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FERAL: La película mexicana que usa el falso documental para aterrarnos

Su nombre era Juan Felipe de Jesús González, un hombre solitario: algunos dirían que hasta ermitaño. Vivía a las afueras de un pequeño poblado de Oaxaca en una cabaña y mantenía contacto sólo con un par de personas. Pocos sabían que era un exsacerdote de un convento católico que ocultaba en su casa a tres niños salvajes que había encontrado en las profundidades del bosque. Se descubrió únicamente cuando su hogar fue consumido por un incendio, aunque, aún así, parece que hoy nadie sabe y nadie recuerda. FERAL es la nueva propuesta de cine mexicano de terror, un falso documental construido con retazos de found footage, entrevistas con un par de allegados a Juan Felipe y, desde luego, el poder de la ficción, siempre presente aunque oculta a la vista.
Premiada con el galardón de Mejor película en el pasado Festival Internacional de Cine de Los Cabos, FERAL relata un evento ficticio del pasado –ocurrido durante los años 80– a través de una cámara documental que conversa con aquellos que estuvieron cerca, y además lo complementa con las cintas que el protagonista de la tragedia documentó para sí mismo. Con el pasar de los minutos, la experiencia es como la de ver una realidad inmersa en el horror. Andrés Kaiser su director, le explicó a Cine PREMIERE por qué eligió realizar su ópera prima en ese formato.

«La estructura documental proveía una experiencia hiperrealista para el espectador», comentó el cineasta, quien también es un escritor premiado en las esferas literarias. «Al presentarle todo esto en un formato documental, o entrevista con cámara, ese artificio paradójicamente lo que hace es que te quita los velos. Hace como si todo fuera mucho menos trabajado. La cámara existe, la cámara esta ahí, se mueve, tiene errores o alguien esta operando esa cámara. Si además de eso le sumamos los videos de found footage, tienes entonces una experiencia de realidad voyerista. Porque esos videos no están hechos para que alguien más los vea, están hechos para que alguien haga una investigación, y además te permiten ir al pasado, porque esos videos se filmaron en los años 80. Entonces tienes una película con hiperrealidad, con una alta carga voyerista y con la capacidad de saltar entre dos líneas temporales. En términos formales era muy seductor y muy potente para contar una historia, además de que ya en términos dramáticos te permitía que los personajes se contradijeran entre si».
Los personajes de la película, aunque pocos, son esenciales para construir el relato. Los videos filmados en primera persona no resultan suficientes para entender la complejidad que existe detrás del suceso. Algunos vecinos deciden no acordarse de lo que sucedió; otros más lo recuerdan, pero prefieren no hablar de ello; sus allegados opinan sobre el estado mental del protagonista, pero sobre todo es el espectador el que se involucra como una parte activa, que debe decidir por sí misma.
Sobre ese tipo de experiencia inmersiva, el cineasta considera que era una oportunidad mucho más atractiva que la de cualquier película de terror convencional. En este sentido, FERAL no es formalmente una película de terror que busque el suspenso con el pretexto de lo sobrenatural, sino detenta aquello que el mismo Kaiser decribe como un «desdoblamiento de género», que le permitía relacionar su película con algunas otras de las que es fanático, como Funny Games de Michael Haneke.

«En algún momento la película dio señales claras de que necesitaba pasar de un thriller de misterio que tiene que ver con la investigación, el análisis del pasado, y poco a poco se fuera desdoblando en una rareza que llegara al horror», comentó.
«A diferencia de una película cien por ciento de horror, que desde el inicio te trata de meter en la cabeza qué es lo que está sucediendo, cuál es el horror, a mí me interesaba mucho esa progresión. Como [sucede en] esas películas que a mí me gustan mucho, como Funny Games […] No quería que fuera solamente una película de misterio. [Quería que fuera] Un viaje de género. Un género que se desdobla».
La idea de la película surgió a partir de la relación del director con Vicente Leñero. Andrés Kaiser fue alumno de Leñero durante seis años en uno de sus talleres y allí el profesor le contó la historia de un monasterio psicoanalista. A partir de allí nace la oportunidad de imaginar a un personaje en dicho lugar y descubrir a dónde llegaría. Al final, la película derivó no en encontrar la relación de un hombre con Dios, como era la intención del director y guionista en un inicio, sino de encontrar a un grupo de niños salvajes que «representan la tierra y el horror de la realidad».

El caso de los niños ferales no ha sido ajeno a los titulares y a los estudiosos del pasado. Para poder tocar el tema, Kaiser lo tuvo que explorar a profundidad:
«Hay muy poca información. Está muy pobremente documentado, pero descubrí el libro de Jean Itard [El niño salvaje de Aveyron] que es el que trata de llevar a Victor a ser un ciudadano francés. Y luego [François] Truffaut lo hace en una película; también el caso de Kaspar Hauser que Werner Herzog hace en una película; el caso de la niña Genie en California; y me rodee de todo eso y fue tan impresionante que un mes antes de empezar a filmar, apareció el caso en Oaxaca de una niña llamada Herminia [….] una niña que tenían encerrada en una caja de madera y cuando la rescatan y la llevan al hospital, no se puede ni acostar en la cama porque la caja estaba diseñada para que estuviera en una postura […] fue una cosa muy brutal y sigue sucediendo y para mí pues despierta muchísimo interés porque según yo en los niños ferales está contenido el enigma de la humanidad, de quiénes somos, qué nos hace humanos, qué nos hace ser más que simios desnudos».
Según el director, la idea desde el principio resultaba atractiva y tan seductora que mucha gente inmediatamente quiso sumarse al proyecto. Su ópera prima no estaba destinada a ser FERAL, sino la historia de un loro que todas las mañana recitaba los Salmos. Una suerte de comedia que reflexionara sobre la religión –para Kaiser, la religión y la relación del hombre con Dios es un motivo de interés–. Aunque a final de cuentas el atractivo principal de su única película es el trío de niños salvajes, la relación del protagonista, un monje católico, con la teología permite que exista una dimensión extra que entremezcla la ciencia y la religión. El psicoanálisis que permite conocer al ser humano contra el camino que el hombre debe seguir según las reglas de Dios.

A dicha disyuntiva se enfrentan los niños. Una tríada a la que se intenta educar desesperadamente en los comportamiento civilizados, pero a su vez en las reglas morales dictadas por los textos sagrados. Para Kaiser la experiencia de trabajar con niños fue muy dichosa y rehúye por completo de considerar tal actividad como uno de los retos más grandes de la película. Los niños se sometieron a un entrenamiento riguroso que les permitiera explorar especialmente su expresión corporal.
«Hicimos un casting que duró ocho meses. Nos quedamos con 3 y los pusimos un año en un taller supervisado por Margarita y Daniela Mandoki, que tienen una escuela de actuación infantil», relató Kaiser. «Pero yo no estaba interesado en darles una escuela de actuación, estaba interesado en sus capacidades motoras y corporales. Unimos al equipo a Jaime Razzo, que es un bailarín de danza butoh, quien durante un año les dio un taller de expresión corporal en el que conectaron con su cuerpo, mas allá de cómo decir un dialogo, que creo que les sirvió muchísimo y los hizo muy disciplinados porque Jaime es durísimo. Pero una vez que entraron al set fue maravilloso».
FERAL guarda muchas sorpresas en sus aproximados cien minutos de duración, así como los guardó para su director, quien pensó inicialmente que sería fácil de filmar. Las complicaciones incluyeron un set en medio del bosque de difícil acceso, hasta el reto de filmar en una locación que tendría que ser destruida más adelante: solo habría una oportunidad de hacerlo bien. Sin embargo fueron muchas las personas que se sumaron al proyecto en cuanto conocieron la idea del cineasta. «La idea resultaba tan seductora desde el inicio», dijo Kaiser. «Un falso documental con niños salvajes. Todo el mundo decía: a ver dime más. Y yo tenía la impresión de que iba a ser fácil de filmar, barato de filmar. Como súper fácil, agarro una cámara la pongo aquí y ya, pero claro que no. Pero esa idea era tan seductora, que la historia y la forma inmediatamente pegó gente».
Actualmente, FERAL se exhibe en los cines independientes de la Ciudad de México -Cineteca Nacional, La Casa del Cine MX-.
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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