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fue construido en una isla artificial y lleva años hundiéndose

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A finales de la década de 1960, la aviación comercial estaba en auge. Los primeros aviones civiles con motores turbofán, como el Douglas DC-8 y el Boeing 707, estaban redefiniendo las reglas de juego del transporte aéreo de pasajeros. Producto de este escenario, muchos países del mundo empezaron a impulsar cambios de cara a un futuro donde los vuelos se multiplicarían. nude massage savyon

En ese momento en Japón creían que el Aeropuerto Internacional de Osaka, que operaba para la región de Kansai, no sería capaz de hacer frente al creciente mercado aéreo. Ampliar sus instalaciones, sin embargo, no era una opción plausible. Debido a una serie de demandas de los residentes, el gobierno había establecido estrictas normas de operación a este aeropuerto.

Un aeropuerto sobre una isla artificial

Para eludir límites como un acotado horario de funcionamiento y la imposibilidad de llevar a cabo una ambiciosa obra para ampliar el aeropuerto existente, se propuso construir “un segundo aeropuerto de Kansai”. Ahora bien, no se trataría de una tarea sencilla. El futuro Aeropuerto Internacional de Kansai descansaría sobre una isla completamente artificial de 15 hectáreas.

El proyecto fue avanzando, poco a poco, durante los años siguientes. Con el fin de evitar la contaminación acústica de los aviones de ese entonces se llegó a la conclusión de que el nuevo aeropuerto debería estar al menos a tres kilómetros de la costa. Bajo esta premisa, las obras comenzaron en 1987 cinco kilómetros adentro de la Bahía de Osaka.

Kansai International Airport 5
Kansai International Airport 5

Aeropuerto Internacional de Kansai

Para dar forma a la isla artificial se realizaron múltiples excavaciones en áreas montañosas adyacentes con el fin de obtener material suficiente para rellenar el sitio. Todos los días, desde las 4 de la madrugada hasta la tarde, los miembros del proyecto sobre el terreno utilizaban maquinaria para arrojar miles de metros cúbicos de roca sobre el lecho marino.

Holoceno
Holoceno

Lecho marino de la Bahía de Osaka

El relieve oceánico de esta zona está compuesto por una capa superficial de 20 metros de espesor llamada capa de Holoceno. Después viene una capa de arcilla dura y grava de muchos metros de espesor, que puede dividirse en partes de nivel superior e inferior. Estas capas suelen ceder cuando se someten a presión, y los constructores lo sabían perfectamente.

Kansai Aeropuerto
Kansai Aeropuerto

El Aeropuerto Internacional de Kansai con su primera fase (izquierda); con sus dos fases (derecha)

La primera fase del proyecto fue diseñada por el arquitecto italiano Renzo Piano y comenzó con la construcción de una pista de aterrizaje y una terminal de pasajeros en 1991. Para compensar el hundimiento de la misma, se instalaron columnas especiales con placas metálicas de base para soportar el peso de la estructura. Abrió sus puertas al público en septiembre de 1994.

Cuatro meses más tarde, la que era considerada una de las obras civiles más caras y complejas de la historia recibió su prueba de fuego. El 17 de enero de 1995, el país asiático fue golpeado por el terremoto de Kobe, cuyo epicentro se situó a varios kilómetros del aeropuerto. La estructura resistió con leves daños gracias a su avanzado diseño antisísmico.

En 1996 se dio luz verde la construcción de otra pista y terminal de pasajeros, segunda fase que demandó una buena cantidad de años en completarse. En 2007 se inauguró parcialmente, lo que permitió un servicio limitado y, a su vez, descongestionar las otras partes del aeropuerto. Desde ese entonces, el aeropuerto ha protagonizado varias obras de mejoras y mantenimiento.

Kansai International Airport 2
Kansai International Airport 2

Boeing 747 en el Aeropuerto Internacional de Kansai

La capacidad de los responsables del proyecto de llevar a cabo una obra de tal magnitud ha recibido elogios a lo largo del mundo. En 2001 fue galardonado con el premio “Monumento de Ingeniería Civil del Milenio” de la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles. Pero también ha recibido una avalancha de críticas, principalmente a su coste de realización.

En 2008 el Aeropuerto Internacional de Kansai había consumido más de 20.000 millones de dólares. Muchos de los gastos derivaban de las tareas necesarias para mitigar el hundimiento de la isla artificial. En 1994, la tasa de hundimiento se encontraba en torno a los 50 centímetros anuales, aunque en la actualidad se encuentra por debajo de los 10 centímetros.

Los ingenieros han recurrido a un sistema de drenaje de arena para abordar el problema del hundimiento. El mismo consiste en colocar pilotes de arena en la zona de la arcilla que permiten que el agua escape y la arcilla se endurezca. Desde los inicios del proyecto se han instalado 900.000 pilotes que, a la luz de los datos, parecen estar cumpliendo su función.

Imágenes | Wikimedia (1, 2) | The Kansai International Airport | Google Maps | Ken H (CC BY-SA 2.0)

En Xataka | Se supone que EEUU ya está desarrollando al sucesor del legendario SR-71. Se supone porque todo es súper secreto

*Una versión anterior de este artículo se publicó en agosto de 2024

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Creíamos que tardamos mucho en aprender a cocinar. Hasta que unos dientes de carpa de hace 780.000 años reescribieron la historia

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Si pensamos en la tecnología que más ha transformado a la humanidad, es fácil que nos vengan a la mente la rueda, la máquina de vapor o el microchip de manera más actual. Sin embargo, hay una “tecnología” mucho más antigua y fundamental que, literalmente, cambió nuestra anatomía: la cocina

La evolución. Durante décadas, los paleoantropólogos han debatido en qué momento exacto nuestros antepasados dejaron de consumir alimentos crudos para empezar a procesarlos mediante el control del fuego. Las evidencias más recientes no solo reescriben nuestra cronología, sino que confirman que dominar la cocina fue el verdadero motor de la evolución humana.

Cómo se sabe. Fechar algo tan preciso como el inicio de la cocina, pero la realidad es que hasta hace poco, las pruebas indiscutibles del uso continuado del fuego para cocinar rondaban los 600.000 años de antigüedad. Sin embargo, un gran hallazgo publicado en la prestigiosa revista Nature en 2022 retrasó este reloj evolutivo.

En este caso fue en el yacimiento de Gesher Benot Ya’aqov, en Israel, se encontraron restos de dientes de grandes carpas. Con estas muestras y a través de técnicas avanzadas como la difracción de rayos X, los investigadores demostraron que estos restos habían sido expuestos a temperaturas controladas y relativamente bajas al ser inferiores a 500 °C.

La primera fecha. Con estas pruebas parecía bastante claro que no fue un incendio fortuito, sino que se fechó que hace 780.000 años se comenzó a cocinar a estos animales. Esto es algo que concuerda con el hecho de que los cazadores-recolectores achelenses ya explotaban los hábitats acuáticos, seleccionaban pescado rico en nutrientes y lo cocinaban en lo que los arqueólogos denominan “hogares fantasma”, que eran zonas de fuego estructuradas. 

Otra hipótesis. Aunque la evidencia directa nos apuntaba a estos 780.000 años, las pistas biológicas sugieren que la revolución culinaria comenzó mucho antes. Esto es lo que apuntó el primatólogo Richard Wrangham, en su libro Catching Fire y en estudios posteriores publicados en Current Anthropology, proponiendo que la cocción sistemática surgió con el Homo erectus hace aproximadamente 1,9 millones de años. 

Sus argumentos. Para poder dar esta fecha, este experto se centra principalmente en la eficiencia energética, puesto que apunta a que cocinar predigiere los alimentos, rompiendo fibras y almidones. Esto permite obtener muchas más calorías con un esfuerzo mínimo. Pero lo más relevante es que al facilitar la digestión, el Homo erectus ya no necesitaba un tracto intestinal masivo para procesar vegetales duros y crudos. 

Y aquí el tamaño importa, puesto que el tejido intestinal y el tejido cerebral son energéticamente muy costosos, y entonces, al encoger el intestino, la energía sobrante pudo redirigirse al crecimiento de un cerebro mucho más grande y complejo. Pero esta dieta más blanda también explica por qué los molares del Homo erectus se redujeron y sus mandíbulas se volvieron menos prominentes.

Más allá de la nutrición. La implementación de la cocina no solo trajo beneficios anatómicos, sino que los estudios apuntan a que en el caso de los primeros homínidos, esto fue fundamental para asar carne cruda y matar a las bacterias que había en su interior. 

Pero además, el control del fuego y la capacidad de procesar alimentos fueron herramientas clave que facilitaron la migración humana. En reevaluaciones de yacimientos clásicos, como las cuevas de Zhoukoudian en China, confirman que el Homo erectus pekinensis usaba fuego controlado para cocinar carne de cérvidos en estratos específicos, demostrando que esta práctica fue fundamental para adaptarse a climas más fríos fuera de África.

Imágenes | Michael Lock

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El móvil en la mesilla de noche no te está “friendo” el cerebro, pero la ciencia empieza a entender por qué te impide descansar

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Es prácticamente un ritual a día de hoy: conectar el móvil al cargador, configurar la alarma y dejarlo en la mesilla de noche a escasos 30 centímetros de la almohada para dormir. Según los datos, para el 95% de los adultos, dormir con el teléfono al alcance de la mano es una necesidad logística; para una creciente corriente de expertos en longevidad, es un error de cálculo biológico porque descansamos menos. Para ello, hemos analizado la bibliografía para saber exactamente el efecto que tiene tener el móvil al lado.

El culpable confirmado. Antes de entrar en el terreno pantanoso de los posibles problemas que puede generar la radiación al estar cerca nuestra, debemos señalar al “elefante en la habitación”. La evidencia más sólida que tenemos a día de hoy no culpa a las antenas de tener un mal sueño, sino a las pantallas y a lo que hacemos con ella.

Para que nos hagamos una idea, un metaanálisis sobre más de 36.000 participantes concluyó que el uso excesivo del smartphone aumenta un 228% el riesgo de tener una mala calidad de sueño. 

El doble responsable. El primero es la supresión de la melatonina, puesto que la luz azul emitida por los paneles LED de los móviles engaña a nuestro cerebro haciéndole creer que aún es de día. Esto retrasa la liberación de la melatonina y fragmenta la arquitectura del sueño. 

Pero no solo la luz azul es información, puesto que responder un WhatsApp o hacer doomscrolling en TikTok antes de dormir mantiene el cerebro alerta. Un estudio en estudiantes de medicina apuntaba a que el uso nocturno del móvil se correspondía con un peor descanso.

El debate de la radiación. Siempre ha sido un mantra para muchos: tener el móvil cerca es tener una gran fuente de radiación que causa muchos problemas de salud. En este caso, organismos como la OMS o ARPANSA han mantenido tradicionalmente que la evidencia de daño por campos electromagnéticos de bajo nivel es “insuficiente”. Sin embargo, no significa que sea inexistente.

Los estudios más recientes están empezando a ver los efectos no térmicos que tiene el móvil. Uno de los más interesantes se hizo con monitores de bebés que tienen una frecuencia de 2.45 GHz, similar al bluetooth o el Wifi, para simular la exposición ambiental. El resultado fue que el grupo expuesto, frente al placebo, mostró una peor calidad subjetiva de sueño y alteraciones en la variabilidad de la frecuencia cardíaca, sugiriendo que las personas sensibles sí notan la “presencia” invisible del dispositivo electrónico cerca. 

Modulación de ondas cerebrales. Otra investigación sobre señales 5G encontró que la exposición a las ondas de 3.6 GHz afectaba a los husos del sueño durante la fase N2, es decir, el sueño ligero que supone el 50% del tiempo total de descanso. Lo curioso de este estudio es que el efecto dependía de la genética: solo los portadores de ciertas variantes del gen CACNA1C mostraron alteraciones en el electroencefalograma. 

Esto matiza las advertencias de algunos expertos, puesto que tal vez la radiación no nos afecte a todos por igual, pero para un subgrupo genéticamente predispuesto, dormir junto a una fuente de emisión continua podría estar fragmentando su fase N2, crucial para la consolidación de la memoria.

El factor del hábito. A menudo se cita el estudio de Sinha para demonizar la radiación, pero lo que realmente midió este estudio fueron los hábitos en una muestra de 566 participantes. En este caso se vio que aquellas personas con un alto uso del móvil tardaban más en dormirse, su sueño era menos eficiente y un 22,6% reportó una peor calidad de sueño. 

De esta manera, la conclusión no fue que las ondas les impidieran dormir, sino que el hábito de tener el móvil cerca lleva inevitablemente a usarlo. Si está en la mesilla, lo miras. Si lo miras, te activas. Es un círculo vicioso conductual más que radiológico.

Protocolo de higiene. La pregunta en este caso es inevitable: ¿debemos envolver la habitación en papel de aluminio? No hace falta. En este caso, la física juega a nuestro favor gracias a la ley de la inversa del cuadrado: la intensidad de la radiación cae drásticamente con la distancia.

Es por ello que lo más importante es alejar el dispositivo al menos un metro de la cama, puesto que a esta distancia la exposición cae a niveles basales insignificantes, haciendo que dormir con el móvil bajo la almohada sea la peor decisión posible. Si queremos ir un poco más allá, podemos ponerlo en modo avión, aunque el mejor consejo, como apunta la Sociedad Española de Neurología, es tener una hora sagrada, donde la recomendación es dejar las pantallas una hora antes de dormir. 

Imágenes | Nubelson Fernandes 

En Xataka | Creíamos que el insomnio era solo no poder dormir. Ahora sabemos que son cinco trastornos distintos

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El móvil en la mesilla de noche no te está “friendo” el cerebro, pero la ciencia empieza a entender por qué te impide descansar

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Es prácticamente un ritual a día de hoy: conectar el móvil al cargador, configurar la alarma y dejarlo en la mesilla de noche a escasos 30 centímetros de la almohada para dormir. Según los datos, para el 95% de los adultos, dormir con el teléfono al alcance de la mano es una necesidad logística; para una creciente corriente de expertos en longevidad, es un error de cálculo biológico porque descansamos menos. Para ello, hemos analizado la bibliografía para saber exactamente el efecto que tiene tener el móvil al lado.

El culpable confirmado. Antes de entrar en el terreno pantanoso de los posibles problemas que puede generar la radiación al estar cerca nuestra, debemos señalar al “elefante en la habitación”. La evidencia más sólida que tenemos a día de hoy no culpa a las antenas de tener un mal sueño, sino a las pantallas y a lo que hacemos con ella.

Para que nos hagamos una idea, un metaanálisis sobre más de 36.000 participantes concluyó que el uso excesivo del smartphone aumenta un 228% el riesgo de tener una mala calidad de sueño. 

El doble responsable. El primero es la supresión de la melatonina, puesto que la luz azul emitida por los paneles LED de los móviles engaña a nuestro cerebro haciéndole creer que aún es de día. Esto retrasa la liberación de la melatonina y fragmenta la arquitectura del sueño. 

Pero no solo la luz azul es información, puesto que responder un WhatsApp o hacer doomscrolling en TikTok antes de dormir mantiene el cerebro alerta. Un estudio en estudiantes de medicina apuntaba a que el uso nocturno del móvil se correspondía con un peor descanso.

El debate de la radiación. Siempre ha sido un mantra para muchos: tener el móvil cerca es tener una gran fuente de radiación que causa muchos problemas de salud. En este caso, organismos como la OMS o ARPANSA han mantenido tradicionalmente que la evidencia de daño por campos electromagnéticos de bajo nivel es “insuficiente”. Sin embargo, no significa que sea inexistente.

Los estudios más recientes están empezando a ver los efectos no térmicos que tiene el móvil. Uno de los más interesantes se hizo con monitores de bebés que tienen una frecuencia de 2.45 GHz, similar al bluetooth o el Wifi, para simular la exposición ambiental. El resultado fue que el grupo expuesto, frente al placebo, mostró una peor calidad subjetiva de sueño y alteraciones en la variabilidad de la frecuencia cardíaca, sugiriendo que las personas sensibles sí notan la “presencia” invisible del dispositivo electrónico cerca. 

Modulación de ondas cerebrales. Otra investigación sobre señales 5G encontró que la exposición a las ondas de 3.6 GHz afectaba a los husos del sueño durante la fase N2, es decir, el sueño ligero que supone el 50% del tiempo total de descanso. Lo curioso de este estudio es que el efecto dependía de la genética: solo los portadores de ciertas variantes del gen CACNA1C mostraron alteraciones en el electroencefalograma. 

Esto matiza las advertencias de algunos expertos, puesto que tal vez la radiación no nos afecte a todos por igual, pero para un subgrupo genéticamente predispuesto, dormir junto a una fuente de emisión continua podría estar fragmentando su fase N2, crucial para la consolidación de la memoria.

El factor del hábito. A menudo se cita el estudio de Sinha para demonizar la radiación, pero lo que realmente midió este estudio fueron los hábitos en una muestra de 566 participantes. En este caso se vio que aquellas personas con un alto uso del móvil tardaban más en dormirse, su sueño era menos eficiente y un 22,6% reportó una peor calidad de sueño. 

De esta manera, la conclusión no fue que las ondas les impidieran dormir, sino que el hábito de tener el móvil cerca lleva inevitablemente a usarlo. Si está en la mesilla, lo miras. Si lo miras, te activas. Es un círculo vicioso conductual más que radiológico.

Protocolo de higiene. La pregunta en este caso es inevitable: ¿debemos envolver la habitación en papel de aluminio? No hace falta. En este caso, la física juega a nuestro favor gracias a la ley de la inversa del cuadrado: la intensidad de la radiación cae drásticamente con la distancia.

Es por ello que lo más importante es alejar el dispositivo al menos un metro de la cama, puesto que a esta distancia la exposición cae a niveles basales insignificantes, haciendo que dormir con el móvil bajo la almohada sea la peor decisión posible. Si queremos ir un poco más allá, podemos ponerlo en modo avión, aunque el mejor consejo, como apunta la Sociedad Española de Neurología, es tener una hora sagrada, donde la recomendación es dejar las pantallas una hora antes de dormir. 

Imágenes | Nubelson Fernandes 

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