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Acabamos de vivir el primer gran apagón de la era renovable. El debate está ahora en cómo conseguir que sea el último
El debate en la opinión pública está servido para las próximas semanas, al menos hasta que llegue el cónclave, momento en el que previsiblemente se limitará a los círculos especializados del sector energético. El analista de Bloomberg, Javier Blas, ha bautizado lo ocurrido en España y Portugal como “el gran apagón verde de la era de la energía renovable”. Aunque las autoridades aún no han ofrecido una versión definitiva, el debate se ha recrudecido.
Hasta ahora. La versión oficial aún es preliminar, pero Red Eléctrica de España ha ofrecido una reconstrucción técnica de lo ocurrido. Según las últimas informaciones, la caída no fue producto de un ciberataque ni de un sabotaje, sino del fallo encadenado de varios sistemas en un contexto de alta penetración renovable. En cuestión de segundos se desconectaron cerca de 15 gigavatios, aproximadamente el 60% del consumo de la demanda eléctrica, debido a una caída brusca del voltaje, conocida como “hueco de tensión”. Este tipo de caída activa sistemas de protección automáticos que desconectan centrales eléctricas y subestaciones para evitar daños mayores.
Según Financial Times, la falta de inercia —la capacidad de ciertas infraestructuras como turbinas para estabilizar la red— agravó el problema. Y dado que Portugal depende parcialmente del suministro español, el apagón se extendió de inmediato a todo el país vecino. Pese a ello, Beatriz Corredor, presidenta de Red Eléctrica, ha advertido de que “no es correcto relacionar el incidente con la penetración de renovables”, defendiendo que estas tecnologías funcionan de forma estable y que el sistema eléctrico español es resiliente. También ha señalado que se están analizando millones de datos para esclarecer las causas exactas del apagón y reforzar los protocolos de respuesta.
Se reabre el debate. Hace unas semanas, la discusión en el sector energético giraba en torno al cierre programado de las centrales nucleares previsto para dentro de dos años. Sin embargo, el apagón ha catalizado un choque ideológico más visible: renovables vs nucleares. Tal como ha detallado eldiario.es, lo ocurrido ha alimentado las tensiones entre quienes defienden la transición energética frente los que quieren mantener a las nucleares como respaldo estable. En ese mismo artículo, Jorge Sanz, el expresidente de la Comisión para la Transición Energética, ha declarado que uno de los factores fue la desconexión masiva de renovables ante un hueco de tensión. No obstante, como ha señalado el experto en renovables Xavier Cugat en sus redes, Sanz ha omitido un dato relevante: la existencia del SRAP (Sistema de Respuesta Automática de Protección), ya operativo y con varios gigavatios de capacidad eólica y solar gestionados en tiempo real. Una herramienta crucial que, aunque no evitó el apagón, sí forma parte del esfuerzo por mejorar la respuesta técnica de las renovables ante estas situaciones.
Pero hay una realidad imparable. Según IRENA, en 2024 el 92,5% de la nueva potencia eléctrica instalada a nivel mundial fue renovable. Es decir, se instalaron doce veces más renovables que nuclear, gas y carbón juntas. Las energías limpias son ya la norma: son más baratas, seguras y en muchos países, casi la única opción que se está ampliando. Ya existen ejemplos concretos: países como Paraguay, Islandia o Noruega funcionan con un 100% de generación renovable. La dirección está clara; lo que está en juego ahora es cómo gestionar esta transformación sin comprometer la estabilidad del sistema.
¿Cuál es el camino? Como ha explicado para RNE el profesor titular de la Universidad Rey Juan Carlos, Eloy Sanz, que la Península Ibérica es una “isla energética” con muy poca conexión internacional. España y Portugal necesitan una integración mucho más fuerte con el resto de Europa para poder compartir excedentes, equilibrar la demanda y reforzar la seguridad del sistema. A esto se suma la necesidad de seguir invirtiendo en almacenamiento, como baterías, plantas de bombeo reversible o hidrógeno verde. Por último, el desarrollo de tecnologías como la inercia sintética, ya desplegada en países como Dinamarca, que simulan el efecto estabilizador de las antiguas plantas térmicas u otro tipo de estrategia como el Synchronous Power Control, que permiten a las renovables contribuir también a la estabilidad de la red sin necesidad de baterías ni volantes de inercia físicos.
Ignorar esto tiene un precio. Como ha resumido Javier Blas en su columna con crudeza: “El diseño de la red, las políticas y los análisis de riesgos aún no están a la altura de la gestión de un exceso de renovables”. No es un ataque a las energías limpias, sino una llamada de atención. El error sería abandonar las renovables por un apagón, como tampoco se abandonaron los combustibles fósiles tras el blackout de Nueva York en 1977. Pero sí debemos aprender. El futuro de la energía será renovable, pero no puede ser ingenuo ni ideológico.
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Hay gente compartiendo con la IA sus casos judiciales. El problema es cuando un juez considera como pruebas las conversaciones
Cada vez son más los usuarios que tienen un chatbot con IA de compañero para todo, ya sea ChatGPT, Gemini, Claude, u otro cualquiera. El problema viene cuando decidimos compartir datos sensibles con este tipo de herramientas, sobre todo con modelos comerciales producidos por grandes tecnológicas donde siempre vamos a tener la duda de hacia dónde viajan nuestros datos.
En este sentido, hay quienes comparten sus datos legales con el asistente, lo que puede desembocar en algo como ha ocurrido recientemente en Nueva York. Y es que un juez de la ciudad acaba de sentar un precedente histórico al considerar que cualquier conversación que se tenga con un chatbot es pública y por tanto no están protegidas por el secreto profesional abogado-cliente. Es decir: que todo lo que compartas con la IA puede acabar siendo usado en tu contra ante un tribunal.
El caso. Bradley Heppner, un ejecutivo acusado de fraude por valor de 300 millones de dólares, utilizó Claude, el chatbot de Anthropic, para consultar dudas sobre su situación legal antes de ser arrestado. Creó 31 documentos con sus conversaciones con la IA y posteriormente los compartió con sus abogados defensores. Cuando el FBI incautó sus dispositivos electrónicos, sus abogados reclamaron que esos documentos estaban protegidos por el privilegio abogado-cliente. El juez Jed Rakoff ha dicho que no.
Por qué no. Tal y como comparte Moish Peltz, abogado especializado en activos digitales y propiedad intelectual, en una publicación en X, la sentencia establece tres razones. Primero, una IA no es un abogado: no tiene licencia para ejercer, no debe lealtad a nadie y sus términos de servicio niegan expresamente cualquier relación abogado-cliente. Segundo, compartir información legal con una IA equivale legalmente a contársela a un amigo, por lo que no está protegido por secreto profesional. Y tercero, enviar documentos ‘no privilegiados’ a tu abogado después no los convierte mágicamente en confidenciales.
El problema de fondo. Así como recuerda el abogado, la interfaz de este tipo de chatbots genera una falsa sensación de privacidad, pero en realidad estás introduciendo información en una plataforma comercial de terceros que retiene tus datos y se reserva amplios derechos para divulgarlos. Según la política de privacidad de Anthropic vigente cuando Heppner usó Claude, la compañía puede revelar tanto las preguntas de los usuarios como las respuestas generadas a “autoridades gubernamentales reguladoras”.
Dilema. El documento judicial revela además un agravante: Heppner introdujo en la IA información que había recibido previamente de sus abogados. Esto plantea un dilema para la fiscalía, según cuenta Peltz. Y es que si intenta usar esos documentos como prueba en el juicio, los abogados defensores podrían convertirse en testigos de los hechos, lo que potencialmente forzaría la anulación del juicio.
Qué significa para ti. Si estás involucrado en cualquier asunto legal, según esta sentencia, lo que compartas con una IA puede ser reclamado por un juez y usado como prueba. No importa que estés preparando tu defensa o buscando asesoramiento preliminar, ya que cada consulta puede acabar convirtiéndose en un factor en tu contra. Y no solo aplica a casos criminales: divorcios, disputas laborales, litigios mercantiles… cualquier conversación con IA sobre estos temas escapa de la protección legal.
Y ahora qué. Peltz señala que los profesionales del derecho deben advertir explícitamente a sus clientes de este riesgo. No se puede asumir que la gente lo entienda intuitivamente. La solución que menciona pasa por crear espacios de trabajo colaborativos con IA compartidos entre abogado y cliente, así cualquier interacción con la inteligencia artificial ocurrirá bajo la supervisión del abogado y dentro de la relación abogado-cliente.
Imagen de portada | Romain Dancre y Solen Feyissa
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la ciencia ya lo ha logrado
La idea de controlar lo que soñamos o utilizar el tiempo de descanso para resolver problemas complejos puede sonar a ciencia ficción en películas bastante icónicas como Origen. Sin embargo, la “ingeniería de sueños” ha dejado de ser una fantasía puesto que la ciencia confirma que no solo podemos influir en el contenido de nuestros sueños, sino que hacerlo puede mejorar nuestra salud mental y capacidad cognitiva.
El dispositivo que susurra. La técnica se llama Incubación de Sueños Dirigida (TDI) y los resultados más recientes, publicados en 2025, sugieren que podría ser la clave para tratar pesadillas crónicas y aumentar nuestra sensación de control sobre el subconsciente. La clave está en que, a diferencia de los sueños lúcidos espontáneos, esta técnica utiliza tecnología para detectar fases específicas del sueño y enviar estímulos auditivos.
Un estudio reciente publicado en Sleep Advances, puso a prueba este sistema con resultados sorprendentes. Y es que utilizando un dispositivo llamado Dormio, los investigadores monitorizaron la fase N1 del sueño, es decir, la etapa de transición entre que estamos despiertos y dormidos y que dura aproximadamente entre 1 y 7 minutos.
Cómo se hizo. El experimento fue sencillo pero efectivo, puesto que los participantes solo tenían que acostarse a dormir una siesta. En ese momento, al detectar el inicio del sueño, el dispositivo susurraba la instrucción “Piensa en un árbol”, y después había que despertar al sujeto brevemente para pedir un reporte verbal y ya se le dejaba dormir.
El resultado fue contundente: el 92% de los participantes incorporaron el tema “árbol” en sus sueños. Los sujetos reportaron desde visiones de bosques y raíces hasta transformaciones más abstractas relacionadas con la vegetación
El control como terapia. Lo verdaderamente revolucionario del estudio de 2025 no fue solo lograr que la gente soñara con árboles, sino lo que sucedió después. Los investigadores aquí descubrieron un aumento significativo en la Autoeficacia del Sueño (Dream Self-Efficacy o DSE), que no es más que la creencia de un individuo en su propia capacidad para controlar o influir en sus sueños.
El hecho de tener esta sensación de poder controlar el sueño es crucial para el tratamiento de trastornos como las pesadillas relacionadas con los traumas que son comunes en el estrés postraumático.
Resolviendo problemas. Si bien el estudio de Sleep Advances se centra en la salud mental, otras investigaciones paralelas exploran la vertiente productiva. En estos experimentos se utilizaron rompecabezas que son difíciles de resolver por cualquier persona, y es por ello que mientras las personas dormían se les indujo a soñar con este rompecabezas.
El resultado fue que el 42% de los participantes que fueron inducidos a soñar con el rompecabezas lograron resolverlo al despertar, frente a solo un 17% de aquellos que no soñaron con el problema. Esto sugiere que el cerebro, cuando se le da el estímulo correcto, puede continuar procesando información lógica y creativa en segundo plano, un fenómeno que la tecnología ahora nos permite sistematizar.
La terapia del sueño. Aunque el estudio mencionado contó con una muestra preliminar de 25 personas (casi la mitad de las cuales sufrían pesadillas frecuentes), los datos apuntan a un cambio de paradigma. Hasta ahora, dormíamos “a ciegas”, pero herramientas como Dormio y protocolos como la TDI sugieren un futuro donde el sueño no es un periodo pasivo, sino un estado activo que podemos programar. Ya sea para superar un trauma, como sugieren, o para encontrar la solución a un problema creativo, la tecnología está empezando a iluminar la oscuridad de nuestros sueños.
Imágenes | iam_os
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la ciencia y los expertos en longevidad tienen claro a qué hora debes despertarte
Durante años, la cultura del esfuerzo y la productividad extrema nos ha vendido el “club de las cinco de la mañana” como el Santo Grial del éxito, teniendo como ejemplos a CEOs, influencers o gurús del desarrollo personal que apuntan a la necesidad de despertarse a las cinco de la mañana. Sin embargo, la ciencia centrada en el envejecimiento tiene un mensaje muy diferente: madrugar en exceso no solo no es productivo, sino que puede restarnos años de vida.
Los expertos. Sebastían La Rosa, un médico especialista en longevidad, ya apuntaba a que el horario óptimo para despertarse se encuentra en una ventana muy específica: entre las 6:45 y las 7:00 de la mañana. Y la realidad es que la literatura científica respaldan bastante bien sus afirmaciones basadas en la experiencia clínica.
Sin ir más lejos, un análisis que se prolongó durante 20 años en grandes grupos de personas reveló que el punto más bajo del riesgo de mortalidad se sitúa exactamente alrededor de las siete de la mañana. A partir de este punto, los extremos (como suele ocurrir en biología) se pagan bastante caros.
Los extremos. Levantarse de manera constante tras las 8 de la mañana eleva el riesgo de mortalidad por todas las causas en un asombroso 39%. Pero ser un búho nocturno y despertarse supertemprano todos los días tampoco es bueno para la salud.
Esto es lo que vieron de los datos extraídos del UK Biobank, con una muestra de más de 433.000 personas, que muestran que el cronotipo vespertino (acostarse y levantarse tarde) tiene un 10% más de riesgo de mortalidad total frente a los madrugadores, impactando con mayor crudeza en personas mayores de 63 años.
Más pruebas. Por otro lado, un masivo estudio de la Universidad de Exeter comprobó que las personas que se despiertan de forma natural entre las cinco y las siete de la mañana reducen su riesgo de mortalidad prematura entre un 20 y un 25%. Esto encaja a la perfección con la recomendación de irse a dormir entre las 22:00 y las 23:00 horas para lograr unas 7 u 8 horas de sueño reparador y proteger, de paso, la salud cardiovascular.
La regla de oro. Si bien las 7:00 a.m. parece ser la hora mágica evolutiva, investigadores de Harvard y otras instituciones pioneras han llegado a una conclusión aún más importante: la consistencia es el factor más importante. De esta manera, tener horarios de sueño irregulares, como acostarse y levantarse a horas muy distintas cada día, aumenta el riesgo de mortalidad entre un 20 y un 48%.
De hecho, la regularidad del ciclo vigilia-sueño ha demostrado ser un predictor de mortalidad más fuerte que la cantidad total de horas dormidas. Esto obliga al consenso científico a establecer que dormir entre 6 y 8 horas es lo ideal, siendo las 7 horas exactas la cifra vinculada a una mayor supervivencia en las grandes cohortes poblacionales. Pero si optamos por dormir menos de siete horas o más de ocho horas, el organismo se puede desbalancear y aumentar el riesgo de muerte.
Hackeando el reloj interno. Detrás de todas estas estadísticas hay pura mecánica celular. En modelos animales, se ha comprobado que tener ritmos circadianos de “alta amplitud”, con diferencias muy marcadas entre el estado de alerta diurno y el descanso nocturno, correlaciona directamente con una mayor longevidad.
Cuando se altera este reloj biológico viviendo a las espaldas de la luz del sol, alteramos vías metabólicas críticas para el envejecimiento como la vía mTOR, la sirtuinas o el factor IGF-1. Exponerse a la luz natural nada más levantarse cerca de las siete de la mañana, es la señal que el cerebro necesita para poner en marcha todo este complejo engranaje hormonal, mitigando el daño oxidativo y previniendo enfermedades cardiovasculares y el cáncer.
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