a una treintena de empresas de distintos sectores y tamaños, con una demanda mínima de 1 MW. Estas compañías reciben una retribución tanto por estar disponibles como por cada activación efectiva. En la última subasta, celebrada el 28 de noviembre de 2025, se adjudicaron 1.725 MW para el primer semestre de 2026, con un coste total de 255 millones de euros que acaba repercutiendo en el recibo de la luz de los consumidores.
La ejecución de este miércoles se realizó en dos bloques. El primero, de 865 MW, a un precio de 116,47 euros por MWh; y un segundo bloque de 860 MW a 120,90 euros por MWh. En total, se paralizaron 1.725 MW de potencia industrial, el máximo disponible en este periodo.
El papel del gas y las críticas al sistema. Ante la caída de la eólica y la prácticamente nula producción solar a esas horas tempranas, el sistema dependió del respaldo del gas. Los ciclos combinados pasaron de generar unos 3.000 MW a las 6:00 de la mañana a más de 8.000 MW a las 9:00. Sin embargo, este esfuerzo no fue suficiente para compensar completamente la pérdida de generación renovable.
Según fuentes del sector consultadas por El Periódico de la Energía, una veintena de centrales de ciclo combinado —alrededor de 8.000 MW adicionales— no estaban acopladas ni en reserva operativa inmediata, lo que impidió su entrada rápida en el sistema y precipitó la orden de detener el consumo industrial.
¿Qué podemos esperar en los próximos meses? Pese a lo aparatoso de la medida, el mensaje oficial es de calma. Red Eléctrica ha subrayado en sus comunicados que “la continuidad del suministro no se ha visto en ningún momento comprometida” y que la activación del SRAD tiene como único objetivo garantizar los niveles de reserva de seguridad del sistema.
No obstante, el escenario para 2026 plantea retos relevantes. El operador estima que durante este primer semestre podrían emitirse en torno a una veintena de órdenes de activación del SRAD si se repiten situaciones de estrés similares. Este mecanismo no es el último eslabón de la cadena de seguridad, pero sí una defensa crítica ante variaciones abruptas de potencia en un sistema con una elevada penetración de energías renovables variables.
El reto de la intermitencia. Lo ocurrido este miércoles vuelve a poner sobre la mesa los desafíos de operar un sistema eléctrico cada vez más dependiente del clima. La rápida activación del SRAD y el respaldo del gas evitaron males mayores, pero el episodio refuerza la necesidad de contar con reservas firmes —como la hidráulica y los ciclos combinados— y con mecanismos de flexibilidad industrial capaces de blindar la red ante los imprevistos meteorológicos del futuro.
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Italia plantó millones de abetos para proteger los Alpes. 90 años después han descubierto que la biodiversidad se ha reducido a la mitad
El ecólogo Aldo Leopold escribió una frase que acabaría marcando toda la conservación moderna en 1949: “mantener cada pieza es la primera regla de la inteligencia ecológica”. La dijo décadas antes de que la ciencia pudiera medirlo, pero hoy estudios como el de los Alpes italianos demuestran hasta qué punto quitar piezas de un ecosistema puede parecer invisible… hasta que pasan generaciones.
Un bosque que parecía una solución. En los años treinta, la Italia de Benito Mussolini decidió que la mejor manera de estabilizar los Alpes era cubrirlos de árboles. La lógica parecía impecable: frenar la erosión, asegurar madera para el futuro y exhibir una imagen de orden y productividad nacional.
Para ello eligieron la pícea noruega, una conífera de crecimiento rápido, tronco recto y madera rentable. Miles de hectáreas de praderas alpinas y bosques autóctonos fueron arrasadas para plantar hileras densas y homogéneas de esta especie. Durante décadas, aquella decisión se vendió como un éxito de ingeniería forestal. Desde lejos, esos bosques verdes parecían saludables. Pero casi un siglo después, la ciencia ha descubierto que bajo esa apariencia se escondía un empobrecimiento silencioso.


Noventa años después, la factura ecológica. El estudio, liderado por el ecólogo Gianalberto Losapio y publicado en la revista Ecology, analizó dos zonas de los Prealpes italianos, cerca del Lago de Como: Monte Bisbino y Alpe del Vicerè. Allí, los investigadores compararon tres hábitats vecinos: las plantaciones de pícea, bosques caducifolios nativos y pastizales alpinos tradicionales.
Durante cinco meses de trabajo de campo identificaron 136 especies vegetales y 201 especies de artrópodos. Los resultados fueron demoledores. En las plantaciones había una mediana de solo siete especies de plantas por parcela, frente a 18,5 en bosques autóctonos y 37 en praderas. Traducido: más de un 50% menos diversidad que en los bosques naturales y casi un 75% menos que en los pastos.
El problema de plantar un solo tipo de árbol. El gran error fue creer que más árboles equivalía automáticamente a más naturaleza. La monocultura funciona bien para producir madera, pero es una trampa ecológica. Cuando un paisaje se llena de una sola especie, la complejidad desaparece, porque cada planta, insecto y microorganismo cumple un papel en el ecosistema.
Reducir esa variedad implica reducir resistencia frente a enfermedades, plagas o fenómenos extremos. En los Alpes italianos, los paisajes diversos fueron sustituidos por bloques uniformes de coníferas, y el resultado fue una simplificación brutal de la red ecológica. Lo que parecía reforestación acabó siendo una sustitución de biodiversidad por productividad.

A: Ubicación de los sitios de estudio. B: Imagen satelital del sitio de Monte Bisbino. C: Imagen satelital del sitio de Alpe del Vicerè. Las imágenes satelitales B y C representan la ubicación de las parcelas fijas. «SM» = plantaciones de monocultivo de abeto rojo, «DF» = bosque caducifolio nativo y «GR» = pastizal (pradera/pastizal de montaña). Datos del mapa: Google, Maxar Technologies
La oscuridad como arma silenciosa. La pícea noruega tiene una característica clave: es perenne. Mientras hayas, arces o castaños pierden la hoja y permiten que la luz llegue al suelo en primavera, la pícea mantiene una cubierta cerrada todo el año.
No es baladí. De hecho, esa diferencia lo cambia todo. Muchas plantas alpinas florecen precisamente en esa ventana de luz temprana, antes de que el dosel forestal se cierre. Bajo una plantación de píceas, esa oportunidad desaparece porque el suelo permanece en sombra constante y muchas especies simplemente no pueden sobrevivir. Es decir, no es una competencia abierta, es una exclusión física y permanente.
El suelo también se transformó. Hay más, porque el daño no se quedó en la superficie. Las agujas de la pícea acidifican el suelo al acumularse durante décadas. Los investigadores encontraron un 25% más de carbono orgánico en estas plantaciones, aunque eso no significaba mayor fertilidad. Era justo lo contrario: la materia orgánica se descomponía más despacio, señal de menor actividad biológica.
No solo eso. El equilibrio entre carbono y nitrógeno también estaba alterado, indicando un ciclo de nutrientes más lento y menos eficiente. En términos simples, el bosque seguía acumulando restos porque el sistema había perdido capacidad para reciclarlos. Era un ecosistema atascado.


Un bosque más pobre y frágil. Más allá del número de especies, los científicos midieron algo aún más importante: la “uniformidad funcional”, es decir, cómo se reparten los papeles ecológicos dentro de la comunidad vegetal. En las plantaciones de pícea, este índice era un 30% más bajo que en los bosques naturales.
Eso significa menos equilibrio y más vulnerabilidad. No se trata solo de que haya menos especies, sino más bien de que faltan funciones enteras dentro del sistema. Algunos nichos quedaron vacíos y muchos trabajos ecológicos dejaron de hacerse. Dicho de otra forma, el bosque sigue ahí, pero funciona peor.
Ni siquiera creó un ecosistema nuevo. Contaban los investigadores del estudio que uno de los hallazgos más reveladores fue comprobar que estas plantaciones no generaron una comunidad nueva adaptada a la pícea. De hecho, no aparecieron especies boreales especializadas ni se construyó un nuevo equilibrio.
No, lo que encontraron fue una versión mutilada del bosque original: las mismas especies de siempre, pero menos numerosas y diversas. La pícea no trajo una nueva vida, simplemente erosionó la que ya existía.
Los insectos resistieron mejor, pero con matices. El único dato menos alarmante apareció en los artrópodos del suelo. Su diversidad apenas variaba entre plantaciones y bosques naturales. ¿Razones? Los científicos creen que esto se debe a su movilidad y a su capacidad para moverse entre hábitats cercanos.
Sea como fuere, incluso aquí hay cautela entre los expertos. La química del suelo apunta a que la actividad microbiana y la red más fina de vida subterránea también han cambiado, aunque no se midieran directamente. La superficie puede dar una imagen de recuperación parcial, pero el subsuelo sigue contando otra historia.
La lección global que llega demasiado tarde. Si se quiere también, lo ocurrido en Italia no es una rareza histórica. Hoy, buena parte de los compromisos mundiales de reforestación siguen exactamente este modelo: plantar rápido, barato y uniforme para cumplir objetivos climáticos y contables. Según estudios previos citados por los autores, la mitad de las áreas comprometidas para restauración forestal en el mundo son monocultivos de especies no nativas.
Aunque es una fórmula eficiente en el corto plazo y tentadora para gobiernos y empresas, la experiencia de los Alpes italianos demuestra que el coste ecológico tarda décadas en aparecer, y que cuando lo hace, ya es demasiado tarde. Los árboles siguen en pie y la sombra sigue bloqueando la vida.
Y noventa años después, muchas de las especies que fueron expulsadas siguen sin volver.
Imagen | Bernini123, PXHere, Google, Maxar Technologies
En Xataka | Hay científicos provocando terremotos aposta en los Alpes y tienen un buen motivo para ello
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Hoy en Disney+, la película que pese a superar los mil millones en taquilla ha dejado en el aire la continuidad de su franquicia
‘Avatar: Fuego y ceniza’, la tercera entrega de la milmillonaria saga de James Cameron, aterriza en Disney+. Una película que se abre con una declaración contra la IA, introduce al primer gran villano Na’vi de la franquicia y deja en el aire el futuro de dos secuelas, secuelas que pese a las extraordinarias recaudaciones de las películas de la franquicia, aún no tienen garantizada su supervivencia.
La película retoma la historia donde la dejó ‘El camino del agua’: los Sully, en duelo por la muerte de su hijo mayor Neteyam, intentan proteger a otro miembro de la familia mientras se enfrentan a dos amenazas simultáneas. La RDA regresa con refuerzos y además aparecen los Mangkwan, conocidos como el Pueblo de la Ceniza: un clan Na’vi volcánico que ha renegado de la entidad espiritual que vertebra toda la cosmología de Pandora. Es la primera vez en la franquicia que los Na’vi ocupan el rol de antagonistas, lo que rompe la estructura moral de los dos primeros films: hasta ahora, solo los humanos eran los agresores.
Los efectos visuales de la película corrieron a cargo de Wētā FX, el estudio de Nueva Zelanda que estuvo vinculado a Peter Jackson. El equipo firmó 3.132 planos de efectos visuales, y el proceso de renderizado acumuló 1.248 millones de horas de computación. Una de las innovaciones técnicas clave para la película fue Kora, un conjunto de herramientas para simulaciones de combustión química, desarrollado para resolver un problema que ya habían detectado en ‘El camino del agua’: el fuego fotorrealista era extraordinariamente difícil de manejar para los artistas. Kora facilita notablemente la creación de este tipo de imágenes.
En su fin de semana de apertura, la película recaudó 347 millones de dólares en todo el mundo, y ya lleva recaudados 1.490. Es la cuarta película de Cameron en superar los mil millones, tras ‘Avatar’, ‘Avatar: El camino del agua’ y ‘Titanic’. Las tres películas de la saga suman más de 6.000 millones de dólares en taquilla mundial, lo que la convierte en la primera trilogía de la historia en alcanzar esa cifra. Sin embargo, los cálculos dicen que Disney necesitaba superar los mil millones para tener beneficios, y esa cifra cada vez se supera de forma más ajustada. Sin duda, un obstáculo en el camino de una ambiciosa historia que podría no llegar a contar todo lo que Cameron tiene en cartera.
En Xataka | Hoy en Prime Video, una película de catástrofes que perdió 45 millones en cines pero que arrasa en streaming
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