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La cúpula de Hierro tiene una debilidad que Irán está explotando con sus drones shahed. Israel ha respondido como Ucrania
De los datos que se van conociendo en el conflicto entre Israel e Irán hay una pregunta que se está deslizando estos días: la sofisticada defensa aérea antimisiles de Israel, amplificada por la publicitada Cúpula de Hierro, ¿está mostrando fisuras? Lo cierto es que hay una explicación de fondo sobre el uso (o no) de este sistema de defensa israelí.
También una debilidad que está explotando Irán.
Helicópteros contra enjambres. En medio del auge de los ataques aéreos iraníes con drones Shahed, las fuerzas armadas israelíes han comenzado a desplegar una solución tan llamativa como eficaz: el uso sistemático de helicópteros de combate AH-64 Apache para interceptar los vehículos aéreos no tripulados que logran atravesar el sofisticado entramado antimisiles del país.
Equipados con cañones de 30 mm y sistemas de puntería integrados al casco del artillero, estos helicópteros, conocidos en Israel como “Saraf”, no fueron concebidos para tareas antiaéreas, pero han resultado ser una herramienta decisiva para destruir drones a corta distancia, una vez que superan los sistemas de defensa de medio y largo alcance. Los vídeos capturados muestran a los Apaches abatiendo drones propulsados por hélice en pleno vuelo, una imagen que encapsula la evolución del combate aéreo moderno y la necesidad urgente de soluciones tácticas dinámicas en un contexto de guerra prolongada.
El dilema económico. Ya lo decíamos al inicio. Israel cuenta con una de las arquitecturas defensivas más avanzadas del mundo, estructurada en capas: Arrow para misiles balísticos de largo alcance, David’s Sling (Honda de David) para amenazas intermedias, THAAD para amenazas de alta altitud y la célebre Cúpula para proyectiles de corto alcance. Esta red, sostenida por sensores y radares altamente coordinados, logró interceptar alrededor del 99% de los más de 300 misiles y drones lanzados por Irán en la ofensiva de 2024.
Sin embargo, y aquí está el quid de todo, mantener esa eficacia conlleva un coste inmenso: un solo interceptor Tamir de la Cúpula cuesta cerca de 40.000 dólares, mientras que los misiles Arrow superan fácilmente el millón. Ante drones que apenas cuestan unos miles, cada disparo antiaéreo se convierte en un problema de rentabilidad estratégica.
Ahorrar misiles. En una guerra de desgaste, como se ha demostrado en Ucrania, agotar las reservas de interceptores en blancos de bajo valor puede terminar debilitando la defensa frente a amenazas mucho más letales. Por ello, al igual que Kiev, Israel ha comenzado a reservar sus misiles para objetivos prioritarios, y ha delegado en sistemas más baratos y flexibles, como los helicópteros, la misión de contener las oleadas de drones.

Shahed 131
Saraf vs Shahed. El Apache AH-64D, en su variante israelí Saraf, puede volar a más de 300 km/h y portar misiles y cañones automáticos con una cadencia de 10 disparos por segundo. Su sistema de puntería, basado en la mirada del artillero, le permite adquirir blancos con gran precisión. Frente a drones como el Shahed, que vuelan en línea recta sin maniobras evasivas, el Apache debería tener ventaja.
No obstante, algunos vídeos sugieren que los enfrentamientos no siempre son inmediatos ni eficaces. Hay informes de drones evadiendo durante varios minutos la persecución de cuatro helicópteros. De ser verídicos, dejaría entrever las dificultades reales de derribar estos objetivos, sobre todo cuando están equipados con sistemas de autoevasión, como el ruso Ukhylyant, que realiza maniobras automáticas al detectar otras aeronaves.
Un error fatal. Además, el peligro de fuego amigo es real: helicópteros volando al nivel de los drones pueden ser confundidos por los sistemas terrestres de defensa, y un error podría derivar en la pérdida de una plataforma. No es baladí, hablamos de 50 millones de dólares frente a un objetivo de apenas 30.000.
Guerrilla de desgaste. La amenaza, además, no se limita a los drones actuales. Irán ya ha demostrado un modelo Shahed con motor a reacción, el Shahed-238, capaz de superar los 480 km/h, una velocidad imposible de interceptar para helicópteros convencionales. Si estos modelos comienzan a desplegarse en masa, el Apache dejaría de ser útil como interceptador. A corto plazo, sin embargo, los Saraf siguen siendo un recurso inmediato y efectivo para proteger zonas civiles, instalaciones clave y columnas militares.
En caso de una campaña prolongada como la vivida por Ucrania, donde Rusia ha llegado a lanzar más de 470 drones en una sola noche, la capacidad de respuesta táctica cobra mayor importancia que la perfección tecnológica. Recordaban en Forbes que Israel, a diferencia de Ucrania, tiene la capacidad de atacar directamente las instalaciones de fabricación y almacenamiento de drones en territorio iraní, lo que podría mitigar parte del problema desde su origen. Aun así, mientras eso no ocurra, la defensa táctica en el propio cielo israelí queda en manos de soluciones híbridas: helicópteros, armas ligeras, y posiblemente, en un futuro cercano, drones interceptores.
Adaptación y evolución. El uso de helicópteros de ataque contra drones es una muestra clara de cómo los ejércitos están adaptando sus doctrinas ante amenazas no convencionales. Tal y como hemos contado con Ucrania al desarrollar un ecosistema de armas antidrón (desde ametralladoras montadas en camionetas hasta escopetas de doble cañón o misiles portátiles), Israel está explorando múltiples frentes para mitigar una amenaza que, aunque barata y rudimentaria, puede erosionar incluso las defensas más avanzadas si se presenta en número suficiente.
Si el conflicto no cesa a corto plazo, no sería de extrañar que en los próximos meses veamos un auge en el desarrollo de tecnologías dedicadas a ello, desde municiones inteligentes de bajo coste hasta sistemas antidrón autónomos. Mientras tanto, la defensa de Israel frente a los drones iraníes descansará en los ojos y cañones de sus tripulaciones de helicópteros Apache.
Imagen | Nehemia Gershuni-Aylho, Alexpl
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el cambio manual tiene “un efecto significativo en el mantenimiento de la salud mental y la función cognitiva”
Un estudio de la Universidad de Tohoku (Japón) ha puesto cifras a algo que muchos aficionados al motor llevan años defendiendo por pura pasión. Y es que si bien no son precisamente pocos los entusiastas que afirman que conducir con cambio manual es más divertido, ahora podrían tener además la ciencia de su lado, ya que según el estudio, también podría ser más saludable para el cerebro. Y quien lo afirma, curiosamente, es el científico que está detrás de una de las sagas de videojuegos más vendidas de Nintendo.
Hace 20 años, entrenaba nuestro cerebro. El estudio está liderado por el profesor Ryuta Kawashima, neurocientífico del Instituto de Desarrollo, Envejecimiento y Cáncer de la Universidad de Tohoku. Su nombre resultará familiar a cualquiera que haya jugado a alguno de los títulos de Nintendo que protagoniza, ya que fue el responsable científico detrás de la saga Brain Age y Dr. Kawashima’s Brain Training, los juegos de “gimnasia mental” que Nintendo publicó entre 2003 y 2020.
Lo que dice del cambio manual. La investigación del neurocientífico analiza la actividad cerebral de conductores al volante de coches manuales y automáticos, y encuentra diferencias claras en la corteza prefrontal, la región del cerebro encargada de la memoria, la toma de decisiones y la atención.
Según recoge el medio japonés Best Car Web, Kawashima explica que al conducir un manual “hay que juzgar y luego elegir la marcha óptima según la situación, y esto supone una carga mayor para las funciones cognitivas del cerebro que conducir un automático pasivo”. Al final hay que tener en cuenta que, elegir la marcha adecuada, pisar el embrague, mover la palanca y dosificar el acelerador de forma simultánea obliga al cerebro y al cuerpo a coordinarse constantemente, algo que cualquiera que haya calado un coche mientras aprendía a conducir puede confirmar.
Entre líneas. Ese pequeño esfuerzo repetido, según el profesor, tiene beneficios que van más allá del simple placer de conducir. Kawashima sostiene que hacerlo con regularidad tiene “un efecto significativo en el mantenimiento de la salud mental y la función cognitiva”. Así pues, cambiar de marcha a diario podría funcionarnos como una especie de entrenamiento cerebral de bajo nivel, del tipo que el cerebro deja de recibir cuando el coche hace todo el trabajo por nosotros.
Cualquier hábito capaz de mantener el cerebro activo suma. Y en sociedades con población cada vez más envejecida, como la japonesa, contar con ese estímulo es importante, pues el deterioro cognitivo y la demencia son problemas de salud pública cada vez más acentuados.
Y sin embargo. La paradoja es que, mientras la ciencia tiene motivos para defenderlo, el cambio manual comienza a desaparecer del mercado a toda velocidad. En Japón y Estados Unidos apenas representa entre el 1% y el 2% de los coches nuevos vendidos, según los datos recogidos en el propio estudio. La irrupción de los vehículos híbridos y eléctricos, así como la comodidad que ofrece este tipo de transmisión, ha hecho que el cambio manual empiece a verse cada vez menos.
La fotografía todavía es distinta en Europa, aunque también vamos encaminados hacia este futuro. En España, según Motor1, mantenemos una tasa de coches manuales de en torno al 41% de las ventas, solo superada por Italia, con un 48%. Así que se podría decir que en España seguimos manteniendo un buen nivel de estímulos para nuestro cerebro mientras conducimos.
Imagen de portada | Nils Keesmekers
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A la generación Z le contaron que el éxito laboral era tener un buen salario. Tener más vida se ha convertido en su nuevo lujo
La generación Z está dibujando un nuevo escenario laboral y tenemos varios ejemplos de ello: tienen un concepto distinto de las relaciones laborales del que tenían las generaciones anteriores y su definición de compromiso ahora se rige por unas reglas que exigen reprocidad a las empresas.
No es raro. Esta generación ha visto cómo sus padres han trabajado sin parar y llegar igual de ahogados a fin de mes. Por eso, cuando los jóvenes hablan de éxito laboral, ya no piensan solo en la nómina, también lo hace en poder salir a su hora y poder dedicarle tiempo a su vida personal.
El paro que marca el paso. Para entender ese giro hay que mirar primero a la realidad de esta generación. Según datos del INE, el paro juvenil en España se situó en el 24,5% en el primer trimestre de 2026. Es casi el doble de la media que maneja Eurostat para el conjunto de la Unión Europea, algo por encima del 15%, pero la mitad del 42,91% que teníamos hace una década.
Tal y como apunta el ‘I Barómetro Retos y Aprendizajes. Posturas juveniles sobre los desafíos formativos y profesionales’ elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud y Banco Santander, esa presión está condicionando incluso decisiones tan importantes como elegir qué estudiar.
La urgencia del salario, aunque sea precario. Según datos de ese informe, el 64,7% de los jóvenes admite que decide su futuro pensando en ganar dinero cuanto antes, no en el trabajo que le gustaría hacer de verdad. “Quiero tener ya como una estabilidad. Entonces me apremia por eso, porque no quiero vivir constantemente como al límite, quiero tener esa estabilidad”, aseguraba uno de los jóvenes participantes del estudio.
Seis de cada diez creen, además, que hay factores ajenos a su esfuerzo que frenan el avance en su carrera laboral: precariedad, falta de oportunidades y presión económica se sitúan entre las más mencionadas. Y aun así, el 67% no contempla tirar la toalla pese a las dificultades para prosperar en su carrera laboral, alejándose del estereotipo de la juventud desmotivada.
El éxito cambia de definición. Con ese punto de partida, los jóvenes de la generación Z han cambiado la definición de lo que se considera triunfar en el trabajo. Antes el éxito consistía en subir de categoría y de sueldo cada pocos años. Ahora entran en la ecuación el tiempo libre, la salud mental y un ambiente de trabajo que no queme. La conciliación deja de ser un extra y pasa a ser condición de entrada.
El informe Workmonitor de Randstad marca un punto de inflexión: el equilibrio entre vida y trabajo ya pesa más que el sueldo a la hora de valorar un empleo. Más de la mitad de los encuestados dejaría su puesto si le impide vivir fuera de la oficina.
Lo que piden: orientación y educación financiera. Según los datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, la generación Z tampoco pide un milagro, solo una guía para desarrollar sus capacidades profesionales. El 75,7% quiere entender mejor qué le interesa antes de decidir su carrera, mientras que el 74% reclama más información sobre las salidas laborales reales de cada opción formativa. Es decir, no perder el tiempo estudiando una carrera que les deje en una vía muerta. Y más del 73% echa en falta formación financiera básica para gestionar su día a día.
El resultado de todo ello es que en el futuro vamos a tener menos jóvenes dispuestos a sacrificar tiempo de su vida personal por un poco más de sueldo, y más empresas que van a tener que ofrecer ambas cosas como incentivo si quieren retener talento.
Imagen | Unsplash (Vitaly Gariev)
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A la generación Z le contaron que el éxito laboral era tener un buen salario. Tener más vida se ha convertido en su nuevo lujo
La generación Z está dibujando un nuevo escenario laboral y tenemos varios ejemplos de ello: tienen un concepto distinto de las relaciones laborales del que tenían las generaciones anteriores y su definición de compromiso ahora se rige por unas reglas que exigen reprocidad a las empresas.
No es raro. Esta generación ha visto cómo sus padres han trabajado sin parar y llegar igual de ahogados a fin de mes. Por eso, cuando los jóvenes hablan de éxito laboral, ya no piensan solo en la nómina, también lo hace en poder salir a su hora y poder dedicarle tiempo a su vida personal.
El paro que marca el paso. Para entender ese giro hay que mirar primero a la realidad de esta generación. Según datos del INE, el paro juvenil en España se situó en el 24,5% en el primer trimestre de 2026. Es casi el doble de la media que maneja Eurostat para el conjunto de la Unión Europea, algo por encima del 15%, pero la mitad del 42,91% que teníamos hace una década.
Tal y como apunta el ‘I Barómetro Retos y Aprendizajes. Posturas juveniles sobre los desafíos formativos y profesionales’ elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud y Banco Santander, esa presión está condicionando incluso decisiones tan importantes como elegir qué estudiar.
La urgencia del salario, aunque sea precario. Según datos de ese informe, el 64,7% de los jóvenes admite que decide su futuro pensando en ganar dinero cuanto antes, no en el trabajo que le gustaría hacer de verdad. “Quiero tener ya como una estabilidad. Entonces me apremia por eso, porque no quiero vivir constantemente como al límite, quiero tener esa estabilidad”, aseguraba uno de los jóvenes participantes del estudio.
Seis de cada diez creen, además, que hay factores ajenos a su esfuerzo que frenan el avance en su carrera laboral: precariedad, falta de oportunidades y presión económica se sitúan entre las más mencionadas. Y aun así, el 67% no contempla tirar la toalla pese a las dificultades para prosperar en su carrera laboral, alejándose del estereotipo de la juventud desmotivada.
El éxito cambia de definición. Con ese punto de partida, los jóvenes de la generación Z han cambiado la definición de lo que se considera triunfar en el trabajo. Antes el éxito consistía en subir de categoría y de sueldo cada pocos años. Ahora entran en la ecuación el tiempo libre, la salud mental y un ambiente de trabajo que no queme. La conciliación deja de ser un extra y pasa a ser condición de entrada.
El informe Workmonitor de Randstad marca un punto de inflexión: el equilibrio entre vida y trabajo ya pesa más que el sueldo a la hora de valorar un empleo. Más de la mitad de los encuestados dejaría su puesto si le impide vivir fuera de la oficina.
Lo que piden: orientación y educación financiera. Según los datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, la generación Z tampoco pide un milagro, solo una guía para desarrollar sus capacidades profesionales. El 75,7% quiere entender mejor qué le interesa antes de decidir su carrera, mientras que el 74% reclama más información sobre las salidas laborales reales de cada opción formativa. Es decir, no perder el tiempo estudiando una carrera que les deje en una vía muerta. Y más del 73% echa en falta formación financiera básica para gestionar su día a día.
El resultado de todo ello es que en el futuro vamos a tener menos jóvenes dispuestos a sacrificar tiempo de su vida personal por un poco más de sueldo, y más empresas que van a tener que ofrecer ambas cosas como incentivo si quieren retener talento.
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