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cómo varía la percepción de su llegada según el país, explicado en un gráfico
Viendo al vertiginoso ritmo al que está evolucionando la inteligencia artificial, cuesta echar la vista atrás para darse cuenta que, hace algo más de dos años, toda esa tecnología no existía.
La rápida evolución de los modelos de IA y el amplio abanico de usos que se les está dando, está dejando obsoletas todas las previsiones, y incrementa el temor de que, más pronto que tarde, una IA pueda sustituir a los humanos en sus puestos de trabajo.
El impacto de la IA en el empleo según los expertos
El Informe ‘The Future of Jobs Report 2025’, que cada año elabora World Economic Forum para su cita en Davos, ha puesto cifras al impacto de la IA en el mercado laboral. Según este informe, se espera que para 2030, la automatización de procesos que facilitará la IA, generará la destrucción de unos 92 millones de puestos de trabajo.
La mayoría de esos puestos serán puestos administrativos, de gestión financiera, cajeros o de personal de atención telefónica, que serán sustituidos por sistemas de IA especializados o agentes de IA. Por otro lado, el mismo estudio señala que la llegada de la IA al ámbito laboral generará 170 millones de nuevos puestos de trabajo en profesiones que ya están comenzando a despuntar y otras muchas que todavía no existen.
No obstante, esos son los datos aportados por especialistas en economía y analistas tecnológicos. Pero ¿qué piensa realmente la población sobre el impacto de la IA en el empleo? Un estudio elaborado por Ipsos en 33 países, preguntó a 23.721 ciudadanos si creen que la inteligencia artificial generará nuevos empleos en su país. El portal VisualCapitalist.com ha recogido todas esas respuestas y ha creado un gráfico explicativo con ellas.
¿La IA creará nuevos empleos en tu país?
Los chinos fueron los más optimistas al responder a esta pregunta, a la que respondió afirmativamente un 77% que creía que la IA sí crearía nuevos empleos, frente a un 20% que pensaba que la llegada de la IA dejaría un balance negativo en el empleo.
China es toda una superpotencia en IA, por lo que el desarrollo de sus propios chips y modelos de IA, los situará en una posición destacada en la carrera estratégica de esta tecnología, por lo que se espera un gran incremento en la demanda de profesionales con perfiles tecnológicos durante los próximos años.
En la misma línea se mueven los ciudadanos de Indonesia y Tailandia, que opinan que la llegada de la será positiva para la creación de empleo en sus países.
En el caso de estos dos países, el optimismo por la llegada de la IA al ámbito laboral no viene dado por su papel en el desarrollo de esta tecnología, sino más bien como países anfitriones de los grandes centros de datos que va a necesitar esta tecnología. Microsoft ya ha anunciado una inversión de 1.700 millones de dólares en infraestructuras de datos en Indonesia.
Resulta llamativo que, Estados Unidos, el país que más está invirtiendo en esta tecnología, no logra convencer a sus ciudadanos. Un 49% de los encuestados no cree que la IA vaya a crear nuevos empleos en su país, frente a un 36% que confían en que sí lo haga.
En España somos un poco más optimistas con la previsión en la creación de nuevos empleos. Un 38% de los encuestados en nuestro país que creen que sí será un factor positivo para el mercado laboral, frente al 48% que no lo cree así.
Los resultados muestran que los países europeos son los más pesimistas con respecto a la llegada de inteligencia artificial, destacando Hungría con un 65% de los encuestados mostrándose en desacuerdo con la pregunta sobre la creación de empleo, seguida de Alemania con el 59% y un empate entre Italia, Polonia y Bélgica con un 58% de sus ciudadanos opinando que la IA destruirá más empleo de los que creará.
Esta percepción coincide, aunque en menor medida, con la media global, que se sitúa en torno a un 46% de la población percibiendo que la llegada de la IA tendrá un impacto negativo sobre el mercado laboral, mientras que el 43% cree que la llegada de la IA será positiva.
Imagen | VisualCapitalist.com
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En 1987 tuvo un problema mostrando imágenes en su Mac, así que creo una app. Hoy es el editor de imágenes más usado de la historia
Puede que con Nano Banana haya gente que haya desterrado el Photoshop, pero el editor de imágenes es la herramienta que ha acompañado a profesionales de la fotografía durante décadas, casi a la altura de su cámara. De hecho, consiguió algo solo al alcance de muy pocos productos tecnológicos: convertirse en verbo y hasta entrar en el diccionario. Photoshopeamos una imagen y googleamos en internet. Como muchos otros hitazos, Photoshop nació de casualidad: fue fruto de una pantalla que no sabía mostrar grises.
En cifras. En estos casi 40 años de vida de Photoshop, el editor ha ido atesorando datos astronómicos de su progreso.
- Su precio de lanzamiento en 1990 fue de 895 dólares. Poca broma, equivaldría a 2.100 dólares de ahora. Nunca ha sido un software doméstico y sí profesional.
- Adobe cerró el año pasado con una facturación récord de 23.770 millones de dólares. En 2024 la facturación fue de 21.510 millones de dólares, de los cuales las suscripciones representaron 20.521 millones de dólares.
- En 2013 Adobe se jugó todas sus cartas a la suscripción. El tiempo le ha dado la razón: en doce años pasó de 4.000 millones de facturación anual a casi 24.000 millones en 2025.
Cómo empezó todo. Es 1987 y Thomas Knoll estaba cursando un doctorado en la Universidad de Michigan de visión por ordenador. Entones, tuvo un problema: su Mac Plus tenía una pantalla monocromo incapaz de mostrar imágenes en escala de grises, solo en blanco y negro puro. Así que escribió unas líneas de código para arreglarlo. Le llamó Display.
Su programita le hacía el apaño, pero hasta aquí: no tenía intención de comercializarlo. Quien sí que tuvo olfato para el negocio fue su hermano John, que por aquel entonces trabajaba en Industrial Light & Magic (la empresa de George Lucas encargada de hacer los efectos especiales de Star Wars): le convenció para desarrollar el programa completo. Hermanos y socios, vendieron la licencia a Adobe Systems Incorporated en 1988.


De las capas a la IA. Photoshop 1.0 vería la luz en febrero de 1990 como un editor que requería solo 2MB de RAM y un procesador de 8 MHz para funcionar, las especificaciones mínimas para un Mac. Por poner en contexto: hoy Photoshop recomienda 16GB de RAM, 8.000 veces más. Incluía herramientas tan icónicas para sus usuarios y usuarias como el lazo o la varita mágica.
Pero si hubo un salto técnico que marcó la diferencia, esas fueron las utilísimas capas: llegaron en 1994 con Photoshop 3.0. Antes de las capas, el editor era destructivo: cada cambio sobreescribía la imagen original. Casi 20 años después, llegaría otro hito funcional: la llegada de la IA con Generative Fill, esto es, poder añadir o eliminar objetos con un prompt. Pese a la polémica sobre autoría y el futuro del retoque, sus números fueron incontestables: en abril del año pasado ya llevaba más de 22.000 millones de imágenes generadas desde su lanzamiento, según Adobe.
El arriesgado paso al modelo de suscripción. Antes de la peliaguda decisión de incluir la IA en su suite, Adobe hizo otro movimiento arriesgado: en 2013 y cuando todavía habíamos sucumbido en suscriptocracia, anunció que dejaría de vender su Photoshop en una licencia para siempre para pasar a alquilarlo. En ese momento casi 50.000 clientes firmaron una petición en contra de esta decisión y sus acciones cayeron un 12%. Otra vez, el tiempo y el bolsillo parece haberles dado la razón: han multiplicado por seis sus ingresos.
Portada | Universidad de Michigan
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En 1993 Microsoft creó la Encarta para revolucionar el conocimiento. Veinte años después sería arrasada por un maremoto
Tan popular se hizo, que su logo y el sonido de sus intros llegaron a ser dos marcas igual de identificables que las de Nokia o Windows. Si —como quien esto escribe— te tocó pasar por el colegio o el instituto entre la segunda mitad de los años 90 y la primera de los 2000, hablar de la Encarta no requiere grandes presentaciones.
Si no es así, no te preocupes; no nos llevará mucho tiempo. Antes de que Wikipedia ofreciese conocimiento online gratis e incluso de que el uso de Internet se popularizase, Microsoft lanzó una enciclopedia digital que revolucionó el sector y se convirtió en todo un fenómeno entre más o menos 1993 y 2009. Su nombre: Encarta.
Hoy, ironías de la historia, “Encarta” es una entrada más en el índice de otras enciclopedias; pero hubo un tiempo en el que transformó nuestra forma de acceder al conocimiento. De tener que dejarse las pestañas y las yemas recorriendo páginas a la caza de un dato, los estudiantes pasaron a buscar información a golpe de “click”. La Encarta ofrecía una forma ágil, cómoda y sobre todo didáctica de saciar la curiosidad.
Con artículos, sí; pero también con vídeos, audios e incluso visitas virtuales y juegos. Podías leer sobre templos nepalíes en la Salvat. O abrir la Encarta y “recorrer” uno.
Su “tirón” fue tan grande que puso en aprietos a las viejas enciclopedias de papel. Cuando se presentó la edición en español, a principios de 1997, sus responsables presumían de que el CD-ROM de la Encarta, un formato que podías guardar en un cajón o incluso en una carpeta, contenía información que equivalía a 29 tomos y 1,2 metros de estantería. No solo eso. La Encarta costaba 24.900 pesetas, cuatro veces menos que una enciclopedia equivalente impresa.
Para más inri, su aterrizaje en España estuvo amparado por Santillana, editorial con un peso considerable en las aulas de los colegios. ¿Cómo competir con eso? El producto gustó y encadenó ediciones, en español y otros idiomas. Le fue bien hasta que, con las mismas con las que se había convertido en un fenómeno, acabó sucumbiendo por la competencia. En cierto modo, su éxito se debe a su buen olfato en los 90; su ocaso, a la incapacidad para adaptarse en los 2000.
Esta es su historia.
Objetivo: reinventar las viejas enciclopedias
A mediados de la década de 1980 Microsoft empezó a darle vueltas a la idea de elaborar una enciclopedia digital. La idea era ambiciosa. Los de Redmond querían, ni más ni menos, que repensar el concepto y el funcionamiento de un producto en apariencia tan maduro y cerrado como los tomos que se dedicaban a vender los comerciales de las editoriales puerta por puerta.
Para estrenarse a lo grande, la multinacional intentó negociar una licencia con los artífices de la que probablemente era la publicación más respetada a nivel internacional: la Enciclopædia Britannica. No les salió bien.
En la década de 1980 los tomos en papel de Britannica se vendían y dejaban unos pingües beneficios. Como recuerda Enrique Dans, producir sus libros costaba unos 250 dólares y el precio de venta oscilaba entre los 1.500 y 2.200 dólares, en función de las calidades. ¿Por qué iba a querer la firma digitalizar contenidos en un CD y arriesgarse a matar a la gallina de los huevos de oro?
Microsoft no se dio por vencida y buscó formas de sacar adelante la idea. Incluso tenía un nombre para la iniciativa: Project Gandalf. Tiempo después cerraba un contrato con Funk & Wagnalls para utilizar su Nueva Enciclopedia, de 29 volúmenes, en una base de datos que se creó a finales de esa misma década. Para completar su contenidos, años después se le sumarían otras dos enciclopedias de McMillan, la Collier´s y New Merit Scholar. No eran la Britannica; pero tendría que valer.
En Redmond surgieron sin embargo dudas sobre si el proyecto era o no viable y decidieron aparcarlo. Se retomó con el cambio de década, en 1991, cuando Microsoft decidió ir a por todas. En 1993 lanzaba la primera edición de la bautizada como Enciclopedia Encarta, que incluía los 25.000 artículos de Funk & Wagnalls y material extra, como imágenes y algunas animaciones.
La herramienta era cómoda, mucho más ágil que los tomos kilométricos e incluso divertida, pero arrancó con un fallo garrafal: centro mal el tiro. A principios de los 90 había aún muchas casas sin PC y el precio de comercialización era privativo. Cuando salió, la Encarta costaba cerca de 400 dólares, lo que limitó mucho su alcance. El coste disuadía a los clientes y no se alejaba demasiado del de otro competidor que tanteaban el mismo nicho con una marca reconocible, Compton, que lanzó también su propia versión multimedia en 1990, con texto y apoyos como imágenes y sonidos.
En Redmond supieron reaccionar y al poco tiempo ya estaban desplegando una estrategia más agresiva. Lanzaron promociones que permitían hacerse con la Encarta por 99 dólares, incluyeron su CD con el paquete de software de Windows y negociaron con fabricantes para que la incorporasen en sus equipos, una táctica no muy distinta a la empleada con Windows y Office. La promoción de la propia Microsoft dio el empujón definitivo. La nueva enciclopedia ganó fama y empezó a encadenar ediciones, traducirse a diferentes idiomas y enriquecer contenidos con apoyos multimedia.
En 1995 se ofrecieron versiones abreviadas de algunos artículos para los suscriptores de ISP de Microsoft Network y a partir del 96 empezaron a sacarse ediciones estándar y de lujo, una versión enriquecida y que podía actualizarse mes a mes.
En 1998 sus creadores fueron un paso más allá y se hicieron con los derechos de varias enciclopedias electrónicas. El producto crecía y, sobre todo, demostraba que el sector estaba viviendo un claro cambio de paradigma. El mejor ejemplo: en 1996 la otrora poderosa compañía de Britannica acabó malvendiéndose por sus dificultades.
“Permite a grandes y pequeños explorar el mundo por temas y personajes”, presumían sus impulsores en el mercado español. Y así era, efectivamente. A golpe de artículos, fotos, ilustraciones, gráficos, mapas, cronologías, grabaciones, vídeos e incluso visitas virtuales, Encarta se ganó a una generación entera de estudiantes. Hasta que se estampó con una de las grandes e inexorables máximas del mercado: ¿Por qué pagar por un contenido si tienes una alternativa gratuita?
El mazazo de Wikipedia
Después de lanzar ediciones desde 1993, desarrollar versiones especiales dirigidas a niños, centradas en matemáticas o historia africana —entre otras— y enriquecer sus recursos con música, diccionarios, grabaciones, mapas, animaciones… Llegó a su ocaso. El motivo: otro cambio claro de los tiempos que, en esta ocasión, pilló a Microsoft con el pie cambiado.
En 2001 Jimmy Wales y Larry Sangers lanzaban la Wikipedia, una enciclopedia online colaborativa, didáctica y, lo más importante de todo, gratuita y de acceso muy sencillo a través de buscadores como Google.
Wikipedia tenía sus hándicaps, por supuesto. El principal —sobre todo en sus orígenes— era que el control de contenidos era mucho menos riguroso que el de la Encarta. En su pugna con Microsoft esa flaqueza no pareció afectarle demasiado. La nueva fórmula, totalmente abierta y que democratizaba tanto el acceso a los contenidos como su elaboración, acabó convenciendo al público y obligó a los de Redmond a replantearse su estrategia.
Su precio llegó a rebajarse a 29,95 dólares y a menudo se incluía en ofertas compartidas con otros productos. Al ver que ni una ni otra vías servían para mantener la marca, en abril 2005 Microsoft hizo un movimiento arriesgado.


En un intento por emular las fortalezas del modelo Wikipedia, los de Redmond solicitaron la colaboración de sus lectores. Su propuesta era que participasen en la actualización y creación de artículos, solo que con un modelo algo distinto al de la plataforma de Wales y Sangers. Para marcar distancias con Wikipedia se decidió que sus contenidos sí estarían supervisados a nivel editorial.
La medida podía suponer una garantía de rigor y calidad; pero en la práctica significaba que los autores que se prestaban a colaborar se arriesgaban a ver cómo sus textos acababan en el cajón. Eso sin contar con que el trabajo era gratuito y Microsoft una multinacional de facturación millonaria.
Aquello no funcionó, como tampoco lo hizo el abaratamiento del producto o los intentos por promocionar la marca. Otra estrategia sin grandes resultados fue la creación de la edición online de la Encarta en 2000, una versión nueva que inicialmente ofrecía un modelo freemium: ofrecía parte de sus contenidos gratis y obligaba a pagar por el CD o una paquete descargable si se quería completar con el resto del material.
Ni lo uno ni lo otro. En 2008 su edición inglesa sumaba la friolera de 68.000 artículos —43.000 en español—, una barbaridad si se compara con las enciclopedias de papel, pero nada cuando se tiene en cuenta los cerca de 300.000 de la Wikipedia española ese mismo año.
Resultado: en 2009 Microsoft asumió su derrota y arrojó la toalla. En marzo sus responsables avanzaban su intención de eliminar la web entre octubre y diciembre de ese mismo año. Los vientos de cambio que la habían favorecido en los 90 la hicieron naufragar en el siglo XXI. “La categoría tradicional de enciclopedias y de materiales de referencias ha cambiado”, lamentaba.
Quizás el mejor epitafio de su desaparición es el que le dedicó Bloomberg el 30 de marzo de 2009, cuando el redactor que escribió la crónica de su fin —titulada “Adiós, Encarta”— reconocía que había sacado la información sobre aquel viejo producto de Microsoft de… ¡La Wikipedia!
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La humanidad lleva años preguntándose cómo adaptarse al cambio climático. Los mayas ya lo consiguieron hace siglos
Más allá de su arquitectura, urbanismo y arte, hay un aspecto de la civilización maya que fascina a los arqueólogos: su ocaso. Con el tiempo los historiadores han comprendido que el declive no fue fulminante ni respondió a un único factor, más bien hubo una suma que incluyó cambios en las rutas comerciales, guerras y sobre todo una climatología adversa, con sequías severas y prolongadas.
Ahora sabemos algo más. Incluso durante las etapas del Clásico Terminal (800-1000 d.C.) y Posclásico (1000-1500 d.C.), mientras grandes núcleos urbanos sucumbían, hubo asentamientos que se adaptaron a los cambios del clima.
¿Qué ha pasado? Que un grupo de arqueólogos acaba de publicar un artículo en el que plasman sus años de investigación en un asentamiento maya localizado en ‘Birds of Paradise’, unos humedales situados al norte de Belice. El yacimiento en sí no es nuevo. Los científicos lo identificaron hace ya unos cuantos años con ayuda de LIDAR, una herramienta que está revolucionando la arqueología. Lo que sí resulta novedoso son las conclusiones que ha dejado su análisis.
El estudio está publicado en la revista PNAS (Proceedings of the National Academy of Science) y, entre otras cuestiones, concluye que el humedal ofrece información valiosa sobre cómo respondieron los mayas a los cambios sociales y ambientales con los que lidiaron durante dos etapas cruciales de su historia: el Clásico Terminal y Posclásico, un período que que va de los siglos IX al XVI.


¿Qué han averiguado? Como explican desde la Universidad de Nueva York (NYU), a la que pertenece la autora principal del estudio, una de las lecturas más interesantes que deja el yacimiento es hasta qué punto los mayas se adaptaron a los vaivenes del clima. Básicamente los investigadores han comprobado que en una época en la que grandes polos urbanos quedaban abandonados, presionados en parte por intensas sequías, hubo asentamientos mayas que lograron subsistir en los humedales. ¿Cómo? Por su capacidad para amoldarse al entorno.
¿Y cómo lo hicieron? Aprovechando los medios que tenían a mano. “Los humedales proporcionaban recursos para la caza y la pesca a las poblaciones antiguas, además de servir como refugio en períodos de sequía y convulsiones sociales”, explican desde la NYU. El entorno les abastecía de algo más, igual o incluso más valioso para sus asentamientos: materiales de construcción.
El yacimiento en cuestión que han analizado en Belice incluye de hecho ocho montículos de tierra que pudieron servir de base para levantar edificios y una gran plataforma elevada de piedra caliza. Los expertos rescataron también postes de madera, restos animales y artefactos cerámicos, pistas que nos hablan de cómo la vida siguió mientras decaían otros núcleos urbanos cercanos.
¿Qué dicen los expertos? “En conjunto estos hallazgos revelan una comunidad altamente adaptable con herramientas, alimentos y materiales de construcción diversos. Nos muestra que las comunidades mayas podían cambiar de hábitat y sobrevivir a climas extremos”, explica Timothy Beach, profesor de la Universidad de Texas en Austin, quien reconoce no obstante que “desconocemos todavía el tamaño de esta población de humedales y su funcionamiento”.
Ahora los arqueólogos aspiran a ir un paso más allá. “Nuestros próximos movimientos incluyen ampliar las excavaciones para entender cómo construían los mayas con maderas poco convencionales, cómo se alimentaban y cómo este asentamiento se integraba en una región que sufría un abandono generalizado”.


¿Por qué es importante? Por la época histórica de la que hablamos. En su artículo los investigadores aseguran que el yacimiento de Belice demuestra la capacidad de los antiguos mayas de amoldarse a “los profundos desafíos” que les tocó vivir a partir del siglo IX d.C. A modo de referencia, un equipo liderado por la Universidad de Cambridge descubrió hace no mucho que entre el 871 y 1021 se sucedieron ocho sequías persistentes, de al menos tres años, en la península del Yucatán. La peor de todas se prolongó de hecho más de una década.
Los científico llegaron a esa conclusión tras analizar una estalagmita de una cueva del Yucatán. Y, más allá de lo espectacular que pueda resultar, el dato es interesante porque nos habla de los desafíos que afrontaron los mayas durante el Clásico Terminal (800-1000 d.C.), cuando las ciudades de piedra caliza del sur se abandonaron, las dinastías decayeron y la civilización se desplazó hacia el norte, perdiendo de paso parte de su poder político y económico en el área.
¿Hay más conclusiones? “Mientras los grandes centros urbanos de las regiones mayas sucumbían a factores socioambientales interconectados, las comunidades del complejo Birds of Paradise persistieron durante esa transición mediante la construcción de una serie de estructuras elevadas de tierra, piedra y madera con acceso directo a los abundantes recursos y la conectividad que ofrecía el sistema de humedales ribereños”, se lee en el artículo publicado en PNAS.
“Proporciona evidencia de poblaciones persistentes entre la Región Interior Elevada y las regiones costeras durante el Clásico Terminal al Posclásico. Si bien los centros urbanos de las tierras altas cercanas se abandonaron, esta población continuó enfatizando la agricultura de humedales y proporciona nuestra mejor evidencia de otras estrategias de subsistencia, como la pesca y la recolección de otras proteínas, reflejadas en el conjunto de fauna”, añaden los investigadores.
¿Qué excavaron? Esa es otra de las sorpresas que deja el estudio. Los arqueólogos descubrieron lo que la NYU describe como “la mayor colección de madera arquitectónica” localizada tierra adentro, además de artefactos que ayudan a los historiadores a comprender el día a día en los humedales.
Quizás parezca una cuestión menor, pero no es habitual encontrar restos de madera en yacimientos mayas. Al contrario. Su propia naturaleza hace que se degraden en ambientes tropicales. En Belice los expertos han descubierto “una oportunidad única” que les permite comprender mejor cómo construían los antiguos mayas, qué tipos de madera empleaban y cómo usaban cada una.
¿Tan infrecuente es? La mayoría de vestigios mayas de madera que se conservan son figurillas, lanzas y cajas que se recuperaron sobre todo en cuevas de Belice a comienzos del siglo XX. También se han encontrado restos en zonas montañosas y salinas al sur del país. Los nuevos hallazgos van más allá.
“Desafía la creencia arraigada de que yacimientos como este no podrían sobrevivir en los trópicos americanos y sugiere que podríamos estar pasando por alto lugares similares”, admite Lara Sánchez-Morales, profesora de antropología en la Universidad de Nueva York. “Nos recuerda que el registro arqueológico de estos entornos es más rico de lo que creíamos y nos anima a replantearnos cómo buscamos e interpretamos los asentamientos en los trópicos americanos”.
Imágenes | Wikipedia, NYU y NYU-Lara Sánchez Morales
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