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Audrey Hepburn: Sus mejores películas

Audrey Hepburn siempre quiso ser bailarina, pero las secuelas de la II Guerra Mundial le impidieron concretar el sueño. Esto la hizo apuntar hacia la actuación. Y no pasó mucho tiempo para que se posicionara entre las actrices más talentosas y queridas de su generación. Su talento le permitió deambular por distintos géneros con gran éxito, pero su carisma le convirtió en todo un referente de la comedia romántica. No conforme con ello, su porte y su elegancia la inmortalizaron como un símbolo del glamour que imperaba en la industria cinematográfica de la época. A continuación las mejores películas de Audrey Hepburn.
Romance al atardecer (Dir. Billy Wilder, 1957)

Audrey Hepburn y Billy Wilder se reencontraron tres años después de Sabrina con Romance al atardecer. Inspirada en la sensual Ariane de Claude Anet, relata la historia de una joven enamorada del amor, aunque poco familiarizada con él. Lo que le motiva a ayudar a un conquistador en riesgo de ser asesinado por el esposo de su amante. La cinta fracasó en Estados Unidos, no sólo por la controvertida naturaleza de su historia, sino por la marcada diferencia de edad entre Audrey y Gary Cooper.
Su recepción fue considerablemente mejor en Europa, donde se le considera una joya poco valorada muy al estilo del escritor y director Ernst Lubitsch. También se le considera un filme clave para su consolidación de la belga en la comedia romántica. Pues ésta y La Cenicienta en París (1957) fueron las cintas con las que intentó retomar el rumbo al año siguiente de su poco memorable adaptación de Guerra y paz (1956).
Un camino para dos (Dir. Stanley Donen, 1967)

Tercera y última colaboración entre Audrey Hepburn y Stanley Donen. Quienes tal y como hicieron con La Cenicienta en París y Charada, jugaron con las variantes de la comedia romántica. Esta vez con una tragicomedia que explora los altibajos al interior de una relación sentimental. Esto la obligó a realizar una interpretación más aterrizada y madura, lo que desembocó en una de las mejores actuaciones de toda su carrera. Así como en uno de sus personajes más icónicos. Su labor fue brillantemente complementada por Albert Finney, cuyo talento y buena química con la actriz demostraron las razones por las que le ganó el puesto a los más cotizados Paul Newman y Michael Caine. Finalmente, está la presencia de Henry Mancini, un recurrente en la obra de Hepburn y quien consideró que la música compuesta para esta película fue la mejor de toda su carrera.
La Cenicienta en París (Dir. Stanley Donen, 1957)

Se dice que Audrey Hepburn pudo ser todo un referente del cine musical de haber participado en Gigi (1958), título que rechazó en beneficio de Funny Face. Lejos de arrepentirse por la decisión, siempre lo consideró uno de sus proyectos más queridos. Ya que le permitió cumplir sus sueños de bailarina y compartir pasos con el mítico Fred Astaire. La actriz interpreta a la intelectual empleada de una librería que termina convirtiéndose en fuente de inspiración de un cotizado fotógrafo. Lo que desemboca en el inicio de una carrera como modelo. Lo que ella ve como su oportunidad para conocer París y asistir a las pláticas de un prestigiado filósofo.
Fracasó durante su estreno e incluso se le consideró uno de los peores exponentes del musical norteamericano, destacando únicamente el trabajo de su elenco. El tiempo le hizo justicia, pues sólo unos años después ganó aceptación y hoy es una cinta indispensable en la filmografía de su protagonista.
Espera la oscuridad (Dir. Terence Young, 1967)

Aunque suele ser considerada un referente de la comedia romántica, Audrey Hepburn tuvo un paso memorable por el thriller con Espera la oscuridad. Donde interpreta a una mujer que recién se ha quedado invidente tras un accidente automovilístico y cuya tranquilidad se ve usurpada cuando tres criminales ingresan en su apartamento. Su preparación fue intensa, pues tomó clases de lectura en braille y uso del bastón en un instituto especializado. Lo que le resultó especialmente útil en el perturbador tercer acto sucedido en una oscuridad casi absoluta. Estos esfuerzos también serían reconocidos por la Academia, que le concedió una quinta y última nominación al Oscar en toda su carrera. La cinta también tiene un lugar especial entre los aficionados de la actriz. Ya que representó su último trabajo en nueve años, un semiretiro para dedicarse a su familia y que terminó con Robin y Marian (1976).
Sabrina (Dir. Billy Wilder, 1954)

Un auténtico cuento de hadas urbano, sobre una modesta joven que debe decidirse entre un hombre desobligado del que siempre estuvo enamorada. Pero que sólo le prestó atención cuando se tornó refinada tras un viaje europeo, o su sobrio hermano que siempre la apreció por cómo era. A pesar de la buena química entre la actriz y su coprotagonista Humphrey Bogart, el rodaje fue complicado porque este último se decía incómodo con el género, lo que no afectó el resultado del filme que suele ser considerado uno de los más memorables en las carreras de ambos actores.
Como prueba, sus seis nominaciones al Oscar destacando Mejor director para Billy Wilder y Mejor actriz para la propia Hepburn. La cinta también marcó la primera colaboración de la fémina con el diseñador Hubert de Givenchy, una alianza que sería determinante para que la belga se convirtiera en todo un emblema del glamour hollywoodense.
Historia de una monja (Dir. Fred Zinnemann, 1959)

Historia de una monja no tiene al personaje más popular de Audrey Hepburn, pero sí que tiene la mejor interpretación de su carrera. La adaptación a la novela homónima de Kathryn Hulme explora la historia de una joven que abandona una vida de comodidades para integrarse a la religión y con ello a las misiones europeas que buscaban mejorar las condiciones de distintos pueblos africanos. También se le considera el rol que cambió para siempre el destino de la actriz: su naturaleza dramática reveló una faceta pocas veces vista en su carrera y la afianzó entre las más talentosas de su generación; sus exigencias le enseñaron a usar su propio dolor en la construcción de los personajes que así lo requirieran; sus satisfacciones al momento de ayudar a otros le motivaron a realizar toda clase de ayuda humanitaria en colaboración con Naciones Unidas.
Mi bella dama (Dir. George Cukor, 1964)

Uno de los roles más divertidos en la carrera de Audrey Hepburn, cuya modesta Eliza Doolittle pasa de tener serios problemas de dicción a ser confundida con toda una dama de la alta sociedad británica gracias a la intervención de un profesor de fonética. Una interpretación memorable, pero opacada por la polémica cuando la actriz fue elegida por encima de una poco conocida Julie Andrews. Quien había interpretado al personaje en la puesta teatral homónima. A esto sumemos el doblaje a la voz de Hepburn para las canciones. Una decisión de último minuto que fue devastadora para la actriz y que resultó determinante para su omisión en los Premios de la Academia, que reconocieron a Mi bella dama con ocho estatuillas, incluyendo Mejor actor, director y película.
Charada (Dir. Stanley Donen, 1963)

Audrey Hepburn estuvo cerca de trabajar con Alfred Hitchcock en la nunca realizada No Bail for the Judge. Pero rechazó el proyecto porque incluía una escena de violación. Por ello su presencia en Charada es tan curiosa, pues sus similitudes con la obra del Maestro del suspenso le han llevado a ser etiquetada como la mejor película de Hitchcock que no fue realizada por Hitchcock.
Hepburn interpreta a una mujer perseguida por un grupo de extraños sujetos que quieren hacerse con una fortuna robada por su recién asesinado marido. Su único apoyo recae en un no menos enigmático sujeto interpretado por Cary Grant, quien curiosamente fue uno de los actores más recurrentes en la obra del cineasta británico. El carisma y la buena química de ambos actores resultó en uno de los thrillers más cautivadores de todos los tiempos, gracias a que sus giros y sus atinados usos de la violencia coexistieron perfectamente con sus numerosos toques humorísticos.
Vacaciones en Roma (Dir. William Wyler, 1953)

Muchos se sorprendieron cuando William Wyler se decantó por una poco conocida Audrey Hepburn por encima de la experimentada Jean Simmons para Vacaciones en Roma, primera película hollywoodense filmada completamente en Italia y cuya protagonista debía ser todo lo contrario de las sensuales actrices italianas de la época. La incógnita se despejó con su brillante interpretación de la princesa Anna, quien dominada por la jovialidad y la inocencia, aprovecha cada minuto de su inesperada libertad al lado del periodista Joe Bradley, interpretado por un memorable Gregory Peck. Su éxito se concretó cuando fue reconocida por el Premio de la Academia, primero y único de su carrera, en una complicada terna donde superó a las míticas Ava Gardner y Deborah Kerr. La cinta también marcó la primera de tres colaboraciones entre Hepburn y Wyler, quienes se reencontraron con La mentira infame (1961) y la muy querida Cómo robar un millón (1966).
Desayuno con diamantes (Dir. Blake Edwards, 1961)

Quizá no sea la mejor adaptación a la novela homónima de Truman Capote. Aunque la esencia del personaje impreso es respetada durante el primer acto, ésta se difumina con los minutos para desembocar en una comedia romántica al más puro estilo hollywoodense. Lo que invariablemente resulta en la pérdida del mensaje original sobre una Cenicienta contemporánea incapaz de vivir feliz para siempre a consecuencia de sus errores y ambiciones. Aun así, la película se ha convertido en uno de los grandes clásicos de todos los tiempos gracias al talento y carisma de Audrey Hepburn. Cuya interpretación de Holly Golightly resultó en un cuento de hadas completamente distinto, aunque igual de imperfecto. Al cimentarse sobre la inocencia de una joven que lo abandona todo para perseguir sueños de riqueza en la gran ciudad, los cuales son reemplazados por el amor de un hombre tan necesitado emocional y sentimentalmente como ella.
Y como toque final, la exquisita Moon River que se mantiene firme entre los grandes temas musicales de todos los tiempos. Se dice que el autor nunca estuvo satisfecho con la protagonista y que siempre vislumbró a Marilyn Monroe en el papel. Quizá habríamos visto un filme más fidedigno, pero difícilmente tan querido como el que tenemos hoy en día.
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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