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Vitoria lleva años siendo la ciudad más verde de España. Ahora se ha vuelto en su contra por una huelga de jardineros
Vitoria-Gasteiz puede alardear de muchas cosas. De gastronomía, paisajes o patrimonio, por citar solo unos cuantos ejemplos. Si de algo ha presumido sin embargo en los últimos años la capital vasca es de zonas verdes. Su Ayuntamiento asegura que la ciudad dispone de 42 m2 de áreas ajardinadas por cada habitante, lo que le permite colarse a menudo en el TOP 10 de las urbes más verdes del país e incluso le granjeó el título de European Green Capital. Ahora sus jardineros se han puesto en huelga y esa vasta cubierta vegetal se ha convertido en un problema.
Los parques han pasado de ser un motivo de orgullo a un quebradero de cabeza.
Vitoria, “Capital Verde”. Con el calentamiento global convertido en tema de discusión prioritario (y recurrente), cada vez más ciudades optan por aplicar una lógica “verde” a la hora de planificar su urbanismo. Ocurre tanto en España como en otros países, pero pocas ciudades han dado un paso tan decidido como Vitoria. En su web el Ayuntamiento vasco presume de tener 42 metros cuadrados de zonas verdes por cada vecino, 171 kilómetros de carriles bici, 115.000 árboles en calles y parques y un Anillo Verde de 33 kilómetros con hectáreas de campo.
La apuesta no le ha ido nada mal y la ciudad suele colarse en lo más alto del TOP 10 nacional de ciudades verdes. El esfuerzo ha llegado acompañado además de algunos reconocimientos internacionales importantes: el European Green Capital 2012, el de Ciudad Verde Global 2019 y la certificación Biosphere Responsible Tourism. Tanto es así que la ciudad presume de ser una “capital verde”.


Y llegó la huelga. Desde hace unos meses sin embargo los vecinos de Vitoria miran esa vasta área verde, en la que se incluyen parques y jardines, pero también rotondas, canaletas, alcorques y bordillos con cierta inquietud. Y el motivo es muy sencillo: los profesionales que se encargan de su cuidado están en huelga. A finales de marzo el comité de empresa de Enviser, la contrata del mantenimiento de las zonas verdes del municipio, convocó una huelga para exigir mejoras laborales.
“Sus condiciones de trabajo son absolutamente precarias, con salarios que apenas alcanzan el salario mínimo interprofesional y jornadas interminables. Cobran en torno a 10.000 euros al año menos trabajando más de cien horas más al año que los empleados municipales que realizan el mismo trabajo”, alertaba en marzo el sindicato ELA sobre la situación de los 85 empleados afecatdos de Enviser.
El primer día de huelga el seguimiento ya rondó el 90%, según los trabajadores, y el Ayuntamiento se ha encontrado con que su plantilla de jardineros municipales se queda corta para asumir la gestión de todos los parques y jardines.
“Supone un riesgo”. Tres meses después y pese a los intentos de mediación entre las partes implicadas, la huelga de jardineros sigue en marcha en Vitoria para desespero de las autoridades y vecinos. Sus efectos de hecho se dejaron notar muy pronto. Sin podas, riego ni retirada de rastrojos, la vegetación de la ciudad se ha desmadrado… con todas sus consecuencias. En mayo Antena3 informaba ya de maleza crecida, plantas de más de un metro de altura en los jardines, verdín en las aceras e incluso de la aparición de insectos, incluidas garrapatas y mosquitos.
“La presencia de pulgas y garrapatas empieza a ser habitual y supone un riesgo para la salud”, reconoce a Crónica Vasca Rafa Busto, miembro del sindicato ELA. A la maleza, el descuido de los parques y el riesgo de picaduras se añade además otro hándicap: un año mucho más duro de lo habitual para los alérgicos al polen. Tras tres meses de huelga el Ayuntamiento se ha encontrado además con que la noticia ha escalado a nivel nacional y quejas furibundas de sus ciudadanos.


“Amenaza vidas”. La situación ha llegado a tal punto que hace unos días el Gobierno Vasco ordenó a los jardineros que garanticen un cuidado mínimo de las zonas verdes. El decreto ha servido para que las segadoras vuelvan a los parques de Vitoria, pero ha caldeado aún más los ánimos. La sindiactos ya han avisado que recurrirán una orden que, insisten, “condicionan la huelga”; y los informes del servicio de Transportes y bomberos en los que se ha apoyado el Ejecutivo para tomar su decisión destacan por su contundencia, alertando de graves riesgos.
“La falta de desbroce amenaza vidas, propiedades, infraestructuras y también la salud pública, además de desbordar los servicios de emergencias”, advierten los bomberos en su análisis. En una línea similar, el Servicio de Tráfico alertaba de que en algunas zonas de Vitoria la vegetación se ha desmadrado tanto que ha ganado altura que impide claridad las señales de tráfico o semáforos.
Más vegetación, muchas más flores. No todos los efectos de la huelga son negativos ni todos los ven con los mismos ojos. Las lluvias y el hecho de que los arbustos crezcan a sus anchas ha llevado a que ciertas zonas de Vitoria hayan visto una explosión floral, para alegría de los botánicos y biólogos. “Las flores que antes considerábamos muy raras, hoy las encontramos casi en cualquier parterre”, señala Gorka Belamendia, del Centro de Estudios Ambientales, en la SER.
“Si se deja que se desarrollen las plantas, la biodiversidad se multiplica: los insectos e invertebrados sobre todo”, coincide en El País Pello Urrutia, presidente del Instituto Alavés de la Naturaleza (IAN). Irene Zúñiga, doctora en Arquitectura Urbanística, incluso iba más allá al valorar los efectos de la huelga: “Deberían estar ahora mismo aquí todas las escuelas de botánica sacando inventario”.
Imágenes | RdA Suisse (Flickr), Euskadi.eus y Mariya Prokopyuk (Flickr)
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A la generación Z le contaron que el éxito laboral era tener un buen salario. Tener más vida se ha convertido en su nuevo lujo
La generación Z está dibujando un nuevo escenario laboral y tenemos varios ejemplos de ello: tienen un concepto distinto de las relaciones laborales del que tenían las generaciones anteriores y su definición de compromiso ahora se rige por unas reglas que exigen reprocidad a las empresas.
No es raro. Esta generación ha visto cómo sus padres han trabajado sin parar y llegar igual de ahogados a fin de mes. Por eso, cuando los jóvenes hablan de éxito laboral, ya no piensan solo en la nómina, también lo hace en poder salir a su hora y poder dedicarle tiempo a su vida personal.
El paro que marca el paso. Para entender ese giro hay que mirar primero a la realidad de esta generación. Según datos del INE, el paro juvenil en España se situó en el 24,5% en el primer trimestre de 2026. Es casi el doble de la media que maneja Eurostat para el conjunto de la Unión Europea, algo por encima del 15%, pero la mitad del 42,91% que teníamos hace una década.
Tal y como apunta el ‘I Barómetro Retos y Aprendizajes. Posturas juveniles sobre los desafíos formativos y profesionales’ elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud y Banco Santander, esa presión está condicionando incluso decisiones tan importantes como elegir qué estudiar.
La urgencia del salario, aunque sea precario. Según datos de ese informe, el 64,7% de los jóvenes admite que decide su futuro pensando en ganar dinero cuanto antes, no en el trabajo que le gustaría hacer de verdad. “Quiero tener ya como una estabilidad. Entonces me apremia por eso, porque no quiero vivir constantemente como al límite, quiero tener esa estabilidad”, aseguraba uno de los jóvenes participantes del estudio.
Seis de cada diez creen, además, que hay factores ajenos a su esfuerzo que frenan el avance en su carrera laboral: precariedad, falta de oportunidades y presión económica se sitúan entre las más mencionadas. Y aun así, el 67% no contempla tirar la toalla pese a las dificultades para prosperar en su carrera laboral, alejándose del estereotipo de la juventud desmotivada.
El éxito cambia de definición. Con ese punto de partida, los jóvenes de la generación Z han cambiado la definición de lo que se considera triunfar en el trabajo. Antes el éxito consistía en subir de categoría y de sueldo cada pocos años. Ahora entran en la ecuación el tiempo libre, la salud mental y un ambiente de trabajo que no queme. La conciliación deja de ser un extra y pasa a ser condición de entrada.
El informe Workmonitor de Randstad marca un punto de inflexión: el equilibrio entre vida y trabajo ya pesa más que el sueldo a la hora de valorar un empleo. Más de la mitad de los encuestados dejaría su puesto si le impide vivir fuera de la oficina.
Lo que piden: orientación y educación financiera. Según los datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, la generación Z tampoco pide un milagro, solo una guía para desarrollar sus capacidades profesionales. El 75,7% quiere entender mejor qué le interesa antes de decidir su carrera, mientras que el 74% reclama más información sobre las salidas laborales reales de cada opción formativa. Es decir, no perder el tiempo estudiando una carrera que les deje en una vía muerta. Y más del 73% echa en falta formación financiera básica para gestionar su día a día.
El resultado de todo ello es que en el futuro vamos a tener menos jóvenes dispuestos a sacrificar tiempo de su vida personal por un poco más de sueldo, y más empresas que van a tener que ofrecer ambas cosas como incentivo si quieren retener talento.
Imagen | Unsplash (Vitaly Gariev)
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A la generación Z le contaron que el éxito laboral era tener un buen salario. Tener más vida se ha convertido en su nuevo lujo
La generación Z está dibujando un nuevo escenario laboral y tenemos varios ejemplos de ello: tienen un concepto distinto de las relaciones laborales del que tenían las generaciones anteriores y su definición de compromiso ahora se rige por unas reglas que exigen reprocidad a las empresas.
No es raro. Esta generación ha visto cómo sus padres han trabajado sin parar y llegar igual de ahogados a fin de mes. Por eso, cuando los jóvenes hablan de éxito laboral, ya no piensan solo en la nómina, también lo hace en poder salir a su hora y poder dedicarle tiempo a su vida personal.
El paro que marca el paso. Para entender ese giro hay que mirar primero a la realidad de esta generación. Según datos del INE, el paro juvenil en España se situó en el 24,5% en el primer trimestre de 2026. Es casi el doble de la media que maneja Eurostat para el conjunto de la Unión Europea, algo por encima del 15%, pero la mitad del 42,91% que teníamos hace una década.
Tal y como apunta el ‘I Barómetro Retos y Aprendizajes. Posturas juveniles sobre los desafíos formativos y profesionales’ elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud y Banco Santander, esa presión está condicionando incluso decisiones tan importantes como elegir qué estudiar.
La urgencia del salario, aunque sea precario. Según datos de ese informe, el 64,7% de los jóvenes admite que decide su futuro pensando en ganar dinero cuanto antes, no en el trabajo que le gustaría hacer de verdad. “Quiero tener ya como una estabilidad. Entonces me apremia por eso, porque no quiero vivir constantemente como al límite, quiero tener esa estabilidad”, aseguraba uno de los jóvenes participantes del estudio.
Seis de cada diez creen, además, que hay factores ajenos a su esfuerzo que frenan el avance en su carrera laboral: precariedad, falta de oportunidades y presión económica se sitúan entre las más mencionadas. Y aun así, el 67% no contempla tirar la toalla pese a las dificultades para prosperar en su carrera laboral, alejándose del estereotipo de la juventud desmotivada.
El éxito cambia de definición. Con ese punto de partida, los jóvenes de la generación Z han cambiado la definición de lo que se considera triunfar en el trabajo. Antes el éxito consistía en subir de categoría y de sueldo cada pocos años. Ahora entran en la ecuación el tiempo libre, la salud mental y un ambiente de trabajo que no queme. La conciliación deja de ser un extra y pasa a ser condición de entrada.
El informe Workmonitor de Randstad marca un punto de inflexión: el equilibrio entre vida y trabajo ya pesa más que el sueldo a la hora de valorar un empleo. Más de la mitad de los encuestados dejaría su puesto si le impide vivir fuera de la oficina.
Lo que piden: orientación y educación financiera. Según los datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, la generación Z tampoco pide un milagro, solo una guía para desarrollar sus capacidades profesionales. El 75,7% quiere entender mejor qué le interesa antes de decidir su carrera, mientras que el 74% reclama más información sobre las salidas laborales reales de cada opción formativa. Es decir, no perder el tiempo estudiando una carrera que les deje en una vía muerta. Y más del 73% echa en falta formación financiera básica para gestionar su día a día.
El resultado de todo ello es que en el futuro vamos a tener menos jóvenes dispuestos a sacrificar tiempo de su vida personal por un poco más de sueldo, y más empresas que van a tener que ofrecer ambas cosas como incentivo si quieren retener talento.
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EEUU ha puesto en servicio una nueva arma antisatélite. Lo más llamativo es que no dispara nada
Durante décadas, cuando hablábamos de armas contra satélites, la imagen mental era casi siempre la misma: un misil, un impacto y más basura espacial. Pero la guerra espacial no siempre necesita una explosión para ser eficaz. A veces basta con actuar sobre lo que no vemos: el enlace que conecta un satélite con quienes dependen de él. Eso es lo que hace especialmente llamativo el último paso de EEUU. No estamos ante un sistema pensado para derribar un objeto en órbita, sino ante uno que apunta a algo menos visible y mucho más cotidiano en cualquier operación militar moderna: las comunicaciones.
Atacar la comunicaciones. El U.S. Space Force Combat Forces Command aceptó operacionalmente el pasado 8 de junio a Meadowlands, una nueva incorporación a su familia de sistemas de guerra electromagnética. No es un programa aislado: la Space Force lo describe como una actualización del Counter Communications System 10.2 y afirma que puede detectar, negar, interrumpir y degradar capacidades adversarias en defensa activa de los objetivos de la fuerza conjunta. Su operación queda en manos de Mission Delta 3, Space Electromagnetic Warfare.
La clave está en la señal. Un satélite no es solo un objeto en órbita, sino una cadena de enlaces, antenas, estaciones terrestres y usuarios que necesitan comunicarse con él. Meadowlands actúa sobre esa parte menos visible del sistema. L3Harris, contratista del programa, describe el Counter Communications System como una plataforma terrestre desplegable orientada a negar comunicaciones de satélites en órbita, y presenta Meadowlands como una versión más compacta y móvil.
Un cambio de época. Meadowlands encaja en una transformación más amplia del conflicto en el espacio. La Secure World Foundation clasifica las capacidades contraespaciales en varias familias, desde capacidades coorbitales y misiles de ascenso directo hasta guerra electrónica, energía dirigida y capacidades ciber. Esa distinción importa porque no todas buscan destruir un satélite. Algunas, como la guerra electromagnética, persiguen degradar servicios, limitar comunicaciones o alterar el acceso a una capacidad espacial durante una operación concreta. La propia Space Force lo encuadra en esa primera línea invisible del espectro electromagnético.
Mirando los precedentes. Cuando un arma antisatélite destruye físicamente su objetivo, el problema no termina con el impacto: empieza una nube de restos que puede seguir orbitando durante años. El U.S. Space Command aseguró que la prueba rusa de ascenso directo contra Cosmos 1408, en 2021, produjo más de 1.500 piezas rastreables. La NASA ya había documentado algo parecido tras la prueba china contra Fengyun-1C, en 2007, con más de 2.000 fragmentos de unos 10 centímetros o más identificados. Meadowlands pertenece a otra lógica: actuar sin añadir más chatarra al entorno orbital.
La paradoja. Cuanto menos se parece Meadowlands a un arma antisatélite convencional, mejor se entiende por qué importa. Su valor no está en convertir un satélite en restos orbitales, sino en actuar sobre la capa que permite aprovecharlo en una operación real. Esa diferencia ayuda a explicar el movimiento de EEUU y también el cambio de fondo que estamos viendo en el espacio militar. El campo de batalla no está solo en la órbita ni en los objetos que la recorren. También está en las señales, en los enlaces y en la capacidad de mantenerlos cuando más falta hacen.
Imágenes | Fuerza Espacial de Estados Unidos
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