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Europa produce más electricidad limpia que fósil por primera vez. Lo difícil empieza ahora

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Durante años, la transición energética europea avanzó sin desbancar del todo a los combustibles fósiles. El año pasado marcó ese punto de inflexión. De acuerdo con el informe European Electricity Review 2026, la eólica y la solar generaron el 30% de la electricidad de la UE en 2025, superando por primera vez al carbón, el gas y el petróleo juntos, que bajaron al 29%.

Como explica la Dra. Petrovich de Ember, estamos ante un crecimiento de récord. No es normal pasar de una cuota del 20% al 30% en solo cinco años, pero las cifras están ahí. El mapa energético está cambiando: ya son 14 los países de la UE donde el viento y el sol generan más que el gas o el carbón. En este escenario, España, Grecia o Hungría ya juegan en la liga de las potencias solares.

Más allá de la estadística. El hito no implica que Europa haya dejado atrás los combustibles fósiles ni que el gas haya desaparecido del sistema, sino que cambia la jerarquía del mix eléctrico. Por primera vez, las energías renovables variables pasan a ocupar el centro del mix eléctrico, mientras que los fósiles quedan relegados a un papel de respaldo técnico y de seguridad. Según Ember, las energías renovables en su conjunto aportaron el 48% de la electricidad de la UE en 2025, prácticamente la mitad del total, una cifra que se mantuvo estable incluso en un año marcado por condiciones meteorológicas adversas, con menos viento y menos lluvia de lo habitual.

El carbón, el combustible más contaminante del sistema, continúa su retirada. En 2024 cayó hasta el 9,2% del mix eléctrico europeo, un mínimo histórico frente a casi el 25% que representaba hace una década. El gas, por su parte, repuntó ligeramente respecto a 2024, aunque sigue un 18% por debajo de su máximo de 2019, lo que confirma que su papel en el sistema es cada vez más residual. Este reequilibrio tiene consecuencias que van más allá del mix energético: la dependencia de combustibles fósiles importados sigue siendo el principal foco de inestabilidad de precios y vulnerabilidad estratégica en Europa, incluso al margen del debate climático.

Cinco años que lo cambiaron todo. El sorpasso —como se ha empezado a llamar en el sector— no es el resultado de un invierno suave ni de un golpe de suerte meteorológico. Es la consecuencia de un crecimiento sostenido, especialmente de la energía solar, durante la última década, acelerado de forma muy notable en los últimos cinco años. 

De acuerdo con el informe, la generación solar creció un 20,1%, siendo este el cuarto año consecutivo con incrementos superiores al 20%, una tasa de crecimiento sin precedentes en la historia energética europea. En términos absolutos, la solar alcanzó 369 teravatios hora (TWh), más del doble que en 2020, y solo el aumento anual de 2025 equivale a la producción eléctrica de tres reactores nucleares franceses.

Un crecimiento vertiginoso. Esta expansión responde principalmente a la capacidad instalada. En 2025 se añadieron 65,1 GW de nueva potencia solar en la UE, repartidos casi a partes iguales entre grandes plantas y autoconsumo en tejados. Todos los países comunitarios incrementaron su producción solar, y en varios de ellos —Hungría, Chipre, Grecia, España y Países Bajos— el sol ya aporta más del 20% de la electricidad nacional

En cuanto a la eólica, aunque más afectada por las condiciones climáticas de principios de año, se mantiene como la segunda mayor fuente eléctrica de la UE, con un 17% del total, por encima del gas. El sistema, por tanto, empieza a apoyarse de forma estructural en renovables variables, algo impensable hace apenas una década.

El reverso del éxito: cuando el gas sigue marcando el precio. Pese al avance histórico de la eólica y la solar, 2025 dejó claro que el gas sigue teniendo un peso desproporcionado en el sistema eléctrico europeo, especialmente en la formación de precios. Según el think tank, la generación eléctrica a gas aumentó un 8% en la UE, principalmente para compensar la caída de la energía hidroeléctrica provocada por la sequía, y este mayor uso del gas elevó la factura de importación del sector eléctrico hasta los 32.000 millones de euros, un 16% más que el año anterior.

El impacto fue especialmente visible en los mercados eléctricos. Ember detecta que los picos de precios se concentran en las horas con mayor uso de gas, mientras que las horas con abundancia de solar y viento tienden a abaratar la electricidad. En 21 países europeos, los precios mayoristas subieron en 2025, impulsados casi exclusivamente por estas franjas horarias fósiles. Aquí es donde entra la paradoja del sistema actual: aunque el gas ya no domina por volumen, sigue marcando el precio marginal del mercado en los momentos críticos. En otras palabras, a pesar de la sobreoferta, la estructura de precios sigue condicionada por el combustible fósil cuando faltan viento o sol.

La nueva frontera energética. El informe de Ember dedica un capítulo entero a lo que considera el próximo gran frente de la transición: el almacenamiento y la flexibilidad del sistema. Sin estas piezas, advierte, el sorpasso corre el riesgo de quedarse en una victoria estadística. Este era uno de los grandes déficits de la transición europea: invertir masivamente en generación sin hacerlo al mismo ritmo en redes y almacenamiento. Las baterías emergen ahora como la pieza que conecta el éxito renovable con precios estables y seguridad del suministro.

El año pasado, la UE superó por primera vez los 10 GW de baterías a gran escala en operación, más del doble que en 2023. Además, existe una cartera de proyectos que podría elevar esa cifra por encima de los 40 GW si se ejecuta íntegramente. Las primeras señales ya son visibles en países como Italia, donde las baterías han empezado a cubrir parte de la demanda en horas punta de gas, reduciendo precios y desplazando generación fósil. 

Cuellos de botella físicos: la infraestructura europea. No es solo una cuestión de cuánta energía se genera, sino de por dónde entra y cómo circula dentro del continente. Europa ha reducido su dependencia directa del gas ruso, pero sigue enfrentando limitaciones físicas en terminales, redes de transporte y conexiones transfronterizas. Esta sustitución del gas ruso se ha visto frenada por la lentitud en la construcción de instalaciones críticas, como terminales de regasificación y redes de alta capacidad, y por la insuficiente interconexión entre sistemas eléctricos nacionales.

Este cuello de botella explica por qué países con abundante producción renovable, como España, a menudo no pueden exportar fácilmente ese excedente, o por qué el sistema europeo en su conjunto aún depende de reservas fósiles para garantizar estabilidad ante picos de demanda.

Barriendo para casa. Según Ember, la eólica y la solar generaron el 42% de la electricidad española en 2025, diez puntos por encima de la media comunitaria Sin embargo, España también fue uno de los países donde más aumentó el uso del gas. La generación a gas creció un 19%, no por falta de renovables, sino por necesidades técnicas del sistema. 

Tras el apagón de abril de 2025, Red Eléctrica optó por reforzar la estabilidad de la red manteniendo centrales de gas en funcionamiento preventivo. España produjo más energía limpia que nunca, pero pagó como si no fuera así. El sistema quemó más gas del necesario, dejó escapar electricidad renovable y cerró 2025 como el tercer ejercicio más caro para los consumidores, una paradoja difícil de explicar al ciudadano medio. 

La raíz del problema no está en la generación, sino en los cuellos de botella: ocho de cada diez nudos de la red están saturados, el almacenamiento va con retraso y las conexiones con Europa siguen sin dar la talla. España produce energía limpia en abundancia, pero no siempre puede usarla ni exportarla.

Mirando a 2026: ¿consolidación o cuello de botella? De cara a 2026, Ember es claro: el camino del sorpasso está abierto, pero no garantizado. Si la UE no acelera el despliegue de baterías, redes y mecanismos de flexibilidad de la demanda, el gas seguirá siendo el árbitro silencioso del sistema eléctrico.

En España, los cambios regulatorios aprobados en 2025 deberían permitir que las renovables y el almacenamiento asuman funciones que hasta ahora recaían exclusivamente en el gas. Además, ahora se añade nuevos factores de presión: la llegada masiva de centros de datos, la subida de peajes eléctricos y la creciente tensión territorial sobre la red.

Un hito que no es el final. Europa ha demostrado que es capaz de producir más electricidad limpia que fósil. Es un logro histórico, técnico y político. Sin embargo, lo que está claro es que generar no es suficiente.

El verdadero éxito de la transición no se medirá solo en porcentajes de eólica y solar, sino en si esa abundancia se traduce en precios bajos, estabilidad del sistema y menor dependencia exterior. El sorpasso marca un punto de no retorno. Ahora empieza la fase más compleja: convertir el liderazgo renovable en bienestar económico y seguridad energética para los ciudadanos europeos.

Imagen | Unsplash y Unsplash

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así está ejecutando su salto hacia el premium

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Hay conversaciones que valen más que los comunicados. Nelly de Navia lleva años dirigiendo el marketing de Xiaomi en España, que no es un mercado cualquiera para la empresa: es su laboratorio europeo, el sitio donde prueba hasta dónde puede estirar su identidad antes de exportar el experimento al resto del continente.

Europa es, a su vez, un continente muy especial: es su gran mercado internacional y su oportunidad de venta premium ya que Estados Unidos sigue siendo un imposible para la marca naranja.

Con Nelly nos sentamos a hablar durante el MWC de Barcelona, en la zona noble del stand de Xiaomi, y lo que dijo dibuja con más nitidez que cualquier presentación oficial el momento exacto en que se encuentra la marca.

Con un 17 Ultra de 1.500 euros y un Leica Leitzphone a 2.000, le pregunté cuánto peso tenía en la estrategia con esos productos la intención de elevar imagen frente a la de vender volumen. “Ahora estamos tal vez en un 60/40”, dijo Nelly.

  • 60% dedicado a construir aspiración.
  • 40% dedicado a mover unidades.

Para una marca que nació con el volumen como único argumento, esa proporción es una declaración de intenciones tan llamativa como el hypercar aparcado en el stand que jamás llegará a producción.

El giro también ha cambiado el idioma. “Ya no te estoy hablando de especificación”, dijo De Navia. “Lo hago más aspiracional, más experiencial”. Un salto que viene tiempo siendo notable. Durante años, Xiaomi vendió en el lenguaje de los ingenieros: megapíxeles, miliamperios, gigahercios… y precio, claro. Era el idioma del chollo, el que permitía al comprador justificarse racionalmente. “Mi Xiaomi hace lo mismo por la mitad” fue una frase-meme que definió una etapa.

Ahora Xiaomi organiza photowalks nocturnos con FotoEspaña y monta experiencias inmersivas en su showroom. Es un idioma más similar al de Apple y los Samsung de cuatro cifras, aprendido con la conciencia de quien llega tarde pero con determinación china.

Y hay una señal sutil de que el cambio va en serio: este año no ha habido televisores de regalo ni promociones agresivas junto a los lanzamientos, como descuentos de derribo o unos auriculares incluidos. “El móvil cuesta lo que cuesta porque te estoy ofreciendo la mejor tecnología”, explicó. “No lo voy a ensuciar con una promoción.” La palabra elegida no es neutral: ensuciar.

El precio bajo, que durante años fue el corazón del argumento de Xiaomi, ha pasado a ser una amenaza para la marca que quieren construir.

Lo de España merece un párrafo propio porque De Navia lo cuenta con una franqueza poco habitual en el sector. “A España la utilizamos en Xiaomi como puerta de entrada, como mercado para intentar cosas nuevas”. La gama blanca (lavadoras, neveras, aires acondicionados…) se probó aquí antes de expandirse porque había dudas de si funcionaría en un país como Alemania, más conservador con sus marcas, con fabricantes nacionales fuertes y con un poder adquisitivo que quita de la ecuación el factor calidad-precio.

Los consumidores españoles, fieles desde los tiempos del Redmi a 150 euros, son el campo de pruebas donde Xiaomi mide hasta dónde puede estirar su identidad sin que se rompa. Es un halago con matices: el mercado que fue punto de partida natural para una marca de precio es ahora la primera cobaya de una marca que quiere ser otra cosa.

El conflicto identitario de fondo, sin embargo, no desaparece por mucho que el lenguaje cambie. Redmi y Poco siguen siendo, en palabras de De Navia, donde está el volumen real. El ecosistema total que Xiaomi está construyendo (del móvil al hogar al coche) necesita que ambos mundos coexistan sin que uno contamine al otro, y gestionar esa coexistencia es probablemente el reto más complejo que tiene la marca por delante.

“Muchos usuarios han continuado este camino de la mano”, dijo sobre los que llevan años con Xiaomi desde sus inicios baratos y siguen caminando junto a ellos. Pero atraer al comprador que nunca la consideró precisamente porque era barata es una tarea distinta, más lenta y más cara. Y en ello están.

Hay una respuesta que lo explica mejor que cualquier otra. Le pregunté qué KPIs mirará ella dentro de tres meses para determinar si el 17 Ultra ha sido un éxito. No dijo cuota de mercado en premium ni unidades vendidas del Ultra, que son las respuestas más obvias. Dijo: “Yo creo que va a ser el efecto que tenga sobre el T.” La serie T, que Xiaomi lanzará unos meses después a precios más accesibles, es donde hay un mayor volumen. El Ultra existe, en parte, para que cuando llegue el T la gente ya haya recalibrado lo que espera de Xiaomi.

Es exactamente la misma lógica del Vision GT (detrás de Nelly en la foto que corona este artículo) aplicada a los móviles: el producto inalcanzable como palanca para vender el producto que sí comprarás. El lujo como argumento comercial para lo que no es lujo.

Volviendo al hermano mayor, eol Xiaomi 17 Ultra es una bestia que en ningún momento apela a calidad-precio ni a darte “lo mismo o casi lo mismo” que un iPhone o un Galaxy a mitad de precio. Su precio es el mismo o incluso superior porque efectivamente Xiaomi está convencida de que está entregando algo superior. Tras probar estos días el Xiaomi 17 Ultra, es imposible no pensar que tiene cosas que sus rivales de gama no tienen. Sus cámaras están a otro nivel.

El lujo funciona por acumulación de credibilidad. Y esa acumulación no tiene atajos, por mucho que el stand del MWC lo intente.

En Xataka | Leica le está enseñando a Xiaomi todo lo que sabe: cuando el alumno ya no necesite al maestro, el acuerdo habrá cumplido su función

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En la Guerra de Irak España se quedó “sola” apoyando a EEUU. 23 años después, se ha quedado sola negándose a prestarle ayuda

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Si un español de marzo de 2003 pudiese echar un ojo a la prensa de hoy (04/03/2026) lo más probable es que no entendiese nada. Y no por la falta de contexto, referencias o el cambio (lógico) de líderes políticos. Probablemente lo que le llamaría la atención es el giro de 180º en el tablero geopolítico que atañe a EEUU y Europa. Recordemos. En 2003 José María Aznar posaba risueño junto a George W. Bush y Tony Blair para confirmarse como uno de los grandes apoyos de EEUU en la guerra de Irak. Hoy ocurre lo contrario. España se ha convertido casi en el verso suelto europeo por su rechazo a la ofensiva de Trump en Irán.

Parece una simple curiosidad histórica, pero dice mucho de cómo ha cambiado Europa, EEUU y su relación a lo largo de las últimas dos décadas.

El cabreo de Trump. No es la primera vez que Donald Trump muestra públicamente su falta de sintonía con la Moncloa. En octubre, en pleno tira y afloja por el porcentaje del PIB que debe destinarse a defensa, el republicano llegó a sugerir que España debería ser “expulsada” de la OTAN. Pocas veces el líder de EEUU se ha pronunciado sin embargo con la rotundidad (y cabreo) que empleó ayer al hablar de la negativa del Gobierno de Pedro Sánchez a que el ejército estadounidense use las bases de Morón y Rota para atacar Irán.

President George W Bush Prime Minister Jose Manuel Durao Barroso Prime Minister Tony Blair And Prime Minister Jose Maria Aznar Conduct A Joint Press Briefing
President George W Bush Prime Minister Jose Manuel Durao Barroso Prime Minister Tony Blair And Prime Minister Jose Maria Aznar Conduct A Joint Press Briefing

“España ha sido terrible”. En el tono amenazante que ha convertido ya en ‘marca de la casa’ de su segundo mandato, Trump dejó claro que no acepta un no por respuesta. “España ha sido terrible”, arrancó . “De hecho le he dicho a Scott [Bressent, secretario del Tesoro] que corte todas las relaciones con ella. España dijo que no podemos usar sus bases. Podríamos si quisiéramos. Nadie nos va a decir que no. Pero no tenemos por qué hacerlo. Han sido poco amistoso”.

Por si quedasen dudas el republicano amenazó con cortar “todo lo que tenga que ver con España” y pronunció la palabra maldita: “Embargo”. No fue mucho más allá, pero ni eso ni el hecho de que otros anuncios anteriores hayan caído en saco roto ha impedido que sus palabras hayan causado un seísmo. Sobre todo entre los sectores que peor lo pasarían si Washington decidiese seguir adelante y “cortar el comercio” con España, un escenario por lo demás complejo toda vez que la política comercial no depende de Madrid, sino de la Unión Europea.

“No a la guerra”. El problema no es solo que España se haya negado a que EEUU use las bases de Rota y Morón para bombardear Irán. Probablemente lo que más ampollas ha levantado en Washington es que Sánchez se ha posicionado claramente en contra de la actuación de EEUU e Israel en Oriente Medio. 

Lo hizo ayer y ha vuelto a hacerlo esta mañana con un mensaje deliberadamente rotundo: “La posición de España es la misma que en Ucrania o en Gaza. No a la guerra”. Durante su intervención, Sánchez incluso recordó la guerra de Irak, que dejó (denunció) “un mundo más inseguro”. Su posición tiene una lectura también en clave interna: el ‘no a la guerra’ de 2003 fue un revulsivo para el PSOE.

Un club, tres posturas. La postura de Sánchez no es importante solo por lo que dice, sino por dónde y sobre todo cuándo lo dice. Su discurso choca con el de otros dirigentes europeos que se han mostrado mucho más comprensibles con los ataques de EEUU e Israel a Irán. De hecho hace solo unos días sus homólogos de Francia, Reino Unido y Alemania han cerrado filas con Trump. El domingo las tres potencias (E3) lanzaron una declaración en la que exigían a Teherán que frene sus “ataques” y avanzaban su disposición a coordinación con EEUU.

“Tomaremos medidas para defender nuestros intereses y los de nuestros aliados en la región, potencialmente con acciones defensivas necesarias y proporcionadas para destruir la capacidad de Irán de disparar misiles y drones”, recoge el escrito conjunto de Emmanuel Macron, Keir Starmer y Friedrich Merz. Cabe recordar que el domingo una base naval francesa de Abu Dabi sufrió un ataque con drones y el lunes otro dron impactó contras las instalaciones de la RAF británica en Chipre. Teherán también ha golpeado bases con tropas alemanas.

La postura de Madrid se diferencia así claramente de la de París, Londres y Berlín. También de la del club comunitario, que ha optado por una posición más ambigua. Si bien la Comisión Europea  no ha tardado en garantizar su solidaridad “plena” con sus miembros en un respaldo velado a España frente a las amenazas de Trump, lo cierto es que Bruselas mantiene un tono muy distinto al de Sánchez. El lunes Von der Leyen reivindicó que la “diplomacia” es “la única solución” para la crisis abierta en Irán y, si bien condenó los ataques de Teherán a vecinos de Oriente Medio, no mencionó los bombardeos lanzados por EEUU e Israel.

Justo 23 años después… Esta mañana Sánchez no solo insistió en su “no a la guerra”. También quiso trazar un paralelismo con lo ocurrido en 2003 cuando el Gobierno de España, entonces encabezado por Aznar, decidió respaldar de forma clara el despliegue de EEUU en Irak, distanciándose de sus socios europeos. 

“El mundo ya ha estado aquí antes. Hace 23 años otra administración de EEUU nos llevó a una guerra injusta. La guerra de Irak generó un aumento drástico del terrorismo, una grave crisis migratoria y económica. Ese fue el regalo del trío de las Azores, un mundo más inseguro y una vida peor”, clamó Sánchez. Ironías de la historia, el socialista se refiere a la famosa foto tomada hace justo 23 años, en marzo de 2003, en las Azores y en la que posan risueños Bush, Blair y Aznar.

¿Tanto cambiaron las cosas? Lo cierto es que sí. Y no solo por que donde hace 23 años se sentaban Bush, Blair y Aznar hoy lo hagan (respectivamente) Trump, Starmer y Sánchez. El cambio más relevante afecta a los roles y el trato con Washington. En 2003 la invasión de Irak provocó una fractura de Europa en dos bloques bien diferenciados. Uno, en contra de la guerra. Otro a favor. 

Por un lado, Francia y Alemania, dos pesos pesados comunitarios, optaron por desafiar a Bush. En enero de 2003, para cabreo del mandatario estadounidense, ambas naciones expresaban sus reticencias a un ataque militar contra el régimen de Sadam Husein y exigieron la mediación del Consejo de Seguridad de la ONU.

En el polo opuesto estaban los países del Este (que buscaban una alianza con Washington) y sobre todo Reino Unido y España, los coprotagonistas de la foto de las Azores. Pese al rechazo popular a la implicación de España en la guerra, el Gobierno dirigido por Aznar decidió alinearse con de Bush, una decisión que el popular ha seguido defendiendo. El rol de España era entonces opuesto al actual: también disentía de París y Berlín, aunque para respaldar a Washington.

¿Por qué es importante? Porque la comparativa de la fotografías de 2003 y 2026 no solo muestra diferencias en el posicionamiento de los diferentes países. En cierto modo refleja también un debilitamiento en la postura de la UE.

Hace 23 años Europa plantó un pulso a Washington, insistiendo en que se agotase la vía diplomática antes de usar la fuerza. Hoy los pesos pesados del continente se han alineado con EEUU en un escenario convulso, marcado por las tensiones comerciales, el paso atrás (o a un lado) de Washington en el apoyo a Ucrania y los roces generados entre ambas orillas del Atlántico por el deseo de EEUU de controlar Groenlandia, un territorio ligado al Reino de Dinamarca.

Imágenes | Wikipedia 1 y 2 y Pool Moncloa/Fernando Calvo

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He usado mi móvil Android como un PC gracias al modo escritorio. Es una opción fantástica

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Ricardo Aguilar, compañero en Xataka, sabe un porrón de móviles, así que de cuando en cuando me lanza alguna pulla ​​​​sobre mi ya algo madurito Pixel 8 Pro. Hoy, no obstante, la pulla es mía. 

¿Por qué? Pues porque como él mismo avisaba al equipo, por fin está disponible el ‘modo escritorio’ de Android. Esta opción, que llevo esperando desde hace años (él lo sabe bien) llega además de forma limitada, porque solo algunos dispositivos pueden disfrutarla. En concreto, los Pixel recientes. Y mi Pixel 8 Pro es uno de ellos. 

En el pasado he probado esta característica en otros dispositivos: lo hice por supuesto en los Samsung, que lleva años ofreciéndola a través de DeX, y también en algún otro móvil como los Motorola y algunos modelos de Huawei, que también presumían de dicha característica. 

Google ya llevaba tiempo planteando esta posibilidad, y el año pasado apareció una beta de Android que ofrecía dicha capacidad. Ahora esa opción por fin pasa a estar disponible de forma oficial, aunque como decimos, de momento sólo en los Google Pixel a partir de los Pixel 8.

Puesta en marcha envidiable

Para activar dicha opción hay que activar primero las opciones de desarrolladores en los ajustes de Android, y luego habilitar la opción para las funciones de escritorio que podemos encontrar casi al final de esas opciones ​​​​​​​​para desarrolladores. Una vez hecho esto el sistema pide un reinicio, tras el cual todo está preparado para usar el modo escritorio. 

Androidpc11
Androidpc11

Para ello yo conecté un monitor externo de 15 pulgadas a mi Pixel a través de un cable de USB-C a Micro HDMI (probé con uno de USB-C a USB-C, pero el cable que usé tenía algún pequeño problema). 

Orde
Orde

Al detectar que conectamos el móvil a una pantalla, El Pixel nos da la opción de usar el móvil como “Ordenador” (el modo escritorio propiamente dicho) o de proyectarlo como ya se puede hacer desde hace años. 

Elegí la primera opción​​ y me encontré al fin con ese modo escritorio que hace que básicamente Android se convierta en un sistema operativo híbrido que funciona prácticamente igual que como lo hacen Windows, Linux o macOS en un PC o portátil. 

Androidpc2
Androidpc2

Así, contamos con un escritorio en el que hay una barra inferior con el lanzador de aplicaciones y una serie de apps “anclada”, y en la parte superior una barra de sistema que permite por ejemplo acceder a las notificaciones y a los ajustes rápidos de nuestro móvil. 

A partir de ahí la experiencia es muy similar a usar un PC. Podemos abrir aplicaciones y, por supuesto, redimensionar y mover ventanas para colocarlas como más nos guste en el escritorio. 

Yo normalmente utilizo dos ventajas del navegador enfrentadas para trabajar en los temas que preparo para Xataka, y esa es justo la configuración que he usado para escribir este texto: con dos ventanas de Chrome​​ he trabajado prácticamente igual que como lo hago en mi Mac mini M4 habitualmente. 

Un pequeño cambio de mentalidad​

Obviamente en ese modo escritorio es necesario conectar al Pixel un ratón y un teclado, que yo he conectado mediante Bluetooth. La detección y funcionamiento de estos dispositivos se realizó sin problemas, y una vez en el escritorio todo funciona, insisto, como uno esperaría. 

Androidpc8
Androidpc8

Puedes lanzar aplicaciones rápidamente desde el lanzador de la barra de tareas y ​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​fijar ciertas apps a esa barra de tareas. También es posible mostrar todas las aplicaciones abiertas con ese viejo acceso de la parte inferior derecha con un icono en forma de cuadrado. 

Hay aquí una sensación extraña porque lógicamente lo que estás usando son las aplicaciones de tu móvil de forma nativa. Así, no es necesario abrir WhatsApp en una pestaña del navegador porque ya tienes la app nativa preparada y corriendo ​​​​​​​en segundo plano, y lo mismo ocurre con el resto de opciones, como la app de Twitter​ (X) o de YouTube: no son pestañas, sino apps en toda regla. 

Androidpc06
Androidpc06

Es un cambio de mentalidad ligero pero curioso, desde luego. Y también está la otra realidad: algunas apps que usamos habitualmente en el escritorio no son tan claras como las de Windows o macOS. 

Hay un ejemplo claro en el explorador de archivos: Android tiene el suyo propio (Files) y yo por ejemplo suelo usar Amaze para estas tareas, pero en Google nuncan han concebido Android como un sistema operativo en el que el usuario trasteara con archivos​​ y carpetas. 

Androidpc05
Androidpc05

Podremos hacerlo, sí, pero no es el fuerte de esta plataforma, como tampoco lo es por ejemplo el trabajo con la consola de comandos. Aquí de nuevo esa posibilidad existe, pero hay que “juguetear” un poco más para poder instalar una terminal y usarla de una forma similar a como lo haríamos en Linux, macOS o en el CMD/Powershell de Windows.

No he probado aplicaciones mucho más exigentes de momento, pero esto abre la puerta a usar algunas aplicaciones algo más avanzadas y ambiciosa en modo escritorio: aquí se me ocurre que un editor e imágenes o de vídeo puede ser un candidato llamativo para aprovechar este modo escritorio. 

También hay aquí margen llamativo para el entretenimiento con juegos que podamos jugar con ratón y teclado como lo haríamos en un PC aún siendo juegos para Android. Las posibilidades son de lo más llamativas. 

Tu PC ciertamente puede ser tu móvil

Estas pruebas me han hecho darme cuenta de que esto abre definitivamente esas posibilidades de las que llevamos años hablando. Un portátil normalmente resuelve la papeleta de la movilidad, pero si necesitas tener “tu PC” en cualquier parte, ya ni siquiera necesitas eso: si tienes un monitor, teclado y ratón en otro sitio, este modo escritorio de Android permite que uses tu dispositivo casi como un PC. 

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Yo acabo de hacerlo mientras escribía este artículo, y la verdad, la experiencia ha sido sorprendentemente buena. No perfecta, ojo: el teclado en pantalla aparece de vez en cuando como si el sistema no detectara que tienes uno físico conectado, por ejemplo, y la gestión de ventanas no es tan intuitiva como uno podría desear. Pero aún así el resultado general es en mi opinión fantástico. ​​

Puede que muchos usuarios no vayan a aprovecharla, pero que esté ahí es sin duda una señal de que la convergencia entre dispositivos tenía sentido. Yo, desde luego, me alegro un montón: por fin puedo meterle una pullita a Ricardo. Eso ya es algo. 

En Xataka | ​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​La función más infravalorada de Android es también una de las más productivas: convertir el móvil en un PC

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