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más de 30 metros de largo y capacidad para 350 personas

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La del DAF Super CityTrain parece la historia de una criatura mitológica, una ensamblada con chapas metálicas, dotada de motor y neumáticos y diseñada para moverse sobre el asfalto con cientos de personas acomodados en su interior. Poco se ha publicado sobre su historia y menos aún sobre cuál ha sido su destino, lograr una imagen suya es casi una misión imposible y sus orígenes se remontan unas cuantas décadas atrás, pero sin embargo ahí sigue, en las páginas del Guinness Records, ostentando el título de autobús más largo jamás fabricado.

Aunque hay quien apunta que el récord de bus en servicio más grande del mundo lo ostentan ya otros modelos, más recientes, sus datos siguen impresionando.

No digas bus… No, di mejor DAF Super CityTrain, el mayor autobús jamás construido, al menos según el registro del Guinness World Records, que tanto en su edición web como en la impresa publicada en 2015 lo presenta como el autocar más largo del mundo. Bazas tiene para serlo. Según la publicación británica, estos descomunales buses articulados de la República Democrática del Congo alcanzan los 32,2 metros de largo con un peso en vacío de 28 toneladas y pueden transportar cómodamente en su interior a unos 350 pasajeros.

Su talla es tan despampanante que en 2015 aún se presentaban como los buses más largos jamás construidos, con una longitud y capacidad que superaba a los AutoTram Extra Grand alemanes o los Youngman JNP6250G chinos. Y eso que el DAF Super CityTrain no es precisamente una novedad de la industria de la automoción: Guinness data su récord en 1989, hace ya más de 30 años.

¿Cuál es su historia? No es fácil hilarla. Se ha escrito muy poco sobre el DAF Super CityTrain. Una de las fichas más completas sobre el vehículo articulado y su crónica la elaboró de hecho una compañía del sector que queda lejos del Congo: la firma de transporte eslovaca Zvolen. En su web rescata un breve artículo publicado en septiembre de 1989 por la revista Commercial Motor en el que se explica que el fabricante DAF International acababa de cerrar la venta del “autobús más grande del mundo” a una compañía de autocares de Kinshasa, la capital y ciudad más grande del Congo, por entonces conocida como República del Zaire.

Aunque breve, el artículo es interesante porque nos da una idea de cómo era el DAF CityTrain: “Consta de una unidad de potencia estándar de DAF acoplada a un remolque de estructura escalonada York de fabricación local con una carrocería de bus especial”. La crónica precisa que la capacidad del vehículo era de 450 viajeros —bastante superior a la señalada por Guinness— y entre otras curiosidades señala que una empresa del país se encargó de bloquear las dos marchas superiores del modelo para limitar su velocidad a menos de 42 kilómetros por hora.

¿Hay más datos? Sí. Y bastante interesantes. La reseña de Commercial Motor revela que el autobús medía 18 metros de largo y desliza una idea importante: dado su éxito, en 1989 la compañía planteaba entregar 55 unidades extra y trabajaba ya en “una versión ‘super'”, un vehículo dotado de un segundo remolque que ofrecería aforo para más de 500 viajeros. Esa coletilla, la de “Super”, es la que menciona el Guinness World Records en sus textos, aunque la publicación inglesa rebaja sus plazas. Según precisa, puede transportar “cómodamente a 350 pasajeros”.

Sabemos también que por las mismas fechas, en el otoño de 1989, empezó a circular un autobús semirremolque que tomó el nombre City Train de su operador. Cuando se le sumaba un remolque se le añadía el apellido “Super”, lo que indicaba que su aforo se había visto ampliado: a bordo podían viajar 170 personas sentadas —110 en la primera sección y 60 en el remolque— y 180 de pie, la mayoría también en la primera sección del vehículo. Eso sobre el papel, claro. Dada la población de Kinshasa, hay quien asegura que los Super CityTrain viajaban más cargados.

Una obsesión que se mantiene viva. El uso de autocares articulados extragrandes —o más bien de remolques de buses, por las fotos que sí conservamos del CityTrain, sin la sección extra del “Super”—, se explica en gran medida por la necesidad de desplazamiento en el área metropolitana de Kinshasa, donde según datos de Macrotrends residen hoy alrededor de 16,3 millones de personas.

La obsesión por los autocares XXL no es sin embargo exclusivo del Congo de finales de los 80: años antes Wyane Corporation había producido en Indiana un enorme modelo de 23 m y durante las últimas décadas diferentes compañías han anunciado modelos enormes. El sector ha lanzado diseños sorprendentes, como el Gran Artic 300,  Yongman JNP650G o AutoTram Extra Grand, que se presentó en Alemania con una longitud de 30,7 metros y para algunos puede presumir de ser a día de hoy el mayor autobús en servicio del mundo. Sus dimensiones no alcanzan sin embargo a las que llegó a alcanzar el emblemático DAF Super CityTrain.

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Cada vez que un cohete espacial falla, una industria crece. Y China acaba de decidir que quiere ser dueña y señora

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En 2016, un Falcon 9 de SpaceX explotó en Cabo Cañaveral destruyendo el satélite Amos-6 de comunicaciones de Israel. Menos mal que, como cuando tú te das un cosque con un coche aparcando, había un seguro detrás que pagó el desaguisado porque el incidente costó casi 300 millones de dólares. Porque imagínate que tu último y más ambicioso proyecto explote y que como consecuencia acabes en quiebra. 

Los seguros son esa industria que cuando todo sale bien parece un gasto superfluo y que te salva cuando hay un accidente. Aplicados al espacio, mueven más de 4.000 millones de dólares al año. Pues bien, los seguros espaciales están viviendo una transformación histórica: China ha decidido que ya no quiere ser un mero cliente más, quiere ser la dueña del negocio.

China pasa de cliente a aseguradora. China llevaba años asegurando sus satélites a través de la aseguradora estatal PICC, pero parte del riesgo real lo absorbía el mercado internacional vía reaseguro. Así que cuando el ChinaSat-18 falló en 2019, fueron aseguradoras extranjeras las que absorbieron parte del golpe, según SpaceNews. China pagaba las primas y Londres y París, donde se concentra el negocio de reaseguro espacial, se quedaban con el negocio. 

Todo cambió en marzo de 2025: un consorcio de Pekín cubrió en su primer año 25 lanzamientos privados por 1.470 millones de dólares, reuniendo aseguradoras domésticas para que todo, el dinero y el control se queden en casa, según Caixin Global. Es el primer consorcio dedicado exclusivamente al sector aeroespacial comercial chino.

Por qué es importante. Porque si no hay un seguro, no hay inversión y sin esa financiación tampoco hay cohetes. Un dato: un satélite geoestacionario cuesta entre 150 y 400 millones de dólares en fabricación y lanzamiento, según la Satellite Industry Association. Si hay un fallo, el palo económico es tremendo y puede suponer la quiebra del operador, así que tener una póliza de seguros es condición para que cualquier inversor se anime a meter dinero en un proyecto espacial.

Controlar el seguro espacial es controlar quién puede asumir ciertos riesgos y cómo. El gobierno chino lo tiene claro: de acuerdo con el IISS, Shanghái destinó 300 millones de yuanes en subvenciones al sector aeroespacial comercial en abril de 2025 y Pekín ha anunciado subsidios específicos a las primas de seguro para empresas espaciales. China replica la jugada que ya ha usado en semiconductores o baterías: impulso estatal para lograr la independencia estratégica.

Contexto. El mercado de seguros espaciales crece simple y llanamente porque el sector espacial comercial también crece, y porque asegurarse es condición indispensable para operar en él: el Convenio de Responsabilidad Espacial de 1972 establece que los estados son los responsables por daños causados por sus objetos espaciales. 

Lloyd’s of London lleva asegurando satélites desde 1965 y durante décadas, este fue un mercado cerrado dominado por Europa por empresas como Munich Re, Swiss Re o AXA XL. Según Orbital Radar, este mercado genera entre 500 y 600 millones en primas anuales y sigue concentrado en Londres, París y Bermudas. SpaceX lo cambió todo: más lanzamientos, menor coste unitario, nuevos perfiles de riesgo… y ahora nuevos lanzadores privados chinos como LandSpace, CAS Space, Space Pioneer traen una nueva transformación: que todo quede en casa, China se lo guisa y China se lo come.

En detalle. Como pasa con los coches, las primas de los seguros dependen del historial del cohete y aquí China tiene un potencial hueco por el que colarse: para cohetes nuevos sin historial, las primas son muy altas. Explica Orbital Radar que las primas de lanzamiento oscilan entre el 5% y el 15% del valor asegurado dependiendo del vehículo y la órbita.

Ahí está la gran ventaja del consorcio chino: puede asumir riesgos donde otras aseguradoras pongan “peros”. Un dato revelador: de 10.000 satélites activos en órbita, solo 300 tienen seguro, según Space Insider. De hecho, SpaceX no asegura externamente ni su propia Starlink.

Sí, pero. El mercado en el que China quiere entrar con todo está en problemas: en 2024 pagó más en siniestros de lo que ganó en primas, según Insurance Business Magazine, entre otras cosas por la pérdida del Intelsat 33e. Y va a ir a peor: la basura espacial crece más rápido que la capacidad de calcularla y aquí China tiene buena parte de culpa

Además, de acuerdo con la normativa OFAC del Departamento del Tesoro de EE.UU., cuando un cohete chino falla, las aseguradoras americanas y europeas no siempre pueden pagar: las sanciones occidentales les prohíben legalmente operar con ciertos activos chinos, así que el mercado está fragmentado.

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Por qué es importante. Porque si no hay un seguro, no hay inversión y sin esa financiación tampoco hay cohetes. Un dato: un satélite geoestacionario cuesta entre 150 y 400 millones de dólares en fabricación y lanzamiento, según la Satellite Industry Association. Si hay un fallo, el palo económico es tremendo y puede suponer la quiebra del operador, así que tener una póliza de seguros es condición para que cualquier inversor se anime a meter dinero en un proyecto espacial.

Controlar el seguro espacial es controlar quién puede asumir ciertos riesgos y cómo. El gobierno chino lo tiene claro: de acuerdo con el IISS, Shanghái destinó 300 millones de yuanes en subvenciones al sector aeroespacial comercial en abril de 2025 y Pekín ha anunciado subsidios específicos a las primas de seguro para empresas espaciales. China replica la jugada que ya ha usado en semiconductores o baterías: impulso estatal para lograr la independencia estratégica.

Contexto. El mercado de seguros espaciales crece simple y llanamente porque el sector espacial comercial también crece, y porque asegurarse es condición indispensable para operar en él: el Convenio de Responsabilidad Espacial de 1972 establece que los estados son los responsables por daños causados por sus objetos espaciales. 

Lloyd’s of London lleva asegurando satélites desde 1965 y durante décadas, este fue un mercado cerrado dominado por Europa por empresas como Munich Re, Swiss Re o AXA XL. Según Orbital Radar, este mercado genera entre 500 y 600 millones en primas anuales y sigue concentrado en Londres, París y Bermudas. SpaceX lo cambió todo: más lanzamientos, menor coste unitario, nuevos perfiles de riesgo… y ahora nuevos lanzadores privados chinos como LandSpace, CAS Space, Space Pioneer traen una nueva transformación: que todo quede en casa, China se lo guisa y China se lo come.

En detalle. Como pasa con los coches, las primas de los seguros dependen del historial del cohete y aquí China tiene un potencial hueco por el que colarse: para cohetes nuevos sin historial, las primas son muy altas. Explica Orbital Radar que las primas de lanzamiento oscilan entre el 5% y el 15% del valor asegurado dependiendo del vehículo y la órbita.

Ahí está la gran ventaja del consorcio chino: puede asumir riesgos donde otras aseguradoras pongan “peros”. Un dato revelador: de 10.000 satélites activos en órbita, solo 300 tienen seguro, según Space Insider. De hecho, SpaceX no asegura externamente ni su propia Starlink.

Sí, pero. El mercado en el que China quiere entrar con todo está en problemas: en 2024 pagó más en siniestros de lo que ganó en primas, según Insurance Business Magazine, entre otras cosas por la pérdida del Intelsat 33e. Y va a ir a peor: la basura espacial crece más rápido que la capacidad de calcularla y aquí China tiene buena parte de culpa

Además, de acuerdo con la normativa OFAC del Departamento del Tesoro de EE.UU., cuando un cohete chino falla, las aseguradoras americanas y europeas no siempre pueden pagar: las sanciones occidentales les prohíben legalmente operar con ciertos activos chinos, así que el mercado está fragmentado.

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La sociedad no va a tolerar que solo unas pocas empresas hagan todo el aprendizaje

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Que últimamente no están las cosas muy allá en la industria tech es una realidad (según en qué lado estés, claro). La economía en torno a la exacerbada demanda de los centros de datos de IA se ha desvirtualizado tanto que ya no sorprende que una gran tecnológica se haya gastado decenas de miles de millones de dólares en otro gran acuerdo. Y como consecuencia de ello, la escasez de componentes está haciendo cada vez más complicada la compra de productos tecnológicos por parte del consumidor.

Así que sí, se podría decir que las cosas no están muy allá. Pero también hay algo de comedia en que Satya Nadella, CEO de Microsoft, salga para señalar esto mismo. Y es que la compañía precisamente contribuye en gran medida a la situación que estamos viviendo. En una entrevista para el Wall Street Journal, Nadella advierte que el modelo actual de desarrollo de la IA no es sostenible ni legítimo ante la sociedad.

De qué va esto. Nadella lleva tiempo advirtiendo de que la IA tiene que generar un impacto real para justificar los recursos que consume. Ya lo hizo el pasado mes de enero en el Foro Económico Mundial de Davos, donde alertó de que si los tokens de IA no mejoran resultados tangibles en salud, educación o productividad, se perdería “el permiso social” para seguir destinando energía y dinero a su desarrollo.

Recientemente, en un discurso similar, se ha atrevido a señalar quienes, según él, están concentrando demasiado poder.

Concentración. Para Nadella, un pequeño grupo de empresas (las que construyen los modelos más avanzados, como OpenAI, Anthropic o Google) está acumulando el valor generado por la IA mientras, al mismo tiempo, agita el miedo. Y es que la conversación durante los últimos años ha girado en temas como la pérdida masiva de empleos, los riesgos existenciales sobre su uso y sobre cómo estas empresas exigen recursos casi ilimitados para seguir creciendo.

“No puedes decir que todos los empleos de cuello blanco van a desaparecer, que esto podría ser un arma, y al mismo tiempo usar todo el poder disponible para construir centros de datos”, contaba el ejecutivo al WSJ. La sociedad no va a tolerar que unos pocos modelos y unas pocas empresas “hagan todo el aprendizaje del mundo”, continuaba. “No basta con la narrativa porque ahora tenemos que demostrar con hechos”, insistía al medio.

A quién apunta sin nombrar. Nadella no menciona empresas concretas en la entrevista, pero el contexto lo dice todo. Dario Amodei, CEO de Anthropic (y socio de Microsoft con un acuerdo multimillonario firmado el año pasado) predijo en 2025 que la IA podría eliminar la mitad de los empleos de nivel inicial antes de 2029. Sam Altman, CEO de OpenAI (otro socio histórico de Microsoft, en el que la compañía ha invertido miles de millones) también ha hecho advertencias similares sobre el empleo, aunque recientemente reconoció haberse equivocado en sus predicciones. Ambas compañías han protagonizado tensiones con el Gobierno de los Estados Unidos en torno a la seguridad de sus modelos.

Lo que Microsoft está haciendo. Nadella señala también en la entrevista que Microsoft ha lanzado una serie de modelos de bajo coste para abaratar el acceso a la IA para sus clientes empresariales, y ha presentado Copilot Cowork, un agente de IA autónomo que permite al usuario elegir entre distintos modelos (incluidos los más baratos) según la tarea.

El WSJ señala en su artículo además que la compañía está valorando si alojar en su plataforma una versión de DeepSeek, compañía que hace no mucho puso patas arriba a la industria tecnológica con su modelo R1 (también es una empresa acusada por OpenAI y Anthropic de haber copiado sus modelos).

La visión que propone. Para Nadella, el futuro de la IA pasa por un modelo más distribuido, es decir, empresas que usen sus propios datos, con acceso a una variedad de modelos a distintos precios, sin depender de un puñado de proveedores. Define las compañías del futuro como “sistemas de aprendizaje continuo” que combinan conocimiento humano e IA.

En esta visión de Nadella, el capital de una empresa no serían solo sus activos, sino también su capacidad de procesar y aprender, algo que llama “token capital”. Y advierte de que proteger la propiedad intelectual será clave para que las empresas no se conviertan en meras ejecutoras de lo que dicten los grandes modelos.

Entre líneas. La postura de Nadella tiene también una lectura estratégica. Y es que Microsoft no ha logrado desarrollar un modelo propio que compita con los más avanzados de OpenAI, Anthropic o Google. Además, según comparte el WSJ, sus usuarios de Copilot han empezado a preferir alternativas, según datos de la firma de análisis Recon Analytics. Sin un modelo de cabecera propio, le conviene que el mercado se mueva hacia la variedad y la competencia de precios, y no hacia la consolidación en torno a los modelos más potentes (que son, precisamente, los de sus socios).

Imagen de portada | Microsoft y M Rezaie

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