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Está considerada una de las mejores adaptaciones de videojuegos al cine jamás realizadas y acaba de llegar a Netflix
Han pasado casi veinte años desde su estreno, pero resulta innegable que la arrollafora fuerza visual de ‘Silent Hill‘, que acaba de llegar a Netflix, permanece intacta. En las dos últimas décadas, los efectos especiales han evolucionado en direcciones muy distintas, pero los increíbles maquillaje de esta película de Christophe Gans y su intención clara y abierta de hacer una versión fiel y respetuosa del videojuego original de Konami se ha ganado el respeto de muchos de sus fans.
Y eso que, como se suele decir, ‘Silent Hill’ es inadaptable: la experiencia inolvidable de los primeros videojuegos existe porque se vive en primera persona, y eso hace que el argumento críptico y la atmósfera construida a base de niebla y sirenas sonando en la lejanía sean suficientes para suscitar el pánico. Pero Gans tiene la necesidad de convertir esa experiencia sensorial en una película con argumento convencional, y eso hace que a veces tome decisiones que alejan a ‘Silent Hill’ de una adaptación absolutamente literal. Pese a todo, funciona a las mil maravillas.
En esta adaptación, una mujer vive desesperada por encontrar una cura para la misteriosa enfermedad de su hija, y decide localizar Silent Hill, un pueblo del que la niña habla constantemente en sueños. Pero al llegar, una misteriosa figura provoca un accidente tras el cual, su hija desaparece. Acompañada de una agente de policía, las dos mujeres comienzan a buscarla, y pronto descubrirán que el pueblo desierto después de un devastador incendio esconde mucho más de lo que parece.
‘Silent Hill’ pertenece a una época en la que el cine comenzaba a producir, al fin, adaptaciones visualmente fieles a los videojuegos que los inspiraban. Lejos quedaban los tiempos de las divertidísimas (pero muy alejadas de los originales) ‘Super Mario Bros.’ o ‘Street Fighter’, y Hollywood comenzaba a prestar atención al medio digital con películas como esta o el éxito ‘Tomb Raider’. Aún tendríamos que padecer producciones horrendas como el grueso de las películas de Uwe Boll, también de esta época, pero ‘Silent Hill’ destaca entre el resto por entender y adaptar, aún con sus problemas, el juego original de Konami con una notable dignidad.
En Xataka | ‘P.T.’: El mejor videojuego de terror de la historia es una demo y dura solo unas pocas horas
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Llevamos años hablando de la “jornada 996” en las empresas chinas. La realidad es más compleja: la “jornada 323”
En China hay más de 1.400 millones de personas y cerca de una cuarta parte de su población activa trabaja vinculada al sector público, un universo laboral tan descomunal que cualquier generalización suele quedarse corta. Así, entre tópicos globales y realidades cotidianas, la distancia puede ser mayor de lo que parece.
El mito exportado del 996. Lo hemos contado en más de una ocasión, pero que algo se repita muchas veces no significa que sea la norma. Llevamos tanto tiempo escuchando que China aplica la infame jornada 996 (trabajar de 9:00 a.m. a 9:00 p.m., seis días a la semana), que el propio concepto ha terminado por convertirse en símbolo de una supuesta ética laboral sobrehumana, aunque en su origen fue una crítica a un modelo abusivo dentro del sector tecnológico y nunca una norma general.
Sobre el papel, la ley china fija semanas de cinco días y 40 horas, aunque su aplicación sea irregular y los sindicatos oficiales carezcan de poder real, y aunque existan sectores como el trabajo migrante o la economía de plataformas donde las jornadas son duras y los derechos escasos. En cualquier caso, contaban en un reportaje de Foreigh Policy que el 996 ha prosperado en Occidente porque encaja con el temor recurrente a que China “trabaje más” y supere a sus rivales, pero esa narrativa simplifica hasta deshumanizar a esos 1.400 millones de personas. Además, oculta una realidad mucho más diversa.
La herencia del trabajo como ideología. Lo cierto es que la cultura laboral china no nace con las tecnológicas de Shenzhen, sino con una tradición marcada por el maoísmo y la herencia del estajanovismo soviético, una donde se glorificaba el sacrificio productivo y consolidó el peso social del danwei o unidad de trabajo.
En ese sentido, recordaba el analista James Palmer que no fue hasta 1995 cuando se formalizó el fin de semana de dos días, y durante décadas el empleo fue no solo fuente de ingresos, sino núcleo de identidad, vivienda y red social. Ese pasado explica la coexistencia de prácticas intensas con otras profundamente burocráticas, donde la obediencia política y el cumplimiento de cuotas pesan tanto como la eficiencia real.
La realidad silenciosa del 323. Como decíamos al inicio, más allá del mito del 996, una parte significativa del empleo chino (en torno al 23% de la población activa) se concentra en el sector público, donde predomina un patrón informal que se resume como 323: tres horas de trabajo por la mañana, una pausa de dos o incluso tres horas para comer y dormir la siesta, y otras tres horas por la tarde.
Esa larga interrupción es, de hecho, casi sagrada y ha resistido intentos de reforma, con oficinas que atenúan luces o habilitan espacios para descansar, en una rutina que sorprende a quien espera hiperproductividad constante. El ritmo puede ser laxo en tiempos tranquilos y frenético al final del año para cumplir objetivos administrativos, a menudo acompañados de ajustes contables creativos.
Burocracia, patronazgo y trabajos fantasma. Recordaban en FP que el 323 convive con prácticas menos visibles como los empleos ficticios otorgados por patronazgo, desde puestos donde apenas se trabaja hasta cargos “sin presencia” que sirven para recompensar lealtades o esquivar requisitos formales. En ese entorno, la flexibilidad y la frustración coexisten: una oficina puede cerrar durante una pausa prolongada, pero también mostrar indulgencia ante retrasos formales.
Y cuando el liderazgo político endurece el tono, como ocurrió con la campaña anticorrupción iniciada en 2013 o con exigencias extraordinarias como las impuestas a docentes para registrar vacunaciones en 2022, la intensidad aumenta y muchas de las comodidades desaparecen temporalmente.
Socialización obligatoria y disciplina. Además, hay que tener en cuenta que la vida laboral oficial incluye banquetes, brindis y encuentros colectivos que refuerzan jerarquías y redes informales, rituales que pueden convertirse en una carga más que en un privilegio y que fueron brevemente contenidos por las campañas disciplinarias antes de regresar con el tiempo.
Ese vaivén entre laxitud cotidiana y presión política explica por qué el 323 tiene sentido dentro del sistema: no responde a una ética de ocio, sino a una administración que alterna fases de baja exigencia con ráfagas de movilización. Dicho de forma clara: frente al relato simplista del 996, la realidad es más contradictoria y menos hiperbólica, una cultura laboral fragmentada donde la jornada depende tanto del sector y del clima político como de la voluntad individual.
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monitorizar catástrofes en tiempo real
Hay desastres naturales como borrascas fuertes que provocan inundaciones, temporales marítimos o incendios descontrolados en los que observar la evolución es providencial tanto a la hora de dimensionar el percance como para trazar una estrategia de soluciones en el terreno. En ese escenario, los satélites son auténticos salvavidas. Así que España y Portugal van a lanzar una “constelación atlántica” de satélites que observe la península Ibérica desde el espacio para protegerla.
El contexto. No cuesta demasiado encontrar catástrofes que hayan azotado la península en los últimos años, sirva como ejemplo el tren de borrascas con el que empezamos 2026 y cuyo efecto se deja ver desde el espacio o la DANA que destrozó Valencia. En la actualidad, los satélites de referencia para gestión forestal, incendios y emergencias en Europa son los Copernicus / Sentinel de la ESA, que generan imágenes de la Península Ibérica cada dos o tres días.
Qué es la Constelación Atlántica. Es un conjunto de 16 satélites pequeños, ocho lanzados por cada país, que orbitarán a menos de 700 kilómetros de la Tierra coordinándose para generar imágenes del territorio cada dos o tres horas. Es un complemento y no una sustitución de los europeos Sentinel de Copernicus.
Por qué es importante. La puesta en marcha de la Constelación Atlántica trae una mejora evidente a la hora de evaluar el avance y planificar soluciones ante catástrofes: pasar de disponer información cada 2 – 3 días a hacerlo cada 2 – 3 horas, prácticamente en tiempo real para este tipo de catástrofes.
Por otro lado y como explica para El Periódico Nicolás Martín, director de Usuarios, Servicios y Aplicaciones de la Agencia Espacial Española, este es un proyecto “muy relevante para el sector aeroespacial español y para nuestra autonomía estratégica”. Y aunque su misión principal son las emergencias y desastres naturales, también tiene aplicación para otros sectores y entidades, como la agricultura.
Cómo lo van a hacer. España ha adjudicado su parte a la catalana Open Cosmos a través de un concurso. La empresa será la encargada de diseñar y fabricar los ocho satélites del estado, mientras que el ICE-CSIC desarrollará una de las cuatro cargas útiles de cada satélite y los algoritmos de extracción de datos geofísicos. En el lado de Portugal, será GeoSat quien lidere el proyecto. La ESA será quien supervise todo.
En cada satélite habrá cuatro instrumentos: cámaras ópticas multiespectrales de alta resolución para analizar vegetación y terreno, sensores de reflectometría GNSS para medir la humedad del suelo o el estado del mar, conectividad IoT y un sistema para identificar y rastrear embarcaciones.
La hoja de ruta. El primer satélite de demostración se llamará Pathfinder y según el calendario del proyecto, estará listo para finales de este año. Será en el primer semestre de 2027 cuando se lance, sirviendo así para validar las tecnologías integradas antes de fabricar el resto de unidades. No obstante, el despliegue completo de toda la flota de satélites tendrá lugar en los siguientes años.
Portada | Foto de SpaceX
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Rosalía y Olivia Dean se imponen en los BRIT Awards 2026 celebrados en Manchester
EFE.- La cantante española Rosalía deslumbró con su voz y con su “Lux” en la gala de los premios BRIT 2026 en Manchester, donde se proclamó como Artista Internacional del Año en una velada dominada por la inglesa Olivia Dean, que logró cuatro estatuillas y se impuso en las dos categorías principales: Artista británica y Álbum del Año.
La intérprete catalana debutó en la cita musical más importante del Reino Unido por todo lo alto, pues además de alzar la estatuilla ámbar de Britannia, tras imponerse a nombres como el puertorriqueño Bad Bunny, Taylor Swift o Lady Gaga, entre otros, también protagonizó una de las actuaciones más memorables de la noche.
Rosalía subió por primera vez al escenario del Co-Op Live de Mánchester e interpretó una versión ravera de su tema “Berghain” por primera vez en directo y acompañada de una orquesta, bailarines y con la aparición estelar de la islandesa Björk dejó con la boca abierta a todo el estadio y abrió el apetito antes de la gira mundial que iniciará en marzo.
Al aceptar el galardón de Artista Internacional del Año, la catalana dijo que era un honor poder llevar su música fuera de casa, agradeció al resto de compañeros de la industria que “hacen música en español” y pidió seguir celebrando “las diferentes culturas y los diferentes lenguajes”.
Con su carisma y actitud pizpireta, Rosalía terminó de meterse al público en el bolsillo cuando el maestro de ceremonias, el cómico Jack Whitehall, se acercó y le preguntó sobre cuántos idiomas había metido en su último disco, “Lux” y respondió: “La pregunta del millón. Trece o catorce, ya no lo sé”.
Entonces, el presentador le invitó a incluir un lenguaje más, el mancuniano (de Mánchester) en su próximo trabajo y ésta le respondió con un: “Sunshine” al puro estilo de Liam Gallagher, para después declararse seguidora incondicional de Oasis.
Liam no estaba, pero Noel sí, que recibió en su ciudad natal el galardón de Compositor del Año y además recibió unas palabras de agradecimiento en vídeo del entrenador de su equipo Manchester City, el también catalán Pep Guardiola.
Lola Young o Bruno Mars, entre los premiados
Con permiso de Rosalía, la gran triunfadora de la velada de los BRIT 2026 fue la británica Olivia Dean, que tras haber ganado recientemente el Grammy a Mejor Nuevo Artista, se llevó cuatro de las cinco estatuillas a las que optaba y se consagró como una de las grandes promesas del panorama musical actual.
La intérprete londinense, con sólo 26 años, era una de las favoritas de la edición y no decepcionó. A sus manos fueron a parar las dos categorías reina: Artista británica del Año y Álbum del Año para “The Art of Loving”, además de Mejor Artista Pop y Canción del Año para “Rein Me In” a dúo con Sam Fender —que también logró el BRIT a mejor artista alternativo—.
También lograron estatuillas artistas como Lola Young, que aunque empataba a nominaciones con Dean, se tuvo que conformar únicamente con el galardón de Mejor Artista Revelación o la banda de rock alternativo Wolf Alice, que logró el de Grupo Británico del Año.
En el ámbito internacional, además de Rosalía, fueron asimismo reconocidos la integrante de Blackpink Rosé y Bruno Mars y su “APT” ganó como mejor canción, mientras que los neoyorquinos Geese se alzaron como mejor grupo y gritaron un: “Palestina libre. Que jodan al ICE” al recibir el premio.
Nostalgia, sorpresas y espontáneos
Después de 49 ediciones establecidos en Londres, los BRIT se celebraron por primera vez en Mánchester, la cuna del “britpop” y la noche arrancó por todo lo alto con el regreso del cantante británico Harry Styles a los escenarios tras una pausa de cerca de tres años.
El excomponente de la boyband británica “One Direction” interpretó por primera vez en vivo su tema “Aperture”, el adelanto de su nuevo álbum “Kiss All The Time. Disco, Occasionally”, que se publicará el próximo 6 de marzo. Acompañado de un gran grupo de bailarines y una coreografía milimetrada, Styles levantó el ánimo de los asistentes.
El cartel estelar de actuaciones se completó, entre otros, con la artista británica RAYE, Wolf Alice, Alex Warren, las voces femeninas del grupo de k-pop HUNTR/X o el joven Sombr, que vivió uno de los momentos más tensos de la noche después de que un asistente invadiese el escenario en mitad de su actuación y tuviera que ser retirado por los agentes de seguridad.
También hubo momentos de nostalgia, como el que trajo la actuación del DJ y productor Mark Ronson, que tras ser galardonado con el BRIT a Contribución Destacada a la Música, hizo una mezcla de algunos de sus temas más célebres, y con aire retro homenajeó a la fallecida Amy Winehouse antes de dar paso a la gran sorpresa de la noche: Dua Lipa.
El momento más emotivo de la gala llegó casi al final y fue el homenaje póstumo a la leyenda del rock Ozzy Osbourne, fallecido en julio de 2025 a los 76 años, que recibió el BRIT póstumo a toda una trayectoria a través de su esposa, Sharon Osbourne y fue recordado con una versión del “No more tears” (1991) de Black Sabbath a cargo de Robbie Williams y algunos de sus excompañeros de banda.
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