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Japón está sufriendo un récord de quiebras de locales de ramen. Y en parte es fruto de la “barrera de los 1.000 yenes”
El ramen es casi una religión (gastronómica) en Japón. Una, eso sí, condenada a ajustarse a cierta horquilla de precios. Aunque los cuencos de fideos con sopa, carne y verduras son uno de los símbolos de la cocina nipona y un reclamo para los turistas, en el país el ramen se ve como un plato modesto para estudiantes que salen de la escuela u operarios con una breve pausa para almorzar. Una suerte de ‘menú trabajador’. Tanto es así que incluso se habla del “muro de los 1.000 yenes”, una barrera psicológica para los precios de los cuencos de fideos.
El problema es que los hosteleros japoneses han ido viendo cómo sus costes aumentaban hasta arrastrarlos a una situación crítica: en 2024 registraron un récord de locales de ramen quebrados y, aunque la situación mejoró de forma sensible en 2025, los negocios arruinados todavía se cuentan por decenas.
Mala temporada para el negocio. Que la hoja de gastos aumente mientras la de ingresos se ve condicionada por una barrera psicológica que limita los precios solo puede traducirse en una cosa para los negocios: problemas. Lo saben bien los restaurantes de ramen de Japón, que llevan años registrando decenas y decenas de quiebras y en 2024 incluso alcanzaron un récord de cierres.
Los datos parten de la firma de investigación Teikou y son elocuentes. En 2020 contabilizó 54 restaurantes de ramen condenados a la bancarrota, en 2021 fueron 17, un dato que se explica en gran medida por las ayudas dadas por el Gobierno durante la pandemia del COVID-19, y en 2022 las quiebres volvieron a subir a 33. Al año siguiente fueron 53, en 2024 se alcanzó un récord de 79 quiebras y el año pasado, último dato disponible, se declararon arruinados 59 locales.
Para su estudio, los técnicos de Teikoku tienen en cuenta principalmente aquellos negocios que acumulaban deudas por más de 10 millones de yenes (algo más de 54.000 euros) y no les queda otra que declararse en quiebra.


La clave: la tendencia. El dato puede parecer bajo si se tiene en cuenta que a lo largo y ancho del país se reparten más de 21.000 restaurantes de ramen, pero resulta significativo. El año pasado, de hecho, hizo saltar las armas por el récord de quiebras. Los últimos datos del sector son algo más positivos, pero aún así estén lejos de ser ideales: siguen cerrando decenas y decenas de negocios.
Con todo, hay otra razón por la que las cifras llaman la atención: el discurso. Medios locales e internacionales se han pasado tiempo advirtiendo de la cascada de cierres. Hay quien advierte además que, más allá del balance de quiebras, un número significativo de los establecimientos que siguen abiertos lo hacen con una salud financiera delicada. Es decir, se mantienen operativos, pero no están bien.
Asfixiados por los costes. Las cifras de quiebras pueden variar en función del período que se analice, pero lo que no lo hacen son los análisis que hablan de las causas de la crisis del ramen. El diagnóstico está claro: el problema de los locales ha sido el alza de los costes y el escaso margen para trasladárselo a los clientes.
En 2025 The Washington Post citaba un estudio de Teikoku Databank que concluía que la suma de los ingredientes —entre los que se incluye la carne de cerdo, pasta y algas—, la mano de obra y la energía necesarias para elaborar ramen se había disparado alrededor de un 10% en tres años. Otros cálculos señalan que el coste por cliente creció un 5% entre 2022 y 2023.
“Los precios han ido subiendo con el paso del tiempo, pero en los últimos tres años han sido increíbles”, reconocía Tetsuya Kaneko, con un local en Tokio.
La ‘tormenta perfecta’ del ramen. Tetsuya Kaneko asumía de hecho que su caso no era único y “todo el mundo en el sector pasa apuros”. Al fin y al cabo los hosteleros se han visto obligados a lidiar con una ‘tormenta perfecta’ que juega en su contra: inflación, el encarecimiento de las importaciones debido a la debilidad del yen frente al dólar y el aumento del coste de la energía que tuvo la guerra de Ucrania, que también afectó al flujo de cereales. Desde hace tres meses a ese panorama se añade la guerra de Irán, que ha encarecido el transporte.
“El ejemplo de las tiendas de ramen ilustra bien las tendencias económicas porque les cuesta trasladar el aumento de costes a los consumidores finales”, explica al diario estadounidense Norihiro Yamaguchi, economista especializada en Japón en Oxford Economics. En su opinión, hasta 2022 los consumidores vacilaban ante cualquier subida de precios, pero la realidad es ahora distinta: “Tienen que aceptar el aumento del coste de vida”.
Para todos los bolsillos. Por si la situación no fuese compleja de por sí, a los locales especializados en ramen les toca lidiar con otro reto: los precios. O mejor dicho, la imagen que tiene el plato en el país y las barreras psicológicas que en cierto modo condicionan sus tarifas. No es algo del todo desconocido en España, donde opera una lógica similar en los menús del día de los restaurantes.
“El ramen siempre ha sido un alimento básico para personas con bajos ingresos, estudiantes… No quiero que quede fuera de su alcance”, explica Kaneko.
El “muro de los 1.000 yenes”. Una búsqueda rápida en Google muestra varias referencias, tanto en blogs y webs especializadas en cultura japonesa como en diarios generalistas, de lo que se suele denominar “muro de los 1.000 yenes”, que al cambio supone unos 5,4 euros. Ese número redondo marca el precio tope que raramente sobrepasa un cuenco de fideos básico con caldo, carne y verduras.
O así lo era hasta hace poco. Ante el nuevo escenario y la delicada situación a la que se han visto arrastrados muchos negocios, sus responsables han tenido que plantearse un dilema: cruzar la barrera de los 1.000 yenes o resignarse a seguir los pasos de los 72 establecimientos cerrados en 2024 y los 59 de 2025.


Subida con disculpa incluida. Hace unos meses Kaneko recordaba cómo en 2023 tuvo que aumentar sus precios en 50 yenes, hasta llegar a los 1.000 por un tazón estándar. Otro profesional del sector, Taisei Hikage, recordaba cómo han variado las tarifas en cuestión de una década: si hace 10 años había platos básicos de fideos por 500 yenes, hoy la situación es bien distinta.
Cuando abrió su propio restaurante en 2023 ofrecía platos por 750 yenes. Desde entonces ha tenido que retocar varias veces los precios de su menú, siempre al alza, hasta aproximar el coste final a los 1.000 yenes. En el verano de 2024 sus cuencos básicos se cobraban ya a 950. Previendo probablemente el impacto de la medida, Hikage quiso acompañar el alza de costes de una disculpa en redes.
Crisis, pero con matices. Que los negocios dedicados al ramen no pasen por su mejor momento y se hayan convertido en víctimas del contexto económico no significa, ni mucho menos, que el sector esté condenado. Las quiebras pudieron alcanzar un nivel récord en 2024, pero siguen suponiendo una parte reducida de los más de 21.000 restaurantes centrados en ese plato en Japón. De hecho, hay otros negocios hosteleros que sufrieron más bancarrotas en 2025. Solo los pubs, cervecerías y las tradicionales izakayas sumaron 204 quiebras el año pasado.
El ramen es además un símbolo de la cocina nipona, uno especialmente popular entre los turistas extranjeros (cada vez más) que visitan el país, que en función de lo que busquen pueden encontrar cuencos por mucho más de 1.000 yenes. Para las familias japonesas más preocupadas por su economía doméstica sigue suponiendo una opción más asequible que otras alternativas.
Ventajas… y desafíos. En 2024 Nikkei precisaba que si bien cada vez más locales de ramen cobraban más de 1.000 yenes por sus platos, estos se mantienen como una opción más económica por cliente que los restaurantes familiares, que rondaban en promedio los 1.360 yenes, o los establecimientos de sushi con cintas transportadoras, donde la factura media se situaba en torno a los 1.190.
El aumento de costes ha afectado además a otro tipo de negocios, como los puestos de soba o los restaurantes de tonkatsu, ambos también muy populares.
Adaptándose al cambio. Que el sector haya logrado reducir sus quiebras en el último año, entre 2024 y 2025, demuestra también su capacidad para adaptarse al nuevo escenario y buscar soluciones. En Teikoku de hecho relacionan la caída de bancarrotas con la apuesta de los negocios por fórmulas de producción más eficientes y que refuercen su rentabilidad: uso de productos semicocinados que reducen la necesidad de personal, cambios en los platos para abaratarlos…
En juego también entran otros factores como, tal vez, una mayor tolerancia a la subida de precios o la entrada en el sector de cadenas e inversores que ayuden a capear el temporal a los restaurantes especializados en ramen.
Una versión de este artículo se publicó en enero de 2025
Imágenes | City Foodsters (Flickr), Yanhao Fang (Unsplash) y Christian Dala (Unsplash)
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apps que no venden nada
Hay pocos placeres culpables tan satisfactorios como la compra online: ese emocionante momento de búsqueda hasta encontrar lo que más te encaja para meterlo después en el carrito. Ya lo disfrutarás luego, cuando llegue a tus manos. O no, porque en realidad da casi más gustito ese proceso en sí que el producto en cuestión. Eso por no hablar de una obviedad: para comprar hace falta tener dinero en la cuenta y que este no te haga falta para otros menesteres, como por ejemplo pagar el alquiler o comer.
Si no puedes permitirte la experiencia real, la juventud de Corea del Sur ha encontrado una forma de engañar al cerebro para que libereesa dopamina de la compra: aplicaciones que no venden nada. Fake it till you make it.
Que está pasando. El Korean Times recoge el fenómeno de los dopamine sites y su funcionamiento en dos modalidades de apps: las de comida a domicilio y las de pausas para fumar, en la que te echas un cigarro virtual con otra gente con esa conversación banal propia de la ocasión. Así, puedes consultar menús, seleccionar artículos para añadir al carrito y saber tiempos de entrega o valoraciones de restaurantes sin cerrar la transacción. Y también puedes decir, si así lo prefieres, algo como “martes, de mierda te hartes” en una sala virtual.
Kim Heon-sik, profesor de la Universidad Jungwon, conecta estas apps que no venden nada con la cultura del Muk-Bang, en la que la gente observa a otra gente comiendo tremendas cantidades de comida. Curiosidad, voyeurismo y satisfacer la gula de quien está al otro lado de la pantalla sin tener que llevarse nada a la boca. La satisfacción vicaria en su máxima expresión.
Por qué es importante. Por un lado, estos dopamine sites funcionan como un chivato de la salud mental de una generación: en Corea del Sur, el agotamiento digital y la dependencia del smartphone son ya problemas de salud pública documentados con un factor de riesgo estrella: la ansiedad.
Por otro, revelan una desconexión entre dos mundos: el económico y el neurológico. Las apps de delivery y las de ecommerce llevan años depurando sus interfaces y la experiencia para potenciar el impulso de comprar: scrolls infinitos, ofertones exclusivos por tiempo limitado (spoiler: que no acaban nunca), goteo incesante de notificaciones…la “tecnología de la persuasión” que acuñó Tristan Harris, antiguo diseñador de Google. El resultado es que según la neurociencia, la dopamina se libera en la anticipación, no al recibir el pedido. Los dopamine sites hacen exactamente lo mismo, pero a coste cero, algo ideal para una generación que no puede permitirse ese gasto.
Contexto. Ese diseño deliberado de las apps y la liberación de dopamina puede terminar en una adicción a las compras… si tienes dinero. La cuestión está en que la juventud coreana no lo tiene: un informe reciente del Bank of Corea retrata su peliaguda situación. Cada año que un joven pasa sin trabajo reduce su salario futuro un 6,7%, su deuda ha aumentado y la proporción de estos viviendo en casas precarias pasó del 5,6% en 2010 al 11,5% en 2023. La OCDE confirma que la tasa de empleo juvenil coreana está por debajo de la media y que prácticamente hacen cola para acceder a grandes empresas o el sector público.
Este problema estructural ya tiene nombre: generación Sampo, que hace referencia a las tres renuncias de esta juventud, el amor, el matrimonio y ser padre o madre, provocadas por empleos inestables y deudas educativas elevadas.
En detalle. El mecanismo psicológico detrás de esas apps que no venden nada está bien documentado: el cerebro no distingue bien entre el proceso de pedir comida y la simulación de pedirla, de modo que la dopamina actúa sobre todo en esa fase de búsqueda y anticipación, no al recibir el premio. Por esa razón la app falsa funciona: le da al sistema de recompensa aquello que activa el proceso sin necesidad de pasar la tarjeta.
Respecto a las apps de pausa para fumar, más de lo mismo: este estudio sobre soledad en adultos coreanos encontró que aquellos jovenes más expuestos al entorno digital reportaban niveles de soledad significativamente mayores que generaciones anteriores. Ver que hay más gente conectada a la vez, aunque sean completos desconocidos y no hables con ellos, activa la sensación de presencia social, lo que reduce la ansiedad.
Sí, pero. El reportaje de Korean Times se hace eco de escasos testimonios sobre este fenómeno, pero no hay datos sobre cuánta gente usa estas apps ni con qué frecuencia. Aunque fuera una tendencia, la pregunta del millón es qué efecto tienen estas apps que no venden nada: es cierto que no tienen impacto en las carteras de quienes la usan y que puntualmente alivian, pero también que no ayudan a resolver el problema que hay detrás: la ansiedad, la soledad y la dependencia unidas a una precarización de sus expectativas de vida.
En Xataka | Un Ferrari ‘a pachas’: el truco de la Generación Z en Japón para tener un supercoche
Portada | Pesce Huang y Gemini
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apps que no venden nada
Hay pocos placeres culpables tan satisfactorios como la compra online: ese emocionante momento de búsqueda hasta encontrar lo que más te encaja para meterlo después en el carrito. Ya lo disfrutarás luego, cuando llegue a tus manos. O no, porque en realidad da casi más gustito ese proceso en sí que el producto en cuestión. Eso por no hablar de una obviedad: para comprar hace falta tener dinero en la cuenta y que este no te haga falta para otros menesteres, como por ejemplo pagar el alquiler o comer.
Si no puedes permitirte la experiencia real, la juventud de Corea del Sur ha encontrado una forma de engañar al cerebro para que libereesa dopamina de la compra: aplicaciones que no venden nada. Fake it till you make it.
Que está pasando. El Korean Times recoge el fenómeno de los dopamine sites y su funcionamiento en dos modalidades de apps: las de comida a domicilio y las de pausas para fumar, en la que te echas un cigarro virtual con otra gente con esa conversación banal propia de la ocasión. Así, puedes consultar menús, seleccionar artículos para añadir al carrito y saber tiempos de entrega o valoraciones de restaurantes sin cerrar la transacción. Y también puedes decir, si así lo prefieres, algo como “martes, de mierda te hartes” en una sala virtual.
Kim Heon-sik, profesor de la Universidad Jungwon, conecta estas apps que no venden nada con la cultura del Muk-Bang, en la que la gente observa a otra gente comiendo tremendas cantidades de comida. Curiosidad, voyeurismo y satisfacer la gula de quien está al otro lado de la pantalla sin tener que llevarse nada a la boca. La satisfacción vicaria en su máxima expresión.
Por qué es importante. Por un lado, estos dopamine sites funcionan como un chivato de la salud mental de una generación: en Corea del Sur, el agotamiento digital y la dependencia del smartphone son ya problemas de salud pública documentados con un factor de riesgo estrella: la ansiedad.
Por otro, revelan una desconexión entre dos mundos: el económico y el neurológico. Las apps de delivery y las de ecommerce llevan años depurando sus interfaces y la experiencia para potenciar el impulso de comprar: scrolls infinitos, ofertones exclusivos por tiempo limitado (spoiler: que no acaban nunca), goteo incesante de notificaciones…la “tecnología de la persuasión” que acuñó Tristan Harris, antiguo diseñador de Google. El resultado es que según la neurociencia, la dopamina se libera en la anticipación, no al recibir el pedido. Los dopamine sites hacen exactamente lo mismo, pero a coste cero, algo ideal para una generación que no puede permitirse ese gasto.
Contexto. Ese diseño deliberado de las apps y la liberación de dopamina puede terminar en una adicción a las compras… si tienes dinero. La cuestión está en que la juventud coreana no lo tiene: un informe reciente del Bank of Corea retrata su peliaguda situación. Cada año que un joven pasa sin trabajo reduce su salario futuro un 6,7%, su deuda ha aumentado y la proporción de estos viviendo en casas precarias pasó del 5,6% en 2010 al 11,5% en 2023. La OCDE confirma que la tasa de empleo juvenil coreana está por debajo de la media y que prácticamente hacen cola para acceder a grandes empresas o el sector público.
Este problema estructural ya tiene nombre: generación Sampo, que hace referencia a las tres renuncias de esta juventud, el amor, el matrimonio y ser padre o madre, provocadas por empleos inestables y deudas educativas elevadas.
En detalle. El mecanismo psicológico detrás de esas apps que no venden nada está bien documentado: el cerebro no distingue bien entre el proceso de pedir comida y la simulación de pedirla, de modo que la dopamina actúa sobre todo en esa fase de búsqueda y anticipación, no al recibir el premio. Por esa razón la app falsa funciona: le da al sistema de recompensa aquello que activa el proceso sin necesidad de pasar la tarjeta.
Respecto a las apps de pausa para fumar, más de lo mismo: este estudio sobre soledad en adultos coreanos encontró que aquellos jovenes más expuestos al entorno digital reportaban niveles de soledad significativamente mayores que generaciones anteriores. Ver que hay más gente conectada a la vez, aunque sean completos desconocidos y no hables con ellos, activa la sensación de presencia social, lo que reduce la ansiedad.
Sí, pero. El reportaje de Korean Times se hace eco de escasos testimonios sobre este fenómeno, pero no hay datos sobre cuánta gente usa estas apps ni con qué frecuencia. Aunque fuera una tendencia, la pregunta del millón es qué efecto tienen estas apps que no venden nada: es cierto que no tienen impacto en las carteras de quienes la usan y que puntualmente alivian, pero también que no ayudan a resolver el problema que hay detrás: la ansiedad, la soledad y la dependencia unidas a una precarización de sus expectativas de vida.
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que el software siga cabiendo en un disquete
Nos hemos acostumbrado a que el software pese cada vez más. Lo vemos en aplicaciones que tardan en descargarse, en herramientas simples que llegan acompañadas de demasiadas capas y en servicios que prometen comodidad a cambio de ocupar más espacio, consumir más recursos y depender de más piezas invisibles. Por eso resulta llamativo que, en 2026, cuando buena parte de la conversación tecnológica gira alrededor de la IA y de sistemas cada vez más ambiciosos, haya quien reivindique una idea que parece salida de otra época.
La iniciativa se llama Fits on a Floppy y parte de un manifiesto publicado por el desarrollador Matt Sephton. Su regla es tan sencilla como llamativa: una aplicación que quiera lucir su insignia debe tener un tamaño total de descarga inferior a 1,44 MB, la capacidad de un disquete clásico de 3,5 pulgadas. El propio texto lo resume con una frase directa, “el software ha perdido el rumbo”, pero su propuesta no consiste en echar de menos el soporte físico, sino en recuperar la disciplina que imponía trabajar con límites muy estrechos.
Durante mucho tiempo, hacer software también consistía en renunciar. Si algo no era necesario, se quedaba fuera, porque la memoria, el almacenamiento y la paciencia del usuario tenían un límite muy visible. Luego llegó una etapa distinta: los equipos empezaron a tener más margen, las descargas dejaron de parecer una aventura y el tamaño de una aplicación dejó de ser una preocupación central. Ahí empezó a abrirse una puerta peligrosa.
El software no ha engordado por accidente
No todo ese crecimiento vino de añadir funciones visibles. Buena parte llegó por debajo, en forma de capas que el usuario no siempre ve: librerías, motores, sistemas de actualización, componentes pensados para sostener más de una versión del mismo producto y dependencias que permiten avanzar más rápido sin resolver cada problema desde cero. Esa forma de construir tiene sentido en muchos casos, sobre todo cuando se quiere mantener el mismo producto en varios sistemas. Pero también cambia la escala.
Ahí entra el valor real de la propuesta de Sephton. Fits on a Floppy no intenta demostrar que todo deba comprimirse hasta caber en 1,44 MB, sino que una restricción artificial puede servir para ordenar prioridades. Si una app nace para resolver una tarea concreta, el manifiesto pide que descargue rápido, arranque sin espera, consuma pocos recursos, sea nativa y evite dependencias innecesarias. La idea de fondo es sencilla: cuanto menos equipaje arrastra una herramienta, más fácil resulta entender qué hace, por qué lo hace y cuánto cuesta mantenerla.
La pregunta, entonces, es si esa disciplina puede volver a tener recorrido fuera del manifiesto. En una parte del software, probablemente sí. No hablamos de navegadores, editores de vídeo o servicios con inteligencia artificial integrada, sino de utilidades pequeñas, herramientas de una sola función y aplicaciones nativas que muchas veces no necesitan cargar con una arquitectura enorme. Ahí el argumento de Sephton resulta más fuerte: si el objetivo es limitado, el tamaño también debería poder serlo. No por nostalgia, sino porque una herramienta simple tiene menos excusas para comportarse como una plataforma completa.
El otro lado de la historia es que buena parte del software no se va a hacer más pequeño. Muchas aplicaciones actuales ya no son solo una ventana con una función concreta: integran cuentas, sincronizan datos, ofrecen colaboración en tiempo real, funcionan en varios sistemas y acumulan funciones que hace años no formaban parte de una aplicación de escritorio. Todo eso puede estar justificado, pero pesa. Por eso la promesa de volver al software ligero tiene límites claros. En muchos productos, la pregunta real no será si pueden caber en un disquete, sino si están creciendo por necesidad o por acumulación.
La gracia del disquete, en realidad, está en que ya no parece razonable. Precisamente por eso obliga a mirar el software desde otro lugar y a preguntarnos si todo ese peso responde a una necesidad real o a una acumulación que nadie se atrevió a revisar. Fits on a Floppy no pretende detener la evolución de las herramientas modernas ni negar que muchas necesitan ser grandes. Su utilidad está en otra parte: recordarnos que la eficiencia también es una decisión de diseño, y que el tamaño de una aplicación dice algo sobre cómo fue pensada.
Imágenes | Fernando Lavin
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