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por qué nuestro cerebro defiende nuestros errores aunque sepa que estamos equivocados

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Un político del partido al que votaste comete un acto deleznable, pero no lo consideras tan grave como si algo menos rechazable lo hubiese hecho alguien del partido rival. ¿Te suena? Es el autoengaño funcionando a toda potencia. Admitir un error no es fácil: solemos exoneramos de nuestros fallos mientras guardamos rencor hacia los errores ajenos. O como diría Jean-Paul Sartre: “El infierno son los otros”.

La autojustificación es la manera que tiene nuestra mente de reducir la disonancia cognitiva. Es decir, el estado de tensión que se produce cuando una persona mantiene dos cogniciones (ideas, actitudes, creencias, opiniones) que son psicológicamente incoherentes entre sí. 

Así definen la disonancia cognitiva los psicólogos sociales Elliot Aronson y Carol Tavris en Se han cometido errores (pero yo no fui): Por qué justificamos creencias ridículas, decisiones equivocadas y actos dañinos, publicado por primera vez en 2007 y que llega ahora a España en una edición revisada de Capitán Swing. 

“La autojustificación es más poderosa y peligrosa que la mentira explícita” porque “minimiza nuestros errores y malas decisiones, a la vez que explica por qué todo el mundo puede reconocer a un hipócrita en acción, excepto a él mismo”, destacan Aronson y Tavris.

El ejemplo con el que empieza este libro es el famoso caso destapado por el psicólogo social Leon Festinger tras infiltrarse en una secta del juicio final. Este grupo creía que se acabaría el mundo el 21 de diciembre de 1954 y que una nave espacial salvaría a sus seguidores. Festinger comprobó que aquellos que habían vendido sus bienes terrenales, superfluos frente al apocalipsis, y que habían arriesgado más eran precisamente los más reacios a cambiar de opinión.


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¿Engañarnos? Sí, gracias. (Unsplash)

Cuando el líder de la secta explicó que el platillo volante no había llegado a la Tierra porque la fe del grupo había salvado el mundo, sus seguidores redoblaron su confianza en él. Para explicar este evento, el psicólogo creó en 1957 el concepto “disonancia cognitiva”. Pero el caso sobre el que se ha construido el edificio de la disonancia cognitiva se ha tambaleado durante los últimos años.

¿Sabemos qué es la disonancia cognitiva realmente?

Gracias a material de archivo recientemente desclasificado, un artículo científico publicado a comienzos de noviembre de 2025 dice haber demostrado que las afirmaciones centrales de este caso, contado por Festinger y otros psicólogos en 1956, son falsas y que los autores lo sabían.

Según los documentos, el grupo estuvo activo mucho antes de que la profecía fracasara y luego abandonó rápidamente sus creencias. Esta nueva revelación también alerta de “graves violaciones éticas por parte de los investigadores, incluyendo mensajes psíquicos falsificados y manipulación encubierta”. Uno de sus autores, Henry Riecken, se hizo pasar por una autoridad espiritual y más tarde admitió que había “precipitado” los acontecimientos culminantes del estudio.

Para Fernando Blanco, profesor titular del Departamento de Psicología Social de la Universidad de Granada, este descubrimiento no altera la evidencia detrás del concepto de disonancia cognitiva. “Aunque la disonancia cognitiva y el autoengaño existan como fenómenos psicológicos, tienen límites y no esperaría que dominasen totalmente y por sí solos el comportamiento de un grupo más o menos grande de personas”. 

Realmente, indica este experto, “no estamos hablando de un estudio científico sino de una anécdota que inspiró una idea o que se utilizó para ilustrar una hipótesis que luego fue estudiada científicamente, que es con lo que deberíamos quedarnos. Hay montones de estudios que sugieren que la gente intenta evitar la disonancia. El fenómeno de la disonancia cognitiva existe, aunque su interpretación teórica pueda variar”.


justicia
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La justicia es ciega, nuestra disonancia cognitiva también, aparentemente. (Unsplash)

Esto es frecuente en la psicología, particularmente en la psicología social, continúa Blanco: “Tenemos montones de observaciones más o menos anecdóticas que ‘pasan a la historia’ y que los profesores de psicología social siempre contamos que realmente contienen más mito que realidad”. 

Otro caso, citado también en el libro de Capitán Swing, es el del experimento de Milgram en la Universidad de Yale en 1961, diseñado para medir la obediencia a la autoridad. En el experimento, se obligaba a los participantes a dar descargas eléctricas crecientes a una persona que gritaba y llegaba, aparentemente, al borde de la muerte. La interpretación suele ser que las personas tenemos una predisposición a obedecer acríticamente a la autoridad. Esta investigación se hizo en una época en la que resonaban los crímenes de la II Guerra Mundial y los juicios de Nuremberg. 

“Muchas veces se sobredimensionan los resultados, que, si bien son interesantes, no son tan extremos como se suelen relatar”, indica Rafael Gil Ortega, psicólogo clínico que está finalizando su doctorado sobre persuasión en la Universidad Autónoma de Madrid. Pero, advierte Blanco, en realidad se cree que casi la mitad de los participantes sabía que las descargas eran “de pega” y que no estaban dañando a nadie.

“La evidencia que proporciona este estudio es débil y hay que tomarla con mucho escepticismo”, aunque otras investigaciones más recientes, sin llegar al extremo de Milgram por cuestiones éticas, han llegado a conclusiones parecidas, indica Blanco. El investigador también señala que existen otras explicaciones que no se basan en la obediencia sino en la influencia normativa, es decir, que las personas hacemos lo que se espera de nosotros, sin necesidad de interpretar ese comportamiento como derivado de una orden.

Los pros y los contras de autoengañarse

La disonancia cognitiva puede ser fácil de identificar por el malestar que genera la contradicción entre nuestra forma de actuar y nuestra forma de pensar, manifestada en forma de culpa o remordimiento. “Cuando la sentimos, tendemos a evitar cualquier cosa que pueda aumentarla, buscando información y apoyo solo en personas o fuentes que confirmen nuestras creencias, evitando aquellas que podrían contradecirlas”, señala Blanco. Al ser la disonancia una sensación desagradable, estamos motivados para reducirla.

Gil aboga por no demonizarla porque gracias a ella “podemos reflexionar, crecer, cambiar y mejorar haciéndonos preguntas. Otras veces simplemente podemos ser inconsistentes y ya está. No es razonable exigir una coherencia perfecta cuando el propio contexto no es consistente”. Tampoco todos estamos igual de predispuestos a autoengañarnos. 

Como señalan los autores de Se han cometido errores (pero yo no fui): “Todos somos tan inconscientes de nuestros puntos ciegos como lo son los peces respecto al agua en la que nadan. Pero quienes nadan en las aguas del privilegio tienen una motivación particular para seguir siendo ajenos a ello”.


autoengaño
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No fui yo, señoría, fue mi autoengaño. (Unsplash)

El autoengaño también tiene un lado positivo: el permitirnos dormir por la noche y no torturarnos por nuestras acciones y omisiones. Pero “bloquea nuestra capacidad de ver nuestros errores” y corregirlos. Ello nos impide “obtener toda la información que necesitamos y evaluar los problemas con claridad”, indican Tavris y Aronson.

El autoengaño nos protege de sentirnos mal, destaca  Gil. Se manifiesta, por ejemplo, con eufemismos en el lenguaje. En lugar de decir “he sido infiel”, diríamos “he hecho lo que me dictaba el corazón”. Blanco lo llama el efecto de “no poder echarse para atrás”, pudiendo llegar al extremo de autoconvencerte. Esta coherencia también se aplica a tu entorno. Por ello, cuando acusan a un familiar o conocido de alguna agresión, para ti es más coherente que la persona que acusa esté exagerando, equivocándose o mintiendo que tu amigo acusado sea un agresor.

Otro fenómeno relacionado con este tipo de distorsiones cognitivas tiene que ver con la anestesia emocional. Este fenómeno suele suceder cuando las personas están expuestas por un tiempo a un estímulo negativo, como el sufrimiento ajeno. Se produce entonces una habituación al estímulo y dejamos de reaccionar ante él. Como explica Miriam Rocha, psicóloga clínica en ITEMA, las personas podemos “anestesiarnos” ante la observación del dolor y dejar de reaccionar empáticamente. 

Esto ocurre en las guerras, lo que explica las escaladas de violencia y que los espectadores “podemos también habituarnos a dicho grado de horror y dejar de ser sensibles al mismo, acabando por normalizarlo”, destaca.

Hay ocho mecanismos de desconexión moral, según expuso el psicólogo Albert Bandura: la justificación moral, el lenguaje eufemístico, la comparación ventajosa, el desplazamiento de la responsabilidad, la difusión de la responsabilidad, la minimización o distorsión del daño, la deshumanización de la víctima y la culpabilización de la víctima. Conocerlos puede ser un buen comienzo para detectar el autoengaño, indica Gil, aunque ser conscientes de nuestros fallos puede no ser suficiente.

Amaestrando tu autoengaño

Para evitar actuar bajo la influencia del autoengaño, Gil recomienda tomar decisiones en frío, tras dejar pasar el tiempo y reposar las emociones. Otra táctica importante es hablar y escuchar a otros y buscar información que contradiga nuestra opinión inicial: “Un problema es que en muchas ocasiones nosotros somos nuestra única audiencia cuando pensamos. El autoengaño no se combate por introspección pura, sino cuando se rompen las condiciones que lo sostienen”.

Por su parte, Rocha aboga primero por ser conscientes de nuestros sesgos cognitivos, ya que cumplen una función adaptativa y tienen una utilidad como estrategias para desenvolvernos en el mundo, aunque sea de forma inconsciente o involuntaria. El siguiente paso sería conocerse a uno mismo. ¿Ante qué situaciones, personas o momentos podemos ser más propensos a equivocarnos en el análisis de la situación? El tercer elemento es estar alerta en momentos donde es más fácil que suframos sesgos.


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Controlar el autoengaño es posible (y recomendable si no quieres terminar asaltando una institución democrática). (Unsplash)

Por último, toca trabajar conscientemente el análisis de nuestro propio discurso, como si fuéramos científicos que tuviéramos que poner a prueba una hipótesis. ¿Cómo? Tomando nuestra interpretación como una mera hipótesis que hay que contrastar. ¿Tiene datos que la apoyen? ¿Hay evidencia en contra que la refute? 

“Igual que podemos ser muy buenos utilizando nuestro discurso interno para hacernos trampas o daño, también podemos aprender a utilizarlo a nuestro favor para controlar dichas trampas y daños”, añade la psicóloga.

En terapia, abunda Rocha, se utiliza la disonancia cognitiva para identificar sus orígenes. “Se enseña a la persona a ser más honesta en el reconocimiento del papel de su discurso y a desarrollar la capacidad de realizar descripciones y análisis más ajustados a la realidad que permitan tomar mejores decisiones”. Cualquier cambio en consulta pasa por tomar conciencia sobre cuándo aparecen las conductas problemáticas. A partir de ahí se comienzan a introducir conductas alternativas. 

Y el problema de la memoria

El libro de Tavris y Aronson dedica un capítulo a la implantación y creación de recuerdos falsos, incluyendo los casos de abusos sexuales falsos en la infancia creados por terapeutas. Esta mala praxis llevó a personas inocentes a la cárcel. 

Ocurrió debido a que la memoria no funciona como un disco duro donde se almacena un recuerdo y luego se recupera cuando lo necesites, advierte el profesor de la Universidad de Granada: “Es más bien un sistema que reproduce un patrón de activación neuronal que reconstruye una experiencia del pasado, pero siendo vulnerable a la influencia del presente”. O como expone Rafael Gil, la memoria es reconstructiva, no reproductiva. Este es un dato que no conocían los jurados y jueces que condenaron a las víctimas de estos falsos recuerdos (o sabiéndolo pudieron autoengañarse o ser sugestionados).

Otro mito es que un evento impactante debe dejar huella en las personas o, como dice el lenguaje terapéutico popularizado, “provocar un trauma”. Y si no te marca es porque el trauma está reprimido. “Nada más lejos de la realidad. Si no hay ninguna forma en la que un evento pasado reaparezca o genere impacto en el presente es porque probablemente la persona ha tenido la capacidad de superarlo de forma adecuada”, señala Miriam Rocha. 


memoria
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La memoria es traicionera. (Unsplash)

Respecto a los recuerdos implantados en terapia, también está la posibilidad de que la persona cuente lo que cree que se espera por la deseabilidad social. Es decir, que los pacientes digan cosas porque creen que es lo que queremos escuchar, lo que se espera socialmente o que va a ser bien recibido, añade la psicóloga.

El autoengaño llega a crear recuerdos alterados para conservar la coherencia y protegernos de la disonancia, de forma que en retrospectiva nuestra conducta se presente como lógica y justificada. “No me han timado vendiéndome un objeto inútil y caro, es que yo tenía muchas ganas de comprarme uno”, ejemplifica Fernando Blanco.

Lamentablemente para nosotros y afortunadamente para la industria de la publicidad y el marketing, somos más sugestionables de lo que creemos, especialmente cuando hay lagunas de información. Entonces el cerebro completa esas lagunas con lo más plausible o coherente narrativamente. Como concluye Miriam Rocha: “Todos somos sugestionables, aunque también podemos aprender a protegernos de influencias externas”.

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El desayuno que arruina tu energía en la oficina es el mismo que salva a un ciclista: la paradoja de las "calorías vacías"

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El desayuno que arruina tu energía en la oficina es el mismo que salva a un ciclista: la paradoja de las "calorías vacías"

La vida tan atareada y estresada que llevamos buena parte de la sociedad puede hacer que por las mañanas la falta de tiempo haga que el desayuno se resuelva rápidamente con un café acompañado de unas cuantas galletas o un bollo. Algo que es sabido por muchos que no es sano, pero el reloj apretando por detrás hace difícil sacar tiempo para hacer unas tostadas con algo saludable encima. Sin embargo, con este desayuno rápido hay un problema: la energía acaba cayendo en pocas horas. 

Las calorías vacías. Un término que cada vez se escucha más para hacer referencia a esos alimentos más procesados como la bollería, las galletas o cualquier dulce que comemos. Y aquí está puesto el gran debate, y plantea muchas preguntas sobre su utilidad y si de verdad comemos alimentos que no sirven para nada a corto plazo más allá de engordar. 

Una montaña rusa. Para entender qué ocurre en nuestro cuerpo a las 8:00 de la mañana cuando ingerimos un café y cuatro galletas, hay que fijarse en la bioquímica de la digestión. Y es que la bollería industrial o las galletas están compuestas principalmente por harinas refinadas y azúcares libres. Esto es un problema porque, al carecer de fibra, proteínas o grasas saludables de calidad, el cuerpo no tiene que hacer un gran esfuerzo para digerirlas. Es decir, se descomponen a una alta velocidad en el tracto intestinal y pasan a la sangre en forma de glucosa casi de golpe. 

En términos energéticos, es el equivalente a intentar calentar una casa encendiendo un fuego con hojas de papel de periódico: arde rapidísimo, genera una llamarada intensa, pero se apaga a los pocos minutos.

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No hay que demonizar a la glucosa porque es fundamental como combustible para nuestro organismo y sobre todo para el cerebro. Sin embargo, este pico de azúcar que se produce por el consumo de estos productos u otros que suponen un gran desembarco de glucosa en sangre obliga al páncreas a segregar una gran cantidad de insulina de golpe para retirar el exceso de azúcar en sangre hacia el músculo o hacia el tejido adiposo. 

El resultado aquí es una bajada drástica de glucosa apenas un par de horas después de haber ingerido estos alimentos, lo que provoca un hambre voraz u cansancio que hace que necesitemos comer nuevamente para tener azúcar en nuestro cuerpo. 

Un continuo de azúcar. En el caso de que se haga un desayuno más pausado con alimentos mucho más variados, saludables y ricos en fibra, esto no ocurre. Cuando hay una buena cantidad de fibra, el aparato digestivo tiene que invertir más tiempo en procesar los alimentos y, por tanto, el caso de la glucosa al torrente sanguíneo es más pausado y mantenido en el tiempo. Esto hace que se tenga una energía ‘más mantenida’ a lo largo de toda la mañana sin sentir el clásico ‘bajón’ a media mañana. 

No siempre es malo. Aunque en muchas ocasiones se trata de demonizar a estas calorías vacías por no contar con nutrientes de calidad, a veces es necesario tener un plus de energía rápida sin pensar en la fibra o las vitaminas que puedan presentarse. Esto es algo que vemos en el mundo del deporte, donde una chocolatina hiperazucarada o una galleta puede obrar un milagro cuando se está en el kilómetro 80 de una etapa, subiendo un puerto o cuando acecha la temida ‘pájara’. 

En ese contexto de alto rendimiento deportivo, la fibra o las grasas serían un estorbo, ya que ralentizarían el vaciado gástrico, robando sangre de las piernas para enviarla al estómago y provocando pesadez o problemas gastrointestinales. Ese pico de glucosa que en una oficina te provoca letargo a las dos horas, en la bicicleta se quema inmediatamente en el músculo como combustible de alto octanaje, permitiendo mantener la intensidad.

Imágenes | Bayu Syaits

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La noticia

El desayuno que arruina tu energía en la oficina es el mismo que salva a un ciclista: la paradoja de las “calorías vacías”

fue publicada originalmente en

Xataka

por

José A. Lizana

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Ni drones, ni francotiradores. Los cazadores de jabalíes en Barcelona tienen un remedio natural más sencillo: una receta casera

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En 2022, un jabalí irrumpió en una terraza de Cadaqués y se llevó varias bolsas de comida delante de decenas de turistas que lo grabaron con el móvil mientras el animal caminaba entre mesas como si llevara años viviendo allí. Para muchos vecinos fue la confirmación definitiva de que los jabalíes ya no estaban entrando ocasionalmente en las ciudades: empezaban a comportarse como un habitante más.

Barcelona y la guerra imposible. Lo contamos hace unos días. Barcelona lleva años intentando contener la expansión de los jabalíes con campañas sanitarias, controles de población, vigilancia forestal y protocolos cada vez más sofisticados. Sin embargo, los animales siguen avanzando calle a calle desde Collserola hasta el corazón urbano de la ciudad. El último episodio ha resultado especialmente simbólico: un ejemplar apareció hurgando tranquilamente entre contenedores de basura en la calle Casanova, cruzando por primera vez la frontera psicológica de la Gran Via y acercándose al Raval. 

La imagen resume perfectamente el problema de fondo. Mientras administraciones y técnicos despliegan dispositivos complejos para controlar la peste porcina africana y vaciar zonas boscosas enteras, los jabalíes continúan entrando en Barcelona atraídos por algo muchísimo más básico: comida fácil, basura acumulada y desperdicios urbanos convertidos en un buffet nocturno permanente.

La ciudad como nuevo ecosistema salvaje. El caso del Eixample refleja hasta qué punto el jabalí ha dejado de comportarse como un animal estrictamente forestal. Vecinos de la zona llevaban semanas denunciando contenedores saturados, restos de comida esparcidos por la calle y una acumulación constante de suciedad que atraía ratas y otras plagas. El jabalí simplemente terminó ocupando el último escalón de esa cadena alimentaria urbana. 

La paradoja es que, pese a los miles de ejemplares capturados y sacrificados alrededor de Collserola para contener la peste porcina, la ciudad sigue ofreciendo exactamente lo que estos animales necesitan para perder el miedo al entorno humano: acceso sencillo a comida y ausencia de depredadores. El resultado es una especie cada vez más habituada al tráfico, las luces y los barrios densamente poblados, capaz de atravesar media Barcelona durante la madrugada con absoluta normalidad.

El verdadero secreto sigue siendo el olor. Lo más llamativo es que, mientras Barcelona despliega protocolos sanitarios, controles forestales y campañas institucionales, muchos cazadores llevan años utilizando métodos muchísimo más rudimentarios para atraer jabalíes. El éxito viral de recetas caseras basadas en anís, maíz fermentado, refrescos azucarados o mezclas dulces demuestra hasta qué punto el comportamiento del animal sigue guiándose por impulsos extremadamente simples. 

El fuerte olor del anís pulverizado sobre cereal o el aroma ácido de la fermentación actúan como un imán para los jabalíes, que localizan rápidamente cualquier fuente calórica fácil. Esa lógica explica también lo que ocurre en Barcelona: al final, la tecnología importa menos que la capacidad de controlar el acceso a residuos orgánicos. La ciudad puede desplegar vigilancia, sacrificios sanitarios y restricciones de movilidad, pero mientras existan puntos donde la basura rebose y los desperdicios se acumulen, seguirá ofreciendo exactamente el mismo estímulo que esos cebaderos improvisados usados en el monte.

La fauna alterando a una gran ciudad. Contaba el fin de semana El Mundo que la expansión del problema ya empieza a tener consecuencias que van mucho más allá de la convivencia vecinal. El brote de peste porcina africana detectado en jabalíes catalanes ha obligado a activar restricciones sanitarias que incluso han terminado afectando al rodaje de grandes producciones internacionales. La película The Last Druid, protagonizada por Russell Crowe, tuvo que paralizar parte de su producción en Sant Cugat debido a las limitaciones impuestas en áreas forestales cercanas al foco sanitario. 

El episodio ilustra hasta qué punto la sobrepoblación de jabalíes ha dejado de ser un problema estrictamente ambiental o agrícola para convertirse en un fenómeno con impacto económico, urbano y logístico. Lo que comenzó como la presencia ocasional de animales en los límites de Collserola está empezando a interferir incluso en actividades industriales y culturales vinculadas al territorio.

Convivencia cada vez más difícil. El gran problema para Barcelona es que todo apunta a que esta situación no es temporal. Los jabalíes se adaptan con enorme rapidez a los entornos urbanos porque encuentran alimento constante, menos presión cinegética y refugios relativamente seguros en parques, descampados y zonas verdes periféricas. Al mismo tiempo, las ciudades generan enormes cantidades de residuos accesibles cada noche. 

La combinación es explosiva: animales cada vez más confiados entrando en barrios densamente poblados mientras las administraciones intentan equilibrar control sanitario, bienestar animal y seguridad ciudadana. Y ahí aparece la gran ironía de toda la historia. Después de campañas masivas, dispositivos forestales y protocolos complejos, la batalla contra los jabalíes sigue girando alrededor de algo muy antiguo y elemental: el olor de la comida.

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Tom Hanks se niega a participar en el remake de esta película del Hollywood clásico

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En el año 2000, durante la gira de promoción de ‘Náufrago’, un periodista preguntó a Tom Hanks si estaría dispuesto a ponerse en la piel del protagonista de un remake de ‘El invisible Harvey’, la comedia fantástica de 1950 cuyo reparto ya encabezaron James Stewart y un conejo que no existe. La respuesta fue tajante: “Es como decir que vamos a hacer una nueva versión de ‘¡Qué bello es vivir!’ ¿Para qué? Déjenla en paz. ‘Harvey’ es perfecta tal y como está, gracias”.

Harvey: Origins. Antes de ser película, ‘El invisible Harvey’ fue obra de teatro. Su autora, Mary Chase, tardó dos años en escribirla y la estrenó en Broadway el 1 de noviembre de 1944. Duró 1.775 representaciones, hasta 1949, y en 1945 ganó el Premio Pulitzer de Drama. En ella, Elwood P. Dowd es un hombre afable y aficionado a los bares que encuentra un buen amigo en Harvey, un pooka (criatura de la mitología celta) con forma de conejo blanco de casi dos metros que solo él puede ver. Su hermana intenta internarlo en una clínica en una obra que se plantea qué es exactamente estar cuerdo.

La película. Cuando Universal compró los derechos, James Stewart era la elección natural para el protagonista. La película llegó a los cines en diciembre de 1950 y funcionó razonablemente bien: alrededor de 2,6 millones de dólares de recaudación, pero insuficientes para cubrir los elevados gastos de derechos de la obra. Josephine Hull ganó el Oscar a la Mejor actriz de reparto y Stewart fue nominado, pero el recuerdo de la película acabó difuminándose en el tiempo, recuperándose décadas después como una pieza de cine fantástico amable involuntariamente lisérgica.

Otros remakes… de Tom Hanks. El rechazo de Hanks en el año 2000 no era el de alguien que se opone por principios a actualizar historias del pasado. O al menos no lo sería en poco tiempo: en 2004 protagonizó The Ladykillers de los hermanos Coen, remake de la comedia criminal británica de Alexander Mackendrick de 1955 Arsénico por compasión. En 2022, El peor vecino del mundo, dirigida por Marc Forster, fue una adaptación directa de la película sueca Un hombre llamado Ove (2015) de Hannes Holm. 

Un remake que trae cola. El invisible Harvey ha estado a punto de materializarse en numerosas ocasiones sin que nunca llegara a buen puerto. Don Gregory adquirió los derechos en 1996 y acabó vendiéndoselos a Miramax, que tampoco hizo nada con ellos. En noviembre de 2003, John Travolta estaba en negociaciones para protagonizar una nueva versión coproducida por Dimension Films y MGM, que tampoco prosperó.

El intento más serio llegó en 2009, cuando Steven Spielberg se interesó en dirigir la película bajo el paraguas de Fox y DreamWorks. La primera opción de Spielberg para Elwood era su colaborador habitual Tom Hanks pero cuando Hanks rechazó el papel, Spielberg archivó el proyecto. Después circularon los nombres de Robert Downey Jr. y otros actores como Jim Carrey o Adam Sandler, sin que ninguno de esos nombres llegara más allá de la especulación. En diciembre de 2018, Netflix anunció que se había hecho con los derechos del proyecto, con los guionistas J. David Stem y David N. Weiss (Shrek 2, Los pitufos) a cargo del guion. Pero desde aquel anuncio no ha trascendido ningún avance.

Las versiones que sí existieron. Aunque el remake cinematográfico nunca llegó a hacerse, la historia sí tiene historia en televisión. La primera nueva versión llegó en 1958, con Art Carney en el papel protagonista. Tuvo buena acogida en su momento sin dejar demasiada huella. En 1972 fue el propio James Stewart quien volvió al personaje, en una producción de Hallmark Hall of Fame para la NBC. Stewart aceptó esta segunda oportunidad porque quedó insatisfecho con su actuación en la película original: el resultado fue una versión más oscura y más fiel a la obra de teatro que a la película de Koster.

En 1996 llegó la versión más olvidada: una adaptación para la CBS con Harry Anderson como Elwood, y con Leslie Nielsen en el reparto, con escenas añadidas y un cambio de tono que no convenció demasiado. Ese mismo proyecto fue el que Don Gregory acabó vendiendo a Miramax cuando los derechos del remake cinematográfico siguieron dando vueltas.

Cabecera | Dick Thomas Johnson

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