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De portaaviones estrella de la Armada española a ser un montón de chatarra. La historia del Príncipe de Asturias
Hay quien pone en duda la utilidad de un portaaviones, pero lo cierto es que las principales potencias están como locas con sus nuevos buques. China tiene su flamante Fujian, India tiene el Vikrant, Estados Unidos el John F. Kennedy y hasta Japón tiene su primer portaaviones desde la Segunda Guerra Mundial. España cuenta con el Juan Carlos Primero, pero durante casi 25 años, el estandarte de la Armada fue el Príncipe de Asturias.
Hoy, el que una vez fue la punta de lanza de la Armada, no es más que una chatarra que nadie quiso. Ni siquiera a precio de saldo.
El Príncipe de Asturias. Durante la década de 1970, la Armada de Estados Unidos conceptualizó un pequeño portaaviones de escolta con capacidad para proporcionar apoyo aéreo a los convoyes. Su principal labor era el llevar a cabo operaciones de guerra antisubmarina contra la Unión Soviética, pero con un costo de 630 millones de dólares actuales, el proyecto se canceló debido a recortes presupuestarios. Su nombre iba a ser Sea Control Ship, o SCS.
Los planos no quedaron en el limbo, ya que España, que buscaba desarrollar un portaaviones “económico”, se hizo con ellos. Su idea era crear un nuevo portaaviones para sustituir al veterano Dédalo y, tras algunos retrasos, cambios en el modelo y problemas en el desarrollo, tras 105.000 millones de pesetas invertidos —unos 631 millones de euros—, el buque se asignó a la Armada en 1988.
Ski-jump que podía con todo. El Príncipe de Asturias fue construido en Ferrol por Nacional Bazán —Navantia en la actualidad— y, aunque estaba construido basándose en los planos del SCS estadounidense, desde Navantia defendieron que era un buque español. “Lo que recibimos de Estados Unidos fue un anteproyecto, una idea conceptual del barco, por lo que el desarrollo es básicamente español”, comentaron desde Navantia.

Boceto del SCS

El Príncipe de Asturias
Realmente, así era. Justo sobre estas líneas podemos ver un diseño conceptual del SCS al lado del Príncipe de Asturias. Hay elementos que difieren y, aunque son similares en prestaciones, al portaaviones español se le agregó una ski-jump, la clásica rampa de esquí que tenían los portaaviones ‘cortos’ antes de adoptar el sistema de propulsión electromagnética. El buque tenía 196 metros de eslora, 24,3 de manga y un peso de 17.200 toneladas a plena carga.
Gran capacidad. Era el barco más grande de la Armada hasta que el Juan Carlos I entró en servicio y tenía capacidad para naves STOL, STOVL y VTOL. En total, podía cargar 29 naves (12 en la cubierta y otros 17 en el hangar) y su dotación habitual fue de unos 12 AV-8 Harrier II, 12 helicópteros y aviones radar de alerta temprana. Desde 1988 hasta 2012, el Príncipe de Asturias participó en conflictos como la primera guerra del Golfo, pero llegó un momento en el que la Armada decidió aparcarlo.

El portaaviones en Ferrol, esperando el traslado a Turquía
El mantenimiento es una ruina. La idea era que el portaaviones retomara sus actividades en un futuro, pero había un problema: el mantenimiento era carísimo. Se estima que se debían invertir 30 millones de euros en su mantenimiento anual y había que modernizar algunos sistemas y poner a punto su célula de habitabilidad. Ya se habían invertido más de 3,6 millones de euros para mejorar las salas de descanso, ocio, aseos y camarotes, pero no fue suficiente.
El costo del nuevo proyecto de puesta a punto habría sido de unos 100 millones de euros, algo que era inasumible en plena crisis económica. Estaba obsoleto y se tomó la decisión de desmantelarlo en Ferrol (algo que no estuvo exento de polémica). Sin embargo, había una última esperanza para el icónico portaaviones.
A precio de saldo. Atracado desde febrero de 2013 en los astilleros de Ferrol, el Ministerio de Defensa decidió en diciembre de 2015 sacar a subasta el Príncipe de Asturias. El precio de partida fue de 4,8 millones de euros y había una clara hoja de ruta: si en cuatro subastas no se le daba salida (cada una con un precio un 15% inferior a la anterior), se desguazaría para siempre. Nadie pujó. Tampoco en las tres siguientes, donde ningún país quiso apoquinar los 2,9 millones a los que llegó.
La subasta se declaró nula, pero apareció la empresa española Surus Inversa y su socio turco Leyal para ofrecer 2,7 millones. La idea no era reflotar el navío, sino desguazarlo y revender el metal reutilizable como chatarra.
Muerte en Turquía. Así, el flamante portaaviones español, emprendió en agosto de 2017 su último viaje, destino el puerto de Aliaga. A este importante astillero turco es al que cientos de barcos, de cualquier clase, van a morir. Ya hemos hablado de cómo trabajan y de las polémicas de Aliaga, pero al margen de esto, lo que Surus y Leyal querían conseguir eran los 8,5 millones de kilos de metal reutilizable, de los cuales más de seis millones eran acero.
En 2018 desguazaron el navío, terminando así con la historia de un buque español histórico para la Armada, que fue escenario de la película NAVY Seals y que tiene un hermano casi gemelo: el Chakri Naruebet, el primer y único portaaviones de Tailandia que se construyó en Ferrol siguiendo los diseños del Príncipe de Asturias.
Imágenes | Raymond H. Turner II, Oilisab, Felix Stember, U.S. Navy
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el deporte se ha disfrazado de terapia para cobrarte más dinero
Hubo un tiempo en que los gimnasios olían a linimento y hierro oxidado. El éxito se medía en gritos guturales y camisetas empapadas bajo el lema militar del no pain, no gain. Esa era ha muerto. Si entras hoy en un estudio de moda, olerás a incienso y verás colores pastel. La industria ha entendido que para captar a las masas debía dejar de vender agotamiento y empezar a vender “conexión”.
Según explican desde las revistas de tendencias, hemos entrado en la era de la Strong Elegance. Este nuevo concepto, lejos de ser una marca, es definido como una evolución natural de entrenar “mejor, no más”. El objetivo ya no es destruir el músculo, sino “conectar con tu cuerpo” a través de la suavidad y la técnica.
Es el nacimiento del Cozy Fitness o entrenamiento amable. Sin embargo, detrás de esta fachada de calma zen, las proyecciones económicas son vertiginosas. Se estima que el mercado global de estudios de Pilates y Yoga alcanzará los 520.610 millones de dólares para 2035, impulsado por una población que valora la salud mental por encima de la apariencia física bruta.
La redefinición del esfuerzo
El cambio de paradigma no es casual; responde a una demanda post-pandémica de salud mental. Según un informe de Les Mills, el 99% de los encuestados afirma sentirse “más feliz” después de entrenar, y un 42% prioriza el ejercicio específicamente para mejorar su bienestar mental. Esto ha provocado que disciplinas de bajo impacto, como el Pilates, sean la clase más reservada por segundo año consecutivo.
Pero no nos engañemos pensando que “suave” significa “fácil”. Medios especializados advierten que disciplinas como el barre (una fusión de ballet, pilates y yoga) generan una sobrecarga metabólica y mecánica real. Al trabajar con isometría y llevar el músculo a la fatiga sin grandes pesos, se consigue fuerza y mejora postural.


Aquí es donde la narrativa se vuelve perversa. Bajo la promesa de “liberación” y “autocuidado”, la industria ha mercantilizado la gestión del yo. Un análisis académico profundo sobre las dimensiones filosóficas de las ciencias médicas sugiere que el fitness moderno es un subproducto de la ideología neoliberal. Se nos inculca la noción del “yo emprendedor”: la salud y la estética se convierten en una responsabilidad individual de éxito o fracaso. El bienestar se vende como una mercancía, y el individuo se ve obligado a la “auto-optimización” constante. Si no estás sano y radiante, es porque no estás gestionando bien tu “empresa” corporal.
Esta presión se manifiesta en nuevas obsesiones como el Protein Chic. Hemos pasado de comer por necesidad a consumir productos enriquecidos con proteínas (incluso palomitas o agua) como símbolo de estatus. El batido de proteínas se ha convertido en un ritual religioso, una herramienta para sentir que hemos “cumplido” con el mandato de productividad física.
Además, el deporte se ha transformado en un filtro de clase. Competiciones de moda como Hyrox, que combinan carrera y ejercicios funcionales, se han convertido en una exhibición de lifestyle donde pagas una inscripción elevada (cerca de 70 euros) para demostrar que puedes permitirte sufrir de forma cool y gamificada.
Los motores del cambio: soledad, identidad y moda
Para entender cómo hemos llegado a este punto, hay que mirar quién está llenando las salas. La Generación Z ha convertido el gimnasio en su nuevo bar, buscando desesperadamente una tribu en lugar de máquinas frías. Un informe de 2025 revela que el 36% de los jóvenes acude regularmente a estos centros, no solo por el físico, sino para combatir la soledad y encontrar comunidad. Su prioridad es la pertenencia, lo que explica el éxodo masivo hacia las clases grupales frente al entrenamiento solitario.
Las grandes cadenas han leído esta necesidad emocional a la perfección y han virado su modelo de negocio: ya no venden una hora de ejercicio, venden identidad. El éxito de marcas como Brooklyn Fitboxing, que prevé facturar 50 millones de euros, se basa en gamificar esa comunidad. Del mismo modo, Club Pilates ha disparado sus ingresos un 60% en España al enfocarse en la “calidad operativa” y vender la sensación de pertenecer a un club selecto y exclusivo.
Esta obsesión estética lo ha impregnado todo, incluso la tecnología, que ha abandonado el plástico tosco para disfrazarse de alta joyería o hacerse invisible. El “minimalismo tecnológico” es la nueva norma: pulseras como la Xiaomi Smart Band 10 se lanzan ahora con correas de cerámica para llevarse como collares de moda, mientras que dispositivos como los anillos inteligentes o los sensores de Whoop apuestan por la “monitorización silenciosa”. Es el triunfo del dato constante pero discreto: la obsesión por medir el cuerpo 24/7 sin parecer un cíborg.
Hacia dónde vamos: De la estética a la biología
El futuro inmediato de la industria profundiza en esta sofisticación. Las tendencias para 2026 apuntan a la ‘Body Literacy’ (alfabetización corporal): según Elle, los usuarios ya no quieren recetas genéricas, sino entender su propia biología, hormonas y respuesta al estrés. Se pasa del “bio-hacking” agresivo a una comprensión personalizada y clínica.
En España, el mercado entra en una fase de consolidación. Según los informes de consultoras como BDO, los grandes operadores dejarán de abrir centros indiscriminadamente para centrarse en aumentar el ingreso medio por cliente (upselling) y ofrecer servicios familiares integrales. El gimnasio quiere ser el centro de la vida social de toda la familia.
Sin embargo, hay grietas en este mundo perfecto de colores pastel. Mientras el sector premium habla de conectar el alma, el segmento low cost sigue siendo una batalla de precios y eficiencia, recordándonos que el “bienestar espiritual” sigue siendo, en gran parte, un lujo económico.
Incluso la tecnología muestra signos de agotamiento. Analistas tecnológicos señalan que dispositivos como el Apple Watch parecen haber tocado techo en lo deportivo. Se han convertido en excelentes “animadores” de bienestar (Wellness), pero carecen de la profundidad técnica de un entrenador real, quedándose en la superficie de la motivación con voces sintéticas que te felicitan por cerrar anillos.
Como resume Ale Llosa, fundadora de uno de estos nuevos métodos de éxito, en Vogue: “Lo soft está de moda, pero sin fuerza no hay resiliencia”. La duda que nos queda, al cerrar la taquilla del vestuario, es si esta nueva era del fitness nos está haciendo realmente más libres y fuertes, o si simplemente nos ha construido una jaula más bonita, acolchada y cara para seguir produciendo.
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los bloqueadores de anuncios siguen ahí
Cuando en junio de 2024 Google empezó con la transición a Manifest v3, una posibilidad surgía en el horizonte: la desaparición de los bloqueadores de anuncios. La empresa con sede en Mountain View promocionaba esta arquitectura como más segura y eficiente, pero en el camino limitaba la efectividad de los adblockers. No obstante, tendría sentido: el principal negocio de Google es la publicidad.
Funciona hasta mejor bloqueando anuncios. Un estudio independiente de la Universidad Goethe de Frankfurt ha desvelado que, al contrario de lo que se pensaba al principio, la nueva arquitectura de Chrome no reduce la eficacia de las extensiones de bloqueo de anuncios y privacidad. No hay una reducción estadísticamente significativa en el bloqueo de publicidad. Resumiendo, que el rendimiento de la arquitectura MV3 de Chrome es más o menos similar al MV2. Pero es que además conlleva ventajas en la fluidez y en el bloqueo de trackers.
Por qué es importante. Para empezar, porque este hallazgo es independiente: no es una nota de prensa de Google, que tiene un evidente conflicto de intereses, sino un estudio académico revisado por Proceedings on Privacy Enhancing Technologies. Además, porque desmiente que MV3 sea una herramienta diseñada exclusivsamente para proteger el modelo de negocio publicitario de Google inutilizando los adblockers.
Finalmente, deja la pelota en el tejado de usuarios y usuarias: la diferencia entre usar un bloqueador en Chrome o en Firefox es apenas inperceptible, así que si este es un criterio diferencial, en este sentido hay prácticamente igualdad de condiciones.
Cómo funcionaban Manifest V3 y V2. El antiguo estándar permitía a las extensiones detener el tráfico de red, examinarlo y decidir si bloquearlo o no en tiempo real. Era potente, pero podía ralentizar la navegación y una extensión perniciosa podía leer todo tu tráfico. El nuevo estándar ya no intercepta el tráfico directamente, sino que le otorga al navegador una lista de reglas y es Chrome quien ejecuta el bloqueo, lo que conlleva mejoras en el rendimiento y la privacidad (frente a terceros), pero resta flexibilidad.
Los trucos para la supervivencia. Pasar de pedir permiso a dar una lista de reglas parecía al principio un hándicap y sin embargo, los bloqueadores han salido fortalecidos en el global por tres razones:
- La capacidad de adaptación de las extensiones de bloqueo (en realidad, del equipo de devs que hay detrás), traduciendo sus filtros complejos al formato requerido por Google sin perder efectividad.
- Los bloqueadores son el cerebro y el navegador el brazo ejecutor: ahora es el navegador el que hace el trabajo sucio de procesamiento, lo que se traduce en una ejecución de bloqueos de anuncios más rápida y fluida.
- Las nuevas reglas son más estrictas con los espías. El estudio descubrió que MV3 bloquea incluso mejor esos scripts que intentan recolectar datos en segundo plano. Ahora el sistema es más rígido y eso en términos de seguridad lo hace más difícil de burlar.
Pero no es perfecto. Sin embargo, el estudio señala la letra pequeña de este cambio, como el límite de reglas que MV3 impone, o la falta de dinamismo a la hora de actualizar su libro de reglas. Asimismo y aunque es fluido bloqueando anuncios, no midieron si carga las webs más rápido que MV2. Por otro lado cabe recordar que esta es una foto del hoy y que Google tiene potestad de modificar las limitaciones de la API modificando así estos resultados.
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La carrera más salvaje en las pistas olímpicas de Cortina fue en 1981. Un hombre se lanzó esquivando balas y asesinos en motocicleta
Hay lugares que parecen tranquilos hasta que alguien decide llevarlos más allá de lo razonable. Escenarios concebidos para la precisión y la disciplina que acaban convertidos, por una combinación de ambición y audacia, en el marco de gestas que rozan lo imposible y dejan una huella difícil de borrar. Las pistas de Cortina, en Italia, han visto todo tipo de proezas deportivas, pero pocas como la ocurrida en 1981.
Regreso con aroma a cine. Cuando los Juegos de Invierno regresan a Cortina d’Ampezzo, las pistas no solo recuperan su historia deportiva, sino también una de las secuencias más desbocadas y brutales jamás rodadas en la nieve.
La escena en cuestión convirtió a estas montañas en escenario de persecuciones imposibles, disparos adrenalínicos en pleno descenso y saltos suicidas que quedaron grabados en la memoria colectiva mucho antes de volver a estar en el centro del calendario olímpico, o incluso de que el mismísimo Tom Cruise amplificara la escena en su saga de Misión Imposible.
La persecución más salvaje. La historia tuvo lugar en el año 1981, durante el rodaje de For Your Eyes Only que llevó al mismísimo James Bond (entonces interpretado por Roger Moore) a huir esquiando de asesinos armados, motocicletas e incluso un biatleta que le disparaba mientras descendía a toda velocidad.
De hecho, la brutal secuencia culminó con una maniobra tan absurda como legendaria: deslizarse por una pista olímpica de bobsleigh a más de 80 kilómetros por hora y salir despedido al vacío como si fuera una rampa. Era una escena extrema incluso para la saga, que llegaba de enviar al agente al espacio, pero que encontró en los Alpes italianos un nuevo límite para su fórmula de peligro constante.
Seis semanas al borde del desastre. La secuencia en cuestión exigió más de un mes de rodaje, conductores expertos heredados de The Italian Job, cables de piano, cámaras montadas sobre bobsleighs y nieve transportada en camiones en plena sequía.
No solo eso. El equipo siguió adelante pese a lesiones del propio Roger Moore, bobsleighs incendiados y un nivel de riesgo tan extremo que obligaba a revisar cada tornillo de las cámaras antes de lanzarse por el hielo.


Bogner y los hombres que sí sabían esquiar. Detrás de la cámara estaba Willy Bogner Jr., exolímpico y pionero de la filmación de esquí, quien decidió rodar la acción hacia atrás y diseñó esquís de doble punta para sobrevivir al reto.
A su alrededor, especialistas como John Eaves, campeón mundial de esquí acrobático, aprendieron a descender las pistas de bobsleigh una y otra vez, mientras algunos actores luchaban simplemente por mantenerse en pie sobre los esquís.
Cortina, especialistas y memoria. Otro de los nombres clave estuvo en la figura de Giovanni Dibona, especialista local reclutado para probar si era posible entrar y salir del canal de hielo esquiando, una hazaña que definió toda la secuencia final.
Décadas después, contaba el Wall Street Journal que Dibona apenas recuerda por qué perseguían a Bond, pero sí el esfuerzo titánico que supuso rodar en aquellas condiciones, una experiencia que le hizo comprender que el cine de acción no era muy distinto del deporte extremo.
Entre el glamour y la tragedia. Plus: el rodaje estuvo marcado también por la muerte. Durante una pausa por el campeonato mundial de bobsleigh de 1981, un atleta estadounidense falleció en competición y, en el último día de filmación, un joven especialista italiano murió al volcar su trineo.
Todo ello contrastó con el estreno glamuroso del filme, una puesta de largo por todo lo alto al que acudieron el entonces príncipe Carlos y Diana de Gales.
Bond se bajó de los esquís, Cortina no. Lo cierto es que, con el paso de los años, el personaje de James Bond dejó atrás la nieve para otros menesteres como colgarse de trenes y helicópteros, pero Cortina siguió siendo un templo del vértigo, uno compartido por cine y deporte.
Allí, quienes vivieron aquel rodaje saben que las películas de Bond y los Juegos Olímpicos tienen algo esencial en común: ambos parecen elegantes desde fuera, pero esconden una dureza que solo entienden quienes se han lanzado alguna vez cuesta abajo (o arriba) sin red.
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