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datos confusos, causas múltiples y un estigma
Instituciones, familias y medios de comunicación repiten en los últimos años una misma pregunta: ¿están aumentando los suicidios entre los jóvenes?
La preocupación es real y cada vez más visible. Según un informe de 2025 del Ministerio de Sanidad, el suicidio es una de las principales causas de muerte entre adolescentes y personas jóvenes adultas en la Unión Europea. En 2021 fue la primera causa de muerte en personas entre 15-29 años. Entender qué hay detrás de estos datos —y si realmente reflejan un aumento del problema— exige mirar más allá de las cifras.
Cuando se habla de suicidio en la infancia, la adolescencia o en la juventud, es frecuente buscar respuestas rápidas. Una causa, un detonante, algo que explique lo inexplicable. Pero quienes trabajan cada día con menores en crisis saben que esa mirada se queda corta. El sufrimiento que expresan los jóvenes es plural, difuso, y sobre todo multifactorial.
Diana Díaz, directora de las líneas de ayuda de la Fundación ANAR, expone: “Pensar que el suicidio esconde un único motivo es un error (…) Hay variables que están asociadas con este problema, pero ninguna es determinante”. La realidad, advierten los expertos, es siempre más complicada de lo que parece.
La complejidad del suicidio juvenil no se limita a los “factores asociados” a la conducta suicida, sino que las estadísticas dificultan obtener una radiografía consensuada de este fenómeno. Los profesionales de la salud mental están preocupados por la incidencia de suicidios y tendencia suicida entre los jóvenes, pero no todos coinciden en que esté habiendo un aumento en los casos.

Fuente: INE. Cedida por Fundación Española para la Prevención del Suicidio.
Las cifras y estadísticas que se manejan para conocer la media de suicidios, así como el número absoluto por año, se extraen del INE. Este instituto ofrece distintas formas de clasificar los casos. Por un lado, se pueden consultar las tasas de suicidio (por edad y sexo) por cada 100.000 habitantes; y por otro, el número absoluto de suicidios (por edad, sexo, tamaño del municipio, nacionalidad…).
Es precisamente al comparar ambas métricas cuando aparecen interpretaciones distintas entre los expertos. En términos absolutos, 2023 (el último año con datos completos) fue en el que más suicidios se registraron entre menores de 15 y menores de 29 años. Sin embargo, las tasas por cada 100.000 habitantes se mantuvieron estables —e incluso descienden ligeramente en algunos grupos de edad o sexo durante 2023—.
En este sentido, la Organización Mundial de la Salud denuncia la “calidad de los datos” sobre suicidios a nivel internacional: “Solo unos 80 Estados Miembros de la OMS disponen de datos del registro civil de calidad que se pueden utilizar directamente para estimar las tasas de suicidio”.
Estas diferencias en la forma de interpretar los datos explican que expertos como Andoni Anseán, presidente de la Fundación Española para la Prevención del Suicidio, prefieran evitar mensajes alarmistas sobre un aumento desmesurado de suicidios entre los jóvenes en los últimos años. Recuerda que las cifras deben leerse con cautela y dentro de su contexto.
A pesar de que “no podemos conocer la ideación suicida de la población española” —ya que las encuestas que abordan este fenómeno son puntuales y, en muchos casos, poco representativas—, desde la fundación sí detectan una tendencia preocupante en la ideación suicida y en los intentos de suicidio. Esta información la constatan profesionales de primera línea: pediatras, médicos de Atención Primaria o servicios de urgencias hospitalarias, que además coinciden en que “se trata de un problema grave que hay que analizar y abordar”.
No hay un solo factor de riesgo
La presencia de problemas de salud mental —como la depresión, ansiedad o trastornos como la bipolaridad— es una de las principales explicaciones para la aparición de ideaciones suicidas. Sin embargo, no es las única. Desde el Teléfono de la Esperanza —ONG que ofrece apoyo emocional gratuito, anónimo y confidencial a personas en situaciones de crisis disponible en el 717 003 717— recuerdan que “el suicidio es un fenómeno complejo, en el que suelen intervenir múltiples factores de riesgo”.
La soledad no deseada —tres de cada cuatro jóvenes en España la sufren—, el aislamiento, las experiencias traumáticas —como episodios de violencia o agresiones sexuales— o el consumo de sustancias son señalados por los profesionales como variables de riesgo que pueden conducir hacia una ideación suicida (sin perder de vista el carácter multifactorial). Pero sin duda el acoso o el bullying son “los grandes conocidos” cuando se piensa en posibles causas detrás de un suicidio en una persona joven. A esto se le suma la nueva dimensión que añaden las redes sociales.

(Damir Samatkulov/Unsplash)
Andoni Anseán explica cómo “las nuevas tecnologías facilitan que el bullying haya traspasado los colegios e institutos”, pudiendo hacer posible la “persecución” fuera de los centros y otros entornos: “Ya no es necesario que exista la presencia física”. Belén Álvarez, profesora en un colegio de Tenerife, comprueba a diario que “mucho de lo que pasa es a través del teléfono”. “En tercero de primaria ya tienen todos móvil. Se comunican por ellos y se crean muchos conflictos sin supervisión paterna”, algo que también se queda fuera del alcalde de los profesores.
Anseán, también director del Máster en Prevención del Suicidio de la Universidad Pablo de Olavide está seguro de que las redes sociales también alimentan la comparación y la frustración por no poder alcanzar la “cultura de la felicidad” que promueven muchos influencers.
El Teléfono de la Esperanza también pone el foco en los riesgos que derivan de la “proliferación de personas influyentes que hablan o dan consejo sobre salud mental sin tener ninguna formación para ello; o que promueven conductas como las autolesiones, o fomentan, por ejemplo, los trastornos de la conducta alimentaria”.
Desde la Fundación ANAR coinciden en que un uso inadecuado de la tecnología ha amplificado el malestar de muchos menores. Hugo Vega, psicólogo general sanitario y fundador de Inlaza Boadilla, apunta: “El impacto de las redes sociales es brutal. No es una exageración: el ciberacoso, la comparación constante y la exposición a contenido dañino afectan más cuando ya hay una fragilidad previa. Y no es solo pasar muchas horas con el móvil; es cómo se usa y qué efecto emocional tiene ese uso como forma compulsiva de calmar nuestras malas sensaciones, inseguridades a flor de piel o controlarlas… dependiendo del día”.
Impulsividad o menor tolerancia a la frustración
Los expertos encuentran algunas diferencias entre adultos y jóvenes en la forma de vivir y expresar el sufrimiento. Aquí entra la personalidad y la presencia de conductas que pueden cambiar con el paso de los años. “Entre los más jóvenes puede ser más fácil encontrar conductas de impulsividad y baja tolerancia a la frustración, que, sumada a la escasez de habilidades para resolver problemas, aumenta la probabilidad de que una crisis se convierta en un acto suicida”, explican desde el Teléfono de la Esperanza.
La profesora Álvarez está de acuerdo, y reconoce que estas conductas son algo muy común en los colegios y desde edades tempranas. Javier Jiménez Pietropaolo, psicólogo especialista en psicología clínica y presidente de RedAIPIS-FAeDS, coincide, y añade otros “rasgos dominantes” como “la introversión, la baja autoestima o el pensamiento dicotómico”.
Por otro lado, al ser el suicidio multifactorial, los profesionales encuentran factores de riesgo que van más allá de la personalidad o de las vivencias de los jóvenes.
Sandra Martínez García, psicóloga general sanitaria, neuropsicóloga y profesora de la Universidad Europea de Andalucía, señala los factores socio-económicos: la precariedad laboral, dificultades para encontrar una vivienda… Coincide con ello el presidente de la Fundación Española para la Prevención del Suicidio, quien señala que los jóvenes “no viven una situación envidiable”. Además, Anseán está seguro de que las generaciones actuales “no lo tienen fácil a la hora de proyectarse en un futuro”.
Como refleja el Ministerio de Sanidad en un estudio de 2025, la preocupación por la mortalidad por suicidio en adolescentes y jóvenes adultos no es nueva: desde hace años se mantiene entre las principales causas de muerte en estas edades. Por países, las tasas de suicidio más altas se concentran en Europa del Este, en lugares como Eslovenia, Lituania o Hungría. En cambio, en el sur de Europa (Chipre, Grecia, Italia y otros) las cifras son sensiblemente más bajas.
Aún así, la Organización Mundial de la Salud describe el suicidio como un fenómeno que “no ocurre solo en los países de ingresos altos, sino que afecta a todas las regiones del mundo. De hecho, el 73% de los suicidios en 2021 ocurrió en países de ingresos bajos o medianos”.
Según explican sus informes, es un hecho probado que “vivir bajo guerras, sufrir violencia, abusos o la pérdida de un ser querido, o sentirse aislado también son factores que pueden inducir conductas suicidas”. Además, añaden: “Las tasas de suicidio también son elevadas entre los grupos vulnerables y discriminados, como los refugiados y migrantes, los pueblos indígenas, el colectivo LGTBI y los reclusos”.
En cuanto al género, existe de nuevo una diferencia entre la ideación suicida y la consumación. Lo explica Jiménez Pietropaolo: “Hay una diferencia muy significativa según el sexo. De media casi siempre hay tres veces más suicidios en hombres que en mujeres. No obstante, en los intentos de suicidio, según estudios de algunos hospitales, se ve que es justo al contrario, se dan tres veces más intentos en mujeres que en hombres”. Lo constata el el Observatorio del Suicidio en España 2023 de la Fundación Española para la Prevención del Suicidio: “Las mujeres lo intentan tres veces más que los hombres, pero los hombres lo consuman tres veces más que las mujeres”.
La dificultad de pedir ayuda y la necesidad de cambios estructurales
Los profesionales ven como algo positivo que las nuevas generaciones tengan una mayor facilidad para hablar de salud mental y un mayor interés en el autocuidado.
Sin embargo, entre las dificultades que Jiménez Pietropaolo observa en los jóvenes para pedir ayuda se encuentran el estigma de tener un problema mental, la dificultad de acceso a los servicios públicos —la demora que caracteriza a las citas psicológicas en la sanidad pública— o el coste económico si deciden ir por lo privado lo que hace que muchos de ellos no se lo puedan costear. A estos Martínez García añade el desconocimiento de recursos que pueden ayudarles y “pensar que tienen que resolver solos sus problemas; esa autonomía les genera más estrés”.
Para revertir esta situación, los expertos coinciden en que la respuesta debe ser multifactorial —del mismo modo que lo es el propio fenómeno del suicidio—. Martínez García y Jiménez Pietropaolo consideran imprescindible un cambio en el ámbito de atención sanitaria: señala la necesidad de tener más psicólogos en atención primaria, mejorar la formación de los profesionales en prevención y atención a pacientes con conductas suicidas y mayor frecuencia —y duración— de las citas psicológicas en casos de riesgo.
Además, consideran clave la desestigmatización de los problemas de salud mental y todo lo que rodea al suicidio, para que los jóvenes se animen a hablar y expresarse sin sentirse juzgados.
Todas estas acciones, para psicólogas como Martínez García, deben compaginarse con otras que permitan una mejora en las condiciones de vida: medidas sociales de reducción de desigualdades, de acceso a una vivienda, mejora de las condiciones laborales… Todo ello sin perder de vista la educación emocional desde edades tempranas, pues como asegura Hugo Vega, “en las escuelas, los programas de regulación emocional y prevención funcionan; no son magia, pero sí reducen riesgos y normalizan hablar de lo que uno siente (…) Aprender a identificar lo que uno siente, regularlo y pedir apoyo no es un extra; es una habilidad vital”.
Además, organizaciones como el Teléfono de la Esperanza ponen de relieve la importancia de contar con canales de comunicación accesibles y gratuitos para la población más joven: destacan el Chat de la Esperanza —se puede acceder a través de la web o descargando su aplicación—, que pone a quien lo utilice en contacto con un orientador formado en atender situaciones de crisis emocional, supervisado por profesionales de la salud mental.
Desde ANAR también recuerdan que tienen disponible el Chat ANAR —además de sus teléfono 900 20 20 10— al que se puede acudir las 24 horas del día y los 365 días al año de una manera completamente gratuita y anónima en el que los menores pueden recibir atención de psicólogos expertos en todo tipo de problemáticas que puedan afectar a un menor de edad. Desde estas organizaciones animan a toda aquella persona que lo necesite a hacer uso de sus recursos, ya que siempre se les va a escuchar el tiempo necesario, además de orientarles y ayudarles a encontrar una solución.

(Michał Parzuchowski/Unsplash)
“Estamos convencidos de que el suicidio se puede prevenir, algo que hasta hace no tanto era casi un mito. Antes se asumía que las personas se suicidaban porque querían y que nadie podía hacer nada para evitarlo. Esa idea ya está superada. Igual que ocurre con otros problemas, como la violencia de género, es necesario desplegar mecanismos, acciones y estrategias para que la realidad cambie en el futuro”, explica el presidente de la Fundación Española para la Prevención del Suicidio.
Desde esta fundación insisten en que hablar del suicidio no lo provoca: lo previene. No es cierto que quien se suicida “quiera morir”; lo que quiere es dejar de sufrir. No le falta deseo de vivir: le falta capacidad para sostener un dolor que le desborda. Tampoco es verdad que “quien lo dice no lo hace”: numerosos suicidios están precedidos por señales de alerta que nunca deben ignorarse.
Romper estos silencios y dotar de recursos a quienes pueden intervenir es, según los expertos, la vía más sólida para salvar vidas. Hablar bien del suicidio —con rigor, sin sensacionalismo y sin miedo— es una forma de prevención activa, y es una responsabilidad colectiva.
Imagen | Zanyar Ibrahim
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Taylor Swift pagó 160 mil dólares para proteger su boda en Nueva York, informa el alcalde Mamdani
EFE.- La cantante Taylor Swift pagó 160 mil dólares por los permisos policiales para proteger su boda con Travis Kelce, celebrada el pasado fin de semana en el Madison Square Garden de Nueva York, según divulgó este viernes el alcalde de la ciudad, el demócrata Zohran Mamdani.
La estrella del pop “ha pagado ya el costo del permiso que fue presentado, que fue de unos 160 mil dólares para ese evento y para la respuesta a ese evento”, comentó Mamdani en una rueda de prensa no relacionada, sobre el despliegue de seguridad que implicó cortes de tráfico y numerosos policías.
El alcalde fue cuestionado sobre si la intérprete de “The Fate of Ophelia” pagó las horas extras trabajadas por los policías, pero este no respondió directamente y sólo señaló que últimamente la ciudad acogió varios momentos “históricos”, incluyendo la victoria de los Knicks en la NBA.
Taylor Swift y Travis Kelce organizaron el viernes una cena para 100 invitados y el sábado celebró la recepción y ceremonia nupcial ante cientos de celebridades. Ambos eventos estuvieron sumidos en la privacidad pese a tener lugar en el céntrico estadio de Manhattan antes del festivo del Día de la Independencia —4 de julio—.
El perímetro de seguridad solicitado a las autoridades implicó que la zona fuera blindada al tráfico de vehículos y peatones, con decenas de policías apostados en los alrededores del Estadio, durante buena parte de esos dos días.
Según ha trascendido en medios de la farándula, la pareja no escatimó en lujos en su boda, desde el traje y el vestido de alta costura de Dior que lucieron ambos hasta las decoraciones personalizadas, pasando por una rifa de regalos que contenía bolsos de diseñador y un Chevrolet Chevelle de 1970.
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OpenAI quería simplificar sus productos de IA. Ha terminado con una ensalada de ChatGPT, Atlas y Codex
Si te habías acostumbrado a abrir la aplicación de ChatGPT y trabajar siempre desde el mismo lugar, al actualizar puedes encontrarte con una experiencia bastante distinta. OpenAI está reorganizando sus productos y, con ellos, las rutinas de quienes ya habían convertido sus soluciones en herramientas de uso diario. El movimiento promete concentrar funciones, pero también obliga a entender de nuevo qué aplicación conviene abrir, qué entorno corresponde a cada tarea y qué partes del flujo anterior continúan funcionando igual.
Tres piezas principales. La aplicación de escritorio que conocíamos pasa a llamarse ChatGPT Classic, mientras una nueva aplicación de ChatGPT reúne en un mismo entorno Chat, Work y Codex. Al mismo tiempo, Atlas entra en su cuenta atrás: el navegador seguirá disponible durante unas semanas, pero OpenAI ha fijado su retirada para el 9 de agosto de 2026. La compañía concentra así más capacidades bajo una sola marca, aunque durante la transición convivirán nombres, aplicaciones y funciones que no resultan evidentes a primera vista.
No son tres versiones del mismo ChatGPT. Chat sigue siendo el espacio para conversar, redactar, buscar información, analizar archivos o resolver consultas puntuales. Work está pensado para tareas más largas y con varias etapas, como investigar un tema, cruzar documentos y preparar informes o presentaciones. Codex mantiene el foco en el desarrollo de software y puede trabajar con código, repositorios, terminales y otras herramientas técnicas. Los tres comparten aplicación, pero cada uno responde a una forma de trabajar distinta.
La nueva experiencia de escritorio. Los cambios aterrizan tanto en macOS como en Windows. El acceso a Chat aparece en el panel izquierdo junto a Work y Codex. Al seleccionarlo, la conversación se abre dentro del entorno general, aunque puede separarse en otra ventana. OpenAI conserva así la función más reconocible de ChatGPT, pero la convierte en una parte de un producto más amplio, con una organización distinta para quienes utilizaban la aplicación anterior.
Atlas, en retirada. OpenAI está trasladando parte de sus capacidades al navegador integrado de la nueva aplicación y a una extensión para Chrome. La arquitectura incluye además un navegador remoto desde el que los agentes pueden completar tareas. Quien utilizaba Atlas como navegador habitual tendrá que preparar la mudanza: los marcadores que quiera conservar pueden exportarse a Chrome, mientras las cookies y contraseñas pueden trasladarse a la nueva aplicación. Las pestañas abiertas y el historial de navegación no se transfieren automáticamente.
Hay alternativas fuera. Google está llevando Gemini al propio Chrome para comprender la página abierta, resumir contenidos, comparar información entre varias pestañas y, en las cuentas compatibles, completar acciones de varios pasos. El despliegue continúa limitado por regiones y España no figura actualmente entre los territorios admitidos. Comet, de Perplexity, mantiene la fórmula del navegador independiente y está disponible en Mac, Windows, Android, iPhone y iPad. Los usuarios de Perplexity Pro pueden además elegir entre modelos de compañías como OpenAI, Anthropic y Google.
La idea detrás de los cambios. OpenAI quiere que ChatGPT deje de ser solo un chatbot y se convierta en la puerta de entrada a prácticamente todo su ecosistema. En lugar de mantener aplicaciones independientes para conversar, programar o navegar, concentra esas funciones bajo una misma marca. La apuesta recuerda a la evolución de otras grandes plataformas tecnológicas, que con el tiempo han ido absorbiendo herramientas antes separadas para reducir la fragmentación y convertir una única aplicación en el centro de la experiencia.
Antecedentes. OpenAI quiso reducir la complejidad del selector con la llegada de GPT-5, pero se encontró con usuarios que no veían los modelos como piezas intercambiables. Algunos dependían de GPT-4o para trabajos concretos; otros preferían sus capacidades creativas y su forma de conversar. La compañía dio marcha atrás y volvió a ofrecerlo a los usuarios de pago, antes de retirarlo definitivamente de ChatGPT el 13 de febrero de 2026.
Quizá dentro de unos meses esta transición resulte más sencilla de lo que parece hoy. Pero el cambio recuerda una idea bien conocida en el diseño de software: no solo aprendemos a utilizar una herramienta, también construimos hábitos alrededor de ella. Cuando esos hábitos se modifican de golpe, el periodo de adaptación pasa a formar parte de la experiencia tanto como las nuevas funciones. El reto de OpenAI será conseguir que la integración resulte más sencilla para el usuario que la colección de productos que pretende sustituir.
Imágenes | OpenAi
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los nuevos Acton IV y Stanmore IV prometen un sonido más envolvente
Marshall acaba de actualizar los dos pilares fundamentales de su catálogo de audio para el hogar. Los nuevos Acton IV y Stanmore IV llegan al mercado manteniendo intacta esa reconocible estética inspirada en los amplificadores de guitarra clásicos, pero introduciendo importantes mejoras acústicas y tecnologías en su interior para adaptarse a las exigencias actuales.
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Acústica optimizada para colocarse en cualquier rincón
La gran baza de esta cuarta generación radica en el rediseño de su arquitectura interna. Marshall ha mejorado los tweeters y las guías de onda con el objetivo de proyectar una escena sonora notablemente más amplia y definida, logrando una dispersión homogénea del sonido por toda la habitación.
A esto se le suma un cambio muy inteligente en el diseño del puerto de graves (bass-reflex). El flujo de aire se ha optimizado para ofrecer frecuencias bajas más limpias. Además, se ha modificado la salida de los cables hacia la parte inferior de la base. Este pequeño detalle estético y funcional es clave: ahora permite colocar los altavoces pegados por completo a la pared sin que el rendimiento de los graves se vea afectado o retumbe de forma desagradable.
Para garantizar el equilibrio sonoro independientemente del volumen, ambos modelos incorporan la tecnología Dynamic Loudness. Este sistema ajusta sutilmente las frecuencias de forma automática para que la música no pierda cuerpo ni calidez cuando escuchamos a niveles bajos, y evita distorsiones gracias a unos limitadores mejorados cuando decidimos exprimir su potencia al máximo.
Conectividad Auracast y guiños al mundo analógico
En el apartado técnico, la gran novedad es la integración de la tecnología Auracast. Gracias a ella, es posible sincronizar de forma nativa varios altavoces Acton IV y Stanmore IV por toda la casa para crear un sistema de audio multiroom. Incluso los modelos de la generación anterior (Acton III y Stanmore III) se pueden sumar a esta experiencia mediante Heddon, el nuevo dispositivo transmisor y hub de streaming de la marca.
A pesar de su vertiente inalámbrica y su renovada app de control, Marshall no se olvida de los amantes de los formatos físicos. En la parte trasera encontramos entradas analógicas RCA y un puerto AUX de 3,5 mm, lo que los convierte en compañeros perfectos para conectar un tocadiscos y disfrutar de una experiencia analógica completa en el salón.
Diseño sostenible y reparable
Fieles a su identidad, los paneles superiores mantienen los clásicos controles analógicos de latón para gestionar el volumen, los graves y los agudos de forma intuitiva. No obstante, la marca ha añadido un botón “M” completamente personalizable que permite activar funciones rápidas como Spotify Tap o cambiar entre tus ecualizaciones preferidas con un solo toque.
Por último, la firma ha querido dar un paso hacia la sostenibilidad. Las cajas están fabricadas con madera MDF con certificación FSC 100% e incorporan un porcentaje de materiales reciclados en su construcción (13% en el Acton IV y 16% en el Stanmore IV). Además, se ha diseñado una estructura modular orientada a la reparabilidad, permitiendo sustituir fácilmente piezas de desgaste como las patas, los mandos físicos o la propia rejilla frontal.
Precio y disponibilidad
Los nuevos altavoces ya se encuentran disponibles en los colores clásicos de la marca (Black y Cream) con los siguientes precios oficiales para el mercado europeo:
- Marshall Acton IV: 299 euros (equipado con un woofer de 4″ y dos tweeters).
- Marshall Stanmore IV: 399 euros (equipado con un woofer de 5″ y dos tweeters).
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Imágenes | Marshall
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