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En Galicia unos padres educaron a su hijo pequeño en casa. Ahora están condenados por “desescolarización irresponsable”
El homeschooling es noticia. Y lo es a cuenta de una sentencia dictada por un juzgado de Vigo que ha decidido imponer una multa de algo más de 2.000 euros (con severo reproche incluido) a unos padres que decidieron educar a su hijo de nueve años en casa, sacando al pequeño del colegio en el que estuvo matriculado el curso 2024-2025. El fallo es interesante no tanto por sus consecuencias (la sanción no es elevada: 1.080 euros por progenitor) como por su argumentario y porque difiere de otras sentencias sobre el mismo tema que sí fueron absolutorias.
Un momento, ¿homeschooling? El término quizás resulte extraño, pero no es nuevo. De hecho conecta con un movimiento que arrancó en los EEUU de los años 70. El homeschooling es ni más ni menos que una opción educativa que aboga por formar a los niños en el hogar, lejos de las aulas y escuelas convencionales.
A menudo centrando la responsabilidad lectiva en los progenitores y quienes la practican destacan sobre todo su capacidad para amoldarse a las necesidades de cada niño, su personalización y flexibilidad de horarios, contenidos y espacios.


¿Cuánta gente la practica? Difícil saberlo. En España se estima que hay entre 2.000 y 4.000 familias unschoolers. Si hablamos de Estados Unidos hay cálculos que apuntan que el 3% de los alumnos de entre cinco y 17 años reciben formación en casa. La variedad de datos se explica por la falta de censos (caso de España) y sobre todo porque que la práctica no tiene el mismo encaje en todos los países.
Para comprender mejor las diferencias regulatorias viene bien echar un ojo a la web de Homeschooling. Hay naciones que la prohíben claramente, otras que la amparan y luego hay casos como el de España, donde hay quien considera que la educación en casa se mueve en “una ‘zona gris’ legal”. Terreno pantanoso. De ahí que sentencias como la que acaba de dictar una jueza en Galicia despierten tanto interés, sobre todo porque no todos los casos acaban de la misma forma.
¿Qué han juzgado en Vigo? Sobre lo que se ha pronunciado el Juzgado de lo Penal número 1 de Vigo es un caso muy concreto: unos padres de Gondomar (en Pontevedra) que decidieron sacar a su hijo de nueve años de la escuela pública en la que estaba matriculado el curso pasado para educarlo en casa.
La sentencia recuerda que, pese a la resolución de la Inspección Educativa denegando la desescolarización y de la advertencia de la Fiscalía de Menores, los progenitores siguieron adelante con sus planes, apostando por el homeschooling y un itinerario personal. El niño acudía dos horas a la semana a una academia, pero el grueso de su educación dependía del programa decidido por sus padres.
¿Y qué dice la sentencia? Lo fundamental y la clave de la condena, como precisa Faro de Vigo, es la apuesta educativa escogida por los progenitores. La sentencia habla de “flagrantes carencias”, un proyecto educativo que “no cumple los requisitos mínimos” y una “desescolarización irresponsable” que compromete el “progreso académico” del niño y, en última instancia, condicionará su vida.
“En este supuesto la educación proporcionada directa y casi exclusivamente por los progenitores, básicamente en atención a sus personales criterios e ideas propias, sin método educativo alternativo al oficial mínimamente solvente y sin alguna objetividad valorativa, supone una desescolarización irresponsable”, advierte la jueza en su sentencia, divulgada por Faro y de tono rotundo. “Hay negligencia en la educación e incumplimientos en los deberes asistenciales básicos”.
¿Por qué es importante? Por donde pone el foco. La sentencia se centra principalmente en esas carencias y la “irresponsabilidad” de la familia del niño. De hecho el fallo insiste en que los progenitores ni siquiera recurrieron a un “sistema educativo externo alternativo al oficial” y seleccionaron las materias basándose en “sus propios criterios”, sin otra referencia. En la práctica eso se tradujo en una formación que, a juicio de la magistrada, “no cumple los requisitos mínimos establecidos en el marco normativo de la educación obligatoria”.
El menor participaba en actividades como salidas en bicicleta, excursiones al bosque, navegación con moto de agua, recogida de castañas o cocina, pero recibía competencias “básicas” en campos como las matemáticas o lengua. Por ejemplo, sus padres no le enseñaban geometría. La perito que se encargó de examinar el caso apreció de hecho una “confusión” entre la rutina familiar y la lectiva y también señaló la “privatización de la socialización” del niño.
¿Explica algo más? Sí. El fallo desliza un mensaje interesante. Explica que “la educación en casa puede no ser penalmente reprochable”, pero debe cumplir una serie de requisitos, garantizando que el niño recibirá una formación “suficiente” gracias a un sistema educativo que, debe ser “responsable y competente”.
De hecho este no es el primer fallo que emite el juzgado vigués sobre el tema: a comienzos de 2024 se pronunció sobre otro caso protagonizado por unos padres que educaron a su hijo en casa durante todo el curso 2021-22. La Fiscalía apreció un delito de “abandono de familia” (el mismo que se ha juzgado ahora) y solicitaba para los progenitores cinco meses de prisión y seis de inhabilitación para la patria potestad. ¿Cuál fue el resultado? En aquella ocasión la jueza los absolvió.
Aunque el homeschooling subyacía en ambos casos, la magistrada apreció diferencias claras en uno y otro. En el de 2021-2022 concluyó que los padres no mostraban “dejadez” o “despreocupación” y llevaron a cabo una “desescolarización responsable”. Al pequeño se le siguió formando con libros oficiales, acudía a varias actividades extraescolares y el homeschooling solo duró en realidad un curso. De hecho un año después el menor ya estaba acudiendo de nuevo a otro centro, donde siguió formándose “con absoluta regularidad” y obtuvo buenas calificaciones.
¿Es legal o no es legal? Europa Press asegura que la sentencia del Juzgado de Vigo advierte de que el homeschooling no es una opción legal en nuestro país y que resulta “incuestionable” que los padres que no escolarizan a sus hijos infringen una obligación recogida en la ley. Llega una búsqueda rápida en Google para constatar que el tema, como mínimo, genera debate. En un artículo al respecto, ARAG, una compañía de servicios jurídicos, habla de hecho de una “una ‘zona gris’ legal”.
En juego hay varias normas. La principal, la obligatoriedad de la educación entre los 6 y 16 años, una pauta asentada en la propia Constitución, que habla tanto de la “obligatoriedad” de la enseñanza como de su “libertad”. Otra norma clave es la Ley Orgánica de Educación, que en su artículo 4 aporta alguna pincelada extra:
“La enseñanza básica comprende diez años de escolaridad y se desarrolla, de forma regular, entre los 6 y 16 años de edad. No obstante, los alumnos y alumnas tendrán derecho a permanecer en régimen ordinario cursando la enseñanza básica hasta los 18 años de edad, cumplidos en el año en que finalice el curso”.
¿Qué supone en la práctica? Si se detecta un absentismo escolar continuado puede derivar en procesos por desamparo de menores o abandono de familia. “En el caso de España la educación es un derecho y una obligación y debe ser llevada a efecto en el ámbito educativo normalizado, es decir, en la escuela”, explicaba en 2020 a Newtral Javier Urra, el primer Defensor del menor de Madrid.
“La Fiscalía podría interpretar que se impide el derecho del niño o que se pone en riesgo, y terminar quitando la tutela a los padres”, advierte. Ese complejo escenario no escapa a los unschoolers, como admite a El País Laura, abogada y practicante ella misma de homeschooling: “Estamos en una situación muy compleja a nivel legal, pero existe una gran tolerancia administrativa. Si tus hijos están bien cuidados no tienes por qué tener ningún problema con la Administración”.
Imágenes | Jessica Lewis 🦋 thepaintedsquare (Unsplash) y Vitaly Gariev (Unsplash)
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apps que no venden nada
Hay pocos placeres culpables tan satisfactorios como la compra online: ese emocionante momento de búsqueda hasta encontrar lo que más te encaja para meterlo después en el carrito. Ya lo disfrutarás luego, cuando llegue a tus manos. O no, porque en realidad da casi más gustito ese proceso en sí que el producto en cuestión. Eso por no hablar de una obviedad: para comprar hace falta tener dinero en la cuenta y que este no te haga falta para otros menesteres, como por ejemplo pagar el alquiler o comer.
Si no puedes permitirte la experiencia real, la juventud de Corea del Sur ha encontrado una forma de engañar al cerebro para que libereesa dopamina de la compra: aplicaciones que no venden nada. Fake it till you make it.
Que está pasando. El Korean Times recoge el fenómeno de los dopamine sites y su funcionamiento en dos modalidades de apps: las de comida a domicilio y las de pausas para fumar, en la que te echas un cigarro virtual con otra gente con esa conversación banal propia de la ocasión. Así, puedes consultar menús, seleccionar artículos para añadir al carrito y saber tiempos de entrega o valoraciones de restaurantes sin cerrar la transacción. Y también puedes decir, si así lo prefieres, algo como “martes, de mierda te hartes” en una sala virtual.
Kim Heon-sik, profesor de la Universidad Jungwon, conecta estas apps que no venden nada con la cultura del Muk-Bang, en la que la gente observa a otra gente comiendo tremendas cantidades de comida. Curiosidad, voyeurismo y satisfacer la gula de quien está al otro lado de la pantalla sin tener que llevarse nada a la boca. La satisfacción vicaria en su máxima expresión.
Por qué es importante. Por un lado, estos dopamine sites funcionan como un chivato de la salud mental de una generación: en Corea del Sur, el agotamiento digital y la dependencia del smartphone son ya problemas de salud pública documentados con un factor de riesgo estrella: la ansiedad.
Por otro, revelan una desconexión entre dos mundos: el económico y el neurológico. Las apps de delivery y las de ecommerce llevan años depurando sus interfaces y la experiencia para potenciar el impulso de comprar: scrolls infinitos, ofertones exclusivos por tiempo limitado (spoiler: que no acaban nunca), goteo incesante de notificaciones…la “tecnología de la persuasión” que acuñó Tristan Harris, antiguo diseñador de Google. El resultado es que según la neurociencia, la dopamina se libera en la anticipación, no al recibir el pedido. Los dopamine sites hacen exactamente lo mismo, pero a coste cero, algo ideal para una generación que no puede permitirse ese gasto.
Contexto. Ese diseño deliberado de las apps y la liberación de dopamina puede terminar en una adicción a las compras… si tienes dinero. La cuestión está en que la juventud coreana no lo tiene: un informe reciente del Bank of Corea retrata su peliaguda situación. Cada año que un joven pasa sin trabajo reduce su salario futuro un 6,7%, su deuda ha aumentado y la proporción de estos viviendo en casas precarias pasó del 5,6% en 2010 al 11,5% en 2023. La OCDE confirma que la tasa de empleo juvenil coreana está por debajo de la media y que prácticamente hacen cola para acceder a grandes empresas o el sector público.
Este problema estructural ya tiene nombre: generación Sampo, que hace referencia a las tres renuncias de esta juventud, el amor, el matrimonio y ser padre o madre, provocadas por empleos inestables y deudas educativas elevadas.
En detalle. El mecanismo psicológico detrás de esas apps que no venden nada está bien documentado: el cerebro no distingue bien entre el proceso de pedir comida y la simulación de pedirla, de modo que la dopamina actúa sobre todo en esa fase de búsqueda y anticipación, no al recibir el premio. Por esa razón la app falsa funciona: le da al sistema de recompensa aquello que activa el proceso sin necesidad de pasar la tarjeta.
Respecto a las apps de pausa para fumar, más de lo mismo: este estudio sobre soledad en adultos coreanos encontró que aquellos jovenes más expuestos al entorno digital reportaban niveles de soledad significativamente mayores que generaciones anteriores. Ver que hay más gente conectada a la vez, aunque sean completos desconocidos y no hables con ellos, activa la sensación de presencia social, lo que reduce la ansiedad.
Sí, pero. El reportaje de Korean Times se hace eco de escasos testimonios sobre este fenómeno, pero no hay datos sobre cuánta gente usa estas apps ni con qué frecuencia. Aunque fuera una tendencia, la pregunta del millón es qué efecto tienen estas apps que no venden nada: es cierto que no tienen impacto en las carteras de quienes la usan y que puntualmente alivian, pero también que no ayudan a resolver el problema que hay detrás: la ansiedad, la soledad y la dependencia unidas a una precarización de sus expectativas de vida.
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Portada | Pesce Huang y Gemini
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apps que no venden nada
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Si no puedes permitirte la experiencia real, la juventud de Corea del Sur ha encontrado una forma de engañar al cerebro para que libereesa dopamina de la compra: aplicaciones que no venden nada. Fake it till you make it.
Que está pasando. El Korean Times recoge el fenómeno de los dopamine sites y su funcionamiento en dos modalidades de apps: las de comida a domicilio y las de pausas para fumar, en la que te echas un cigarro virtual con otra gente con esa conversación banal propia de la ocasión. Así, puedes consultar menús, seleccionar artículos para añadir al carrito y saber tiempos de entrega o valoraciones de restaurantes sin cerrar la transacción. Y también puedes decir, si así lo prefieres, algo como “martes, de mierda te hartes” en una sala virtual.
Kim Heon-sik, profesor de la Universidad Jungwon, conecta estas apps que no venden nada con la cultura del Muk-Bang, en la que la gente observa a otra gente comiendo tremendas cantidades de comida. Curiosidad, voyeurismo y satisfacer la gula de quien está al otro lado de la pantalla sin tener que llevarse nada a la boca. La satisfacción vicaria en su máxima expresión.
Por qué es importante. Por un lado, estos dopamine sites funcionan como un chivato de la salud mental de una generación: en Corea del Sur, el agotamiento digital y la dependencia del smartphone son ya problemas de salud pública documentados con un factor de riesgo estrella: la ansiedad.
Por otro, revelan una desconexión entre dos mundos: el económico y el neurológico. Las apps de delivery y las de ecommerce llevan años depurando sus interfaces y la experiencia para potenciar el impulso de comprar: scrolls infinitos, ofertones exclusivos por tiempo limitado (spoiler: que no acaban nunca), goteo incesante de notificaciones…la “tecnología de la persuasión” que acuñó Tristan Harris, antiguo diseñador de Google. El resultado es que según la neurociencia, la dopamina se libera en la anticipación, no al recibir el pedido. Los dopamine sites hacen exactamente lo mismo, pero a coste cero, algo ideal para una generación que no puede permitirse ese gasto.
Contexto. Ese diseño deliberado de las apps y la liberación de dopamina puede terminar en una adicción a las compras… si tienes dinero. La cuestión está en que la juventud coreana no lo tiene: un informe reciente del Bank of Corea retrata su peliaguda situación. Cada año que un joven pasa sin trabajo reduce su salario futuro un 6,7%, su deuda ha aumentado y la proporción de estos viviendo en casas precarias pasó del 5,6% en 2010 al 11,5% en 2023. La OCDE confirma que la tasa de empleo juvenil coreana está por debajo de la media y que prácticamente hacen cola para acceder a grandes empresas o el sector público.
Este problema estructural ya tiene nombre: generación Sampo, que hace referencia a las tres renuncias de esta juventud, el amor, el matrimonio y ser padre o madre, provocadas por empleos inestables y deudas educativas elevadas.
En detalle. El mecanismo psicológico detrás de esas apps que no venden nada está bien documentado: el cerebro no distingue bien entre el proceso de pedir comida y la simulación de pedirla, de modo que la dopamina actúa sobre todo en esa fase de búsqueda y anticipación, no al recibir el premio. Por esa razón la app falsa funciona: le da al sistema de recompensa aquello que activa el proceso sin necesidad de pasar la tarjeta.
Respecto a las apps de pausa para fumar, más de lo mismo: este estudio sobre soledad en adultos coreanos encontró que aquellos jovenes más expuestos al entorno digital reportaban niveles de soledad significativamente mayores que generaciones anteriores. Ver que hay más gente conectada a la vez, aunque sean completos desconocidos y no hables con ellos, activa la sensación de presencia social, lo que reduce la ansiedad.
Sí, pero. El reportaje de Korean Times se hace eco de escasos testimonios sobre este fenómeno, pero no hay datos sobre cuánta gente usa estas apps ni con qué frecuencia. Aunque fuera una tendencia, la pregunta del millón es qué efecto tienen estas apps que no venden nada: es cierto que no tienen impacto en las carteras de quienes la usan y que puntualmente alivian, pero también que no ayudan a resolver el problema que hay detrás: la ansiedad, la soledad y la dependencia unidas a una precarización de sus expectativas de vida.
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que el software siga cabiendo en un disquete
Nos hemos acostumbrado a que el software pese cada vez más. Lo vemos en aplicaciones que tardan en descargarse, en herramientas simples que llegan acompañadas de demasiadas capas y en servicios que prometen comodidad a cambio de ocupar más espacio, consumir más recursos y depender de más piezas invisibles. Por eso resulta llamativo que, en 2026, cuando buena parte de la conversación tecnológica gira alrededor de la IA y de sistemas cada vez más ambiciosos, haya quien reivindique una idea que parece salida de otra época.
La iniciativa se llama Fits on a Floppy y parte de un manifiesto publicado por el desarrollador Matt Sephton. Su regla es tan sencilla como llamativa: una aplicación que quiera lucir su insignia debe tener un tamaño total de descarga inferior a 1,44 MB, la capacidad de un disquete clásico de 3,5 pulgadas. El propio texto lo resume con una frase directa, “el software ha perdido el rumbo”, pero su propuesta no consiste en echar de menos el soporte físico, sino en recuperar la disciplina que imponía trabajar con límites muy estrechos.
Durante mucho tiempo, hacer software también consistía en renunciar. Si algo no era necesario, se quedaba fuera, porque la memoria, el almacenamiento y la paciencia del usuario tenían un límite muy visible. Luego llegó una etapa distinta: los equipos empezaron a tener más margen, las descargas dejaron de parecer una aventura y el tamaño de una aplicación dejó de ser una preocupación central. Ahí empezó a abrirse una puerta peligrosa.
El software no ha engordado por accidente
No todo ese crecimiento vino de añadir funciones visibles. Buena parte llegó por debajo, en forma de capas que el usuario no siempre ve: librerías, motores, sistemas de actualización, componentes pensados para sostener más de una versión del mismo producto y dependencias que permiten avanzar más rápido sin resolver cada problema desde cero. Esa forma de construir tiene sentido en muchos casos, sobre todo cuando se quiere mantener el mismo producto en varios sistemas. Pero también cambia la escala.
Ahí entra el valor real de la propuesta de Sephton. Fits on a Floppy no intenta demostrar que todo deba comprimirse hasta caber en 1,44 MB, sino que una restricción artificial puede servir para ordenar prioridades. Si una app nace para resolver una tarea concreta, el manifiesto pide que descargue rápido, arranque sin espera, consuma pocos recursos, sea nativa y evite dependencias innecesarias. La idea de fondo es sencilla: cuanto menos equipaje arrastra una herramienta, más fácil resulta entender qué hace, por qué lo hace y cuánto cuesta mantenerla.
La pregunta, entonces, es si esa disciplina puede volver a tener recorrido fuera del manifiesto. En una parte del software, probablemente sí. No hablamos de navegadores, editores de vídeo o servicios con inteligencia artificial integrada, sino de utilidades pequeñas, herramientas de una sola función y aplicaciones nativas que muchas veces no necesitan cargar con una arquitectura enorme. Ahí el argumento de Sephton resulta más fuerte: si el objetivo es limitado, el tamaño también debería poder serlo. No por nostalgia, sino porque una herramienta simple tiene menos excusas para comportarse como una plataforma completa.
El otro lado de la historia es que buena parte del software no se va a hacer más pequeño. Muchas aplicaciones actuales ya no son solo una ventana con una función concreta: integran cuentas, sincronizan datos, ofrecen colaboración en tiempo real, funcionan en varios sistemas y acumulan funciones que hace años no formaban parte de una aplicación de escritorio. Todo eso puede estar justificado, pero pesa. Por eso la promesa de volver al software ligero tiene límites claros. En muchos productos, la pregunta real no será si pueden caber en un disquete, sino si están creciendo por necesidad o por acumulación.
La gracia del disquete, en realidad, está en que ya no parece razonable. Precisamente por eso obliga a mirar el software desde otro lugar y a preguntarnos si todo ese peso responde a una necesidad real o a una acumulación que nadie se atrevió a revisar. Fits on a Floppy no pretende detener la evolución de las herramientas modernas ni negar que muchas necesitan ser grandes. Su utilidad está en otra parte: recordarnos que la eficiencia también es una decisión de diseño, y que el tamaño de una aplicación dice algo sobre cómo fue pensada.
Imágenes | Fernando Lavin
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