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Colón introdujo la piña en Europa en 1496. 200 años más tarde los ingleses se volvieron locos
La pistola cuando se saca es pa’disparar, el que la saca pa’enseñarla es un parguela. Siempre me hizo más gracia de la necesaria esa frase de una de las ‘pilladas’ de Callejeros por la vía pública, y siempre la asocié a lo que compramos por estatus. Si somos lo que tenemos, enseñamos lo que tenemos para demostrar nuestra posición. Y en la Inglaterra del siglo XVII, lo que los más ricos sacaban a pasear para fardar de su poder era… una piña.
Los móviles Blackberry en su día, al igual que los relojes, joyas, coches o los yates, son símbolos de estatus. Son elementos que utilizamos para mostrar el escalón social en el que nos encontramos. Hasta un Labubu entraría en este ejemplo, y si algo tienen en común estos símbolos es que son caros.
En el caso de la piña, la fruta se introdujo en Europa en 1496 con un único ejemplar de una piña. Y esta fruta exótica no pegó fuerte en España, sino en una Inglaterra que vivió una auténtica “piñamanía”.
De la fiebre de la piña…
Fue en su segundo viaje transatlántico cuando el explorador al servicio de la corona española regresó con la piña. En la isla de Guadalupe dio con la fruta y se llevó de vuelta a España una gran cantidad de esta “piña de Indes”, o fruta del “pino de los indios”. Se la ofreció a los Reyes Católicos y parece que… les gustó. Tanto que, según registró el historiador Peter Martyr d’Anghiera, el rey la “prefería ante todo lo demás”.
Era lo que se necesitaba para que los súbditos abrazaran la fruta con los brazos abiertos.


Es un misterio cómo y cuándo se introdujo la piña en Inglaterra, pero se cree que, a mediados del XVII, Carlos II de Inglaterra celebró un festín en el que la piña era el plato exótico. Y más importante que su sabor, era que la piña, al ser desconocida en el Viejo Continente, no estaba asociada a ninguna referencia cultural.
Si la manzana era la fruta prohibida, la piña era un lienzo en blanco. En un artículo de BBC podemos leer cómo Lauren O’Hagan, de la Escuela de Inglés, Comunicación y Filosofía de la Universidad de Cardiff, expone que eso permitió dotar a la piña de una cualidad mítica: era la manifestación simbólica del derecho divino del rey. Ahí es nada, pero no deja de ser fácil de identificar gracias a la “corona” de la piña y al color dorado del exterior y, sobre todo, del interior.
Esto hizo que se ganara el apodo de “King Pine”, y la realeza no perdió el tiempo en hacer lo que mejor se les daba: convertir algo inalcanzable para el pueblo en un elemento más que los separase de la plebe.


El rey Carlos II encargó un retrato de sí mismo siendo agasajado con una piña, la ornamentación de palacios y palacetes empezó a adoptar la piña como adorno estructural. Se hicieron dibujos, tapices, más pinturas, vajilla, ornamentación para muebles, medallas y… esto:

Dunmore Pineapple
Era exótica, pero también había un interés por empezar a cultivarla en Europa, y eso fue posible a mediados del XVII. Los invernaderos calefactados permitían replicar el clima tropical (más o menos) para empezar a cultivar piñas. Y pensarás que, cuantas más piñas en el mercado, menor será su valor, ¿verdad? Pues ocurrió todo lo contrario.
Como esos invernaderos eran carísimos, y cultivar las primeras piñas no era tarea sencilla, la fruta se vio como una inversión. Tardaba años en florecer en una instalación carísima y, además, era posible que gran parte de la cosecha se perdiera por diferentes motivos. Había más, sí, pero como las clases altas eran la única que se podía permitir una piña y eran conscientes de su valor… no se la iban a comer.
Y así empezó el punto álgido de esta historia: el alquiler de piñas.


Los más pudientes, que podían gastar 80 libras en una (ajustado a la inflación, entre 12.000 y 16.000 libras), no se iban a comer una fruta de 20.000 euros, así que la usaban como ornamentación. Como duran varios días sin pasarse, organizaban eventos en los que tenían las piñas como si fueran jarrones (o figuras de LEGO), bien a la vista de los invitados. Cuando se empezaba a poner blanda, se la comían.
¿Y qué hacían los que tenían dinero, pero no podían permitirse una piña? Alquilarla. Fue así como surgió un negocio paralelo para satisfacer esa demanda. Mentalidad de tiburón la de esos empresarios que pensaron en el negocio de alquilar piñas a las clases acomodadas, pero no mucho.
Se consideraba vergonzoso que los pillaran saliendo de una tienda de alquiler de piñas (sería admitir la derrota social), y el absurdo llegó a límites como ver gente paseando sosteniendo una piña. El equivalente a salir a la calle con un ‘Luisvi’ presumiendo de ‘Luisvi’.
Pero pronto ocurriría la peor pesadilla de los aburguesados: la globalización.
… a la democratización de la piña
Los avances en el transporte, con barcos de vapor que empezaron a realizar viajes con más frecuencia entre Gran Bretaña y las colonias en las que las piñas crecían salvajes, hicieron que la piña empezara a estar en las bodegas, junto a otros bienes. Pronto, la piña invadió el mercado, y si antes sólo las clases altas podían pagar una piña, ahora la clase trabajadora también podía deleitarse con su sabor.
O’Hagan cuenta que “en ese momento, la clase trabajadora que comía piña se usó como metáfora visual del problema del progreso en impresiones satíricas”. Si todos podían comer piña, ya no era especial. De pronto, se cayó la imagen de la piña como fruta prohibitiva, como el “a mí me gustaba Nirvana antes de que se hiciera mainstream”.


Se vendían en carritos por las calles, incluso más baratas que las patatas, y cuando se ideó la manera de encajar una piña en una lata, la fruta perdió definitivamente su atractivo para los más pudientes. Sólo quedaba una cosa para recordar ese pasado glorioso: el arte, la vajilla y las estructuras como el rimbombante Dunmore.
Desde la distancia, esto nos parece una locura, pero, como decía al comienzo del artículo, no estamos tan lejos. Ahí está el chocolate Dubai o el Nestlé Jungly hace unos años. Ninguno fue sinónimo de estatus, pero recuerdo las ‘peleas’ por hacerse con una tableta de esa sobreazucarada tableta de chocolate.
Pero quién sabe. A fin de cuentas, las modas son cíclicas.
Imágenes | Kim Traynor
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Spotify mató al disco y la industria pivotó a los conciertos. Netflix mató al cine y la industria se quedó con una “crisis del espacio”
Nunca en la historia habíamos visto tantas películas: el streaming nos permite ver varias a la semana pero, sin embargo, las salas de cine están vacías. Literalmente, más vacías que nunca en décadas. Consumimos contenido audiovisual en masa, pero no donde lo disfrutábamos históricamente. Mientras tanto los conciertos se han convertido en la alternativa de ocio por excelencia. ¿Por qué pagamos cientos de euros por ir a un estadio con otras 50.000 personas, pero no quince por ver una superproducción en pantalla grande? La respuesta está en cómo valoramos el espacio físico en la economía de la experiencia.
Algunas cifras. Sobrevolemos algunas cifras de taquilla: el verano de 2025, tradicionalmente la temporada más lucrativa de la industria, ha sido el más desastroso desde 1981 ajustado por inflación. Ni se sueña con volver a cifras pre-COVID: en octubre de 2025 en EEUU se recaudaron apenas 445 millones de dólares, menos de la mitad del último octubre antes de la pandemia, que superó los mil millones. El espectador promedio acudió apenas 2,31 veces a las salas en 2024, una caída del 33% respecto a las 3,5 visitas anuales de 2019.
En España, los datos de 2025 son igualmente oscuros: la taquilla total cae un 14% (casi 30 millones menos), y el propio cine español retrocede un 2,5-3%. El autor de este último estudio, Pau Brunet, dice expresamente que “la fantasía de Hollywood se desmorona”. Y la erosión es constante: España tenía más de 105 millones de espectadores en 2019, lo que representa una pérdida de un tercio de su volumen en cinco años: ahora estamos en 71 millones.
Ventanas que no rinden. El problema es tan multifactorial que resulta ridículo quedarse solo en la caída de la taquilla para explicarlo. Por ejemplo, tenemos el colapso de las ventanas de exhibición: el estándar pre-pandémico era de 90-120 días en cines, tres o cuatro semanas posteriores en venta digital y luego ya formatos domésticos y streaming. Tras la pandemia esas ventanas se redujeron más de un 60%, y aunque ahora varían según el estudio, Universal y Warner dejan 45 días de ventana para sus producciones más cotizadas (puede reducirse a 17 días), con la excepción de Disney, que las explota durante 60 días.
En cualquier caso, el resto de las ventanas ser han acortado o desaparecido, y es común ver una película en streaming solo un mes y medio después de su paso por cines. Es uno de los principales motivos de que la gente haya abandonado las salas: hasta superproducciones como ‘Wicked’ se pueden ver en streaming apenas 40 días después de su paso por salas.
Hasta China. Hace unos años, China era el mercado que parecía destinado a salvar las cuentas de Hollywood, pero experimentó su propio colapso en 2024: la taquilla cayó un 23% hasta los 42.500 millones de yenes (5.800 millones de dólares), regresando a cifras de hace una década. La asistencia descendió en más de 200 millones de espectadores respecto a hace diez años. Uno de los principales motivos es la degradación de la experiencia teatral: cines sin climatización y sin personal de atención al cliente más allá del bar, una característica que desde hace años se extiende a salas de todo el mundo.
La crisis viene de largo. En realidad, esta caída no tiene sus raíces en el streaming ni en la pandemia. La asistencia del público estadounidense venía cayendo desde los años sesenta, pasando de una visita por persona cada dos o tres meses a apenas dos veces al año antes de la pandemia. El precio real de la entrada (ajustado por inflación) se ha mantenido estable desde los años ochenta, pero los consumidores han decidido que ya no quieren ir a las salas. El problema, como afirma este estudio de Bain & Company es que, durante décadas, la industria ha puesto todo el acento de su producción en el contenido puro, pero las películas han acabado llegando a casa en pocas semanas.
Mientras tanto, la música ha llegado a comprender algo fundamental: el valor no está en el contenido grabado, sino en el evento único e irrepetible.
El triunfo de la música. El Eras Tour de Taylor Swift cerró en diciembre de 2024 tras 149 conciertos en 51 ciudades, generando ingresos brutos de 2.077 millones de dólares. Es decir, más que los ingresos anuales de taquilla de cine de países enteros (compárese con los pírricos 71 millones de recaudación en taquilla en España en 2024). Y no hablamos solo de los conciertos: el gasto promedio por asistente osciló entre 1.300 y 1.500 dólares, incluyendo transporte, alojamiento, merchandising y cenas. Más que fans, son turistas generando impacto económico sistémico. “Swiftonomics” ya ha dejado de ser una metáfora, para convertirse en categoría analítica real en informes económicos gubernamentales.
Más allá de Taylor. Swift no es una anomalía. El mercado global de música en vivo generó 28.100 millones de dólares en 2023 y las proyecciones lo sitúan en 79.700 millones para 2030. Ese crecimiento equivale a triplicar el tamaño del mercado en siete años, mientras el cine lucha por recuperar los niveles de hace una década. ¿Qué tiene la música en vivo que el cine ha perdido? Lo explica el término “funflation“: los consumidores priorizan gastar en experiencias memorables incluso durante períodos de alta inflación
Los festivales han capitalizado esta lógica: venden identidad, pertenencia y experiencias imposibles de replicar en casa. Justo lo contrario del cine: una película es exactamente idéntica en todo el mundo y una vez vista, el incentivo para repetir en sala es mínimo, especialmente sabiendo que estará en streaming en 45 días.
Se impone reinvención. La crisis de los cines no es una sentencia de muerte, pero sí una demanda de reinvención. Porque el espacio físico del entretenimiento no está muriendo, está siendo reformulado. El camino que ha seguido la industria de la música al pivotar completamente su modelo de negocio con la desaparición de los formatos físicos es el que tiene que seguir el cine. De momento, las salas no han acertado con las experiencias premium (restauración sofisticada, salas más cómodas, mejoras en calidad de imagen y sonido), pero es porque siguen sin diferenciarse lo suficiente de la experiencia doméstica. El cine necesita su propia Taylor Swift, pero de momento es un deseo sin solución clara.
Cabecera | Karen Zhao en Unsplash
En Xataka | Netflix adoraba los cines. Luego los odió. Ahora ha llegado a un término medio muy beneficioso
ues de anuncios individuales.
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Spotify mató al disco y la industria pivotó a los conciertos. Netflix mató al cine y la industria se quedó con una “crisis del espacio”
Nunca en la historia habíamos visto tantas películas: el streaming nos permite ver varias a la semana pero, sin embargo, las salas de cine están vacías. Literalmente, más vacías que nunca en décadas. Consumimos contenido audiovisual en masa, pero no donde lo disfrutábamos históricamente. Mientras tanto los conciertos se han convertido en la alternativa de ocio por excelencia. ¿Por qué pagamos cientos de euros por ir a un estadio con otras 50.000 personas, pero no quince por ver una superproducción en pantalla grande? La respuesta está en cómo valoramos el espacio físico en la economía de la experiencia.
Algunas cifras. Sobrevolemos algunas cifras de taquilla: el verano de 2025, tradicionalmente la temporada más lucrativa de la industria, ha sido el más desastroso desde 1981 ajustado por inflación. Ni se sueña con volver a cifras pre-COVID: en octubre de 2025 en EEUU se recaudaron apenas 445 millones de dólares, menos de la mitad del último octubre antes de la pandemia, que superó los mil millones. El espectador promedio acudió apenas 2,31 veces a las salas en 2024, una caída del 33% respecto a las 3,5 visitas anuales de 2019.
En España, los datos de 2025 son igualmente oscuros: la taquilla total cae un 14% (casi 30 millones menos), y el propio cine español retrocede un 2,5-3%. El autor de este último estudio, Pau Brunet, dice expresamente que “la fantasía de Hollywood se desmorona”. Y la erosión es constante: España tenía más de 105 millones de espectadores en 2019, lo que representa una pérdida de un tercio de su volumen en cinco años: ahora estamos en 71 millones.
Ventanas que no rinden. El problema es tan multifactorial que resulta ridículo quedarse solo en la caída de la taquilla para explicarlo. Por ejemplo, tenemos el colapso de las ventanas de exhibición: el estándar pre-pandémico era de 90-120 días en cines, tres o cuatro semanas posteriores en venta digital y luego ya formatos domésticos y streaming. Tras la pandemia esas ventanas se redujeron más de un 60%, y aunque ahora varían según el estudio, Universal y Warner dejan 45 días de ventana para sus producciones más cotizadas (puede reducirse a 17 días), con la excepción de Disney, que las explota durante 60 días.
En cualquier caso, el resto de las ventanas ser han acortado o desaparecido, y es común ver una película en streaming solo un mes y medio después de su paso por cines. Es uno de los principales motivos de que la gente haya abandonado las salas: hasta superproducciones como ‘Wicked’ se pueden ver en streaming apenas 40 días después de su paso por salas.
Hasta China. Hace unos años, China era el mercado que parecía destinado a salvar las cuentas de Hollywood, pero experimentó su propio colapso en 2024: la taquilla cayó un 23% hasta los 42.500 millones de yenes (5.800 millones de dólares), regresando a cifras de hace una década. La asistencia descendió en más de 200 millones de espectadores respecto a hace diez años. Uno de los principales motivos es la degradación de la experiencia teatral: cines sin climatización y sin personal de atención al cliente más allá del bar, una característica que desde hace años se extiende a salas de todo el mundo.
La crisis viene de largo. En realidad, esta caída no tiene sus raíces en el streaming ni en la pandemia. La asistencia del público estadounidense venía cayendo desde los años sesenta, pasando de una visita por persona cada dos o tres meses a apenas dos veces al año antes de la pandemia. El precio real de la entrada (ajustado por inflación) se ha mantenido estable desde los años ochenta, pero los consumidores han decidido que ya no quieren ir a las salas. El problema, como afirma este estudio de Bain & Company es que, durante décadas, la industria ha puesto todo el acento de su producción en el contenido puro, pero las películas han acabado llegando a casa en pocas semanas.
Mientras tanto, la música ha llegado a comprender algo fundamental: el valor no está en el contenido grabado, sino en el evento único e irrepetible.
El triunfo de la música. El Eras Tour de Taylor Swift cerró en diciembre de 2024 tras 149 conciertos en 51 ciudades, generando ingresos brutos de 2.077 millones de dólares. Es decir, más que los ingresos anuales de taquilla de cine de países enteros (compárese con los pírricos 71 millones de recaudación en taquilla en España en 2024). Y no hablamos solo de los conciertos: el gasto promedio por asistente osciló entre 1.300 y 1.500 dólares, incluyendo transporte, alojamiento, merchandising y cenas. Más que fans, son turistas generando impacto económico sistémico. “Swiftonomics” ya ha dejado de ser una metáfora, para convertirse en categoría analítica real en informes económicos gubernamentales.
Más allá de Taylor. Swift no es una anomalía. El mercado global de música en vivo generó 28.100 millones de dólares en 2023 y las proyecciones lo sitúan en 79.700 millones para 2030. Ese crecimiento equivale a triplicar el tamaño del mercado en siete años, mientras el cine lucha por recuperar los niveles de hace una década. ¿Qué tiene la música en vivo que el cine ha perdido? Lo explica el término “funflation“: los consumidores priorizan gastar en experiencias memorables incluso durante períodos de alta inflación
Los festivales han capitalizado esta lógica: venden identidad, pertenencia y experiencias imposibles de replicar en casa. Justo lo contrario del cine: una película es exactamente idéntica en todo el mundo y una vez vista, el incentivo para repetir en sala es mínimo, especialmente sabiendo que estará en streaming en 45 días.
Se impone reinvención. La crisis de los cines no es una sentencia de muerte, pero sí una demanda de reinvención. Porque el espacio físico del entretenimiento no está muriendo, está siendo reformulado. El camino que ha seguido la industria de la música al pivotar completamente su modelo de negocio con la desaparición de los formatos físicos es el que tiene que seguir el cine. De momento, las salas no han acertado con las experiencias premium (restauración sofisticada, salas más cómodas, mejoras en calidad de imagen y sonido), pero es porque siguen sin diferenciarse lo suficiente de la experiencia doméstica. El cine necesita su propia Taylor Swift, pero de momento es un deseo sin solución clara.
Cabecera | Karen Zhao en Unsplash
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El gran plan de las marcas chinas para abrir centenares de concesionarios en España: un movimiento a contracorriente
Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo
Eran los años 80 y los detergentes de Colón habían colado su famoso eslogan en todas las casas de España. 40 años después, un trabajador de BYD me explicaba cómo buscaban romper prejuicios en España:
“Estamos dejando que la gente se lleve el coche a casa. No queremos hacer la típica prueba de 20 minutos con el comercial dentro del coche. Decimos al cliente que no tenga miedo, que se lleve el coche y que nos lo traiga al día siguiente”
BYD apenas tenía un puñado de puntos de venta en España aquellos días de 2023. Poco antes habíamos acudido a la presentación oficial de la marca. La compañía china llegaba con tres coches eléctricos (dos de ellos de claro enfoque premium) y lo vi claro: la marca tenía que conseguir atraer al cliente hasta el concesionario. Que se sentara en el coche, que lo tocara y lo sintiera. Era la única manera de dinamitar los prejuicios.
Estamos a poco más de un mes de que termine 2025. Al cierre de octubre, BYD ha vendido en España 22.357 con unidades exclusivamente enchufables según datos de Anfac. Doblan holgadamente a Fiat. Superan a Mazda y Volvo. Hace tiempo que dejaron atrás a Tesla. Tienen en el horizonte cercano a Opel o Cupra. Empiezan a acercarse a Ford.
Al mismo tiempo, BYD cerrará con 100 concesionarios el año (ya tienen activos 96 en toda España) y prevén abrir otra treintena el año que viene. Al mismo tiempo, Chery ha colocado en nuestro país 31.493 coches al cierre de noviembre entre Ebro, Omoda y Jaecoo. Y eso que estamos ante el primer año completo en el que han vendido coches en nuestro país. La suma de todos ellos también supera holgadamente el centenar de puntos de venta.
MG suma 38.989 unidades entre enero y octubre de 2025. Con 11 puntos de venta disponibles en toda España.
La irrupción es tal que el 10% de los coches que se compran en España son chinos. Era una cifra difícil de imagen de imaginar hace tan solo unos años.
Una cifra que se ha conseguido llevando al cliente al concesionario.
Y dinamitando sus prejuicios.
La importancia de estar en la calle
Son muchos los factores que explican el brutal crecimiento de las marcas chinas en nuestro país. Podemos hablar de sus precios bajos, de ofrecer una puerta de entrada a una tecnología (la eléctrica o la híbrida enchufable) que han encarecido el producto o el amplísimo equipamiento que se ofrece en cada coche.
Pero además del precio, que sobrevuela todos los argumentos anteriores, encontramos un esfuerzo expansivo de todas estas marcas por estar en la calle, al pie del cliente, con los concesionarios.
“Llevábamos mucho tiempo pendiente de su llegada. Ya hace 15 años, en la primera incursión de la marca, tuvimos uno de sus modelos, ahora no recuerdo exactamente el nombre. En cuanto a volumen, capacidad de fabricación y desarrollo, es un producto realmente excelente. Pensamos que está por encima del resto de las marcas chinas que están llegando a nuestro país”.
Quien habla es José María Blitz, Director de Proyecto en el concesionario que BYD tiene en la en la calle Concha Espina en Madrid (junto al Santiago Bernabéu) y que pertenece a Astara Retail, distribuidora con presencia en 19 países y que lo mismo te vende un Bentley o un Rolls-Royce que un BYD. Esta vez es a la marca china a la que hace referencia.
Nos cuenta que el público ha acogido con los brazos abiertos a la compañía y que desde que abrieran su primer concesionario, este junto al estadio madridista, el interés solo ha ido en aumento.
“El cliente ya ha superado eso de ‘marca desconocida’. Podía haberla en un principio, hace tres años o cuatro años pero yo creo que está prácticamente vencida. Es más, la percepción que tiene el cliente de la marca es excelente”, explica. Sumado a que “el producto europeo era muy caro y el quipamiento muy justo. Las marcas chinas ofrecen un producto de calidad a precio competitivo con un nivel de equipamiento mucho más alto. Podemos estar tranquilamente un 20% o un 25% por debajo de marcas de la competencia con niveles de equipamiento más alto”, señala Blitz.
BYD es solo una de las marcas chinas que venden en nuestro país. Junto a MG y al Grupo Chery (Omoda, Jaecoo y Ebro) forman una suerte de quinteto representativo de las 28 marcas chinas que ya venden en nuestro país, según Faconauto.
La patronal de concesionarios de nuestro país dice contabilizar unos 600 puntos de venta ahora mismo, entre concesionarios y servicios oficiales. Eso sí, nos señalan que “conviene contextualizar esta cifra: la mayor parte de los puntos de venta en España sigue correspondiendo a fabricantes consolidados —europeos, japoneses, coreanos o americanos—, cuya presencia es estructural y se ha desarrollado a lo largo de décadas.
Ahora mismo, Faconauto contabiliza 28 firmas chinas vendiendo coches a través de 600 concesionarios repartidos por todo el país
¿Qué ha pasado para encontrarnos con esta explosión? Blitz lo tiene claro, el producto, asegura, es parte del éxito. Pero también con quiénes se han asociado estas marcas. “Su estrategia ha sido cerrar acuerdos con grandes grupos de concesionarios, gente que es realmente profesional”, aseguran desde este concesionario propiedad de Astara.
Lo mismo opinan en Faconauto, quienes señalan que “han decidido entrar en nuestro mercado con un modelo ‘tradicional’ aprovechando la implantación de los empresarios concesionarios. Y la clave es la palabra ‘empresarios’, que eligen dónde invertir su dinero. Resulta evidente que muchos grupos de concesionarios han visto una buena oportunidad en invertir en la distribución de las marcas chinas”
Esa apuesta genera confianza hacia el cliente, lo que les ha permitido crecer “hasta el nivel de cualquier otra marca europea”, para Blitz. La clave: un producto disruptivo y un buen servicio postventa.
“Son muy ágiles y quieren que sus colaboradores también lo sean. Hay un sentido de urgencia en todo lo que hacen. Quieren crecer muy rápido, pero con sensatez”. Esta vez quien habla es Víctor Moll, cofundador y CEO de Moll Motor que desde hace más de 60 años han vendido todo tipo de productos. De hecho, en su cartera tienen Mazda, Fiat, Abarth, Alfa Romeo, Jeep y Suzuki… y Omoda-Jaecoo o Ebro, marcas a las que se refiere en esta ocasión.
Moll Motor representa a la perfección esa figura de distribuidor que mantiene una cartera amplia de marcas tradicionales pero que no ha dudado en sumarse a la “fiesta china”. Una fiesta que ha mirado hacia el negocio clásico de los concesionarios, una fórmula donde las marcas tradicionales han apretado en los últimos años. Volvo, por ejemplo, saltar al “todo online” pero ha sido un fiasco. Mercedes trabaja en instaurar un modelo de agencia y Carlos Tavares ya hablaba de un profundo adelgazamiento de la cartera de concesionarios de Stellantis en 2022.
En los últimos años, explican desde Faconauto, “ha habido procesos de racionalización, especialmente en marcas con redes históricamente muy amplias, motivados por la digitalización, ajustes de eficiencia o cambios en los modelos contractuales. En 2014, por ejemplo, había unos 2.100 concesionarios de marcas ‘tradicionales’ y a finales de 2024 había unos 1.600… pero en ese año hemos tenido que sumar los 500 puntos nuevos que las marcas chinas han ido generando”.
“Las marcas chinas ofrecen mejores condiciones que algunas marcas tradicionales, es normal si quieren entrar, la cuestión es si las mantendrán en el tiempo. Son muy rápidos sirviendo producto, y eso hace que se incrementen los volúmenes, y finalmente nuestro beneficio, es una cuestión de escala”, señala Moll quien defiende su papel: “los fabricantes chinos tienen muy claro lo que quieren y como lo quieren hacer, y para ello han contado con los concesionarios, cosa que otros tradicionales parecen haber olvidado”.
“Tienen muy claro lo que quieren hacer, y para ello han contado con los concesionarios, cosa que otros tradicionales parecen haber olvidado. Quisieron reinventar la rueda”
“Lo que le hicimos ver a la marca era que el servicio en postventa era fundamental. O sea, creemos que el éxito no está solo en tener un producto competitivo, sino en poder dar luego un alto nivel de servicio. En cuanto a instalaciones, formación, formación técnica, garantías, que no haya rotura de stock. El cliente necesita que ese coche funcione todos los años que lo tenga y que esté realmente bien atendido. Y creo que eso es uno de los éxitos también de hoy. Eso se ha hecho muy bien con todo un almacén muy potente para Iberia en Guadalajara. Ese almacén está por encima del 90% de las piezas disponibles”, recupera Blitz. Y recalca: “eso es fundamental. Esa es la clave”.
Victor Moll defiende la misma posición. “Para construir una imagen de marca y acercarla al consumidor, con el mejor servicio de postventa, la forma más directa, eficiente y económica siempre ha sido a través de una red de concesionarios. Vender es lo más fácil, eso lo saben hacer muchos, pero dar después el servicio necesario ya no es tan fácil, y las redes de concesionarios eso lo vienen haciendo desde hace mucho tiempo. Muchos fabricantes tradicionales decidieron ‘reinventar la rueda’ y claramente se han equivocado, y eso ha dejado un espacio para que nuevos players hayan entrado por el camino que abrieron otros”.
Y resume “tienen muy claro que el cliente es lo primero y se esfuerzan mucho por comprender el mercado local. Escuchan y preguntan mucho”.
Lo que narran Blitz o Moll es el éxito de BYD, Omoda y Jaecoo, compañías chinas que como MG o Ebro, han sido abrazadsa rápidamente por el cliente general. Pero no son las únicas que tratan de hacerse un hueco en España.
Deepal, Zeekr, iCar, GAC, Lepas, Nevo, Luxeed o Avatr son marcas mucho menos conocidas. Todas ellas han levantado el interés de los grandes grupos de concesionarios españoles que ven bajo sus siglas lo mismo que vio Astara con BYD: un producto atractivo a un precio lo suficientemente bueno como para convencer al cliente particular.
En líneas generales, y como se puede ver en el caso de Astara o Moll Motor, las marcas chinas no han abierto una red propia en un tiempo récord. La mayoría se ha asentado sobre gigantes de la distribución en nuestro país, aprovechando la red que ya tenían desplegada para ser más ágiles, posicionar el producto en la calle y ofrecerlo lo más rápidamente posible.
Faconauto describe bien el movimiento. La patronal nos confirma que aunque “se están produciendo movimientos puntuales” no hay un fenómeno generalizado en el que los concesionarios estén abandonando a las firmas tradicionales para pasarse al mercado de las compañías chinas.
“Hay grupos que incorporan una marca nueva como complemento a su porfolio; otros lo hacen para reforzar su oferta electrificada; y algunos mantienen exclusivamente su apuesta por fabricantes tradicionales”, explican desde la asociación que aglutina a los concesionarios en nuestro país.
¿Y en el futuro? “Dependerá de factores como la estabilidad regulatoria, la evolución del mercado eléctrico, la continuidad o adaptación de las ayudas y el compromiso de cada fabricante con su inversión en red y postventa. Pero la tendencia observada hasta ahora muestra una irrupción progresiva y ordenada, que convive con una red tradicional muy sólida y mayoritaria”, describen en Faconauto que, además, subrayan que “el factor decisivo no es el origen, sino la solidez del proyecto, el soporte en postventa, la inversión que requiere y la visibilidad a medio y largo plazo. Las decisiones se toman con criterios estratégicos, no por cuestiones de procedencia”.
Foto | BYD
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