Cine y Tv
Silencio radio: documentar la fuerza de Carmen Aristegui
En 2015, la cineasta mexicana Juliana Fanjul estaba enojada. México pasaba por un momento complicado, entre la reforma educativa, el dolor provocado por la desaparición de los 43 normalistas, el asesinato de periodistas y un sexenio priísta que destacaba por su cinismo. En medio de todo, sin embargo, había un silencio que a Fanjul le parecía inaceptable: la voz de Carmen Aristegui era imposible de sintonizar. La periodista había sido despedida de la cadena de radio MVS, después de un reportaje que ella y su equipo publicaron en 2014 sobre una sospechosa residencia millonaria que la familia presidencial tenía en su poder y que evidenciaba un conflicto de interés máximo. “La casa blanca de Enrique Peña Nieto”, ganó premios periodísticos, pero también provocó la censura de la comunicadora y de su equipo en la forma de un despido injustificado, por parte de una empresa que dependía de una cuantiosa publicidad gubernamental. Aristegui, reconocida como una de las principales voces del periodismo independiente, salió del aire.
Juliana Fanjul, quien reside en Suiza, viajó entonces a México para encontrar y retratar a la dueña de esa voz, que fungía como un puente para entender lo que sucedía en su país y que ahora luchaba por volver a su audiencia de forma independiente. Así nació su documental Silencio radio, que esta semana inaugura la muestra Ambulante en Casa. “Estábamos viviendo un momento tremendo en México”, nos dice la cineasta. “La desaparición de los 43 normalistas había sido unos meses antes y de pronto le cortan el micrófono a Carmen Aristegui, cuando ella había sido quizá la primera en llevar las voces de los familiares, de Omar García y compañía. Estábamos tratando de entender cómo habíamos llegado hasta ahí. Que de pronto cortaran esa voz me indignó mucho y fui a buscarla”.

Sin embargo, dar con la periodista en un inicio no fue nada sencillo. Sin una idea clara de cómo contactarla, la cineasta investigó la ubicación de las oficinas de CNN, en donde la periodista aún tenía un programa. “Dije tres mentiras en la recepción y me subí como pude”, nos confiesa riendo. “Ahí encontré a un camarógrafo solo y le di una carta para Carmen, en donde le explicaba mi voluntad de hacer una película. A eso siguieron semanas de mucha tensión. Sabía que si eso no funcionaba todo se acababa ahí. Y era un problemón porque ya tenía a los productores suizos, enamorados de la historia. Yo ya les había dicho que conocía a Carmen y que ella ya me había dicho que sí. Afortunadamente, después recibí un correo de su productora y finalmente dijo que sí”.
Silencio radio requirió de un trabajo documental de cinco años, durante los cuales la cineasta fue ganándose la confianza de la periodista y de su equipo. “Cada que la veía me esforzaba por que ella viera que lo que estaba haciendo es exactamente lo que estaba haciendo, que no pretendía hacer una revelación de su vida privada ni nada”, dice Fanjul, quien en su lugar retrata una cotidianidad profesional sin ningún tipo de tregua. Vemos a Aristegui mientras trata de levantar su propio estudio de televisión independiente, entabla batallas legales, sortea demandas, recibe amenazas y ve con templanza las imágenes de las cámaras de seguridad de su redacción, que muestran cómo dos sujetos entran en la madrugada para llevarse una de las computadoras.
Sobre todo, el documental se mete a la redacción y nos permite conocer al resto de periodistas que forman el equipo: profesionales que están fuera del reflector, y de la burbuja frágil de protección que conlleva ser Carmen Aristegui, pero que enfrentan los mismos riesgos y amenazas. “No merezco morir por mi trabajo”, declara a la cámara, con nudo en garganta, uno de los reporteros de Aristegui Noticias. Lo hace a una audiencia actual, cuyo contexto de pandemia sigue siendo hostil hacia su prensa y ciego a las condiciones que viven.
“En todo momento me pareció que ellos también tenían que ser parte de la historia. Carmen lo dice siempre: soy parte de un grupo de periodistas. Ellos también están en riesgo, viviendo el peso de estar vigilados y amenazados. Quizás con más miedo que ella”, dice Juliana, quien elige como secuencia inicial una demostración provocada por el asesinato del periodista sinaloense Javier Valdez, a la que Carmen Aristegui asistió. “Trabajar con ese estrés durante años todos los días es algo muy admirable. Es agotador. Y no trae los reconocimientos que debería. Al contrario, su trabajo despierta más criticas y aislamiento, para protegerse. Muchas consecuencias duras a sus vidas personales”, reflexiona Fanjul.

Lejos de hacer un reporte preciso y exhaustivo de sucesos o batallas enfrentadas por el equipo de periodistas, el documental elige la mirada de alguien que, más bien, quiere entender el misterio al centro de su resiliencia: ¿qué los hace seguir? La cineasta inserta una narración en primera persona, que provee de contexto, que le inyecta subjetividad y que se alinea fácilmente con la de la audiencia: una de enojo, de cansancio y de herida profunda. Ésta se topa, sin embargo, con el empuje aparentemente invencible de Aristegui y sus periodistas. “Eso me interpeló desde el principio: ¿cómo mantenía esas ganas y esa energía en esa realidad?”, nos confiesa Fanjul. “Soy alguien mucho mas pesimista de la propia Carmen. Me interesaba saber de dónde sacaba ese optimismo. Ella misma lo responde. Es una obligación casi moral. Creo que así debe de ser uno, radical, soñador. Creo que ella es una gran romántica, a pesar de todo».
«No se puede hablar de poquita libertad de expresión, ni de ‘demasiada’ libertad de expresión. O hay o no hay», reflexiona la cineasta.
Silencio radio se ha presentado anteriormente en festivales de cine como el de Zurich y Ámsterdam, y más recientemente en FICUNAM. Podrá ser visto de forma gratuita por mil personas en el sitio de Ambulante, a partir de las 00.00 hrs. del miércoles 29 de abril. Estará disponible por 24 horas.
Puedes consultar el resto de la programación aquí.
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Cinemex reabre su complejo Reforma 222 renovado, con nueva propuesta gastronómica y tecnología láser
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Cinemex reabrió las puertas de su complejo ubicado en Reforma 222, en la Ciudad de México, tras una renovación que actualizó tanto su infraestructura tecnológica como su oferta de alimentos y el diseño de sus instalaciones.
El complejo se integra ahora al formato «Market» de la cadena, un modelo que combina la proyección de películas con una zona de restaurantes y snacks de distintas marcas. Con esta incorporación, Cinemex suma nueve complejos bajo ese esquema en todo el país.
En materia gastronómica, el lugar alberga opciones como Mini Moshi, La Crepe Parisienne, Cielito Querido Café, Red Kitchen, Lucky Bones y Burk’s. Uno de los espacios que más destaca es el PopCorn Lab, una barra de palomitas con más de diez sabores que van desde opciones clásicas como mantequilla y caramelo hasta variantes como Oreo, chile limón y tamarindo.
En cuanto a tecnología, las salas incorporan proyección láser en formatos 2K y 4K, que permite mayor brillo y definición de imagen, acompañada de sistemas de sonido envolvente. El diseño interior fue reformado con butacas ergonómicas, mayor distancia entre filas e iluminación contemporánea.
La reapertura de Reforma 222 forma parte de un plan de modernización más amplio que la empresa inició en 2025. En el transcurso de este año, la compañía también prevé renovar los complejos de Patriotismo, Lindavista, Lomas Verdes, Fashion Drive y Paseo San Pedro, estos últimos en Monterrey.
Cinemex emplea actualmente a más de 7 mil personas de forma directa en el país.
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Poncho Pineda: quiero que mis obras sean personales
Poncho Pineda, mexicano en nacionalidad y esencia, es el director de cine y televisión más visto en la historia de ViX. Sus proyectos (Es por su bien (2024), Profe infiltrado (2024), entre otras), han recibido buena apreciación en aquella plataforma. Desde su primer largometraje Amor, dolor y viceversa(2008) ha ido abriéndose camino a nivel internacional. Un hombre de cuarenta y siete años que remonta su trayectoria a los once, cuando se descubrió inventando historias que le permitían comprender las situaciones que iba atravesando. Sin embargo, no fue hasta que la afición se enfrentó con la técnica cuando Poncho encontró su pasión: uno de esos azares del destino que conducen a uno al resto de su vida. En su caso, una electiva de fotografía; la asignatura escolar que resultó determinante para la carrera del cineasta, que le brindó las herramientas para (re)presentar sus vivencias y su entorno.
“Terminé enamorado de la imagen, de lo que se podía hacer con una (imagen), de lo que representaba emocional o simbólicamente”.
La fotografía como elemento narrativo, que sugiere, que se arriesga y que intriga fue lo que despertó en Poncho una fascinación que le sirvió como motor para emprender el camino de la cinematografía y, que eventualmente, influyó en su propia manera de ver y de dirigir. Para él, el amor por esta profesión y la inspiración no surgieron en la academia, pues a pesar de haber realizado estudios en literatura, cine, dirección, guionismo y producción, su pasión tiene origen en su infancia: en el amor que sus padres tenían por el cine en blanco y negro y por las películas de Alfred Hitchcock.

Con el tiempo, este cariño lo hizo propio y Poncho terminó por encontrar a sus propios ídolos: grandes cineastas de distintas partes del mundo que lo inspiraron durante todo el proceso de creación de su primera cinta. “Yo realmente estuve muy inspirado por Quentin Tarantino, Paul Fitzgerald, David Fincher, Michael Haneke. Luego, cuando fui creciendo, Amores Perros (Iñárritu, 2000) me encantaba, la foto y lo visceral. Me encantaba lo que lograban comunicar con la cámara”. Fue todo el misterio que suscita la fotografía de esta icónica cinta mexicana en el espectador lo que, comparte Poncho, impulsó su primera película.
No obstante, es bien sabido que tras las inspiraciones llega uno mismo, que después de observar e intentar, uno encuentra su versión más auténtica, con su propio lenguaje y su propia esencia. Hoy, no cabe duda de que Poncho se encuentra en este lugar, en el punto de su carrera en el que sus seguidores son capaces de reconocer sus obras, de identificar las marcas personales del cineasta; por ejemplo, el constante retorno a las dinámicas familiares. Este director es consciente de que, como mexicanos, la familia es nuestro núcleo más importante a nivel social– algo que él mismo comparte– por lo que decide jugar con este elemento y presentar escenas y narrativas que toquen fibras en más de una persona.
No es casualidad de que, sin importar el género con el que Poncho esté trabajando, la dirección de sus películas esté enfocada en resaltar dichas nociones y conductas (familiares), pues él se mantiene firme en la idea de que la familia puede ser constructora, pero también limitante para el futuro y el avenir de cada individuo; un algo que trasciende lo comprensible: “dicen que antes de nacer hacemos un trato para ver a qué clan nos unimos”.
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Soltar. Entender. Resignificar.
Poncho sabe que su profesión abarca más allá de los límites del entretenimiento. Tiene presente que detrás de cada cortometraje o largometraje hay una anécdota, una profundidad y un contexto, que hay un alguien; una persona que fue protagonista de la misma historia que pretende ser contada. Ecos que vuelven de cada cinta una obra cargada de sentido y significado. Por eso, bajo esta perspectiva el cineasta mexicano no sólo tiene como objetivo ser consumido, sino ser escuchado y, en el proceso, entenderse a sí mismo.
En su estreno más reciente, Familia a la deriva (2026), Poncho hace esto mismo: a través de risas y buen humor, pretende provocar en la audiencia empatía hacia aquellas figuras que, aunque no son ausentes, tampoco desempeñan el papel que uno espera. Con esto, él comparte un poco de su historia a un público y una sociedad que sabe que no es ajena a este sentimiento, volviendo su profesión en un elemento transformador. “Logro resignificar esto, de decir “entiendo, pero yo no quiero esto”. Digo, es a nivel muy personal”.
El cine, su trabajo y su pasión se vuelven catárticos. Trascienden lo profesional para convertirse en duelo, para dar sentido a circunstancias que atraviesa y, que incluso a determinada edad, siguen causando incertidumbre. Poncho encuentra en la dirección una manera de jugar con fantasmas del pasado; del mismo modo que, experimentando con distintos géneros, una forma de interactuar con los fantasmas del presente. Este director nos comparte que su transición del thriller a la comedia surge de una situación familiar que azotó inesperadamente y que terminó por redirigirlo a un nuevo género en su trabajo, que le permitiera no sólo dar forma al dolor, sino a reconectar y externar.
“Todas esas cosas que uno empieza a vivir, de repente dices pues no soy el único que las está viviendo. Estoy en un lugar privilegiado para poder contar la historia y que uno diga, no pues yo estoy pasando por lo mismo”.

El avenir
Aunque este malabarismo entre thriller y comedia no es fácil de explicar al público, Poncho decide que no está dispuesto a sacrificar ningún género. Encontró en ellos pasión, significado, retos y emoción; nuevos proyectos que llegan a su mesa y ya están en la mira de ejecución. Sin embargo, a pesar de que la comedia es algo que quiere seguir llevando de la mano, nos comparte que para el futuro cercano se están contemplando principalmente dos o tres thrillers y horrores.
Finalmente, Poncho responde a la pregunta sobre cómo definiría su trayectoria actual como director:
“Sé el camino y voy con un paso lento para poder llegar, sabiendo que voy a llegar y poder contar lo que me inquieta el alma”.
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Yrsa Roca Fannberg, sobre su documental La tierra bajo nuestros pies
Tras su paso por la gira de documentales Ambulante en la Ciudad de México, nos sentamos a platicar con la directora Yrsa Roca Fannberg sobre La tierra bajo nuestros pies, un íntimo retrato documental que nos invita a reflexionar sobre el final de la vida, el cuidado en las residencias de adultos mayores y el valor de acompañar con empatía los últimos días.
Cine PREMIERE: En tu película planteas un acercamiento a la muerte muy particular. ¿Qué significa para ti el final de la vida y cómo quisiste abordarlo?
Yrsa Roca Fannberg: Algún día nos vamos. Para mí, es muy importante poder compartir el momento, dar valor al tiempo que tenemos juntos y a la existencia del otro. Es algo muy bonito en la vida, especialmente cuando ya no queda mucho tiempo, porque luego se van y ya no los podemos retomar. La muerte es un momento muy final. A veces me gusta que los personajes queden callados, que sus frases queden inacabadas, porque en el silencio hay una enseñanza; si nos paramos a escuchar y a compartir su vida, no solamente dándoles los buenos días, se vuelve un acto de sentir y ver. El documental se trata mucho de escuchar, de la quietud.
CP: Al respecto, grabaste en formato analógico de 16 milímetros. En una época donde lo digital domina, ¿cómo fue este proceso y qué le aportó a tu obra?
YRF: Creo que filmar en celuloide es el momento de elegir. Si tuviera una cámara digital, tal vez me perdería grabando cosas innecesarias; pero con el 16 mm la focalización de encontrar momentos se vuelve algo casi mágico. Ahora estamos aquí filmando y es un proceso cotidiano, casi celebratorio. Cuando intentamos capturarlo todo, perdemos muchas cosas. Este formato me dio la belleza de esperar y de dar importancia a la filmación, sabiendo que ya no sabes de dónde viene el momento exacto que vas a registrar.

CP: Uno pensaría que el rol de dirección es solo dirigir, pero se nota que aquí fuiste muy partícipe. ¿Cómo lograste ese vínculo desde adentro con las y los residentes?
YRF: La primera escena de la que participé era para mostrar que somos un equipo que viene de adentro y no de fuera. Para mí, en esta residencia de 160 personas, fue importante tener una relación real. Había un trabajo previo de confianza y respeto con las personas. Yo no hago películas tanto para los espectadores como para quienes están ahí. Queríamos mostrar este vínculo real y no limitarnos a observar; el diseñador de sonido incluso puso un micrófono en el estetoscopio para escuchar el corazón, involucrándonos en algo muy íntimo. Conocer a las personas —yo sabía cómo le gusta hacer la cama a una de ellas— nos permitió compartir sin dirigir, sino creando circunstancias donde ellas pudieran ser.
CP: ¿Cómo surgió tu interés por retratar este ambiente y documentarlo en tu película?
YRF: Al principio quería hacer un documental sobre mi abuela en otra residencia, pero no se dio. Escribí esta película en un momento de maduración, de entender que la vida se va disminuyendo poco a poco. Empecé haciendo retratos fotográficos y conversando con la gente. Era importante mostrar esta etapa de la vida en una película que me parecía que debía ser un proceso lento para revelar que son obras de arte vivas.
CP: La película también evidencia el contraste entre la soledad de la vejez y la juventud del personal médico y de cuidados. ¿Cómo integraste este contraste?
YRF: Era esencial quitarle el peso a las rutinas del personal y observar cómo estas personas mayores han construido su propia convivencia y amistad, donde a veces se tiene a un amigo de 95 años. Hay mucha gente joven trabajando ahí y el contraste es muy marcado. Depende de todo el personal que este no sea solo un lugar de asistencia, sino un hogar. Hay personas a las que no les importa nada, pero muchos traen muebles de sus casas, se llevan sus cosas y mantienen su individualidad. Es crucial ser escuchado, incluso si solo es por una persona. A veces, me pregunto por qué la gente se emociona tanto y creo que es porque esta experiencia nos toca de manera muy personal, desde la identificación y no desde la lástima.
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