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Para que 125 aviones y 14 bombas llegarán a Irán, EEUU utilizó una de las tácticas más antiguas de la guerra: la perfidia
La bautizada como Operación Martillo, el mayor ataque furtivo de Estados Unidos contra varias de las instalaciones críticas de Irán, se basó en una arquitectura táctica altamente sofisticada, una donde, por encima de cualquier otra baza, la clave fue la sorpresa total. Para ello, Estados Unidos comenzó con una de las tácticas más antiguas y efectivas de la guerra. Todo empezó 48 horas antes de la ofensiva, cuando Trump daba dos semanas para “evitar” el ataque.
Perfidia. Esas dos semanas jamás existieron en la cabeza de Estados Unidos, y eso lo sabía Israel y pocos más actores. De hecho, la mayoría de los aliados europeos se encontraban tratando de encontrar un diálogo pocas horas antes de conocer la operación que estaba en marcha. Desde el punto de vista diplomático y ético, Washington estaba llevando a cabo una forma de perfidia política, ya que Irán estaba participando en conversaciones que Estados Unidos utilizó para la ofensiva secreta.
La maniobra siguió también una estrategia de engaño militar clásica, una serie de señuelos y mensajes públicos que, como veremos, evitaron cualquier suspicacia mientras se preparaba en secreto una de las ofensivas más brutales que se recuerdan en la historia de las guerras modernas.
La operación Martillo. La ofensiva aérea lanzada por Estados Unidos contra los principales sitios nucleares de Irán representa no solo el mayor uso operativo en la historia del bombardero B-2 Spirit, sino también una muestra sin precedentes de coordinación táctica, engaño estratégico y capacidad tecnológica acumulada a lo largo de años de preparación.
El ataque incluyó el uso por primera vez en combate de la bomba antibúnker GBU-57/B Massive Ordnance Penetrator (MOP), de 13.600 kilogramos, diseñada específicamente para destruir instalaciones profundamente enterradas y protegidas como Fordow. En total, 14 de estas bombas fueron lanzadas sobre Fordow y Natanz, mientras que más de dos docenas de misiles de crucero Tomahawk impactaron en Isfahán, lanzados desde un submarino nuclear clase Ohio posicionado en el área de operaciones del Mando Central estadounidense.
El arte del engaño. Todo empezó el sábado por la mañana, cuando observadores de vuelos detectaron varios bombarderos furtivos B-2 Spirit despegando desde la base aérea de Whiteman, en Misuri, y dirigiéndose hacia el Pacífico, lo que pareció indicar un despliegue hacia Guam o misiones relacionadas con Asia.
Sin embargo, este movimiento fue un señuelo: los verdaderos bombarderos encargados del ataque partieron poco después en dirección contraria, hacia el este, en modo completamente sigiloso, cruzando enormes distancias sin ser detectados hasta llegar al espacio aéreo iraní.

Fordow después de los ataques aéreos, visto en una vista satelital del complejo subterráneo, el 22 de junio de 2025
La sorpresa. Como decíamos, la clave del éxito operativo fue el engaño deliberado: tanto el despliegue visible hacia el Pacífico como las declaraciones de Trump en los días previos, donde afirmaba que se tomaría hasta dos semanas para evaluar una posible intervención, crearon la falsa percepción de que aún había margen diplomático.
De hecho, la mañana del sábado, altos funcionarios indicaban que no se había emitido ninguna orden de ataque, reforzando esa ilusión. Luego, en la tarde de ese mismo día, desde su club privado en Nueva Jersey, Trump dio la orden final. Según un alto funcionario de la administración, el objetivo era precisamente “crear una situación en la que nadie lo esperara”.

Un gráfico con detalles sobre la Operación Martillo que el Pentágono publicó en la última sesión informativa
Los B2. Los actores principales fueron esos siete bombarderos que partieron en sigilo hacia el este desde Misuri. A lo largo de un vuelo de 18 horas, con múltiples reabastecimientos en el aire, se mantuvo un perfil de comunicación mínimo.
La sincronización con escoltas, cazas de cuarta y quinta generación, aviones de inteligencia, guerra electrónica y repostaje aéreo fue milimétrica: los cazas lanzaron fuego supresivo preventivo para neutralizar amenazas de defensa aérea iraní antes de que los bombarderos cruzaran el espacio aéreo enemigo, sin que se detectara actividad hostil. El paquete aéreo completo superó los 125 aviones, incluyendo plataformas como F-35, F-22, EA-18G Growler y posiblemente activos aún no revelados.

Una vista de la instalación nuclear iraní en Isfahán el 22 de junio de 2025, tras los ataques de la Operación Martillo
Objetivos alcanzados. Entre las 6:40 y las 7:05 PM hora de Washington (2:10 a 2:35 AM en Irán), todos los objetivos nucleares fueron impactados. Los bombardeos sobre Fordow, Natanz e Isfahán emplearon 75 armas de precisión guiadas y lograron lo que el Pentágono describió como “destrucción severa” de la infraestructura.
Las primeras imágenes satelitales divulgadas por Maxar Technologies mostraron cráteres de más de cinco metros, capas de ceniza azulada y entradas de túneles bloqueadas por derrumbes. Aunque Irán no disparó una sola defensa antiaérea ni desplegó cazas, el golpe fue profundo y difícil de revertir en el corto plazo, particularmente en Fordow, enterrado bajo una montaña y considerado hasta ahora impenetrable.
Cooperación oculta. Como indicábamos, si alguien sabía lo que Estados Unidos tenía entre manos, era Israel. Antes del ataque, Estados Unidos compartió con Israel una lista de sistemas de defensa aérea que deseaba neutralizar, y la campaña israelí previa facilitó la apertura del corredor aéreo para los B-2.
La coordinación incluyó el uso compartido de inteligencia y sincronización operativa (en ese sentido, los F-35 israelíes, con su capacidad para recopilar datos, jugaron un papel clave en la recopilación de información sobre las defensas iraníes). Durante las semanas previas, se realizaron ejercicios a gran escala que simularon misiones similares, y se invirtieron años en el desarrollo de capacidades técnicas para integrar armamento, sensores, plataformas furtivas y comando unificado en un único flujo operativo.
Operación ¿cerrada? Es una de las grandes incógnitas. Pese a la magnitud del ataque, el secretario de Defensa Pete Hegseth enfatizó que la operación no marca el inicio de una campaña abierta, sino una acción puntual con un objetivo claro: neutralizar la capacidad nuclear iraní. Aun así, reconoció que las fuerzas estadounidenses permanecen en máxima alerta ante posibles represalias.
En sus palabras, “esto no fue un intento de cambio de régimen; fue una operación precisa para defender nuestros intereses nacionales y los de nuestros aliados”. Por ahora, Irán ha limitado sus respuestas a nuevos ataques sobre Israel, pero altos funcionarios iraníes ya han declarado su derecho a responder directamente contra intereses estadounidenses, y las preocupaciones por una escalada regional, incluyendo un posible cierre del estrecho de Ormuz o ataques con misiles de corto alcance y drones, siguen latentes.
Evolución sin precedentes. Más allá del impacto inmediato sobre el programa nuclear iraní, la operación representa el punto culminante de décadas de desarrollo doctrinal, tecnológico y operacional. La capacidad de coordinar una fuerza multinivel de más de 125 aeronaves, atravesar espacio aéreo hostil sin ser detectados y lograr una sincronización perfecta con misiles lanzados desde un submarino, mientras se engañaba a analistas y aliados, muestra una madurez militar que trasciende lo puramente bélico.
Si se quiere también, estamos ante una demostración de poder quirúrgico en el siglo XXI: una operación silenciosa, devastadora, fugaz… pero con reverberaciones geopolíticas duraderas.
Sin victoria. Sea como fuere, y a pesar de la eficacia del ataque, tanto los mandos militares como analistas reconocen que el objetivo solo se ha logrado parcialmente. Qué duda cabe, Fordow ha quedado severamente dañado, pero, por lo que se ha deslizado, no ha quedado destruido por completo.
No solo eso. El programa nuclear iraní, aunque golpeado, no ha sido aniquilado. La resiliencia del conocimiento técnico, la posible existencia de instalaciones clandestinas, y la voluntad del régimen iraní de reconstruir lo perdido, mantienen abiertas todas las posibilidades. Dicho de otra forma, la Operación Martillo ha sido, sin género de duda, un hito operativo militar sin precedentes. Pero no marca el final de una amenaza, sino la apertura de una nueva fase: más inestable, calculada, y posiblemente más peligrosa.
Imagen | USAF. MAXAR
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La explosión nuclear que cambió el mundo también creó un material que no existe en ningún otro lugar del universo conocido
El 16 de julio de 1945, la primera detonación de una bomba atómica —conocida como la prueba Trinity— cambió el curso de la historia y dejó una huella imborrable en el desierto de Nuevo México. La explosión del dispositivo de plutonio liberó una energía equivalente a 21 kilotones de TNT, suficiente para vaporizar la torre de prueba de 30 metros, los kilómetros de cables de cobre que conectaban los instrumentos de grabación y la propia arena del desierto. Todo este material, arrastrado por la inmensa bola de fuego, llovió en forma de fragmentos vítreos fundidos, creando una forma única de materia conocida hoy como trinitita.
La gran mayoría de esta trinitita es de un clásico color verde, pero existe una variante mucho más rara denominada “trinitita roja”, cuyo color se atribuye a la presencia de óxido de cobre formado cuando las líneas de transmisión se vaporizaron en la explosión. Es precisamente en el interior de esta rara variante donde los científicos han descubierto estructuras cristalinas inéditas. Las violentas condiciones de la detonación sometieron a los materiales a temperaturas de alrededor de 1.500 °C y presiones extremas de 5 a 8 gigapascales. La materia se vaporizó, se mezcló y se enfrió tan sumamente rápido —en cuestión de segundos— que los átomos no tuvieron tiempo de organizarse en estructuras estables, forjando formas de materia que nunca habían existido en nuestro planeta.
Un hallazgo sin precedentes. Casi 80 años después de aquella primera explosión nuclear, un equipo de investigación internacional liderado por Luca Bindi, geólogo de la Universidad de Florencia, ha logrado identificar un nuevo material oculto en estas muestras. Tal y como explica la investigación, se trata de un “clatrato”: una red química con forma de jaula que atrapa otros átomos en su interior. Este nuevo cristal está construido con jaulas de silicio de 12 y 14 caras que encierran átomos de calcio, cobre y pequeñas cantidades de hierro. Representa la primera vez que se confirma cristalográficamente la presencia de un clatrato entre los productos sólidos de una explosión nuclear.
Que este descubrimiento llegue ahora, en 2026, no es casualidad. Las muestras de trinitita roja son escasísimas y difíciles de obtener, y solo los avances recientes en técnicas de difracción de rayos X a escala nanoscópica han permitido identificar estructuras tan diminutas dentro de microgotas metálicas incrustadas en el vidrio. La tecnología, sencillamente, no estaba antes a la altura del material.
El cuasicristal que llegó primero. La historia se vuelve aún más fascinante porque este descubrimiento se suma a otro hallazgo monumental realizado por el mismo equipo en 2021: la identificación de un cuasicristal en la misma trinitita roja. A diferencia de los cristales ordinarios —como la sal o el cuarzo, que poseen un patrón atómico que se repite con precisión—, los cuasicristales rompen las reglas de la cristalografía clásica. Sus átomos están ordenados, pero sin repetirse periódicamente, lo que genera simetrías que un cristal convencional tiene prohibidas.
El encontrado en Trinity exhibe una simetría icosaédrica de cinco pliegues y está compuesto por silicio, cobre, calcio y hierro. No solo es el cuasicristal creado por el ser humano más antiguo que se conoce: tiene la increíble propiedad de que su momento exacto de creación quedó indeleblemente grabado en los registros históricos.
El papel decisivo del cobre. Lo más elegante del nuevo estudio es el mecanismo que explica por qué en la misma explosión se formaron dos estructuras tan distintas. La clave estuvo en la concentración de cobre disponible durante el enfriamiento.
En las microzonas donde los niveles de cobre eran bajos —alrededor del 10 al 11%— las condiciones permitieron que la estructura de jaula del clatrato se estabilizara. Donde había más cobre, esa misma estructura colapsaba y los átomos se reorganizaban en la geometría prohibida del cuasicristal. Dos destinos radicalmente distintos, separados por una diferencia microscópica de composición química, en el mismo instante y el mismo lugar.
El poder de los laboratorios naturales. Descubrir estas arquitecturas a escala microscópica es revolucionario porque, como explica Terry C. Wallace, director emérito del Laboratorio Nacional de Los Álamos y coautor de la investigación del cuasicristal, estas estructuras requieren entornos extremos que rara vez existen en la Tierra: choques, temperaturas y presiones colosales, comparables solo a los impactos de hipervelocidad de meteoritos o a las propias detonaciones nucleares. Eventos destructivos que, paradójicamente, actúan como laboratorios capaces de producir lo que ningún laboratorio convencional puede replicar.
Una herramienta para la seguridad global. Más allá de la ciencia de materiales, este tipo de investigaciones tiene aplicaciones directas en el campo de la no proliferación nuclear. Comprender el diseño de los programas de armas nucleares de otros países es un enorme desafío forense. Los científicos suelen rastrear gases y residuos radiactivos en las zonas de prueba, pero esas firmas decaen inevitablemente con el paso del tiempo.
Los cristales formados en el sitio del estallido, en cambio, son prácticamente eternos. Las muestras de trinitita roja aún conservan isótopos radiactivos que permiten calcular con gran precisión variables como la distancia exacta al hipocentro de la explosión. Wallace lo resume con claridad: si la ciencia logra establecer una explicación termodinámica precisa de cómo se forman estos cristales, se podría obtener una imagen completa de la bomba y los materiales utilizados, dotando al mundo de una nueva herramienta para vigilar explosiones nucleares ilícitas. Una marca de tiempo que no se puede falsificar ni borrar.
El paradójico legado de Trinity. El estudio de la trinitita demuestra cómo la materia es capaz de reorganizarse de maneras asombrosas bajo condiciones inimaginablemente hostiles. Resulta una paradoja casi poética que un evento diseñado para la destrucción haya dejado, 80 años después, un legado oculto de perfección geométrica microscópica que hoy es útil para el futuro humano.
Este descubrimiento no solo es una ventana a la creación de materiales y tecnologías energéticas de vanguardia, sino que funciona como una brújula para futuras investigaciones. Tal como concluyen los expertos en su publicación académica, examinar los restos de otros fenómenos naturales extremos y fugaces, como las fulguritas forjadas por el impacto de los rayos o las rocas sometidas a los cráteres de meteoritos, podría seguir revelando configuraciones de la materia insólitas.
Aún hoy, ocultas bajo las cicatrices de la destrucción, aguardan estructuras que continúan desafiando nuestra comprensión fundamental del universo.
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En 1972 Italia quiso meter una ciudad entera en un edificio de un kilómetro. Medio siglo después sigue pagando las consecuencias
El mismo año en que comenzaba la construcción del complejo Corviale, las autoridades estadounidenses iniciaron la demolición de Pruitt–Igoe, un gigantesco complejo de vivienda pública que había sido presentado apenas dos décadas antes como el futuro de la ciudad moderna. La coincidencia fue casi simbólica: mientras un país derribaba una de sus grandes utopías urbanísticas, otro empezaba a construir una nueva.
Una ciudad dentro de un edificio. Durante los años setenta, Italia creyó que podía resolver varios problemas urbanos de una sola vez. Roma crecía a gran velocidad, los barrios periféricos se multiplicaban y la vivienda pública se enfrentaba a una demanda cada vez mayor. La respuesta fue el Corviale, una gigantesca estructura residencial de casi un kilómetro de longitud concebida para albergar a unas 8.500 personas.
Su arquitecto, Mario Fiorentino, no imaginó simplemente un bloque de viviendas, sino una auténtica ciudad lineal donde las calles serían pasillos, las plazas surgirían de los espacios comunes y los servicios cotidianos convivirían con los hogares. Aquella visión pretendía demostrar que la arquitectura podía reorganizar la vida urbana desde sus cimientos.


Una utopía que nunca llegó a completarse. El problema apareció antes incluso de que el proyecto terminara de construirse. La empresa encargada de las obras quebró en 1982 y gran parte de los elementos esenciales del diseño original jamás llegaron a materializarse. La famosa planta intermedia destinada a comercios, oficinas, servicios y espacios comunitarios quedó vacía y acabó siendo ocupada por familias que buscaban un lugar donde vivir.
Lo que debía convertirse en el corazón social del complejo terminó transformándose en un laberinto de viviendas improvisadas. Muchos de los equipamientos previstos tampoco llegaron a construirse, dejando incompleta la infraestructura que debía convertir el edificio en una ciudad autosuficiente.


Cuando la arquitectura condiciona la vida cotidiana. Con el paso de los años, Corviale empezó a demostrar que los edificios no son simples contenedores donde vive la gente. Sus largos corredores, sus escasos accesos, la compleja circulación interior y la enorme escala del conjunto comenzaron a influir en la forma en que los residentes se relacionaban entre sí.
Los ascensores se averiaban constantemente, obligando a miles de personas a recorrer grandes distancias para entrar o salir de sus casas. El sistema centralizado de calefacción provocó conflictos entre residentes, ocupantes irregulares y administraciones sobre quién debía asumir los costes. Algunos investigadores llegaron a describir el edificio como una pequeña ciudad cuyos problemas de gobernanza estaban directamente vinculados a sus características físicas.


Del símbolo del futuro al símbolo del fracaso. A medida que el deterioro avanzaba, Corviale empezó a acumular una reputación cada vez más negativa. Para muchos se convirtió en el ejemplo perfecto de los excesos del urbanismo monumental de posguerra. Sus críticos lo describían como un monstruo de hormigón, una prisión residencial o una muestra de cómo ciertas ideologías urbanísticas habían ignorado las necesidades reales de las personas.
Las ocupaciones ilegales, los problemas de mantenimiento, la presencia de actividades delictivas y el abandono institucional reforzaron esa percepción. Durante años surgieron propuestas para derribarlo por completo y sustituirlo por barrios tradicionales de menor escala, conectados mediante calles, plazas y edificios más próximos a las dimensiones humanas.

Giuditto Miele en la ceremonia de colocación de la primera piedra del complejo Corviale
La batalla por decidir su destino. Sin embargo, Corviale nunca fue demolido. A diferencia de muchas otras grandes urbanizaciones europeas de posguerra, logró sobrevivir a los intentos de derribo. Parte de la explicación reside en su creciente valor simbólico. Lo que para unos era un fracaso urbanístico, para otros representaba una pieza irrepetible de la historia arquitectónica italiana.
El edificio terminó obteniendo protección patrimonial y pasó a formar parte del debate nacional sobre qué hacer con las grandes utopías del siglo XX. La discusión dejó de centrarse únicamente en si el proyecto había funcionado o no para convertirse en una pregunta más compleja: cómo transformar una estructura tan gigantesca sin destruirla.
Medio siglo de reformas para corregir una idea. Las últimas décadas han estado marcadas por una sucesión casi constante de proyectos de regeneración. Concursos internacionales, asociaciones vecinales, arquitectos y administraciones públicas han intentado adaptar el complejo a las necesidades actuales. Algunas intervenciones han regularizado espacios ocupados, otras han rehabilitado zonas comunes y varias buscan recuperar la escala peatonal mediante nuevos espacios públicos y áreas verdes.
Ningún otro conjunto residencial de Roma ha recibido una inversión pública tan intensa y prolongada. La paradoja en este caso es más que evidente: el edificio que nació para simplificar la vida urbana se ha convertido en una de las operaciones de regeneración más complejas de la ciudad.
Consecuencias de una gran apuesta. La historia del Corviale sigue fascinando porque trasciende la arquitectura. Es el relato de una época que creyó que los problemas sociales podían resolverse mediante grandes soluciones físicas y de una ciudad que continúa lidiando con las consecuencias de aquella apuesta. El edificio, por cierto, sigue en pie, habitado por miles de personas y sometido a continuas transformaciones.
Para algunos demuestra los límites de las grandes visiones urbanísticas, para otros, la capacidad de una comunidad para adaptarse a un proyecto inacabado. Lo cierto es que medio siglo después, Roma sigue dedicando recursos, tiempo y energía a gestionar una estructura concebida para funcionar como una ciudad completa.
Y quizá esa sea la prueba más clara de que Corviale nunca dejó de ser exactamente eso: una urbe encerrada dentro de un edificio.
Imagen | Wikimedia, Umberto Rotundo, Alessandro Pace
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China no puede comprar los mejores chips de Nvidia. Así que Alibaba ha decidido conectar los suyos y venderlos como si fueran uno solo
Alibaba no quiere que su infraestructura de inteligencia artificial (IA) siga dependiendo de las tecnologías de Nvidia. Poco a poco las mayores compañías de tecnología de China están asumiendo la petición que el Gobierno de Xi Jinping les hizo a principios de octubre de 2024: en la medida de lo posible debían utilizar chips producidos en China. Diez meses después esta recomendación se transformó en una exigencia.
Y es que los centros de datos que pertenecen al Estado en todo el país debían utilizar al menos un 50% de circuitos integrados chinos en sus servidores. Este escenario favorece sobre todo a Huawei, Moore Threads y Cambricon Technologies porque son los principales fabricantes de GPU para IA de China, pero también viene de maravilla a Alibaba. De hecho, Alibaba Cloud, su filial de computación en la nube, ha dado un paso hacia delante muy importante.
Hace unos días presentó un nuevo chip para IA, el Zhenwu M890, y oficializó un itinerario muy ambicioso que describe qué soluciones va a desarrollar durante los próximos tres años. Esta GPU ha sido diseñada por T-Head, la división de semiconductores que Alibaba fundó en 2018. Incorpora 144 GB de memoria HBM3 y alcanza una velocidad de transferencia de interconexión entre chips de hasta 800 GB/s. Como estamos a punto de descubrir, esta última prestación es esencial en la estrategia que ha puesto a punto Alibaba para competir en el mercado del hardware para IA.
Alibaba se va a gastar 53.000 millones de dólares en su infraestructura
Según Alibaba, el rendimiento de su chip Zhenwu M890 triplica el de su predecesor. Además, ha sido diseñado para rendir bien tanto durante el entrenamiento de los modelos de IA de vanguardia como durante la inferencia. Un apunte importante: la inferencia es a grandes rasgos el proceso computacional que llevan a cabo los modelos de lenguaje con el propósito de generar las respuestas que corresponden a las peticiones que reciben.
Alibaba quiere competir de tú a tú con Nvidia en el despliegue de infraestructuras para centros de datos
No obstante, hay otro dato relevante que merece la pena que no pasemos por alto: en operaciones de precisión media (FP16) el chip Zhenwu M890 alcanza 0,6 petaflops, un rendimiento equiparable al de la GPU A100 de Nvidia y tres veces superior al del chip H20. Por otro lado, el chip de interconexión ICN Switch permite enlazar hasta 128 GPU M890 para que trabajen al unísono. Alibaba asegura que esta arquitectura consigue que estas GPU funcionen como un único chip, lo que, sobre el papel, le permitirá competir de tú a tú con Nvidia en el despliegue de infraestructuras para centros de datos.
En lo que se refiere al itinerario que seguirá hasta 2028, esta compañía china ha anticipado que planea lanzar el Zhenwu V900 durante el tercer trimestre de 2027. Según Alibaba, implementará una arquitectura de computación paralela propia notablemente mejorada, tendrá un rendimiento tres veces superior al del chip M890, se apoyará en 216 GB de memoria y alcanzará una velocidad de transferencia de interconexión de 1.200 GB/s. El Zhenwu J900 llegará durante el tercer trimestre de 2028 con otro salto arquitectónico de mayor calado.
Este roadmap refleja que Alibaba va con todo. De hecho, también ha anunciado que va a respaldar este plan con una inversión en infraestructura de 380.000 millones de yuanes (unos 53.000 millones de dólares) durante los próximos tres años. Es el mayor compromiso de este tipo en la historia de la compañía. Además, T-Head está planificando su salida a bolsa para financiar un programa de inversión en infraestructura más agresivo, lo que la colocaría en competencia directa con Cambricon Technologies y la línea Ascend de Huawei en el mercado doméstico de chips para IA.
Imagen | Alibaba
Más información | Alibaba | ChinaDaily
En Xataka | EEUU quiere acabar con los chips para IA chinos que se venden en el extranjero. Y China sabe cómo defenderse
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