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Lecciones para canallas: Una película de estafadores a la mexicana

Lecciones para canallas es una película atípica. Es una comedia pero no lo parece, es un thriller pero no lo parece, es una película sobre la construcción del vínculo paterno filial y es una película de estafadores, aunque no del todo típica y, al mismo tiempo, con el andamiaje de los clásicos setenteros estadounidenses en su fondo y forma.
El opus número tres de Gustavo Moheno es, como las críticas que por muchos años nos obsequió el hoy cineasta en medios como este, una amalgama de referencias cinéfilas que ni pesan ni estorban, pero cómo enriquecen. “Ahí están para quien las pesque, pero para quien no, tampoco hace falta”, me dice el propio Moheno una tarde en un cine de Polanco.
“El rollo era hacer una película de estafadores que no fuera tampoco una apología de la estafa porque de por sí somos una nación bastante corrupta, por más que lo niegue el señor presidente”, añade.

El cuento moral de Moheno
Lecciones para canallas sigue a Jenny (la experimentada veinteañera Danae Reynaud), una chica cuya madre muere mientras vacacionan juntas. Sin proponérselo, Jenny encuentra pistas de su padre ausente, a quien busca una vez que viaja a la Ciudad de México para matricularse en la universidad. Y da con él. Un hombre conocido en los bajos fondos del Centro Histórico capitalino como Barry, el Sucio (Joaquín Cosío). Se trata de estafador de poca monta que vive con la fría y sexi Marisela (Diana Bovio).
Moheno, cuyos créditos incluyen Eddie Reynolds y los Ángeles de Acero, buscó un centro moral a partir de la historia de una estafa que, como en El golpe (1973), de George Roy Hill, resultara inesperada.
No buscaba el circo de aquella, comenta Gustavo, sino un anclaje a la realidad “que te pudieras creer y que al final también hubiera esta lección moral, sin tampoco regañar a nadie, sino dar una reflexión sobre qué es lo importante en la vida”.

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De ese modo confrontó a padre e hija. “Para Barry el dinero lo resuelve todo, es lo que mueve al mundo. Y te encuentras con otro personaje que es casi ingenuo, pero que viene finalmente a recordarnos, aunque suene cursi, que lo importante es el amor y las relaciones con los demás”, reflexiona el cineasta. “Eso era responder y confrontar esos dos puntos, porque ambos tienen razón de alguna manera, creo yo”.
En una época donde la descalificación está a la orden del día, Moheno, quien escribió Lecciones para canallas junto con Ángel Pulido antes del estallido del #MeToo, no buscó ser políticamente correcto.
“Hubo cosas a las que obviamente le bajamos el tono, pero al final dijimos: este es un mundo que es así, en el que no nos vamos a poner políticamente correctos”, explica. “Se hubiera perdido la esencia y además, creo que las actitudes machistas que a lo mejor puedes ver en los personajes su finalidad es un teatro. No es que eso lo justifique, pero hay un sentido. O sea, Barry y Marisela siempre están actuando, no acabas de conocerlos realmente como son. Entonces, dentro de ese teatro la película tiene una reflexión y un centro moral. No es ni una apología del delito ni es machista, se presentan las cosas como son y te invita también a que reflexiones sobre eso”.
Superando expectativas
La película, dice Joaquín Cosío unos días después en una conversación remota, tiene “un guion muy bien confeccionado. El guion sin duda es el primer guiño que un actor tiene en un proyecto. Digo, lees un guion y ahí, de alguna manera, puedes darte cuenta qué andas buscando. Me parece que el guion, sobre todo los diálogos, estaban construidos con mucha naturalidad y con mucha fluidez. Es decir, había una historia que se estaba contando”.
El actor, a quien aún se le recuerda por su papel de El cochiloco en El infierno, enfatiza:
“Y si el guion ya tenía esa capacidad de mostrarte una historia, pues puedes pensar que la película, la realización, podrá ser superior, podrá ser mejor. En mi caso, creo que la película superó mis expectativas completamente”.
Gustavo siempre pensó en Joaquín para interpretar a Barry. Y cuando al actor se le abrió una ventana de oportunidad para filmar en el verano de 2019, entre la serie Gentefied y la película El escuadrón suicida, aprovechó para trabajar en locaciones de Ciudad de México y Puerto Vallarta, enfatizando en el carácter agrestemente contradictorio de la primera y ponderando el lujo en la segunda.

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Moheno eligió a Danae Reynaud, a quien considera una de las actrices jóvenes más importantes de México, por el gran casting que hizo. Además, se decidió por Diana Bovio por la amplitud de sus registros actorales.
Danae, cuyo primer crédito como actriz se remonta a 2008, calificó como una gran experiencia trabajar con Moheno; el cinefotógrafo Serguei Saldívar Tanaka y el guionista Ángel Pulido.
“Son personas muy cinéfilas, amantes del lenguaje cinematográfico, de las estructuras de guion… Les importa cómo se ve, cómo se cuenta y cómo se narra una historia”, asevera Reynaud.
A Bovio le interesó que la historia, dijo en el mismo enlace que sus compañeros, fuera de “un género que casi no se ha hecho en México… Y mi personaje se aleja de todo lo que he hecho antes, así que me interesaba que la gente viera otra faceta de mi trabajo”.
Comedia y motivaciones
Lo más difícil de todo, dice Joaquín Cosío, es el tono de comedia. “El tono es complejo porque hay que ser de alguna manera naturales, verosímiles y divertidos. Todo eso sin estar haciendo chistes, sin estar buscando el efecto, sin estar buscando el accidente hilarante. Entonces, conseguir el tono de relajación y conseguir ser divertido es tal vez el principal reto de la película”.
Diana Bovio profundiza: “No era hacerse el chistoso o no tenían tantos chistes escritos. Eso para mí fue un reto porque estoy acostumbrada a hacer personajes mucho más estereotípicos y en los que los chistes están muy claros en el guion. Acá el humor era más la situación y lo patéticos que de pronto podían ser los personajes. Es un esfuerzo hacer comedia de esa manera, es mucho más intenso y te tienes que ir mucho más hacia el fondo y a la humanidad del personaje, para que se sienta esa cosa patética y provoque risa. Son personajes bastante complejos, no es una comedia sencilla de hacer”.
Danae coincide en que el tono era difícil: “sobre todo porque mi personaje no es tan cómico, creo que al revés: es como la espectadora de estas energías tan arrolladoras, como diría Barry. Eso era lo complicado, como también ver dónde estaba lo solemne, qué tanto peso darle a la tragedia de Jenny sin que manche el tono de la película”.
Y también le pareció difícil conseguir retratar la sorpresa en una historia cuyo desenlace ya conocía.

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“Es una cuestión de vocación”, dice Joaquín sobre la actuación. “Esto no significa que piense en actuar bien o mal, sino simplemente en actuar, y es una cuestión de necesidad simplemente. Independientemente de que no sabría hacer otra cosa, es algo que de alguna manera buscas para poderte realizar. Es un acto de realización al menos en mi caso”.
En el caso de Diana, su motivación “es como regresar a lo más simple. Me he cachado en mis últimos proyectos sintiéndome como una niña de 8 años jugando a ser un personaje. Me llena un sentimiento de emoción y felicidad, de decir: ‘no puede ser que este sea mi trabajo’. Y creo que eso me mantiene porque tenemos que ser honestos, la industria, como cualquier otra industria, es complicada, es difícil. Te topas de pronto con gente difícil de trabajar, de pronto con gente que se vuelven tus mejores amigos. Entonces, hay de todo. Esta vocación, este amor por lo que hacemos, tiene que encontrar anclajes. Esos momentos de regresar a lo más simple, a jugar a ser un personaje y disfrutarlo, me mantienen todavía con mucha fe y amor”.
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La película Lecciones para canallas ya está disponible en cines de México.
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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