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cambiar las puertas de casa
Cambiar las puertas de casa, una reforma aparentemente menor y rutinaria, se ha convertido en una de las partidas domésticas que más se han encarecido en los últimos años. Hasta el punto de que muchos carpinteros hablan ya de una “nueva era de precios” en el sector.
Como contaba un profesional entrevistado por El Español: “Antes cobraba 120 euros por unidad; ahora pasan de 250 sin problema”. Y no es un caso aislado: las plataformas especializadas confirman que renovar una sola puerta interior puede costar hoy entre 150 y 600 euros. Esta subida de precios responde a una combinación de factores que ha tensionado toda la cadena de producción.
Una subida del bosque a la fábrica. La madera, base de la mayoría de puertas interiores, es la primera responsable. Según explica Maderea, plataforma de referencia en el sector, especies como el pino radiata o el roble han llegado a registrar subidas de hasta el 20% en España. Esta variación no es puntual: el mercado vive un periodo de volatilidad marcado por la demanda internacional, la crisis de suministros, los costes energéticos y el auge de la bioeconomía.
Los informes de Basoa muestran valores altos en el pino radiata en todas sus categorías. Aunque son precios en origen, sirven como termómetro: el coste de la materia prima sigue tensionado, sin señales de caída. No obstante, no solo sube el árbol: también sube todo lo que lo rodea, desde la electricidad necesaria para la fabricación hasta el transporte.
Una reforma menor que ya no es barata. El resultado de estas subidas es evidente para el consumidor: cambiar una puerta ya no cuesta lo que costaba. Según Habitissimo, el precio medio de sustituir una puerta interior ronda los 350 euros, dentro de un rango que puede ir de 150 a 600 euros según material, tipo de apertura o complejidad. La plataforma Idealista ofrece cifras similares en cuanto a precios siendo lo más barato el MDF y la madera maciza llegando a los 600€. Por su parte, el portal Cronoshare eleva el promedio nacional a 300 y 900 euros, dependiendo del tipo de puerta y de la instalación.
En cambio, si hablamos de una puerta exterior, la cifra se multiplica. Tanto Idealista como Habitissimo señalan que una puerta blindada suele situarse entre 600 y 1.500 euros; una acorazada puede escalar hasta los 4.800 euros, y las de aluminio o PVC oscilan entre 200 y 900 euros.
Eso no es todo. A la subida de materiales se suma la de los profesionales. Según Idealista, un carpintero puede cobrar entre 25 y 50 euros por hora, y retirar una puerta antigua más instalar la nueva puede situarse entre 200 y 300 euros. Por su parte, desde Habitissimo coincide que la instalación añade entre 60 y 140 euros por unidad.
Los propios profesionales lo dicen claro. El carpintero entrevistado por El Español explicaba que hoy no se cobra solo el montaje: “El cliente cree que es ‘solo colgar una puerta’, pero detrás hay materiales caros, transporte, herrajes de mayor calidad y un trabajo mucho más fino que antes”. Además, las tendencias del interiorismo —como las puertas lacadas, correderas, de grandes formatos o enrasadas— también elevan el precio final.
¿Y qué pasará a partir de ahora? Por ahora, ningún indicador sugiere que los precios vayan a bajar. Según Maderea, el mercado de la madera continúa siendo altamente volátil, empujado por unos costes energéticos y logísticos que presionan al alza. Los informes de Basoa, por su parte, muestran tarifas elevadas y sin retrocesos significativos en el precio de la madera en pie durante 2025.
Tampoco las plataformas de reformas prevén reducciones en los costes de materiales o en la mano de obra. La conclusión es clara: salvo que ocurra un giro económico inesperado, cambiar las puertas de casa seguirá siendo una reforma cara durante los próximos años.
¿Hay alguna manera más económica de cambiarme las puertas? En lo que sí coinciden todas las guías consultadas es en una serie de recomendaciones para contener el gasto. Por un lado, solicitar varios presupuestos para comparar precios y evitar diferencias excesivas entre profesionales. También puede ser útil aprovechar ofertas estacionales, como campañas de Black Friday o liquidaciones de modelos descatalogados, donde algunas tiendas aplican rebajas relevantes.
Otra estrategia para quienes quieren renovar sin sustituir por completo es restaurar o lacar las puertas existentes. Y conviene evitar medidas especiales, ya que encargar puertas fuera de los tamaños estándar puede multiplicar el coste final.
Habrá que pensarlo dos veces. Lo que antes era una intervención doméstica asequible —cambiar una puerta interior por poco más de cien euros— se ha convertido en una reforma que puede fácilmente superar los 300, 400 o incluso 600 euros por unidad, dependiendo del material y de la instalación.
La subida del precio de la madera, el impacto de la energía en la fabricación, la logística y la creciente demanda de diseños de mayor calidad han empujado esta partida a niveles inéditos.
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Pensamos que el ventilador nos salva del calor, pero a partir de los 35 grados logra exactamente el efecto contrario
Con la llegada de las altas temperaturas, el ventilador se convierte en un gran aliado en muchos hogares que no pueden tener el aire acondicionado encendido durante todo el día. Al encenderlo, nos da el aire en la cara y sentimos un alivio del calor casi inmediato, pero la realidad es que este efecto no lo tenemos a cualquier temperatura, puesto que hay un punto a partir del cual no solo deja de ser útil, sino que puede convertirse en nuestro peor enemigo.
No enfría el aire. Para entender por qué un ventilador puede ser peligroso, primero hay que entender cómo funciona. Tal y como señalan las directrices de la propia OMS sobre temperaturas interiores, los ventiladores no bajan la temperatura de la habitación ni un solo grado, puesto que lo único que hacen es mover el aire.
El alivio que sentimos se debe a un mecanismo puramente fisiológico que es la evaporación del sudor. Al mover el aire a nuestro alrededor, el ventilador acelera la evaporación de la humedad de nuestra piel, lo que “roba” calor a nuestro cuerpo y nos refresca. Pero el problema llega cuando el aire de la habitación está más caliente que nuestro propio cuerpo.
El punto crítico. La temperatura normal de la piel humana ronda los 35ºC y los sistemas de termorregulación tratan de que así se mantenga. El problema llega cuando la temperatura ambiente de la habitación supera esa cifra, puesto que el ventilador empezará a mover aire más caliente que la temperatura de nuestra piel, y en lugar de disipar el calor coporal estará inyectando el calor del ambiente de manera directa.
Y es algo que está avalado, por ejemplo, por el Plan de Calor del Gobierno Vasco, que apunta que los ventiladores dejan de ser efectivos y útiles cuando el aire supera los 35-36 °C. Pero en Estados Unidos son aún más exigentes, ya que la CDC desaconsejan su uso por encima de los 32,2 ºC.
Más allá de la temperatura. Si bien la regla general dice que por encima de 35 °C hay que apagar el ventilador, la ciencia apunta que la humedad importa tanto o más que la temperatura. De este modo, en condiciones de calor seco el ventilador es perjudicial, ya que si el aire es caliente y seco, el sudor evapora solo sin necesitar ayuda del ventilador. Pero al encender el ventilador, solo se consigue empujar el aire caliente contra la piel.
En el caso de estar en un ambiente húmedo, el sudor no se evapora igual de bien, y por eso nos sentimos ‘pegajosos’ sobre todo en un ambiente de costa. En este escenario, el ventilador sí ayuda a romper esa capa de humedad, y los estudios de Sídney demostraron que pueden seguir siendo beneficiosos incluso hasta los 42 °C.
Los más vulnerables. A pesar de estos datos, la máxima autoridad en revisión de literatura médica, la Cochrane, publicó una revisión en la que señala que no existe evidencia de alta calidad que demuestre de forma inequívoca que los ventiladores reduzcan los impactos adversos en las olas de calor. La razón está precisamente en la mezcla de factores como la humedad, la edad y sobre todo el estado de salud con el que nos enfrentamos a estas altas temperaturas.
Pero debemos pararnos sobre todo en la edad, que es un factor crítico, puesto que la capacidad de sudar y termorregular el cuerpo disminuye con los años o con ciertas medicaciones. Es por ello que un ventilador puede salvar de un apuro a alguien joven, pero puede deshidratar y provocar un golpe de calor a una persona mayor en las mismas condiciones.
Imágenes | Dương Nhân
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Mañana llega a Prime Video una de las películas más increiblemente extrañas del último Nicolas Cage
Hay una escena en la que Nicolas Cage llena una botella con agua turbia de un grifo público y se la intenta beber. Poco después está a punto de comerse una rata muerta. Ninguna de las dos es la imagen más extraña de la película, y eso ya dice bastante del terreno en el que se mueve ‘The Surfer‘, un thriller psicológico que tuvo un paso muy discreto por cines en 2025 y ahora, año y medio después y desde el 17 de julio, brilla como una de las piezas más extrañas del catálogo veraniego de Prime Video.
La película sigue a un hombre sin nombre (Cage) que lleva a su hijo adolescente a la playa australiana donde surfeaba de niño. Quiere comprar la casa familiar situada sobre el acantilado, la misma en la que creció antes de la muerte de su padre. La bienvenida no es la esperada: un grupo de surfistas locales, los Bay Boys, liderado por el carismático Scally (Julian McMahon, al que recordamos de ‘Nip y Tuck’ y Los Cuatro Fantásticos -no, esa no, la otra… no, esa tampoco, la otra-), le impide entrar al agua con un mantra que se repite durante toda la cinta: “Si no vives aquí, no surfeas aquí”. Y lo que arranca como humillación puntual se convierte en una espiral de acoso con el calor del verano australiano de fondo.
El irlandés Lorcan Finnegan, director de la película, no es un nombre nuevo para los fans de las películas de tensión psicológica. Antes de esta firmó la magnífica ‘Vivarium’, con Jesse Eisenberg e Imogen Poots atrapados en un barrio residencial que se repite hasta el infinito, y ‘Efecto Nocebo’ (2022), con una Eva Green afectada por una asfixiante enfermedad exótica. En los tres títulos trabaja con un espacio cerrado y opresivo que empieza siendo cotidiano y termina convertido en trampa.
Y esta vez la película cuenta con un plus excelente: el sol australiano, que tantas magníficas obras de opresión extrema nos ha brindado, como ‘Largo fin de semana’ o ‘Despertar en el infierno’. En esta ocasión, además, se contrasta el perturbador desierto del país con las playas a las que acude Cage, que se permite brindar una de sus mejores interpretaciones maniacas y fuera de sí, por primera vez en un entorno que le hace justicia absoluta.
En Xataka | No tendremos más ‘Stargate’: la excusa perfecta para recuperar esta cima de la ciencia ficción de los 90
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Demis Hassabis, premio Nobel, advierte del riesgo de perder el control de la IA
Pensemos por un momento en cómo se movía el mercado tecnológico antes de noviembre de 2022. La inteligencia artificial ya estaba presente en buscadores, cámaras, recomendaciones y servicios digitales, pero todavía no era la etiqueta que las marcas trataban de colocar en cada producto ni el argumento alrededor del que giraban buena parte de sus presentaciones. La industria tenía otras prioridades visibles y repartía su atención entre múltiples frentes. Menos de cuatro años después, cuesta encontrar un gran fabricante o una plataforma que no haya reorganizado parte de su estrategia alrededor de la IA.
Basta con observar hacia dónde está fluyendo el dinero para entender la magnitud de esta carrera. Las grandes tecnológicas destinan inversiones enormes a chips, servidores y centros de datos que se extienden por distintas partes del mundo, al tiempo que buscan asegurar la energía necesaria para mantenerlos en funcionamiento. Los gobiernos tampoco se limitan a observar: Estados Unidos y China apoyan el desarrollo de infraestructura y capacidad de computación como parte de una competencia económica y estratégica. En medio de esa aceleración, uno de sus principales protagonistas ha advertido que avanzamos más rápido de lo que comprendemos.
La advertencia de quien está en primera línea de la carrera
El mensaje no llega desde fuera del sector. Demis Hassabis es cofundador y consejero delegado de Google DeepMind, uno de los laboratorios que impulsan el desarrollo de los sistemas de inteligencia artificial más avanzados. Bajo su dirección surgieron proyectos como AlphaGo, que derrotó a un campeón mundial de Go, y AlphaFold, capaz de predecir estructuras de proteínas. En 2024, Hassabis y John Jumper recibieron conjuntamente la mitad del Premio Nobel de Química por sus trabajos sobre predicción de estructuras proteicas. Sus palabras tienen peso precisamente por esa doble condición: ayuda a construir esta tecnología y, al mismo tiempo, pide mecanismos para contener sus riesgos.
Hassabis parte de una convicción que ayuda a entender la urgencia de su propuesta: cree que la inteligencia artificial general (AGI, por sus siglas en inglés), definida en su texto como un sistema capaz de exhibir todas las capacidades cognitivas del cerebro humano, podría llegar en apenas unos años. No lo presenta como una certeza, sino como una posibilidad cercana que obligaría a prepararnos antes de que la tecnología alcance ese punto. Su preocupación abarca la ciberseguridad, posibles riesgos biológicos y nucleares y, más adelante, sistemas cada vez más autónomos, capaces de actuar con menor supervisión y de mejorar sus propias capacidades.
En un extenso artículo publicado en X, el directivo intenta sostener dos ideas al mismo tiempo. La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria para la ciencia, la medicina y la economía, pero ese potencial no elimina la necesidad de establecer controles y mecanismos de supervisión. Tampoco propone esperar a que aparezca una amenaza concreta para reaccionar, porque entonces las medidas podrían llegar demasiado tarde. Antes de detallar qué organismo y qué evaluaciones considera necesarios, expone el diagnóstico que sirve de base a toda su propuesta:
“En estos momentos estamos atrapados en una carrera comercial y geopolítica extremadamente intensa que se desarrolla en varios niveles. Aunque estas dinámicas competitivas impulsan rápidos avances y aceleran sus extraordinarios beneficios, los progresos en la frontera de la IA están superando nuestra comprensión de la tecnología. Nadie en el mundo sabe con certeza qué va a ocurrir a partir de ahora, y ni siquiera los expertos están de acuerdo. Cuando existe un grado tan elevado de incertidumbre y hay tanto en juego, avanzar con un optimismo prudente es la estrategia sensata y correcta”.
La respuesta que plantea pasa por crear en Estados Unidos un organismo especializado en evaluar los modelos de inteligencia artificial más avanzados. Su propuesta toma como referencia una asociación público-privada o una entidad autorregulada con supervisión federal, dirigida por una junta en la que también participarían especialistas independientes y representantes del ecosistema de código abierto. Esta institución definiría qué umbrales convierten a un sistema en un modelo de frontera y diseñaría evaluaciones sobre ciberseguridad, amenazas biológicas y otros ámbitos de alto riesgo, además de pruebas para detectar intentos de eludir salvaguardas o señales de engaño. En una primera etapa, los laboratorios compartirían voluntariamente sus modelos hasta 30 días antes de lanzarlos.
La cooperación inicial podría transformarse después en un requisito obligatorio. Una vez validado el protocolo, cualquier modelo considerado de frontera tendría que aprobar la evaluación antes de llegar al mercado de Estados Unidos. Las pruebas se revisarían periódicamente para sustituir aquellas que quedaran desfasadas y para medir nuevas capacidades, mientras auditores independientes ayudarían a ampliar el sistema de control. El planteamiento llega incluso más lejos: si la gravedad de los riesgos lo justificara, el marco podría utilizarse para coordinar una ralentización del desarrollo entre los principales laboratorios.
La inquietud no es exclusiva de Hassabis. Geoffrey Hinton ha reconocido que no sabemos si podremos conservar el control de sistemas más inteligentes que nosotros, mientras Yoshua Bengio reclama más investigación y mecanismos específicos para supervisarlos. En 2023, Elon Musk firmó además una carta abierta que pedía pausar durante al menos seis meses el entrenamiento de sistemas de IA más potentes que GPT-4, aunque unos meses después anunció xAI y pasó a competir directamente en este mercado. Muchas de estas voces coinciden en pedir cautela, pero no existe consenso sobre la probabilidad de que lleguemos a perder el control.
La historia de la inteligencia artificial todavía no tiene un desenlace escrito, aunque sus primeros efectos ya hayan cambiado nuestra relación con la tecnología y las decisiones de quienes la desarrollan. Queda por ver si el organismo que propone Hassabis tendría cabida, si sus evaluaciones serían realmente eficaces y si los laboratorios y los gobiernos aceptarían someterse a ellas cuando entraran en conflicto con sus propios intereses. También puede ocurrir que algunos de los riesgos que plantea estén sobredimensionados o no lleguen a materializarse. Por ahora, su propuesta añade una hoja de ruta concreta a una discusión en la que todavía abundan más las incógnitas que las certezas.
Imágenes | Google
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