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que “beban” combustible sin pisar tierra
En los años 80, durante ejercicios en el Atlántico, varios pilotos de Harrier británicos confesaban que una de las mayores tensiones no era el combate en sí, sino más bien el momento de regresar al portaaviones con el combustible en rojo, ajustando cada maniobra para no quedarse sin margen en los últimos minutos. En más de una ocasión, ese cálculo milimétrico convertía el aterrizaje en una cuestión de segundos bien medidos.
El límite que siempre estuvo ahí. La anécdota no es baladí, ya que durante décadas los cazas Harrier de la Armada han operado con una restricción clara que condicionaba cada misión: su dependencia del combustible disponible al despegar desde el buque.
Esa limitación marcaba el tiempo en el aire, el radio de acción y la capacidad de sostener operaciones lejos del punto de partida, obligando a planificar cada vuelo con márgenes muy ajustados. Pensemos que hablamos de un entorno donde la proyección y la persistencia son cada vez más determinantes, razón por la que esa barrera se había convertido en uno de los factores más difíciles de sortear.
Sin depender de tierra. Ese escenario ha cambiado ahora con un hito que, aunque técnico en apariencia, tiene implicaciones operativas bastante profundas: por primera vez, un Harrier español ha sido reabastecido en pleno vuelo por un A330 MRTT del Ejército del Aire y del Espacio.
La maniobra no solo demuestra compatibilidad entre plataformas, también abre la puerta a que estos cazas puedan mantenerse en el aire mucho más tiempo sin necesidad de regresar a cubierta. En la práctica, significa que el Harrier puede seguir operando, vigilando o atacando sin que el reloj del combustible marque el final de la misión.


Un multiplicador de alcance y tiempo en combate. El repostaje en vuelo anunciado transforma por completo el perfil operativo del avión, y lo hace porque amplía su radio de acción y permite permanecer en zona durante periodos mucho más largos.
Esto resulta especialmente relevante para un caza embarcado, una aeronave cuyo entorno natural impone restricciones logísticas evidentes. Dicho de otra forma, con esta capacidad, el Harrier puede alejarse más del buque, cubrir más espacio y responder con mayor flexibilidad a situaciones cambiantes, algo clave tanto en misiones de defensa como en operaciones de proyección.
Interoperabilidad: dos ejércitos en uno. Más allá del propio repostaje, el ejercicio español representa un salto en la integración entre la Armada y el Ejército del Aire, al coordinar sistemas distintos (la pértiga del Harrier y la cesta del A330) en una operación conjunta.
Plus: este tipo de capacidades refuerza la idea de una fuerza más conectada, capaz de operar de forma coordinada y eficiente en escenarios complejos. Además, el A330 MRTT se consolida como una pieza central, capaz de abastecer a múltiples plataformas y actuar como verdadero multiplicador de fuerza.
Alargar la vida de un “veterano”. Es la última de las patas a analizar, porque el contexto es clave para entender la importancia del avance: el Harrier sigue siendo un activo fundamental para la Armada española, especialmente mientras no se materializa su sustitución por el F-35B.
Ante la incertidumbre, la estrategia pasa por extender su vida útil mediante mantenimiento, repuestos y mejoras que mantengan su relevancia operativa. La capacidad de repostaje en vuelo encaja perfectamente en ese objetivo, al aumentar su utilidad sin necesidad de introducir un nuevo sistema.
Más allá de un simple ensayo. En resumen, lo que a primera vista puede parecer una prueba técnica es, en realidad, un cambio de paradigma en cómo España puede emplear sus cazas embarcados. Permitir que estos aviones “beban” combustible en el aire elimina una de sus principales restricciones y los acerca a un modelo de operación mucho más flexible y sostenido en el tiempo.
En un escenario donde la rapidez de respuesta y la capacidad de permanecer en zona marcan la diferencia, el avance redefine el papel del Harrier y amplía el alcance real de la proyección aérea española.
Imagen | Armada, Contando Estrelas
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lo nuevo del director de ‘Longlegs’, en dos días en streaming
Oz Perkins se ha convertido en uno de los nombres clave del terror moderno gracias a películas como ‘Longlegs’ (127 millones recaudados con un presupuesto de menos de 10) o ‘The Monkey’, que adaptaba un relato de Stephern King, todo rodado y estrenado en tiempo record. Con ellas todavía frescas llegó ‘Keeper‘, su tercer largometraje en dieciséis meses, avalado por Guillermo del Toro, Bong Joon-ho o James Wan. En cines no llamó tanto la atención como sus precedentes, pero desde este jueves tienes ocasión de comprobar con tus propios ojos si Perkins es el último gran maestro del terror o un bluff en Movistar Plus.
‘Keeper’ se rodó mientras el trabajo en ‘The Monkey’ se paralizaba con las huelgas de guionistas y actores de 2023. Con esas restricciones de tiempo y presupuesto, se optó por una sola localización y un reparto pequeño: la película sigue a una pareja que celebra su primer aniversario en una cabaña aislada en el campo, donde los secretos oscuros de uno de ellos comienzan a emerger. De este modo, Perkins convierte en materia de terror temas como el control en la pareja o la masculinidad tóxica.
La película se sostiene completamente sobre el trabajo de sus dos protagonistas, especialmente el de Tatiana Maslany, conocida por ‘Orphan Black’ y ‘She-Hulk: Abogada Hulka’ de Marvel. Pero lo más llamativo de la experiencia son sus estupendos monstruos, apariciones y efectos especiales: seres con caras congeladas en un grito infinito, criaturas con múltiples rostros, cuellos retorcidos… Sin embargo, la película no terminó de convencer.
Los números del fin de semana de apertura fueron los peores de la carrera de Perkins como director. ‘Keeper’ solo costó 6 millones de dólares, y aún así, se quedó corto a la hora de recuperar la inversión, con 6,2 millones de dólares de recaudación que palidecen en comparación con los mencionados 128 de ‘Longlegs’ o los 68 de ‘The Monkey0. Aún así, es una estupenda pesadilla claustrofóbica que deja más claro que nunca todo lo que Perkins le debe a Cronenberg, Aster o Argento. Ahora tienes la oportunidad perfecta para repescarla.
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lo nuevo del director de ‘Longlegs’, en dos días en streaming
Oz Perkins se ha convertido en uno de los nombres clave del terror moderno gracias a películas como ‘Longlegs’ (127 millones recaudados con un presupuesto de menos de 10) o ‘The Monkey’, que adaptaba un relato de Stephern King, todo rodado y estrenado en tiempo record. Con ellas todavía frescas llegó ‘Keeper‘, su tercer largometraje en dieciséis meses, avalado por Guillermo del Toro, Bong Joon-ho o James Wan. En cines no llamó tanto la atención como sus precedentes, pero desde este jueves tienes ocasión de comprobar con tus propios ojos si Perkins es el último gran maestro del terror o un bluff en Movistar Plus.
‘Keeper’ se rodó mientras el trabajo en ‘The Monkey’ se paralizaba con las huelgas de guionistas y actores de 2023. Con esas restricciones de tiempo y presupuesto, se optó por una sola localización y un reparto pequeño: la película sigue a una pareja que celebra su primer aniversario en una cabaña aislada en el campo, donde los secretos oscuros de uno de ellos comienzan a emerger. De este modo, Perkins convierte en materia de terror temas como el control en la pareja o la masculinidad tóxica.
La película se sostiene completamente sobre el trabajo de sus dos protagonistas, especialmente el de Tatiana Maslany, conocida por ‘Orphan Black’ y ‘She-Hulk: Abogada Hulka’ de Marvel. Pero lo más llamativo de la experiencia son sus estupendos monstruos, apariciones y efectos especiales: seres con caras congeladas en un grito infinito, criaturas con múltiples rostros, cuellos retorcidos… Sin embargo, la película no terminó de convencer.
Los números del fin de semana de apertura fueron los peores de la carrera de Perkins como director. ‘Keeper’ solo costó 6 millones de dólares, y aún así, se quedó corto a la hora de recuperar la inversión, con 6,2 millones de dólares de recaudación que palidecen en comparación con los mencionados 128 de ‘Longlegs’ o los 68 de ‘The Monkey0. Aún así, es una estupenda pesadilla claustrofóbica que deja más claro que nunca todo lo que Perkins le debe a Cronenberg, Aster o Argento. Ahora tienes la oportunidad perfecta para repescarla.
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cuando la IA no te libera del trabajo, sino que crea una nueva tarea que termina agotándote más
Imagina que contratas a alguien para que te ayude a gestionar tu correo. Como es lógico, la primera semana tienes que explicarle cómo te gusta que filtre los mensajes y te comunique lo más urgente. La segunda semana, corriges los errores que va cometiendo y, para la tercera semana, le tienes que volver a explicar lo que ya le enseñaste la primera semana porque olvidó las instrucciones. A final de mes, tienes un ayudante, pero tardas más que antes porque no solo tienes que estar pendiente de lo que hace, sino que además tienes que gestionarte tú el correo.
Eso es, en esencia, lo que está pasando ahora mismo con la IA en el trabajo, según se recoge en el informe Work AI Index del instituto de Glean, realizado por investigadores de las universidades de Stanford, Berkeley y Notre Dame. Según sus conclusiones, los empleados dedican una media de 6,4 horas a la semana a hacer que la IA funcione. Casi una día de trabajo perdido cada semana.
El tiempo no se ahorra, se transforma. El 87% de los trabajadores que participaron en el estudio reconocen que utilizan IA en el trabajo. De estos, el 75% afirma que la IA les hace más productivos, ahorrándoles aproximadamente 11 horas semanales solo con la automatización. Sin embargo, solo el 13% de las empresas aseguran obtener un incremento real de la productividad. La brecha entre lo que percibe el individuo y lo que recogen los resultados de las empresas es enorme, y el informe tiene una explicación: esas horas no desaparecen, solo se redirigen hacia una nueva capa de trabajo que nadie estaba teniendo en cuenta.
Los autores han llamado a esta nueva tarea botsitting (un juego de palabras que viene a traducirse como “cuidado de bots”) que consiste en poco menos de hacer de “canguro de la IA” para darle contexto a la herramienta, revisar los errores en los resultados que genera, relanzar los prompts que no van bien y limpiar los resultados que parecen correctos, pero en realidad están llenos de datos inventados o alucinaciones. Tal y como describe Rebecca Hinds, directora del Work AI Institute, esta tutela es “a menudo un trabajo tedioso y agotador”, que nadie mide ni recompensa, por lo que el tiempo que la IA ahorra, termina siendo un préstamo que hay que devolver unas horas más tarde.
Demasiadas herramientas y cambios de contexto. Los investigadores destacan que parte de ese exceso de tiempo que se emplea en el uso de la IA no solo viene de la revisión de sus resultados sino de cómo se usa cada herramienta. El 77% de los encuestados usa varias herramientas de IA cada semana, y un tercio de los participantes combina cuatro o más. Cada salto de una app a otra tiene un coste de tiempo que rara vez se contabiliza, pero que implica, repetir las mismas instrucciones o reescribir el prompt en otro sistema porque el modelo anterior no entregó el resultado que se esperaba.
Casi la mitad de los trabajadores (46,5%) tiene que saltar entre dos o más herramientas de IA para completar una sola tarea. Los investigadores lo llaman “toggle tax”, el impuesto cognitivo de cambiar constantemente de contexto. Harvard Business Review ya calculó el coste cognitivo que supone el cambio de aplicaciones y la consultora McKinsey calculaba que los trabajadores pierden un promedio de casi dos horas al día buscando información entre herramientas, bandejas de entrada y chats. La IA, que se vende como la panacea de la productividad, no ha hecho más que sumar una nueva capa a ese caos en lugar de reducirlo.
Del botsitting al botshitting. El estudio descubrió que, cuando el trabajador lleva demasiado tiempo corrigiendo errores de la IA y mantiene sus plazos de entrega, comienza a saltarse la revisión de los resultados, generando algo que el informe ha dado en llamar botshitting o “porquería de bot” que sería entregar trabajo generado por IA sin haberlo verificado previamente. El 69% de los participantes admitió haber hecho esto al menos en alguna ocasión.
Las consecuencias van más allá de la calidad del trabajo en sí misma, cuando ese contenido llega al siguiente eslabón de la cadena de producción sin que nadie lo haya revisado, alguien que no lo produjo tiene que limpiarlo. Es decir, tanto el coste como el tiempo se traslada a otra persona, pero no se ahorra tanto como parece.
Para sorpresa de nadie, más IA no resuelve el problema. Bob Sutton, profesor emérito de Stanford y miembro fundador del Work AI Institute que ha elaborado este informe, ha señalado en otras ocasiones que una de las soluciones que acostumbran a tomarse desde los puestos directivos cuando algún proceso genera fricción es añadir más de ese elemento. En este caso, intentar solucionar un problema de mal uso de la IA…con más IA.
Los datos del informe apuntan a que las organizaciones que van por delante no son las que usan más IA. Son aquellas que han construido lo que los autores llaman “infraestructura humana”. El 53%de los trabajadores dice que la información que necesita no llega a través de sus sistemas de IA. En las empresas donde sí llega, los empleados se agotan un 64% menos y son un 52% menos propensos a entregar trabajos que no han sido revisados.
Imagen | Unsplash (Flipsnack)
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