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el único problema es que tiene poco de coche y mucho de eVTOL

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Llevamos años soñando con ver coches voladores recorriendo nuestras ciudades. Películas como ‘El quinto elemento’, ‘Blade Runner 2049’ y ‘Total Recall’ nos han dibujado un futuro donde los atascos se resuelven en el aire, liberando las calles y transformando la movilidad urbana. Sin embargo, la realidad sigue empeñada en ir más despacio, con una variedad de desafíos que aún deben resolverse. Este tipo de alternativas todavía no ha llegado al mercado, aunque algunas compañías prometen cambiar las reglas de juego.

Alef Aeronautics, la compañía está desarrollando “el primer coche volador real del mundo”, ha mostrado su prototipo en acción. En un vídeo publicado por CNBC, el vehículo se eleva con aparente sobre un todoterreno y aterriza justo delante de él, sugiriendo que la ciencia ficción está un paso más cerca de hacerse realidad. Sin embargo, la exhibición ha dejado más preguntas que respuestas y al menos una certeza: lo que hemos visto se parece poco a los coches flotantes del cine y mucho más a un eVTOL con forma de coche.

El coche volador de Alef Aeronautics

Model A, que es como se ha bautizado al vehículo, tiene como objetivo convertirse en un vehículo eléctrico de baja velocidad, una categoría que en Estados Unidos y Canadá engloba a los carritos de golf y tiene varias restricciones, como una velocidad máxima de unos 40 km/h (25 mph). El coche volador, explican, podrá recorrer una distancia de unos 320 kilómetros por tierra o 177 kilómetros por aire. De momento no está claro cuántas personas podrá transportar, qué comodidades ofrecerá a los pasajeros y otros detalles.

Coche Volador 124
Coche Volador 124

El Model A durante una de sus pruebas más recientes

Alef Aeronautics explicó a la prensa presente en la exhibición que está limitando la información para proteger su propiedad intelectual. Tampoco permitió que los periodistas se acercaran demasiado al vehículo. De hecho, según el medio estadounidense, en ningún momento vieron al conductor entrar o salir del coche. Aunque todo apunta a que aún queda trabajo por hacer, la startup asegura haber recibido más de 3.200 pedidos y promete que la producción del Model A arrancará a finales de este año o a principios de 2026.

Alef In Transition Flight
Alef In Transition Flight

Un render del Model A en pleno vuelo

La compañía emergente señala en su página web que el coche volador costará unos 299.999 dólares. Si bien Ferrari y Tesla juegan en ligas distintas, tomamos sus precios como referencia: el vehículo costaría más que un Tesla Model S o un Ferrari Roma Spider. Y para quienes buscan algo que realmente vuele, un helicóptero como el Robinson R22 Beta II ronda los 350.000 dólares. La firma china Xpeng AeroHT, por su parte, está trabajando en un concepto híbrido, un coche que esconde un eVTOL en el maletero.

Alef Aeronautics nació en 2015. El primer diseño no fue más que un boceto en una servilleta, pero un año después ya tenían un prototipo a subescala. La compañía continuó avanzando con pruebas en túneles de viento y simulaciones computarizadas, hasta que en 2019 logró hacer volar su primer prototipo de tamaño completo. Recientemente, ha firmado acuerdos con las firmas españolas PUCARA Aero, especializada en la fabricación de piezas aeronáuticas, y MYC, enfocada en la producción aeronáutica.

Imágenes | Alef Aeronautics

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Alemania quiso comprobar si trabajar cuatro días a la semana era eficiente. El 70% de las empresas piensa que sí

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La semana laboral de cuatro días arrancó en Alemania como un experimento para buscar la máxima productividad de las empresas sin que ello repercuta en una plantilla agotada y sin capacidad de conciliación familiar. Dos años después del inicio de esa prueba, los datos confirman que para las empresas que participaron no fue una simple prueba, sino que se ha materializado en un cambio en la forma de trabajar que muchas compañías han decidido consolidar.

Ahora se ha concluído el informe de seguimiento elaborado por investigadores de la Universidad de Münster junto a la consultora 4 Day Week Global. En él se analiza qué ha ocurrido tras la prueba piloto que comenzó en 2024 y qué efectos posteriores ha tenido. La conclusión principal es que alrededor del 70% de las empresas que participaron en aquella prueba sigue aplicando algún modelo de reducción de jornada un año más tarde.

Una formula conocida y una muestra variada. El proyecto original de semana de cuatro días en Alemania articuló en torno al modelo 100-80-100: 100% del salario, 80% del tiempo y 100% de la productividad. Este modelo de reducción de jornada es que el mismo que se llevó a cabo en Valencia en 2023, Portugal o Reino Unido.

En la fase inicial participaron 45 empresas de distintos sectores, dedicadas a la manufactura, seguros, tecnología, medios de comunicación, comercio o educación. Además, para que fueran lo más representativas posible del tejido industrial alemán, se eligieron empresas de distintos tamaños: desde microempresas de 1 a 9 empleados, a grandes compañías con más de 250 empleados.

Los primeros datos ya daban pistas. Los investigadores han ido recopilando datos de las empresas participantes y de sus empleados desde el primer día. A los pocos meses de iniciarse la prueba las empresas estaban encantadas con los resultados, hasta el punto de que en los resultados preliminares, el 73% aseguraba que no volvería a la semana tradicional de cinco días. El nuevo informe aporta la perspectiva que da el tiempo y si aquel ímpetu inicial se ha consolidado.

Dos años después del inicio de la prueba, siete de cada diez empresas que participaron en la prueba no solo mantienen el modelo de jornada laboral de cuatro días, sino que la han integrado en su funcionamiento habitual.

Más que cuatro días: reducción flexible del tiempo de trabajo. Uno de los hallazgos más interesantes del seguimiento es que el modelo de semana laboral de cuatro días ha evolucionado y cada organización la ha implementado adaptándola a sus necesidades. No todas las empresas han optado por una semana laboral de lunes a jueves.

En torno al 22% de las empresas participantes ha adaptado el esquema inicial hacia fórmulas más flexibles: reducción de horas anuales, semanas alternas o ajustes internos según carga de trabajo. El propio informe habla ya menos de “semana de cuatro días” y más de “reducción del tiempo de trabajo“. La etiqueta importa menos que el rediseño de la jornada de trabajo y la eliminación de tareas superfluas, menos reuniones innecesarias y mayor autonomía de los equipos.

Sin impacto en los beneficios o la productividad. En términos empresariales, la prueba alemana ha sido un éxito ya que, pese a haberse mantenido un 80% de la jornada inicial, no se han registrado caídas ni en el nivel de beneficios ni en la productividad o se mejoró ligeramente con respecto al punto de partida. Es decir, que han conseguido hacer lo mismo en menos tiempo.

En lo que sí tuvo un fuerte impacto fue en el bienestar de los empleados, donde el 90% reportaba mejoras en el equilibrio entre vida personal y profesional. Como resultado de esa mejora, los empleados afirmaban sentir menos estrés y un mayor compromiso con la empresa. El 38% de las empresas indicaron que las bajas laborales y el absentismo laboral de sus empleados se habían reducido, mientras que el 56% aseguró no haber detectado cambios.

Luces y sombras en la reducción de jornada. También se observaron avances en satisfacción laboral y en la percepción de la empresa como lugar atractivo para trabajar. El estudio señala que el 87% de las empresas detectaron mejoras en la retención de talento. Por su parte, el 75% aseguraba que sus empresas ahora tenían mayor capacidad de atracción de talento en procesos de selección. Esto, en un escenario de escasez de mano de obra, supone una ventaja competitiva.

No obstante, al igual que sucedió en otras pruebas de la semana laboral de cuatro días, no todas las empresas han seguido la misma evolución. Cerca de un 30% dejó de aplicar el esquema inicial o volvió a la semana tradicional de cinco días. Las razones principales fueron operativas, dificultades para coordinarse con sus clientes, picos de trabajo difíciles de absorber o estructuras internas poco flexibles.

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Imagen | Unsplash (Gonzalo Leon Jasin, Josue Isai Ramos Figueroa)

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Muere a los 71 años el actor Robert Carradine, padre de “Lizzie McGuire” y protagonista de “La revancha de los novatos”

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Escrito en ENTRETENIMIENTO el

EFE.- El actor Robert Carradine, miembro del clan Carradine y conocido por su participación en la serie de televisión “Lizzie McGuire”, falleció a los 71 años tras suicidarse, según publica Deadline.

“En un mundo que puede parecer tan oscuro, Bobby siempre fue un faro de luz para quienes lo rodeaban. Estamos desconsolados por la pérdida de esta hermosa alma y queremos reconocer la valiente lucha de Bobby durante casi dos décadas contra el trastorno bipolar”, señala la familia en un comunicado remitido al medio estadounidense.

“Esperamos que su experiencia pueda arrojar luz y animar a abordar el estigma asociado con las enfermedades mentales“, concluyen.

Su hermano mayor, Keith Carradine explicó al medio estadounidense que Robert “luchó durante dos décadas contra el trastorno bipolar, que finalmente lo venció”.

“No hay nada de qué avergonzarse —dijo—. Fue una enfermedad que lo venció, y quiero celebrar su lucha contra ella y celebrar su hermosa alma -señaló-. Tenía un don inmenso y lo extrañaremos cada día. Nos consolará lo gracioso que podía ser, lo sabio, comprensivo y tolerante que era. Así era mi hermano pequeño”.

Nacido el 24 de marzo de 1954, Carradine era el hijo menor del actor John Carradine y hermano de los actores David Carradine y Keith Carradine. Fue conocido por el gran público con el personaje de Sam McGuire, el padre de la serie “Lizzie McGuire”, protagonizada por Hilary Duff.

Debutó en la gran pantalla en 1972 junto a John Wayne en “The Cowboys”, un papel para el que su hermano David le animó y le convenció para acudir a la audición diciéndole que “tenía todo que ganar y nada que perder”.

Posteriormente, apareció en la película ganadora del Oscar , “Coming Home” (“El regreso”, 1978), dirigida por Hal Ashby y junto a Jane Fonda y Jon Voight. A esta actuación le siguió un papel menor en “Mean Streets” (“Malas Calles”) de Martin Scorsese en 1973.

El actor también participó en el western “The Long Riders” (“Forajidos de Leyenda”, 1980) y el film “Revenge of the Nerds” (“La revancha de los novatos”, 1984). 

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España tenía una red eléctrica completamente saturada. Y entonces llegaron los centros de datos para reventarla aún más

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Imagina una autopista por la que ya no cabe ni un solo vehículo más. Pero el problema no es que falte asfalto, sino que los coches no saben circular de forma eficiente y guardan distancias de seguridad kilométricas. La red eléctrica española era exactamente eso. Llevaba años operando al límite de su capacidad administrativa, y de repente, ha llegado a la rampa de acceso un convoy de camiones de tonelaje industrial y apetito voraz: los centros de datos.

Estas megainfraestructuras, pilares de la inteligencia artificial y la nube, prometen regar la economía de millones, pero su brutal necesidad de suministro amenazaba con reventar las costuras de un sistema eléctrico ya de por sí saturado. Para evitar el colapso y no dejar escapar el tren de la reindustrialización, el Gobierno ha tenido que reaccionar y cambiar radicalmente las reglas técnicas del juego.

El colapso de la capacidad en cascada. Para entender el colapso hay que mirar cómo ha cambiado nuestra forma de consumir energía. La transición energética está reconfigurando profundamente el modelo en todo el territorio nacional. Las solicitudes para conectarse a las redes de transporte y distribución se han disparado. A la electrificación de la industria y el hidrógeno renovable se suma ahora el consumo masivo asociado a los centros de datos para la inteligencia artificial. El problema estalló cuando la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) estableció un “criterio dinámico” para calcular cuánta capacidad de acceso había disponible en las zonas compartidas por varios nudos de la red.

Como detalla el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) en su nota de prensa, aplicar este criterio significa que un único acceso solicitado en un nudo puede provocar un “efecto en cascada que drena capacidad en el resto de nudos que comparten la zona”, bloqueando peticiones a decenas de kilómetros de distancia. Básicamente, un gran centro de datos pide paso y, automáticamente, el sistema bloquea administrativamente los nudos vecinos por precaución, aunque físicamente los cables tengan espacio de sobra.

Inversiones en el aire y el fantasma del apagón. Las consecuencias de este embotellamiento afectan directamente a la economía real y a la seguridad nacional.

  • Parálisis inmobiliaria e industrial. La situación es tan crítica que, como ya adelantamos en nuestra cobertura anterior citando a la patronal Asprima, el año pasado solo se concedió el 12% de las solicitudes de conexión para nuevos desarrollos urbanísticos. Hay 350.000 viviendas en riesgo simplemente por falta de potencia eléctrica.
  • El riesgo de un “cero” eléctrico. El Boletín Oficial del Estado advierte de que el aumento de instalaciones que no son capaces de soportar “huecos de tensión” supone un riesgo altísimo. Si hay una perturbación y estos generadores se desconectan masivamente, se producen flujos de intercambio incompatibles con las limitadas interconexiones de España con Europa. Como recuerda el diario El País, el objetivo es evitar a toda costa que se repitan apagones masivos como el que sufrió la península ibérica el 28 de abril de 2025.
  • No basta con poner más cables. En las zonas limitadas por este criterio dinámico ya no es posible habilitar nueva capacidad simplemente invirtiendo dinero en reforzar la red con “más cobre”. El experto en el sector Joaquín Coronado lo resume a la perfección: la demanda tiene que ser 100% activa; debe aportar flexibilidad y comprometerse con la estabilidad del sistema.

La cirugía de urgencia del Gobierno. Para desatascar este nudo gordiano, el Gobierno y los reguladores han lanzado un plan de choque a tres bandas:

  • El nuevo Real Decreto del MITECO. El Ministerio ha sacado a audiencia pública (hasta el 16 de marzo) una norma que actualiza las exigencias técnicas para conectarse a la red. La clave maestra es que ahora se exige que las demandas “soporten huecos de tensión”, no introduzcan oscilaciones adversas y mantengan la calidad de la onda. Al obligar a las instalaciones a no desconectarse ante pequeñas perturbaciones, se reduce el número de nudos afectados en las zonas compartidas. Esta simple medida técnica podría hacer aflorar un 50% más de capacidad en unos 900 nudos de conexión a la red de alta tensión. 
  • Los “permisos flexibles” de la CNMC. Para acabar con el modelo binario (o te doy toda la capacidad o te la deniego), la CNMC ha propuesto cuatro nuevos tipos de permisos, como ya desglosamos en Xataka. Estos van desde permitir el consumo solo en ciertas franjas horarias, hasta permisos “dinámicos” donde el operador puede desconectar remotamente a un centro de datos si hay una emergencia en la red.
  • La “amnistía técnica” para los gigantes de los datos. En paralelo, el Ministerio de Industria ha eliminado de urgencia el requisito de las “horas valle”. Antes, para recibir ayudas, se debía consumir de noche, un absurdo para un centro de datos (que opera 24/7) y para la España actual, donde la energía solar ha tumbado los precios al mediodía.

El coste ciudadano y la letra pequeña. La maniobra del Gobierno no solo responde a una urgencia nacional, sino que sitúa a España como pionera en el continente. El país se está anticipando a la actualización de los códigos de red europeos, desplegando una batería de especificaciones técnicas de forma simultánea que ya se considera un hito a nivel mundial, como detalla El País. En este despliegue, la nueva normativa salda además una deuda histórica con el almacenamiento de energía: las baterías contarán por fin con un marco normativo propio y específico, dejando de ser tratadas administrativamente como simples instalaciones de “generación por analogía”.

Sin embargo, esta profunda digitalización para que la red soporte un modo de operación tan complejo no saldrá gratis, y la factura de la modernización acabará asomando en el bolsillo del consumidor. Las previsiones para 2026 ya estiman subidas directas en los recibos ciudadanos, con un incremento del 4% en los peajes y un nada desdeñable 10,5% en los cargos del sistema eléctrico. Y mientras los ciudadanos asumen el coste técnico, los gigantes de los datos —destinatarios de esta alfombra roja regulatoria— prefieren mantener la cautela ante el eterno escollo burocrático español. El sector tecnológico advierte de que falta una pieza clave en el puzle: si el Gobierno no incluye expresamente el Código Nacional de Actividad Económica (CNAE) correspondiente al “Proceso de datos” en la lista oficial de sectores con derecho a recibir las millonarias ayudas electrointensivas, todas estas facilidades técnicas terminarán siendo papel mojado.

De la red de cables a la red inteligente. España tiene todo el potencial natural e inversor para transformar su modelo productivo y pasar de ser el país del “sol y playa” al país del “sol y datos”. Sin embargo, como demuestra esta crisis de capacidad, la red eléctrica ha dejado de ser una simple infraestructura de cables para convertirse en una institución inteligente que requiere una gestión milimétrica.

Darle flexibilidad al sistema, exigir robustez a los nuevos gigantes tecnológicos y agilizar la burocracia han dejado de ser opciones técnicas. Son, hoy por hoy, la única vía de escape realista para evitar que la reindustrialización verde, la revolución de la inteligencia artificial y la construcción de vivienda mueran de éxito por la falta de un simple enchufe .

Imagen | Freepik y Nekib Ahmed

Xataka | España tiene un plan para captar más centros de datos que nadie: “blindarles” ante los costes de la energía

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