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“Dirty Dancing” y “Un detective suelto en Hollywood” ya forman parte de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos
“Dirty Dancing”, junto con otra película trascendental para la cultura de la década de 1980, “Un detective suelto en Hollywood”, ingresarán al registro de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, dentro de un grupo anual de 25 títulos y que abarca 115 años de cinematografía.
“Dirty Dancing”, de 1987, utilizó el físico y la química de Patrick Swayze como Johnny Castle y Jennifer Grey como Frances “Baby” Houseman para seducir a generaciones de cinéfilos, al tiempo que abordaba temas como el aborto, el clasismo y el antisemitismo.
En el momento culminante, Swayze declara desafiante: “Nadie pone a ‘Baby’ en un rincón” antes de llevar a Grey a bailar “(I’ve Had) The Time of My Life”.
Podría decirse que “Un detective suelto en Hollywood” de 1984, la primera película de Eddie Murphy en el registro, lo convirtió en la mayor estrella de cine del mundo en ese momento e hizo a las comedias de acción en un pilar de los éxitos de taquilla durante una década.
Desde 1988, el bibliotecario del Congreso ha seleccionado anualmente películas para su preservación que son significativas en el plano “cultural, histórico o estético”. Las nuevas elegidas llevan el registro a 900 películas. Turner Classic Movies presentará un especial de televisión el miércoles, proyectando una selección de la clase de 2024.
La película más antigua es de 1895 y trajo consigo su propia forma de baile provocativo: “Annabelle Serpentine Dance” es un corto de un minuto en el que se ve bailando a Annabelle Moore, y que fue tachado por muchos como una indecencia pública por lo insinuante de sus movimientos. La más reciente es “Red Social” de David Fincher, de 2010.
A continuación, un vistazo a algunas de las películas que ingresan al registro
“Pride of the Yankees” (1942): La película se convirtió en el modelo para el drama deportivo. Gary Cooper, en el papel de Lou Gehrig, ofrece la clásica frase: “Hoy me considero el hombre más afortunado sobre la faz de la Tierra”.
“Ana de los milagros” (1962): Anne Bancroft ganó un Óscar a la mejor actriz por interpretar al personaje principal Anne Sullivan y Patty Duke, de 16 años, ganó el Óscar a la mejor actriz de reparto por interpretar a su pupila sorda y ciega Helen Keller en la película del director Arthur Penn.
“Up in Smoke” (1978): La primera película protagonizada por el dúo de Cheech Marin y Tommy Chong estableció un patrón para el género de películas sobre la marihuana y llevó esa cultura al público general. Marin, quien también aparece en el incluido “Spy Kids” de 2001, es uno de los muchos latinos con papeles destacados en la cosecha de películas de este año.
“Viaje a las estrellas II: La ira de Khan” (1982): La segunda película de la franquicia “Star Trek” presentó a uno de los grandes villanos del cine, Khan, encarnado por Ricardo Montalbán, y mostró que el mundo del capitán Kirk y el señor Spock podía llevar emociones vitales al cine.
“My Own Private Idaho” (1991): La película del director Gus Van Sant presentó quizás la mejor interpretación de River Phoenix, un año antes de la muerte del actor a los 23 años.
“American Me” (1992): Edward James Olmos protagonizó y debutó como director de cine en este relato sobre la vida de las pandillas chicanas en Los Ángeles y la brutal experiencia carcelaria de su personaje principal.
“No Country for Old Men” (2007): Joel y Ethan Coen se destacaron en los Óscar con su adaptación de la novela de Cormac McCarthy y ganaron mejor película, mejor director y mejor guion adaptado, mientras que Javier Bardem se llevó el Óscar al mejor actor de reparto por interpretar a un asesino implacable con un corte de pelo inolvidable.
Lista completa de los incluidos al Registro Nacional de Cine de 2024
- “Annabelle Serpentine Dance” (1895)
- “KoKo’s Earth Control” (1928)
- “Ángeles con caras sucias” (1938)
- “Pride of the Yankees” (1942)
- “Invasores de Marte” (1953)
- “Ana de los milagros” (1962)
- “The Chelsea Girls” (1966)
- “Ganja and Hess” (1973)
- “Texas Chainsaw Massacre” (1974)
- “Uptown Saturday Night” (1974)
- Películas estudiantiles de Zora Lathan (1975-76)
- “Up in Smoke” (1978)
- “Will” (1981)
- “Viaje a las estrellas II: La ira de Khan” (1982)
- “Un detective suelto en Hollywood” (1984)
- “Dirty Dancing” (1987)
- “Common Threads: Stories from the Quilt” (1989)
- “Powwow Highway” (1989)
- “My Own Private Idaho” (1991)
- “American Me” (1992)
- “Mi Familia” (1995)
- “Compensation” (1999)
- “Spy Kids” (2001)
- “No Country for Old Men” (2007)
- “Red Social” (2010)
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A la generación Z le contaron que el éxito laboral era tener un buen salario. Tener más vida se ha convertido en su nuevo lujo
La generación Z está dibujando un nuevo escenario laboral y tenemos varios ejemplos de ello: tienen un concepto distinto de las relaciones laborales del que tenían las generaciones anteriores y su definición de compromiso ahora se rige por unas reglas que exigen reprocidad a las empresas.
No es raro. Esta generación ha visto cómo sus padres han trabajado sin parar y llegar igual de ahogados a fin de mes. Por eso, cuando los jóvenes hablan de éxito laboral, ya no piensan solo en la nómina, también lo hace en poder salir a su hora y poder dedicarle tiempo a su vida personal.
El paro que marca el paso. Para entender ese giro hay que mirar primero a la realidad de esta generación. Según datos del INE, el paro juvenil en España se situó en el 24,5% en el primer trimestre de 2026. Es casi el doble de la media que maneja Eurostat para el conjunto de la Unión Europea, algo por encima del 15%, pero la mitad del 42,91% que teníamos hace una década.
Tal y como apunta el ‘I Barómetro Retos y Aprendizajes. Posturas juveniles sobre los desafíos formativos y profesionales’ elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud y Banco Santander, esa presión está condicionando incluso decisiones tan importantes como elegir qué estudiar.
La urgencia del salario, aunque sea precario. Según datos de ese informe, el 64,7% de los jóvenes admite que decide su futuro pensando en ganar dinero cuanto antes, no en el trabajo que le gustaría hacer de verdad. “Quiero tener ya como una estabilidad. Entonces me apremia por eso, porque no quiero vivir constantemente como al límite, quiero tener esa estabilidad”, aseguraba uno de los jóvenes participantes del estudio.
Seis de cada diez creen, además, que hay factores ajenos a su esfuerzo que frenan el avance en su carrera laboral: precariedad, falta de oportunidades y presión económica se sitúan entre las más mencionadas. Y aun así, el 67% no contempla tirar la toalla pese a las dificultades para prosperar en su carrera laboral, alejándose del estereotipo de la juventud desmotivada.
El éxito cambia de definición. Con ese punto de partida, los jóvenes de la generación Z han cambiado la definición de lo que se considera triunfar en el trabajo. Antes el éxito consistía en subir de categoría y de sueldo cada pocos años. Ahora entran en la ecuación el tiempo libre, la salud mental y un ambiente de trabajo que no queme. La conciliación deja de ser un extra y pasa a ser condición de entrada.
El informe Workmonitor de Randstad marca un punto de inflexión: el equilibrio entre vida y trabajo ya pesa más que el sueldo a la hora de valorar un empleo. Más de la mitad de los encuestados dejaría su puesto si le impide vivir fuera de la oficina.
Lo que piden: orientación y educación financiera. Según los datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, la generación Z tampoco pide un milagro, solo una guía para desarrollar sus capacidades profesionales. El 75,7% quiere entender mejor qué le interesa antes de decidir su carrera, mientras que el 74% reclama más información sobre las salidas laborales reales de cada opción formativa. Es decir, no perder el tiempo estudiando una carrera que les deje en una vía muerta. Y más del 73% echa en falta formación financiera básica para gestionar su día a día.
El resultado de todo ello es que en el futuro vamos a tener menos jóvenes dispuestos a sacrificar tiempo de su vida personal por un poco más de sueldo, y más empresas que van a tener que ofrecer ambas cosas como incentivo si quieren retener talento.
Imagen | Unsplash (Vitaly Gariev)
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A la generación Z le contaron que el éxito laboral era tener un buen salario. Tener más vida se ha convertido en su nuevo lujo
La generación Z está dibujando un nuevo escenario laboral y tenemos varios ejemplos de ello: tienen un concepto distinto de las relaciones laborales del que tenían las generaciones anteriores y su definición de compromiso ahora se rige por unas reglas que exigen reprocidad a las empresas.
No es raro. Esta generación ha visto cómo sus padres han trabajado sin parar y llegar igual de ahogados a fin de mes. Por eso, cuando los jóvenes hablan de éxito laboral, ya no piensan solo en la nómina, también lo hace en poder salir a su hora y poder dedicarle tiempo a su vida personal.
El paro que marca el paso. Para entender ese giro hay que mirar primero a la realidad de esta generación. Según datos del INE, el paro juvenil en España se situó en el 24,5% en el primer trimestre de 2026. Es casi el doble de la media que maneja Eurostat para el conjunto de la Unión Europea, algo por encima del 15%, pero la mitad del 42,91% que teníamos hace una década.
Tal y como apunta el ‘I Barómetro Retos y Aprendizajes. Posturas juveniles sobre los desafíos formativos y profesionales’ elaborado por el Centro Reina Sofía de Fad Juventud y Banco Santander, esa presión está condicionando incluso decisiones tan importantes como elegir qué estudiar.
La urgencia del salario, aunque sea precario. Según datos de ese informe, el 64,7% de los jóvenes admite que decide su futuro pensando en ganar dinero cuanto antes, no en el trabajo que le gustaría hacer de verdad. “Quiero tener ya como una estabilidad. Entonces me apremia por eso, porque no quiero vivir constantemente como al límite, quiero tener esa estabilidad”, aseguraba uno de los jóvenes participantes del estudio.
Seis de cada diez creen, además, que hay factores ajenos a su esfuerzo que frenan el avance en su carrera laboral: precariedad, falta de oportunidades y presión económica se sitúan entre las más mencionadas. Y aun así, el 67% no contempla tirar la toalla pese a las dificultades para prosperar en su carrera laboral, alejándose del estereotipo de la juventud desmotivada.
El éxito cambia de definición. Con ese punto de partida, los jóvenes de la generación Z han cambiado la definición de lo que se considera triunfar en el trabajo. Antes el éxito consistía en subir de categoría y de sueldo cada pocos años. Ahora entran en la ecuación el tiempo libre, la salud mental y un ambiente de trabajo que no queme. La conciliación deja de ser un extra y pasa a ser condición de entrada.
El informe Workmonitor de Randstad marca un punto de inflexión: el equilibrio entre vida y trabajo ya pesa más que el sueldo a la hora de valorar un empleo. Más de la mitad de los encuestados dejaría su puesto si le impide vivir fuera de la oficina.
Lo que piden: orientación y educación financiera. Según los datos del Barómetro del Centro Reina Sofía, la generación Z tampoco pide un milagro, solo una guía para desarrollar sus capacidades profesionales. El 75,7% quiere entender mejor qué le interesa antes de decidir su carrera, mientras que el 74% reclama más información sobre las salidas laborales reales de cada opción formativa. Es decir, no perder el tiempo estudiando una carrera que les deje en una vía muerta. Y más del 73% echa en falta formación financiera básica para gestionar su día a día.
El resultado de todo ello es que en el futuro vamos a tener menos jóvenes dispuestos a sacrificar tiempo de su vida personal por un poco más de sueldo, y más empresas que van a tener que ofrecer ambas cosas como incentivo si quieren retener talento.
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EEUU ha puesto en servicio una nueva arma antisatélite. Lo más llamativo es que no dispara nada
Durante décadas, cuando hablábamos de armas contra satélites, la imagen mental era casi siempre la misma: un misil, un impacto y más basura espacial. Pero la guerra espacial no siempre necesita una explosión para ser eficaz. A veces basta con actuar sobre lo que no vemos: el enlace que conecta un satélite con quienes dependen de él. Eso es lo que hace especialmente llamativo el último paso de EEUU. No estamos ante un sistema pensado para derribar un objeto en órbita, sino ante uno que apunta a algo menos visible y mucho más cotidiano en cualquier operación militar moderna: las comunicaciones.
Atacar la comunicaciones. El U.S. Space Force Combat Forces Command aceptó operacionalmente el pasado 8 de junio a Meadowlands, una nueva incorporación a su familia de sistemas de guerra electromagnética. No es un programa aislado: la Space Force lo describe como una actualización del Counter Communications System 10.2 y afirma que puede detectar, negar, interrumpir y degradar capacidades adversarias en defensa activa de los objetivos de la fuerza conjunta. Su operación queda en manos de Mission Delta 3, Space Electromagnetic Warfare.
La clave está en la señal. Un satélite no es solo un objeto en órbita, sino una cadena de enlaces, antenas, estaciones terrestres y usuarios que necesitan comunicarse con él. Meadowlands actúa sobre esa parte menos visible del sistema. L3Harris, contratista del programa, describe el Counter Communications System como una plataforma terrestre desplegable orientada a negar comunicaciones de satélites en órbita, y presenta Meadowlands como una versión más compacta y móvil.
Un cambio de época. Meadowlands encaja en una transformación más amplia del conflicto en el espacio. La Secure World Foundation clasifica las capacidades contraespaciales en varias familias, desde capacidades coorbitales y misiles de ascenso directo hasta guerra electrónica, energía dirigida y capacidades ciber. Esa distinción importa porque no todas buscan destruir un satélite. Algunas, como la guerra electromagnética, persiguen degradar servicios, limitar comunicaciones o alterar el acceso a una capacidad espacial durante una operación concreta. La propia Space Force lo encuadra en esa primera línea invisible del espectro electromagnético.
Mirando los precedentes. Cuando un arma antisatélite destruye físicamente su objetivo, el problema no termina con el impacto: empieza una nube de restos que puede seguir orbitando durante años. El U.S. Space Command aseguró que la prueba rusa de ascenso directo contra Cosmos 1408, en 2021, produjo más de 1.500 piezas rastreables. La NASA ya había documentado algo parecido tras la prueba china contra Fengyun-1C, en 2007, con más de 2.000 fragmentos de unos 10 centímetros o más identificados. Meadowlands pertenece a otra lógica: actuar sin añadir más chatarra al entorno orbital.
La paradoja. Cuanto menos se parece Meadowlands a un arma antisatélite convencional, mejor se entiende por qué importa. Su valor no está en convertir un satélite en restos orbitales, sino en actuar sobre la capa que permite aprovecharlo en una operación real. Esa diferencia ayuda a explicar el movimiento de EEUU y también el cambio de fondo que estamos viendo en el espacio militar. El campo de batalla no está solo en la órbita ni en los objetos que la recorren. También está en las señales, en los enlaces y en la capacidad de mantenerlos cuando más falta hacen.
Imágenes | Fuerza Espacial de Estados Unidos
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