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OpenAI no solo domina en IA. Ahora también se está “comiendo” la App Store en Estados Unidos con Sora y ChatGPT
Llegar al podio de las aplicaciones gratuitas más populares de la App Store es el sueño de cualquier desarrollador. No se trata solo de sumar descargas: significa lograr una base masiva de usuarios y una visibilidad envidiable. Para muchos, el razonamiento es automático: “Si esta app ha llegado hasta aquí, algo debe tener”.
En ese escenario, OpenAI está marcando un hito. La compañía de Sam Altman apenas tiene dos aplicaciones y ambas ocupan las posiciones más altas del ranking en Estados Unidos. Es un reflejo directo del interés que despierta entre los usuarios y de la influencia que la firma ha adquirido en cuestión de meses.
Un lanzamiento sorpresa. El martes, tras anunciar con solo un par de horas de antelación un evento, OpenAI presentó una nueva versión de su generador de vídeo. Pero la verdadera sorpresa llegó después: una aplicación con espíritu de TikTok, lanzada de momento en Estados Unidos y Canadá bajo invitación.
Un ascenso fulgurante. Aunque su acceso era limitado, la app comenzó a sumar descargas con rapidez. En apenas un día alcanzó las 56.000 instalaciones, según Appfigures, y este mismo viernes ya se había convertido en la aplicación más descargada del país. Una irrupción inmediata que recuerda a los fenómenos virales de otras épocas.
El éxito de Sora by OpenAI no tardó en reflejarse en los datos oficiales de Apple. La app ha alcanzado el primer lugar del apartado “Top Charts”, superando a Gemini, el chatbot de Google, y a ChatGPT, la otra aplicación de la propia OpenAI. Además, domina también la categoría de Foto y vídeo.


Mucho más que descargas. Estar arriba en la App Store no depende solo del volumen de instalaciones. Especialistas en la materia señalan que Apple emplea un algoritmo que, además de descargas, valora la retención de usuarios, las reseñas, la estabilidad de la app y otros factores decisivos. Los detalles del algoritmo, no obstante, son desconocidos.
El factor viral. La propuesta de Sora ha cumplido con las expectativas: convertirse en una fábrica de contenido viral. Su dinámica anima a los usuarios a protagonizar sus propios memes y compartirlos en un entorno social que, a su vez, multiplica su alcance. El resultado es una experiencia adictiva que está ganando terreno a gran velocidad.
OpenAI frente a los gigantes de siempre. Hoy, el lugar que en su día ocuparon WhatsApp, Facebook o Messenger lo reclaman las aplicaciones de OpenAI. En la lista general de Estados Unidos, la primera app de Meta aparece en la cuarta posición con Threads, y no es hasta el puesto 13 que encontramos a WhatsApp.
Lo que estamos viendo es un asentamiento de OpenAI en la vida digital de millones de personas. La compañía no solo marca el paso en inteligencia artificial: también está conquistando una de las plataformas más influyentes del mundo, la App Store.
Imágenes | Captura de pantalla
En Xataka | OpenAI está demostrando ser capaz de superar en viralidad a Meta. Se suponía que su misión no era esa
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es una reacción muy “humana”
Es posible que alguno, en algún momento, haya tenido a ese compañero de trabajo prepotente que siempre alardea de sus éxitos y comete un error garrafal que resuena por toda la empresa. En ese momento, a más de uno es posible que se le alegre el rostro por ese fallo y se pregunte al momento: ¿Soy una mala persona por ello? Y la realidad es que, en términos generales, la respuesta es no.
Está documentado. Esta reacción para la ciencia tiene un nombre específico, que es ‘schadenfreude‘, que viene del alemán Schaden, daño, y Freude, alegría. Y la evidencia académica nos advierte que reducirla a una simple “maldad” o, por el contrario, a una reacción inofensiva, es ignorar el fascinante cableado de nuestro cerebro social.
Entendiéndola. Para entender la schadenfreude no hay que mirar a los manuales de psiquiatría buscando un trastorno clínico, sino a las resonancias magnéticas funcionales. Y en esto mismo se basó una investigación publicada en el año 2009 en la revista Science, donde los investigadores descubrieron que la envidia y la schadenfreude están íntimamente conectadas en el cerebro.
Lo que pasa en el cerebro. De esta manera, se pudo ver que cuando las personas estudiadas sentían envidia, se activaba la corteza cingulada anterior dorsal, una región asociada al dolor físico. Pero cuando esa persona envidiada sufría una desgracia, la actividad se trasladaba al estriado ventral, el núcleo central del circuito de recompensa de nuestro cerebro.
En otras palabras, podemos decir que, neurológicamente, ver caer a quien envidiamos genera una recompensa genuina. Sin embargo, estudios fundamentales como los de la neurocientífica Tania Singer matizan esto al apuntar que estas respuestas no surgen porque tengamos un “gen de la maldad” o una “hormona de la felicidad” sádica, sino porque nuestras redes cerebrales están constantemente monitorizando la comparación social y la justicia percibida.
El termostato de la empatía. Si la schadenfreude fuera pura crueldad, nos reiríamos de las desgracias de nuestros seres queridos, y no lo hacemos en realidad. Aquí es donde entra un trabajo de investigación que demostró que el placer ante el fracaso ajeno se dispara bajo condiciones muy específicas.
Por ejemplo, cuando una persona es percibida como un rival, cuando se tiene un estatus superior o cuando representa una amenaza para nuestra autoestima, es cuando sentimos este placer cuando comete algún tipo de error. Es por ello que la schadenfreude es el reverso oscuro de la empatía, ya que nuestra capacidad de empatizar se “apaga” temporalmente cuando el sufrimiento del otro equilibra una balanza que considerábamos injusta o cuando reafirma la posición de nuestra “tribu”.
Desde niños. Esta no es una reacción que aparece en la edad adulta, sino que en experimentos con niños pequeños han demostrado que también existe esta respuesta de alegría ante un evento de este tipo, especialmente en contextos de desigualdad. Por ejemplo, si un niño ve que otro recibe un trato injustamente favorable y luego este último sufre un pequeño percance, el primer niño muestra signos de satisfacción.
Imágenes | Alexey Demidov
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es una reacción muy “humana”
Es posible que alguno, en algún momento, haya tenido a ese compañero de trabajo prepotente que siempre alardea de sus éxitos y comete un error garrafal que resuena por toda la empresa. En ese momento, a más de uno es posible que se le alegre el rostro por ese fallo y se pregunte al momento: ¿Soy una mala persona por ello? Y la realidad es que, en términos generales, la respuesta es no.
Está documentado. Esta reacción para la ciencia tiene un nombre específico, que es ‘schadenfreude‘, que viene del alemán Schaden, daño, y Freude, alegría. Y la evidencia académica nos advierte que reducirla a una simple “maldad” o, por el contrario, a una reacción inofensiva, es ignorar el fascinante cableado de nuestro cerebro social.
Entendiéndola. Para entender la schadenfreude no hay que mirar a los manuales de psiquiatría buscando un trastorno clínico, sino a las resonancias magnéticas funcionales. Y en esto mismo se basó una investigación publicada en el año 2009 en la revista Science, donde los investigadores descubrieron que la envidia y la schadenfreude están íntimamente conectadas en el cerebro.
Lo que pasa en el cerebro. De esta manera, se pudo ver que cuando las personas estudiadas sentían envidia, se activaba la corteza cingulada anterior dorsal, una región asociada al dolor físico. Pero cuando esa persona envidiada sufría una desgracia, la actividad se trasladaba al estriado ventral, el núcleo central del circuito de recompensa de nuestro cerebro.
En otras palabras, podemos decir que, neurológicamente, ver caer a quien envidiamos genera una recompensa genuina. Sin embargo, estudios fundamentales como los de la neurocientífica Tania Singer matizan esto al apuntar que estas respuestas no surgen porque tengamos un “gen de la maldad” o una “hormona de la felicidad” sádica, sino porque nuestras redes cerebrales están constantemente monitorizando la comparación social y la justicia percibida.
El termostato de la empatía. Si la schadenfreude fuera pura crueldad, nos reiríamos de las desgracias de nuestros seres queridos, y no lo hacemos en realidad. Aquí es donde entra un trabajo de investigación que demostró que el placer ante el fracaso ajeno se dispara bajo condiciones muy específicas.
Por ejemplo, cuando una persona es percibida como un rival, cuando se tiene un estatus superior o cuando representa una amenaza para nuestra autoestima, es cuando sentimos este placer cuando comete algún tipo de error. Es por ello que la schadenfreude es el reverso oscuro de la empatía, ya que nuestra capacidad de empatizar se “apaga” temporalmente cuando el sufrimiento del otro equilibra una balanza que considerábamos injusta o cuando reafirma la posición de nuestra “tribu”.
Desde niños. Esta no es una reacción que aparece en la edad adulta, sino que en experimentos con niños pequeños han demostrado que también existe esta respuesta de alegría ante un evento de este tipo, especialmente en contextos de desigualdad. Por ejemplo, si un niño ve que otro recibe un trato injustamente favorable y luego este último sufre un pequeño percance, el primer niño muestra signos de satisfacción.
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