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La industria del diamante se las prometía felices con las joyas cultivadas en laboratorio. Hasta que los precios se hundieron
Pocas cosas simbolizan mejor el lujo que un buen diamante. Brillan en los escaparates de las millas más exclusivas de París, Milán o Nueva York, en las manos de las actrices de Hollywood y en los relojes de los futbolistas más cotizados del planeta. Sin embargo no corren buenos tiempos para las piedras preciosas. No al menos si hablamos de su cotización. Una tormenta perfecta en la que se mezclan factores intrínsecos y ajenos al sector ha lastrado su precio hasta dejarlo, según algunos analistas, en mínimos que no se veían en lo que va de siglo.
La gran pregunta es… ¿Qué podemos esperar ahora?
Los precios, en caída. No importa qué fuente se consulte. No corren buenos tiempos para los diamantes. La máxima expresión del lujo, el gran símbolo de la opulencia, lleva tiempo viendo cómo su valor se desliza por una pendiente que lo aleja de las cotas que alcanzó entre 2021 y 2022, cuando el sector vivió una “demanda excepcional” en el mercado estadounidense gracias a las parejas que habían pospuesto sus compromisos o bodas por el Covid-19.
Hace unos días Barchart, una plataforma de datos financieros, compartió un gráfico que refleja la curva descendente que las piedras preciosas han dibujado desde 2022 hasta situarse en lo que la firma considera “su nivel más bajo del siglo”. El índice de precios de Paul Zimnisky para diamantes en bruto muestran también un “pinchazo” desde la pandemia, aunque sin alcanzar aún mínimos récord. Y el panorama es similar en los gráficos de DiamondSE o PrinceScope, que reflejan los valores más bajos desde al menos 2008 para las jemas naturales.
¿Qué muestran las cifras? Que si hablamos de cotizaciones, la industria del diamante ha vivido años mejores. En febrero Bloomberg calculaba que en cuestión de dos años los precios habían caído casi un 50% en el caso de los diamantes en bruto y un 35% en el de las piedras pulidas. Más o menos por las mismas fechas The Guardian revelaba que en las tiendas los diamantes naturales costaban un 26% menos que dos años atrás, una caída considerable pero que palidece en comparación con la acumulada desde 2020 por los creados en laboratorio.
Citando a Tenoris, una firma que rastrea los precios de los diamantes en más de 2.000 tiendas de EEUU, el diario británico apuntaba que a finales del año pasado el precio promedio de un diamante natural de un quilate marcaba 4.997 dólares. En mayo de 2022 superaba las 6.800 libras. En el caso de los diamantes “artificiales” se había pasado de 3.410 dólares en enero de 2020 a 892 a finales de 2024. En sus gráficos PriceScope y DiamondSE también muestran caídas.
Una tormenta perfecta. La gran pregunta llegados a este punto es… ¿Por qué? ¿Qué motiva esa caída de precios? La realidad es que no hay una única respuesta, sino un cóctel de ellas, una mezcla de factores que han impactado en el mercado. Los analistas apuntan a un cambio en la demanda tras la crisis sanitaria, cuando los precios subieron gracias al aumento de ventas postpandémicas. Otros señalan el “pinchazo” de las bodas, sobre todo en EEUU, lo que equivale a menos alianzas y anillos de compromiso; o incluso los efectos de la guerra de Ucrania en el sector.
Otro factor que explica el desplome es el comportamiento del mercado chino, crucial para la industria. En febrero Bloomberg estimaba que su demanda se había reducido un 50% desde la pandemia. Y no solo eso. Citando a expertos del sector, la agencia precisaba que, de media, los minoristas del gigante asiático estaban devolviendo al mercado mayorista de la India entre 30 y 40 millones de dólares cada mes en excedentes de diamantes pulidos. Todo esto en un contexto económico desafiante para Pekín.
Natural vs “artificial”. Si algo realmente ha influido en la industria mundial de los diamantes, más allá de que nos casemos más o menos, la resaca del Covid o la caída de demanda en China, es la aparición de un nuevo producto en el mercado: los diamantes “sintéticos”, cultivados en laboratorio y que han marcado un antes y un después en el sector. En vez de requerir millones de años de formación, como ocurre con las jemas naturales minadas, una piedra “sintética” puede tomar forma en un laboratorio en un tiempo récord: unas pocas semanas o incluso horas.
Los diamantes “sintéticos” no son exactamente nuevos. Sus orígenes pueden remontarse a los años 50. Sin embargo en los últimos tiempos han irrumpido con fuerza en el mercado por varias razones. Una de ellas es que sus orígenes son más fáciles de rastrear que los de las jemas minadas, lo que les ha granjeado fama de ser “más éticos”, sobre todo a ojos de los millenials. Influye también su apariencia y precio, que llega a ser un 70% inferior al de las piedras naturales.
“Son piedras mucho más grandes”, comenta un joyero a The Guardian. “Unas dos o tres veces más. En los de laboratorio, tres quilates es normal, incluso cuatro o cinco”. Su atractivo ha llamado la atención incluso de marcas de joyerías y relojes especializadas en el lujo, en algunos casos con acogidas en el mercado que superan las expectativas. Por supuesto, no todos opinan igual. “Son sintéticos, un producto creado a granel, sin historia. El precio seguirá bajando”, vaticina otro joyero.
Ganando peso en el mercado. En 2023 Cinco Días publicó un gráfico (apoyándose en datos de Tenoris y la facturación de 1.300 minoristas del sector) que demuestran el peso creciente de los diamantes cultivados en un segmento clave del mercado: el de los anillos de compromiso de EEUU. Si a comienzos de 2021 representaban apenas el 3,5%, en el verano de 2023 ese porcentaje se acercaba ya al 18%. En febrero The Guardian iba más allá y aseguraba que los diamantes sintéticos suponían ya el 45% del mercado de la joyería nupcial.
El problema es que ese peso creciente ha llegado acompañado de otra palabra que los analistas también repiten con frecuencia: sobreproducción. Lo advertía en marzo el analista Paul Zimnisky en una entrevista con The New York Times: “Estamos viendo que un pequeño grupo de productores muy grandes en China e India están aumentando la producción con procesos más rápidos y mejores, y cada vez que lo hacen el costo unitario se vuelve más bajo”. Según sus cálculos, entre enero de 2015 y 2025 los diamantes cultivados se abarataron un 85%.
De 5.000 a 900 dólares. “Hoy en día se puede conseguir un bonito diamante cultivado en laboratorio redondo ideal y de un quilate por 900 dólares. El equivalente natural costaría unos 5.000 dólares. Uno sintético de tres quilates costaría unos 4.000 dólares y el natural entre 50.000 y 60.000 dólares”, detalla. El impacto de las piedras “sintéticas”, sumado al resto de factores, ha sido tan pronunciado que ha golpeado a algunos pesos pesados de la industria.
El gigante De Beers, empresa líder del sector, arrancó 2024 con una reserva de diamantes de 2.000 millones de dólares que no había logrado vender, lo que le llevó a reducir de forma considerable la producción de sus minas. Y no es la única en sufrir las consecuencias de los cambios en el mercado. Bloomberg habla también de fábricas de la India que se han visto obligadas a cerrar o ponerse en venta. “No hay una solución clara en este momento”, resume un analista de la firma RBC Capital Markets. “El mercado necesita recalibrarse”.
Imágenes | Dillon Wanner (Unsplash)
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EEUU ha puesto en servicio una nueva arma antisatélite. Lo más llamativo es que no dispara nada
Durante décadas, cuando hablábamos de armas contra satélites, la imagen mental era casi siempre la misma: un misil, un impacto y más basura espacial. Pero la guerra espacial no siempre necesita una explosión para ser eficaz. A veces basta con actuar sobre lo que no vemos: el enlace que conecta un satélite con quienes dependen de él. Eso es lo que hace especialmente llamativo el último paso de EEUU. No estamos ante un sistema pensado para derribar un objeto en órbita, sino ante uno que apunta a algo menos visible y mucho más cotidiano en cualquier operación militar moderna: las comunicaciones.
Atacar la comunicaciones. El U.S. Space Force Combat Forces Command aceptó operacionalmente el pasado 8 de junio a Meadowlands, una nueva incorporación a su familia de sistemas de guerra electromagnética. No es un programa aislado: la Space Force lo describe como una actualización del Counter Communications System 10.2 y afirma que puede detectar, negar, interrumpir y degradar capacidades adversarias en defensa activa de los objetivos de la fuerza conjunta. Su operación queda en manos de Mission Delta 3, Space Electromagnetic Warfare.
La clave está en la señal. Un satélite no es solo un objeto en órbita, sino una cadena de enlaces, antenas, estaciones terrestres y usuarios que necesitan comunicarse con él. Meadowlands actúa sobre esa parte menos visible del sistema. L3Harris, contratista del programa, describe el Counter Communications System como una plataforma terrestre desplegable orientada a negar comunicaciones de satélites en órbita, y presenta Meadowlands como una versión más compacta y móvil.
Un cambio de época. Meadowlands encaja en una transformación más amplia del conflicto en el espacio. La Secure World Foundation clasifica las capacidades contraespaciales en varias familias, desde capacidades coorbitales y misiles de ascenso directo hasta guerra electrónica, energía dirigida y capacidades ciber. Esa distinción importa porque no todas buscan destruir un satélite. Algunas, como la guerra electromagnética, persiguen degradar servicios, limitar comunicaciones o alterar el acceso a una capacidad espacial durante una operación concreta. La propia Space Force lo encuadra en esa primera línea invisible del espectro electromagnético.
Mirando los precedentes. Cuando un arma antisatélite destruye físicamente su objetivo, el problema no termina con el impacto: empieza una nube de restos que puede seguir orbitando durante años. El U.S. Space Command aseguró que la prueba rusa de ascenso directo contra Cosmos 1408, en 2021, produjo más de 1.500 piezas rastreables. La NASA ya había documentado algo parecido tras la prueba china contra Fengyun-1C, en 2007, con más de 2.000 fragmentos de unos 10 centímetros o más identificados. Meadowlands pertenece a otra lógica: actuar sin añadir más chatarra al entorno orbital.
La paradoja. Cuanto menos se parece Meadowlands a un arma antisatélite convencional, mejor se entiende por qué importa. Su valor no está en convertir un satélite en restos orbitales, sino en actuar sobre la capa que permite aprovecharlo en una operación real. Esa diferencia ayuda a explicar el movimiento de EEUU y también el cambio de fondo que estamos viendo en el espacio militar. El campo de batalla no está solo en la órbita ni en los objetos que la recorren. También está en las señales, en los enlaces y en la capacidad de mantenerlos cuando más falta hacen.
Imágenes | Fuerza Espacial de Estados Unidos
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Llevamos décadas culpando a la falta de voluntad por la obesidad. La genética acaba de demostrar que estábamos equivocados
Durante décadas hemos escuchado en torno al sobrepeso y la obesidad que se trata de un problema de falta de voluntad, de comer demasiado o moverse muy poco. Sin embargo, la ciencia lleva años intentando buscar más causas que no vemos a simple vista en torno a la obesidad para tratarla como una enfermedad compleja, crónica y con muchos factores diferentes.
Dos grandes estudios recientemente publicados han aportado pruebas muy importantes que apuntan a que la forma en la que nos relacionamos con la comida y el tamaño de nuestro cuerpo en la infancia no son siempre ‘elección’, sino que son, en una proporción asombrosa, una herencia dictada por nuestro ADN y amplificada por el entorno.
El peso de la herencia. El primero de estos estudios publicado en PLOS Medicine analizó a 86.000 niños que pertenecen a la cohorte noruega MoBa. El objetivo aquí era entender hasta qué punto el IMC de los padres determina el tamaño corporal y las conductas alimentarias de sus hijos a los ocho años de edad.
Los resultados han superado lo que muchos genetistas esperaban, puesto que, mediante modelos de ecuaciones estructurales, los investigadores descubrieron que la genética explica alrededor del 79 % de la asociación entre el IMC de la madre y el del hijo. Cuando miramos al padre, la cifra es aún más contundente, ya que el ADN explica aproximadamente el 94 % de la asociación entre el IMC paterno y el del menor.
Su importancia. Esto significa que cuando vemos patrones de obesidad que se repiten de padres a hijos y el factor determinante no es principalmente que “en esa casa se come mal”, sino que se están transmitiendo variantes genéticas que regulan aspectos fisiológicos clave, desde el metabolismo basal hasta la arquitectura cerebral que dicta los mecanismos de saciedad y recompensa al comer.
El ambiente. Llegados a este punto, es inevitable plantearse una duda razonable: si la genética es tan determinante, ¿por qué las tasas de obesidad se han disparado en las últimas décadas si nuestro genoma humano apenas ha cambiado?
La respuesta la da el segundo estudio, publicado casi en paralelo en PLOS Genetics donde investigadores británicos analizaron cuatro grandes cohortes de nacimiento en el Reino Unido, concretamente personas nacidas en 1946, 1958, 1970 y 2001. El objetivo aquí era medir cómo interactúa el riesgo genético con el paso del tiempo y los cambios en la sociedad.
Su resultado. Lo que vieron fue precisamente que las variantes genéticas asociadas a la obesidad se han vuelto mucho más predictivas del IMC en las cohortes más recientes. Es decir, tener predisposición genética a engordar en los años cuarenta no ‘condenaba’ necesariamente a la obesidad, porque el entorno no acompañaba. Sin embargo, nacer con esa misma predisposición en el año 2001 expone a un riesgo muchísimo mayor.
Nuestros genes interactúan con lo que los epidemiólogos llaman el ambiente obesogénico, que son entornos urbanos sedentarios, estrés crónico, alteraciones del sueño y, sobre todo, una disponibilidad constante, barata y ubicua de alimentos ultraprocesados de alta densidad calórica. El ambiente moderno actúa como el gatillo de un arma que la genética ya había cargado.
Mucho más allá. Esta avalancha de datos empíricos choca frontalmente con el estigma social. Como llevan tiempo advirtiendo organizaciones como la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad, es urgente desterrar el “come menos y muévete más” como única recomendación que se da en las consultas médicas.
Es por todo esto que comprender que la obesidad es una condición con una profundísima raíz genética, fuertemente condicionada por el entorno, cambia por completo las reglas del juego.
Imágenes | i yunmai
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un pueblo de Italia le ha declarado la guerra a los turistas que se pasen medio desnudos
El verano no solo caldea los termómetros. También aumenta el ir y venir de turistas, llenando hoteles, disparando la actividad en los aeropuertos y tensando la cuerda en aquellos destinos incapaces de equilibrar la rutina de sus vecinos y el flujo de visitantes. Es algo que saben bien en Barcelona, Málaga, Ibiza, o Tenerife y también en muchas ciudades de Italia, como Florencia o Venecia. Varenna, un pueblito de Lombardía, no está tan masificado, pero recibe los suficientes turistas como para que su alcalde haya hecho algo: imponerles normas de decoro.
Y entre ellas se incluye la prohibición de paseare con el torso desnudo y en traje de baño por la villa, so pena de multas de hasta 200 euros.
En un lugar de Lombardía… Varenna no es Florencia ni Roma, pero sabe bien qué implica la turistificación masiva. Lo recordaba hace poco su alcalde, Mauro Mazoni: aunque en la villa residen solo 650 personas, cada año recibe a “cientos de miles de visitantes de todo el mundo”, gente atraída por sus paisajes idílicos. Y es normal. Varenna se sitúa en la provincia de Lecco, a orillas del lago di Como, y está llena de casitas de pescadores con las montañas de fondo.


“No puede sacrificarse”. Ese flujo de turistas llega acompañado de riqueza, pero también tensa la convivencia entre los visitantes que llegan para disfrutar de unas vacaciones relajadas y los vecinos que siguen con su rutina diaria. De ahí que el Ayuntamiento haya decidido mover ficha, endureciendo la normativa que aplica a los turistas. Para ser más precisos, el 26 de junio aprobó dos cambios en su reglamento que aspiran a “garantizar una convivencia más armoniosa”.
“Nos enorgullece recibir cada año a cientos de miles de visitantes. Sin embargo, la calidad de vida de nuestros habitantes no puede sacrificarse en aras del turismo de masas. Estas nuevas regulaciones no nacen del deseo de frenar el turismo, que sigue siendo un recurso crucial para nuestra economía, sino de la necesidad de gestionarlo de forma más inteligente y respetuosa”, argumenta Manzoni, quien recuerda que los cambios en la normativa ya han entrado en vigor.
Ojo con los bañadores. Una de las novedades que más expectación ha causado, dentro y fuera de Varenna, es el que afecta al código de vestimenta. Se acabó pasearse por el centro de la villa con el torso desnudo o en traje de baño. No importa el calor que haga o si acabas de darte un chapuzón en el lago, a partir de ahora solo podrá irse de esa guisa en zonas muy concretas de Varenna: las playas, muelles y embarcaderos. En el resto del pueblo hay que cubrirse.
Saltarse la norma implica multas de entre 50 y 200 euros.
Adiós grupos y altavoces. No es lo único de lo que tendrán que estar pendientes los visitantes de Varenna. Para evitar que las calles se saturen con grandes grupos, el Ayuntamiento ha decidido que estos deben estar limitados a un máximo de 25 personas. Ese es el tope que deberán respetar los turoperadores que organicen excursiones. Durante sus visitas también deberán recordar otra pauta: los guías no podrán usar altavoces ni dispositivos que amplifiquen su voz. El objetivo: acabar con los ruidos, algo que ya han hecho en Florencia.
Precisamente para reducir las molestias, los grupos deberán avanzar por senderos peatonales y tendrán prohibido quedarse quietos en ciertas zonas “particularmente sensibles y concurridas”, como Pizetta Brenta, Pizza San Giovanni o Via IV Novembre. Saltarse esas normas no sale barato.
Los guías se arriesgan a multas de entre 100 y 400 euros, castigo que puede endurecerse en caso de reincidencia. Las pautas sobre el tamaño de los grupos y su organización solo se flexibilizan en visitas educativas y de escolares.
¿Es algo nuevo? No. Y eso es lo más significativo. El diario La Repubblica publicó una crónica hace unos días en la que explicaba que Varenna no es la única localidad turística de Italia que ha decidido endurecer sus normas para combatir la turistificación: en Eraclea, Favignana, Levanzo o Marettimo (por citar solo algunos casos) también han renovado las normas que prohíben caminar en bañador o bikini por los cascos históricos y villas comerciales.
No es una restricción nueva, pero las autoridades municipales han querido reforzarla, aumentando las multas en algunos casos hasta los 500 euros.


Bocatas, cervezas, selfies y biquinis. El diario italiano recuerda que en el centro de Apulia, por ejemplo, la prohibición de pasear en bañador o con el torso desnudo no se limita a las calles, avenidas y plazas. También se aplica en parques, jardines y el transporte público. Saltarse esa restricción puede costar hasta 500 euros. En otras villas incluso van más allá y han prohibido comer bocadillos o beber cervezas en la calle, tumbarse en bancos o hacerse selfies en miradores.
Italia ni siquiera es la única que ha declarado la guerra a los visitantes que deciden pasearse medio desnudos, en bañador o biquini. En Francia han hecho algo similar y aquí mismo, en España, hay ciudades que castigan severamente pasearse por las calles y plazas sin camiseta. El torso al aire, mejor reservárselo para piscinas, playas y las zonas autorizadas por el reglamento.
Imágenes | Ray in Manila (Flickr), Becks (Flickr) y Gerry Labrijn (Flickr)
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