Cine y Tv
El silencio de Cinemex y el futuro de las salas multiplex

Abiertas, cerradas, on-hold o con estatus “es complicado”, pero hoy en México existen poco más de 7,500 pantallas de cine, una por cada 17 mil habitantes. Resulta difícil imaginar que hace 28 años, en 1993, tocamos fondo y teníamos apenas 1,415 salas, una para cada 67 mil mexicanos.
También resulta difícil creer que hace 18 años, en 2003, se vendieron 138 millones de boletos, y que para 2017 México había alcanzado los 330 millones de espectadores, con lo cual se convirtió en el 4º país que más boletos vendió ese 2017, en 2018 y en 2019, apenas detrás de China, India y Estados Unidos.
Pero luego llegó la pandemia de COVID-19, y algunos mercados salieron más golpeados que otros. México fue uno de ellos. Pasamos del cuarto al octavo lugar en boletos vendidos; del lugar 10 al 31 en veces que vamos cada año al cine, y descendimos del lugar 9 al 13 en taquilla. Por ello vale la pena detenernos y revisar el panorama del formato multiplex y su papel en el despegue de México como uno de los principales mercados para la industria global del cine.
¿Qué está pasando con Cinemex?
De repente, el silencio. Solo quedó un sitio web con un fondo rojo, siete letras, un logotipo y un conocidísimo slogan: “La magia del cine”. Bueno, si se radica en la Ciudad de México, también aparece un sobreviviente anuncio pop-up para comprar boletos de su autocinema en Santa Fe, la zona más exclusiva de la capital mexicana.
Luego llegó la incertidumbre.
¿Regresará Cinemex? Si bien sus redes sociales siguen felicitando a los actores que cumplen años (¿?), se ha reportado el cierre indefinido de 145 de sus 351 complejos en 104 ciudades de México. Cientos de empleados se encuentran en el limbo laboral, y desde el 11 de febrero de 2021 impera un hermetismo total hacia cinéfilos, medios de comunicación y colaboradores. La empresa únicamente comunicó que, mientras el resto de los cines de CMDX y Estado de México vuelven a operar a partir del lunes 1 de marzo, ellos no abrirán sino hasta mediados de año.
Cinépolis, su competencia y tercera cadena de cines a nivel global, lanzó ese mismo 11 de febrero un solidario mensaje en redes sociales hacia Cinemex: “Toda nuestra solidaridad y respeto están con nuestros competidores. La implacable competencia entre los exhibidores de nuestro país es justamente lo que ha permitido que, desde hace muchos años, México y los mexicanos cuenten con las mejores salas cinematográficas y la mayor tecnología a nivel mundial”. Es verdad: la batalla que dio inicio a mediados de los años 90 modificó –para siempre– la experiencia cinematográfica.
A la fecha, lo único que se tiene son noticias de su complicada situación financiera. Apenas en noviembre de 2020, Grupo Cinemex se comprometió a pagar cerca de $60 millones de dólares (MDD) para sacar a su filiar estadounidense (Cinemex Holdings USA, con 41 salas VIP en EE. UU.) de un proceso judicial de insolvencia que inició en febrero de ese año y así, reestructurar sus deudas, cercanas a los $200 MDD.
De este lado del Río Bravo las cosas tampoco andaban bien. En 2019, Cinemex vendió 133.4 millones de boletos, y en 2020, apenas alcanzó 25.9 millones, un 80% menos.
Por primera vez en años (¿décadas?) la cadena contabilizó menos salas al finalizar un año, al pasar de 3,055 a 3,034 (en 2020). Los complejos de Plaza Real Monterrey, Expo Plaza Aguascalientes y Plaza Real Nuevo Laredo cerraron definitivamente.

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La revolución del multiplex
A la fecha, nadie sabe exactamente qué pasará con el segundo mayor exhibidor mexicano. Lo que sí sabemos es que Cinemex, Cinépolis, Cinemark y United Artist (¿quién?) vinieron a revolucionar la experiencia cinéfila en México.
A mediados de los 90, cuando estas marcas inauguraron sus primeros complejos en México, el panorama de la exhibición de películas estaba dominado –al menos en la capital– por COTSA (compañía del Estado), Organización Ramírez ( los dueños de Cinépolis, pero con otros formatos menos ‘pro’) y diversos jugadores atomizados, los cuales fueron severamente golpeados por la crisis de 1994. En general, salvo los Multicinemas (de Ramírez), el cinéfilo mexicano acudía a salas que en muchos años no habían tenido ningún tipo de acondicionamiento.
El primer multiplex que llegó a México (¡a Tijuana!) fue Cinépolis, en 1994. Después aterrizaron en la CDMX Cinemex (en Pabellón Altavista, Santa Fe y Manacar), Cinemark (en el Centro Nacional de las Artes), y United Artist (¡!) en Pabellón Polanco (hoy un Cinemex… cerrado). Estas cadenas fueron las responsables del upgrade de las salas de cine en México: ofrecieron gran sonido y pantallas; cómodas (¡y nuevas!) butacas; una amplísima oferta en dulcería y, lo más importante: complejos cinematográficos de entre 8 y 12 salas que permitían muchas más opciones fílmicas en horarios escalonados que arrancaban a las 10 u 11 de la mañana y que concluían 13 horas después. El formato lo replicarían otras cadenas (Cinemas Lumiere, Cinebox, Cinemagic, CitiCinemas…) en diversas regiones y ciudades del país, en particular ciudades con menos de 200 mil habitantes.
Para quienes vivimos esa época, el cambio fue innegable. Esas enormes salas, con polvorientas y pesadas cortinas, pronto quedaron en el olvido. La permanencia voluntaria y el intermedio eran una cosa del pasado. Y lo más importante: películas antes destinadas a cineclubes o a la Cineteca Nacional (incluyendo el cine mexicano) pudieron llegar a más salas en estos modernos complejos. Quizás pocos lo recuerden, pero el acuerdo inicial para inaugurar un Cinemark en el CNA incluía una «cuota» de exhibición para cine mexicano, la cual –en honor a la verdad– era difícil de cumplir, pues apenas se rebasaba la docena de producciones nacionales al año. Cinemex, por su parte, inauguró Cinemex Masaryk (luego Cinemex Casa de Arte), para proyectar cine de autor. En el caso de Cinépolis, la cadena acercó funciones del Tour de Cine Francés y de la Muestra Internacional de Cine a más ciudades o complejos de la periferia de la CDMX, evitando así al cinéfilo una peregrinación de dos horas hasta la Cineteca Nacional.

¿En dónde está parado hoy el multiplex mexicano?
El crecimiento de Cinépolis y Cinemex es bien conocido por el cinéfilo mexicano. En el primer caso, dejaron de ser Organización Ramírez y prefirieron la palabra de 9 letras para su expansión internacional, a la par que sumaron nuevos formatos y plataformas (incluida una de streaming, Klic). Al cierre de 2020, Cinépolis operaba 862 conjuntos y casi 6,700 salas en México, Estados Unidos (exclusivamente en formato VIP), Chile, Guatemala, Honduras, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú, Argentina, Brasil, España, India, Omán, Baréin y Arabia Saudita.
¿Y qué lugar ocupa entre los exhibidores? En México, es el primero, con 4,033 pantallas (todavía en 2020 abrieron 44). En Latinoamérica también es líder, y a nivel internacional, tercer lugar. Desde luego, a mayor tamaño de exhibidor, mayor es el golpe que ha sufrido con la pandemia de Covid-19, y en vista del panorama que se avecina para 2021, Cinépolis continúa buscando alternativas de pago a su deuda actual. Al igual que otros grandes jugadores, como AMC y Cineworld, el arranque de la aplicación de las vacunas en todo el mundo mejora sus expectativas de futuro.
En el caso de Cinemex, en 2002 dejó de ser una empresa mexicana, pues la adquirieron el conglomerado ONEX Corporation (Canadá) y Oaktree Capital Management (EE. UU.). En 2004 se volvió a vender, ahora a los fondos de inversión The Carlyle Group México, Bain Capital y Spectrum Equity Investors. Cuatro años después, en 2008, Entretenimiento GM de México, filial de Empresarios Industriales de México, se hizo de la compañía (sí, para quienes se lo preguntan, Empresarios Industriales es propiedad de Germán Larrea, accionista mayoritario de Grupo México). En su afán de competir “de igual a igual” con Cinépolis, Cinemex se fue “comiendo” a su competencia. Primero se sumó 804 pantallas de MMCinemas, que a principios de siglo era la segunda cadena más grande de cines. Luego fue el turno de Cinemas Lumiere (los cuales gozaron de una renovación, la verdad), y en 2013, el de los 29 complejos de Cinemark de México. Con sus cines en EE. UU., Cinemex llegó a ser, a principios de 2020, la octava cadena global.

¿Nos quedaremos sin cines?
Aunque Cinemex seguirá cerrado de forma indefinida, todo indica que la experiencia cinematográfica sobrevivirá, incluso cuando regresar a esa ansiada ‘normalidad’ llevará todavía tiempo. Puede que algunas cosas –sobre todo en protocolos sanitarios– sí cambien definitivamente.
Por la forma en que las autoridades han controlado (es un decir) la pandemia en México y EE. UU., estos han sido dos territorios donde las salas de cine resultaron particularmente afectadas.
A 11 meses de iniciada la pandemia, en México se han dejado de vender más de 300 millones de boletos, y las ganancias que se han dejado de obtener ascienden a $16 mil millones de pesos.
¿Por qué se puede asegurar con tal certeza que está garantizado el futuro del formato multiplex y del blockbuster? Porque basta mirar al otro lado del mundo –literalmente, a China– para darnos cuenta de que sí es posible recuperar esa experiencia fílmica.
En enero de 2019, China fue el primer mercado que cerró sus salas ante la pandemia de COVID-19, dejando ir su periodo más lucrativo, el llamado “Año Nuevo Chino”. Los cines permanecieron cerrados hasta agosto, y en los últimos cinco meses del año la nación asiática vendió más de 400 millones de boletos y sumó casi $3 mil MDD, convirtiéndose por primera vez en el mayor jugador del mundo. No muy lejos de allí, en Japón, se estrenó en octubre Demon Slayer, un anime que eventualmente se convirtió en la animación más taquillera de 2020 (adiós, Disney). A la fecha, suma más de $400 MDD en una decena de territorios.
¿Cómo fue en esos países el regreso a las salas? Ordenado y bajo estrictos protocolos. Primero, con una capacidad limitada al 30%, que eventualmente se ha ido aumentando hasta llegar al 70%. ¿El número de casos de contagios registrados en los cines? Cero.
Para nuestra sorpresa (o quizás no), los nuevos protocolos de sanidad en los cines son exactamente los mismos aquí y en China. Entonces, ¿por qué en México no hemos recuperado la costumbre de ir al cine? Una posible respuesta se halla en la forma en que cada país ha manejado la pandemia, pues eso se ha traducido en confianza (o falta de confianza) en acudir a estos lugares, aún cuando los datos indican que son espacios seguros.
Otra posible respuesta es que, al estar enquistados en salas comerciales, el cinéfilo no se siente del todo seguro allí, pues su apertura está condicionada a un semáforo epidemiológico.
Mientras que en México se vendieron menos de 1 millón de boletos durante febrero de este 2021, en China, seis estrenos que debutaron –ahora sí– en el Año Nuevo Chino, sumaron casi $1,600 MDD y más de 220 millones de boletos en sus más de 70 mil salas que sobrevivieron 6 meses cerradas. Una situación similar se ha replicado en otros mercados de Asia (Hong Kong, Taiwán, Vietnam, Corea del Sur, Japón) y de Oceanía (Australia, Nueva Zelandia) donde varios éxitos locales han tomado el lugar del blockbuster hollywoodense.
Solo por dar un dato: dos películas estrenadas en el Año Nuevo Chino terminarán con cifras estratosféricas. Hi, Mom! rebasará los $858 MDD que Avengers: Endgame recaudó en EE. UU., mientras que Detective Chinatown 3 hará cerca de $700 MDD, lo mismo que sumaron a nivel global Interestelar, Transformers o Los juegos del hambre.
¿Esto qué quiere decir? Dos cosas: 1) Que hay espacio para que producciones locales ‘se coman’ una mayor parte del pastel, y 2) Que los cinéfilos regresarán en la medida en que la pandemia esté controlada en sus regiones y, por ende, la sensación de confianza les permita regresar a disfrutar sus palomitas y refresco frente a la pantalla grande.
No, la experiencia cinematográfica no desaparecerá. Será un poco distinta –-quizás en México sin salsa picante ‘comunitaria’ para las palomitas– pero no desaparecerá.
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
Staff Cine PREMIERE Este texto fue ideado, creado y desarrollado al mismo tiempo por un equipo de expertos trabajando en armonía. Todos juntos. Una letra cada uno.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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