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Mujeres del alba habla de la fuerza que mantiene a los pueblos vivos: Jimena Montemayor

En una pequeña casa de la sierra, una madre y sus hijos se esconden bajo la mesa. Dos niñas y un niño sonríen mientras se acuclillan porque todo parece un juego misterioso. “Vamos a comer en silencio”, les indica la mujer. Los soldados golpean la puerta. Gritan que están buscando a Salvador Gaytán y vuelven a golpear. Se asoman por la ventana y por cualquier agujero que pueda darles un vistazo al espacio privado. Para cuando los invasores se cansan, a las caritas risueñas ya se les ha borrado la sonrisa. La madre intenta calmarles: “Ya se fueron. Por hoy ya no regresan”, les dice.
La escena pertenece a Mujeres del alba, la película más reciente de la cineasta mexicana Jimena Montemayor (Restos de viento), que explora los sucesos alrededor del asalto al cuartel militar de ciudad Madera, en Chihuahua. Cansados de los despojos y abusos de las compañías madereras y de la complicidad de las autoridades, un grupo de estudiantes, maestros y líderes campesinos se rebelaron y tomaron las armas contra la instalación de las fuerzas armadas el 23 de septiembre de 1965. Aunque finalmente tuvieron que replegarse, el evento fue considerado la primera acción de la guerrilla contemporánea mexicana. Después del asalto, las familias de los guerrilleros fueron asediadas por el ejército, quienes buscaban a los sobrevivientes en la sierra. El tercer largometraje de ficción de la directora aborda la guerrilla pero se concentra en la perspectiva de las mujeres: las madres, hijas y allegadas de los sublevados, quienes debían mantener la cotidianidad mientras luchaban desde su propios frentes.

“La película habla de toda esta otra fuerza que se necesita para mantener a las comunidades, a los pueblos vivos, a nivel espiritual y practico”, nos comenta la directora. “Todos estos hombres que se van a pelear tienen familias y pertenecen a comunidades. Ellos pueden hacer eso porque hay alguien que se encarga de sostener todo lo otro y también apoyar a la causa desde otros lados, desde el espionaje, hasta pasar información, el contener, los cuidados”.
La cinta presenta una historia coral, liderada por las actrices Myriam Bravo, Valeria Torres, Shaula Ponce, Chantal Frías, Catalina López y Berenice Mastretta. Sus personajes resisten las constantes interrogaciones de los soldados, reciben las noticias, pasan información, escuchan lo que se dice de sus hijos o padres en los medios de comunicación.
“Cuando los hombres se van a los conflictos, las comunidades sobreviven, cuando las mujeres se van, la comunidades se pierden. Dejan de existir», reflexiona Jimena. «Hay esta desvalorización sobre la labor de contener a pueblos, que nunca se ve. Ellas también politizaban estos pequeños espacios privados. Pequeños y a la vez inmensos, porque es ahí donde sucede la vida”.

Desprenderse de la historia
Para la cineasta, Mujeres del alba representa también una promesa cumplida. Está basada en la última novela de su padre, el escritor Carlos Montemayor, quien buscó en vida la oportunidad de llevar varios de sus libros a la pantalla grande; sin embargo, la política en ellos hacía difícil concretar el financiamiento. “Cuando me estaba titulando y se cayó uno de sus proyectos yo le dije: ‘No te preocupes, papá, tienes una hija cineasta. Yo voy a hacer una de tus novelas’. Y hasta que leí esta dije: ok, esta es una que me habla más y que puedo hacer”, nos comparte Jimena.
La novela Mujeres del alba representó la segunda vez que el escritor abordó los sucesos en torno al asalto del cuartel en Madera. Antes había publicado Las armas del alba, que se centraba en los guerrilleros y que fue adaptada al cine en 2013 por el director José Luis Urquieta. “Cuando [mi papá] presenta la primera novela llegó todo este grupo de mujeres a decirle: ¿y nosotras qué? ¿tú crees que nosotras no fuimos parte? ¿dónde estamos en esta historia?. Y el dijo: no, es que viene el siguiente libro, que es el de ustedes. Por eso la escribe”, cuenta Jimena con una sonrisa.

¿Cómo adaptar una novela escrita por un ser querido? De acuerdo con la cineasta, el proceso de escritura de la película requirió encontrar una historia propia: desprenderse de la narración de su padre.
“Ese momento de perderle el respeto a la escritura de mi padre fue muy importante”, comenta. “La aproximación fue al libro primero y luego escuché entrevistas que él tenía y que le había hecho a algunas de estas mujeres. Luego me tocó poder entrevistar en vida y en vivo a tres de las mujeres de la historia y ahí ellas me decían: es que esto no pasó así, esto lo ficcionó. Entender el proceso de él fue desprenderme de su historia. Luego fue conocer lo que pasó y también desprenderme de la historia de ellas para poder hacerlo cinematográfico. La memoria es… a veces tendemos a idealizar los recuerdos. A la distancia podemos decir algo, pero, ¿qué sentiste cuando tenías 14 años? Lo que quise hacer fue tratar de encontrar esos instantes más vivos que no te da el recuerdo”.
La cineasta también nos advierte que no habrá imágenes de mujeres disparando rifles. No se trata de ese tipo de lucha. “Siento que, por todo lo que conocemos o lo que vemos de las películas o de las series de conflictos armados, lo que esperamos es que las mujeres se comporten de la misma manera que un hombre. Verlas con la pistola, acá, como Tomb Raider o las adelitas. Que sean igual de masculinas y violentas. Cosa que claramente se puede y que también existe en la guerrilla colombiana. Es decir, también se dan esos procesos, pero siento que nuestra mente espera eso de cajón”.

La directora reflexiona sobre la complejidad en la forma en la que percibimos los espacios domésticos: por un lado, son lugares a los que las sociedades machistas y paternalistas han relegado históricamente a las mujeres, por otro, también son frentes en donde sucede todo, incluyendo otros tipos de lucha. ¿La respuesta sería sacar a las mujeres de esos lugares para “empoderarlas” o revalorizar esos espacios?
“Lo platicaba con mi equipo, con mi fotógrafo, mis actores. Les decía: imagina que eres un guerrillero, tú estás afuera, tienes tu arma, sabes que estás en peligro, sabes quién es el enemigo y obvio está cañón. Ahora eres una mujer, con cinco hijos, que no sabe quién es el enemigo, de dónde la van a atacar, no tiene armas, está escondida y además tiene que fingir que todo está bien enfrente de los niños. Darles de comer, cambiarlos, asegurarse de que vayan a la escuela. No solo te pueden matar a ti, también a ellos y no tienes cómo defenderte. No es que quiera despreciar al hombre que está con su rifle, pero ¿qué es más difícil? ¿dónde prefieres estar?”.
Jimena y su equipo, que incluyó al cinefotógrafo Santiago Sánchez, a la diseñadora de producción Nohemí González y a la editora Ana Castro, filmaron la película en Tlaxcala, Puebla y el Estado de México. Una vez que utilizaban una locación debían partir a otra, como si se tratara de una suerte de road movie. El rodaje duró cinco semanas y media y terminó antes del aislamiento por COVID. En la posproducción, sin embargo, sí se atravesó la pandemia.
«Es la película más complicada que he hecho», nos confiesa la directora, cuya estética y atmósferas buscan que los sucesos narrados puedan trasladarse a otros ambientes en nuestra mente. «Tratamos de no localizarlo tanto. Los personajes no tienen acento: no es de esta zona norteña. No es como: ah, claro, lo que vemos es una sierra muy tradicional. Como sucedía en Restos de viento, quiero dar la sensación de que esto puede pasar en cualquier lugar del mundo».

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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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